Leyendo en casa de la señora Parks 6
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Desde el día que habían recorrido los diferentes títulos de su biblioteca, la complicidad entre Gabriela y la señora Parks fue creciendo, suavemente, de forma casi imperceptible.

Una semilla que de un día para otro parece no haber sufrido cambio alguno y con el paso de los meses llega a convertirse en un árbol de raíces estables y tronco fornido.

Sin embargo, inevitablemente, el día llegó.

Un jueves de finales de noviembre se puso a llover.

La lluvia caía sin prisa, sin pausa, dando la sensación de que no iba a parar nunca.

Una lluvia flotante, reacia a llegar al suelo, levitando en el aire como una cortina húmeda, sin llegar a caer.

Los nubarrones sumieron al cielo en una mezcolanza de grises durante toda la mañana, ralentizando la rutina: los autobuses llegaban tarde, el ritual para salir de casa se volvía más lento, el trabajo adquiría un matiz pesado.

En el autobús de camino a casa de la señora Parks, Gabriela colocó el paraguas entre sus piernas, para evitar molestar y mojar a otros pasajeros.

«Que no se te olvide», se dijo a sí misma.

Gabriela odiaba los paraguas. Bueno, odiar era una palabra demasiado fuerte.

No le gustaban nada, porque siempre se los olvidaba.

Daba igual que fueran grandes, pequeños, de colores vivos o con una cuerda para enganchárselos en la muñeca: se los dejaba en todos lados.

Por suerte, cuando se bajó del autobús seguía lloviendo, así que era difícil no acordarse.

Caminó encogida bajo el paraguas, las orejas inmersas en sus auriculares, hasta que se detuvo unos segundos ante el portón de entrada, percibiendo cómo los azulejos que deletreaban El Olivar emanaban un aire melancólico bajo las gotas de lluvia.

—¿Hola?

Hacía un par de semanas que la señora Parks le había enseñado el increíble escondite para la copia de la llave (a nadie se le ocurriría nunca mirar detrás del buzón), lo que le permitía a Gabriela entrar sin obligar a la anciana a levantarse para abrirle la puerta.

Nadie respondió ante su saludo y la casa estaba sumida en sombras: entre el otoño que hacía los días más cortos, las contraventanas todas cerradas y las nubes que bloqueaban los pocos rayos provenientes del sol, en el vestíbulo parecía que era noche cerrada.

Gabriela cerró la puerta de entrada con cuidado, con miedo a que un ruido brusco perturbara el silencio.

Antes de dirigirse con pasos sigilosos hacia la sala de siempre, dejó el paraguas en el paragüero.

La lámpara bañaba con una luz cálida e insuficiente la estancia, ligeramente sumida en la oscuridad.

Allí encontró a la señora Parks, sentada en su sillón, con las manos cruzadas sobre el regazo y la cabeza girada hacia el gran ventanal que servía de pista de carreras a las gotas de lluvia que caían sin tregua.

—Buenas tardes, señora Parks. ¿Cómo está? —La mujer ni siquiera hizo ademán de haberla escuchado.

Gabriela se quedó parada. «¿Qué hago? ¿Me siento?

». No quería ser maleducada, pero si no iba a recibir una contestación, tampoco le parecía coherente seguir insistiendo y no merecía la pena pasarse dos horas enteras de pie.

Ante la falta de respuesta y con el paso de los segundos, reunió el coraje para sentarse.

Se instaló con cuidado, como una madre que acaba de dejar al bebé dormido en la cuna, solo que la señora Parks estaba bien despierta, con la mirada absorta a través de los vidrios que daban al jardín, de aspecto aún más desolador con aquel tiempo.

Gabriela se fijó en los ojos de su anfitriona, que parecían estar inmersos en otros tiempos, en otra vida.

Sumida en un mutismo inquebrantable, entendió las palabras de María.

«Lo suyo parece de otro mundo». Y tenía toda la razón.

La señora Parks parecía una estatua, su disfraz solamente echado a perder por una respiración superficial, prácticamente imperceptible, y el parpadeo de unos ojos que la mantenían en el mundo de los vivos.

