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—Azucena, por favor, ven hoy al baile —me imploró Adelina aquel día desde el suelo, arrodillada con gesto suplicante, las dos manos agarrándose con tanta fuerza que los nudillos se le estaban poniendo blancos.
—Adelina, sabes que ese tipo de eventos NO me gustan.
—Solo una vez, por favor —me pidió de nuevo, postrándose totalmente, tocando el suelo con la nariz, como si fuera un esclavo pidiendo clemencia.
Aguantó unos segundos con la cara pegada al suelo, solo para incorporarse con las manos juntas de nuevo y un dedo índice levantado.
Insistió—. Vente solo una vez, una, y te dejaré en paz.
A menos que le cojas el gusto y sigas viniendo…
Había dicho esta última frase susurrando, lo suficientemente alto como para que yo la escuchara, y cuando giré la cabeza hacia ella, me guiñó un ojo, rompiendo su posición de rezo mientras ladeaba un poco la cabeza.
Gracias al influjo de mi padre, a la falta de voto de mi madre y a mi testarudez, se me permitió acceder a estudios superiores: estudié Farmacia.
Era ahí donde nos habíamos encontrado Adelina y yo.
Mi compañera de habitación en el colegio mayor venía de una ciudad pequeña en el sur.
Su madre había fallecido en el parto, dejando a su padre viudo desde muy joven.
Él, viéndose incapaz de amar a otra mujer como había amado a Teresa, la madre de Adelina, decidió no volver a contraer matrimonio.
Adelina fue criada por una de sus tías, que velaba por ella hasta que su padre salía del trabajo.
Siempre supo que la mujer que cuidaba de ella no era su madre, porque, aunque sutiles, las diferencias respecto al trato procurado hacia sus hijos biológicos eran imposibles de esconder.
Quizá por compartir el carácter transgresor, quizá por ser ambas desconocedoras de la sensación que producía el amor materno, quizá por compartir año de nacimiento, aquella chica de pecas rebeldes y yo nos llevamos bien desde el primer momento.
Coincidíamos en muchas cosas, excepto en la extraversión: Adelina adoraba salir al mundo, ser vista y hacerse ver, interactuar y abrirse con desconocidos (en todos los sentidos).
—Pero ¡Adelina! —la reprendía cuando, a altas horas de la noche, me despertaba, tras haberse escabullido silenciosamente por los pasillos evitando a las monjas, para contarme las peripecias de su última salida.
—No me vengas con sermones, Azucena, que solo eres dos meses mayor que yo.
Yo, con miedo a colgarme el cartel de mojigata, me callaba y escuchaba con fingido interés a Adelina, quien tenía un don único para contar historias. Volví de mis recuerdos para encontrarme con las manos de Adelina rodeando las mías, y su cara muy cerca de mi nariz.
—¿Vendrás?
Unas semanas después ahí estábamos las dos, vestidas con nuestras mejores galas, en uno de los diferentes bailes que se organizaban para celebrar El Pilar.
Según me había comentado con emoción Adelina mientras nos preparábamos, «todo el mundo va a estar ahí», y tenía razón.
Yo miraba en todas direcciones como un cervatillo perdido en medio del bosque, sin separarme mucho de mi compañera de habitación, mi única referencia aquel día, que sonreía con ligereza haciéndose la interesante, aunque por dentro estuviera bullendo de excitación.
—Mira esos chicos de allí —me dijo en un momento dado, cubriéndose la boca con la copa. Un gesto más que innecesario, porque, entre la gente y la música, era tarea imposible el simple hecho de mantener una conversación.
Miré sin ningún disimulo en la dirección que me indicaba con los ojos y vi a un grupo de cuatro o cinco jóvenes que rondarían nuestra edad, todos prácticamente iguales: traje negro, camisa blanca, zapatos lustrados.
Charlaban animadamente, sus palabras ahogadas en la algarabía reinante.
Me fijé en sus caras. Reían y hablaban con energía, en sus gestos, en sus expresiones.
Excepto uno de ellos. Aunque su cuerpo estaba conformando el círculo de amigos, su mirada estaba ida, perdida en otros menesteres.
