6 #2
Tras ese breve intercambio de palabras, el silencio tomó el relevo.
Gabriela se colocó el otro casco y volvió a sumergirse en la música.
De vez en cuando miraba a la anciana, cuya mirada parecía menos triste que hacía unos instantes, antes de haber roto su mutismo.
«Bueno, tampoco seas soberbia, que tú tampoco vas a cambiar a nadie», se reprendió a sí misma.
Las agujas avanzaron irrefrenables y cuando los cucos salieron a dar su espectáculo, la joven se levantó y se puso a recoger sus cosas.
—Hasta la semana que viene, señora Parks.
—Hasta la semana que viene —respondió la anciana, dubitativa, mirando todavía hacia el jardín. Cuando la joven tenía la mano ya puesta en el pomo de la puerta, la anciana se armó de valor—. ¿Gabriela?
—¿Sí? —Se frenó. La señora Parks se giró hacia ella.
—¿Algún día te importaría enseñarme alguna de las canciones que te gustan? —El pecho de Gabriela se llenó de una calidez sin igual.
—¡Claro! ¡Para mí es un placer! —respondió Gabriela, pletórica—. ¿El martes?
—El martes —confirmó la anciana.
El martes sustituyeron el café postlectura por una sesión de música.
Había sido una tarea titánica. Pedirle a un melómano hacer una lista con sus diez canciones favoritas era como pedirle a un lector empedernido elegir sus cinco libros favoritos de todos los tiempos: sería capaz de redactar tal listado, pero sin llegar a estar conforme nunca con el resultado.
A Gabriela le daba miedo aburrir o atosigar por partes iguales.
Sabía que la gente no era tan apasionada de la música como ella y le daba miedo asustar a la anciana.
Una lista de 48 minutos y 34 segundos de duración.
Una cifra que le parecía aberrantemente baja para mostrar toda su música favorita, pero lo suficientemente aceptable como para no hartar a la mujer.
Gabriela decidió llevar aquel día una sudadera con El Olivar escrito en grandes letras anaranjadas en la espalda, botín que había encontrado de casualidad en una tienda de segunda mano e instantáneamente le había recordado a su nueva amiga.
Se quedó unos segundos hurgando en la mochila, de espaldas a la señora Parks, para que las letras fueran bien visibles.
Sin embargo, al darse la vuelta, a pesar de que la mujer tenía los ojos clavados en ella, no emitió ningún comentario.
—¿No le gusta mi sudadera?
—El color es bonito —apuntó la anciana.
—¿Y lo que pone por detrás? —Gabriela le dio de nuevo la espalda para concederle una segunda oportunidad, pero, al girarse, vio que la mujer tenía el rostro crispado y las manos se retorcían una sobre la otra—. El Olivar, como su casa.
Las facciones de la anciana se relajaron al instante.
—¡Ah, sí, sí! Muy ingenioso.
Gabriela, decepcionada de que no le hubiera hecho tanta ilusión como a ella la coincidencia, acercó los sillones, y colocó el reproductor de música entre ambas, en equilibro en uno de los reposabrazos.
Compartieron auriculares: la experta en música, con el derecho; la novata, el izquierdo.
Juntas, escucharon con los ojos cerrados algunos temas de David Bowie, Aretha Franklin o Nino Bravo.
Para el final, Gabriela había dejado un fragmento de una de sus piezas favoritas.
El concierto para violín de Sibelius se dividía en tres movimientos.
Solo había puesto el tercero, que duraba unos siete minutos, porque la obra entera duraba casi cuarenta.
Cuando empezaron a sonar los envites de los violines, no pudo evitar fisgonear y abrió un ojo disimuladamente.
Una lágrima solitaria se deslizaba por la mejilla de la anciana y la joven se sintió realizada.
No todo el mundo era capaz de emocionarse con la música clásica y habitualmente se la catalogaba como esnob.
A ella le gustaba la música clásica no por darse aires, sino porque le parecía un lienzo en blanco, una invitación a pintar.
En las canciones de música clásica, las armonías, las coordinaciones y todos los elementos eran tan claros, tan pulcros, que daban ganas de llorar de emoción; de emoción al ver que el ser humano era capaz de hacer cosas tan puras, de pensar que, en algún lugar del mundo, una persona había decidido ponerle cuerdas a una caja de madera, otro hacerle agujeros a un tubo y otro pegarle golpes a una piel de cordero bien estirada; y así, poco a poco, habían creado la música.
Consideraba mágico el hecho de que el ser humano hubiera decidido que el mundo era tan bello que no se podía expresar solo con palabras, que necesitaban un lenguaje más directo, un camino allanado hacia el alma: eso era la música, la forma más pura y más paradisíaca que existe de comunicarse, el lenguaje universal.
—Hay canciones que me gustan por el ritmo y otras, por la letra —se explicó Gabriela una vez acabó la lista de reproducción—. Algunas ni las entiendo, pero la música me anima a bailar o conecta con mi alma de una forma especial que no soy capaz de explicar.
«La letra llega al corazón; la música, al alma», susurró tan bajo que ni siquiera la señora Parks pudo oírla.
—Con los libros pasa igual —coincidió la anciana, recostándose en el sillón—.
A veces son superfluos, para pasar el rato; otros, te gustan por el uso del lenguaje, cómo el escritor juega con las palabras como un malabarista, para representar exactamente lo que quiere decir, con frases preciosas.
Otras veces el contenido es simple, frases directas, pero el mensaje cala profundo o la intriga te mantiene en vilo hasta el final.
Y luego están los enrevesados que no sabes por dónde cogerlos y los superfluos que se te olvidan enseguida.
Las mujeres rieron juntas.
—Al final la música y los libros van a ser más similares de lo que aparentan —dijo Gabriela con una sonrisa pícara.
—Pues ya solo queda que le cojas el gusto a leer —respondió la dueña de la casa, con un guiño cómplice.
Ya en la calle, todavía con el regusto del buen momento que había pasado, Gabriela se paró en seco.
La conversación que tuvieron aquella primera tarde en la que tomaron café juntas le volvió a la mente y, con ella, una idea empezó a tomar forma en su cabeza.
Una idea descabellada, algo alocada, quizás hasta imposible…
¿Seguro? Miró su reloj. Las siete y algo.
La biblioteca cerraba a las diez. Le daba tiempo, al menos, para la primera parte del plan.
Además, su madre a esas horas seguro que no estaba en casa, estaría aprovechando su tarde libre para ir al hospital.
No sabía si su plan funcionaría, pero la sola posibilidad de éxito le despertó mariposas en el estómago, una sensación que le resultaba extraña después de tantos años de sequía, y le dio la energía necesaria para acelerar el paso.
Unos minutos después, subía las escaleras de la biblioteca de dos en dos.