Era hábil, y disimulaba fácilmente con sus compañeros, haciéndoles creer que estaba metido en la conversación, pero yo podía ver en su expresión que su mente no estaba ahí.
Algo sintió, o simplemente se giró, despertando de la ensoñación, y nuestros ojos se encontraron.
Yo me di la vuelta bruscamente, azorada.
Adelina no se había dado cuenta de nada porque charlaba con otras chicas.
Disimulé e intenté meterme en la conversación, hasta que, suavemente, una mano se posó en mi hombro.
—Buenas tardes, señoritas —saludó el chico, dejando que sus ojos se hundieran en el precario círculo que formábamos. Luego me miró y me ofreció su mano, la cual se mantuvo inmóvil en el aire, esperando mi respuesta—. ¿Me permite?
Yo busqué con ojos asustados los de Adelina, que me devolvía la mirada con la emoción de mamá cierva viendo a cervatillo dar sus primeros pasos.
En una conversación muda, únicamente alimentada con miradas y que duró unas milésimas de segundo, yo le transmití mi incertidumbre y miedo, preguntándole si estaría bien; ella me respondió que esto también era una aventura, que ya bastantes había vivido entre las páginas, y que algún día tendría que vivir la primera en el mundo real.
Acepté cortésmente la mano del joven y nos dirigimos a la pista de baile.
Mi falta de experiencia no hacía más que alimentar mi nerviosismo, y patalear sobre la pista de baile intentando mantener el equilibrio no ayudaba mucho.
Sin embargo, el joven galán solo sonreía, e intentaba adaptarse a mis movimientos para no tropezar ni pisarme.
Digo pisarme porque yo a él le pisé varias veces.
Un hombre de pelo cano y gafas de pasta se paseaba por la pista con la cámara en mano.
Nos pidió una foto. Yo estuve a punto de rechazarla, pero él fue más rápido y extendió el brazo, unido al mío por nuestras manos entrelazadas, hacia el objetivo de la cámara.
Su sonrisa contagió a la mía, mezcla de desconcierto y nerviosismo.
Tras la instantánea, el cámara se desvaneció rápidamente, presto a inmortalizar más momentos felices.
Cuando acabó la canción, todo el mundo estalló en aplausos hacia la orquesta.
Yo respiré, liberada por fin de mi tortura.
Desvié la vista de los músicos y me encontré con esos ojos oscuros, profundos, que me miraban con deseo.
Era una sensación a la que no estaba acostumbrada.
El joven debió percibir mi desconcierto a través de mis rasgos y sonrió aún más.
Yo le devolví la sonrisa, esta vez sincera.
—¿Qué tal? —me preguntó Adelina entre dientes, conteniendo la emoción, cuando volví con el grupo. Rayos… Sabía que aquella noche no me dejaría dormir hasta que no le hubiera contado todos y cada uno de los detalles del encuentro, con pelos y señales.
—Fatal, le he pisado varias veces.
—Pero te ha sonreído al final, que lo he visto… —Me pegó un ligero golpe con el hombro y escondió una sonrisa socarrona detrás del vidrio casi vacío del vaso.
Es verdad que me había sonreído. Yo también me serví del vaso para ocultar mi sonrisa tonta.
Bajando los escalones del casino al acabar la velada, rodeada de vestidos y trajes de gala, me giré inconscientemente hacia atrás, intentando verle una última vez.
Entre tanta gente era imposible y me sentí ligeramente decepcionada.
En cuanto cerramos la puerta de la habitación, Adelina me avasalló a preguntas, como había anticipado.
¿Y cómo era? ¿Bailaba bien? ¿Te dijo algo?
¿Nada? ¿Y se despidió? ¿Tampoco? ¿Y cómo se llamaba el galán misterioso?
Pues… No sabía. En ese momento me di cuenta de que no habíamos cruzado palabra, y que yo no sabía su nombre ni él el mío, aunque tampoco hizo falta.
Unos días después, al volver de clase, la monja encargada de la portería me dijo que había una carta para mí.
Me extrañó mucho: había recibido hacía menos de un mes una carta de mi padre y me preocupó que fueran malas noticias.
Cuando tuve la carta entre mis manos, y vi el «Azucena Rodríguez Vega» pulcramente escrito en el reverso, aspiré un aroma que me resultaba conocido y sonreí.
El galán había conseguido encontrarme, a pesar de todo.
Norman. Se llamaba Norman.
Nos carteamos varios meses a pesar de vivir en la misma ciudad.
Llegó a conseguir el teléfono de mi padre y le llamó para pedirle permiso para una cita.
En aquel primer encuentro, sin contar el baile en la fiesta, me llevó al lago y comimos sentados en la orilla.
Justo antes de acabar, sacó un regalo de la espalda.
—Son anotaciones que he hecho mientras lo leía, de pasajes que me gustan —me explicó, mientras señalaba ligeros trazos a lápiz en las páginas y yo pasaba las hojas del libro, maravillada.
Años después me enteré de la mentira: Norman nunca había leído ese libro ni ninguno de los que me ofrecería durante los meses de noviazgo, se los había robado a su hermana.
Las anotaciones eran de ella, pero el miserable sabía hacer muy bien de galán.
Cuando le preguntaba por alguno de los pasajes señalados, se excusaba, rascándose la nuca y sonrojándose.
«Leo tanto que las historias se mezclan en mi cabeza y ni me acuerdo».
«No quiero decirte lo que pienso para no influenciarte». «Simplemente me gustó mucho».
Aquel día llegamos demasiado tarde al colegio mayor, sobrepasando casi dos horas el toque de queda, y nos escabullimos por una de las puertas del servicio.
Se asomó él primero y tras confirmar que no había moros en la costa, se giró y me plantó un beso en los labios.
Su lengua ansiosa recorría mi boca con prisa, buscando examinar todos sus recovecos.
La mía, inexperta, se dejó hacer, abrumada por su primer baile.
Fue él el que rompió el beso y me miró con deseo.
—Cuídate, mi vida —se despidió, y desapareció corriendo.
Yo subí corriendo a las habitaciones, de puntillas, con los zapatos en la mano.
Mágicamente, Adelina estaba dormida, así que pude acostarme evitando el interrogatorio.
Durante una semana tuve el «cuídate, mi vida» repitiéndose en mi cabeza.
No había disfrutado mucho ese primer beso, pero el solo recuerdo me ponía los pelos de punta.
Seguimos carteándonos y teniendo citas. En uno de sus arrebatos, muchas décadas después, Norman me confesó que pagaba a uno de los chicos del internado para escribir aquellas cartas apasionadas y profundas, que él solamente las leía antes de enviarlas para evitar quedar en evidencia, como le pasaba cuando le preguntaba por las anotaciones de los libros.
Nuestra relación se fue estabilizando y, tras la graduación, cuando mis padres vinieron a recogerme, Norman le pidió la mano a mi padre. Este aceptó. La mosca, atraída por el olor dulzón del almíbar, había aterrizado en una charca fresca, al abrigo del sol y del viento.
Cuando me casé, me di cuenta de que Norman me había enseñado solo su cubierta y yo, inexperta, no supe ver más allá.
Como los libros, las personas hay que abrirlas para saber lo que hay dentro.
Que unas tapas bonitas, con detalles en oro y forradas de terciopelo, guardando una letra fina y elegante, pueden esconder una historia siniestra; del mismo modo que un libro ajado, sucio o incluso sin tapas, puede guardar todo lo contrario.
Para poder saber la historia que cuenta, hay que abrir el libro.
Abrir un libro nunca es una mala decisión; seguir leyendo, en ocasiones, sí puede serlo.
Norman me enseñó, sin saberlo, que hay determinados libros que hay que saber dejar a un lado.
Lástima que con él no fuera lo suficientemente rápida.
En abril de 1932 nos casamos. La mosca no se da cuenta de que ese almíbar realmente es un fluido que produce la propia planta carnívora en la que ha aterrizado, cuyo único objetivo es descomponer los tejidos y digerir la presa poco a poco, hasta que ya es demasiado tarde.
Yo era la mosca.