Tras unos minutos de contemplación, se resignó.

Ese día no habría lectura. Sin embargo, ella tenía práctica con su padre: realizó el mismo protocolo al que estaba acostumbrada.

Escogió a conciencia una lista de reproducción (poniéndose los cascos en este caso para no perturbar a la anciana), y se dejó invadir por la música.

Así pasaron casi una hora, una sumergida en acordes y ritmos y la otra en sus recuerdos.

Cuando las agujas del reloj estaban a punto de alinearse en la vertical, la señora Parks se giró hacia Gabriela.

La joven había cerrado los ojos y vocalizaba con pasión la letra de una canción de una banda estadounidense, meneando la cabeza al ritmo de una batería especialmente intensa.

El volumen de la música estaba lo suficientemente alto como para que la anciana pudiera percibir el sonido sin ser capaz de discernirlo.

La mujer se quedó embobada admirando la pasión de la joven intérprete.

Giró la cabeza hacia el ventanal un segundo antes de que Gabriela abriera los ojos, todavía moviéndose al son de la música.

La señora Parks pensó que quizás era el momento y, sin darse tiempo a reflexionar mucho, soltó la pregunta.

La joven la vio mover los labios, pero el volumen revienta-tímpanos de sus auriculares le impidió escuchar el mensaje. Se quitó rápidamente el casco derecho.

—¿Perdón?

—¿Qué escuchas? —Gabriela, ojiplática, escuchó la voz de María en su cabeza. «En esos días, ni lo intentes. La señora ni habla, ni te mira».

— The kids aren’t alright , de The Offspring —respondió rauda Gabriela, que no quería romper la magia—. ¿La conoce?

—Mmmm. No me suena, no soy yo mucho de música.

Gabriela no supo qué responder a eso y el silencio se instauró de nuevo entre las dos.

—El otro día comentaba que los libros son máquinas del tiempo y del espacio, que la transportan a otros mundos —comentó la joven en voz alta, con tono suave, un solo casco puesto, mirando por la ventana. La anciana se giró hacia ella—. Yo siento que la música es una cápsula del tiempo.

—Algunas canciones tienen la capacidad de llevarme al pasado, a momentos específicos de mi vida cuando salieron o que las escuché por primera vez; o de recordarme la persona que me la enseñó —continuó, la vista concentrada en las gotas de lluvia que competían unas contra otras por el cristal—.

Puedo pasar años sin escucharlas, pero la letra está tan fresca como si las acabara de escuchar ayer.

Todavía le sorprendía esa capacidad de la música y las canciones, cómo podían venir a la cabeza, así, sin más, después de años sin haberlas escuchado por última vez.

Aparecen en nuestra mente de forma tan nítida como si tuviéramos una radio sintonizada directamente al cerebro en la emisora correcta.

Ahora, con las maravillas de internet, Gabriela corre a la biblioteca para buscarlas en la web y disfrutar de la melodía completa.

Poder escuchar la canción que tienes en la punta de la lengua es un placer equivalente a rascarse una picadura de mosquito en un punto inaccesible en medio de la espalda, el primer trago de agua fresca en una mañana intensa a pleno sol o acostarse recién duchada tras un día agotador con un juego de sábanas limpias acariciándote la piel.

Se le vinieron a la mente canciones de su infancia y adolescencia, momentos de su vida que, aunque no estaban tan lejos, parecían haber pertenecido a otra persona, de tan diferente que era ahora mismo la Gabriela adulta de la niña de trenzas largas y rodillas magulladas.

Canciones de Regaliz o los éxitos del verano del 82, que sonaban en el viejo Ford Fiesta familiar en sus interminables viajes a las playas del Mediterráneo, cuando todavía disfrutaban de unos días de vacaciones en familia; La cosa más bella , de Eros Ramazzotti resonando sin parar cuando cumplió dieciocho años o Suavemente , de Elvis Crespo, que le recordaba el día en que decidió dejar la universidad.

La ambivalencia de las canciones las ata indiscutiblemente al recuerdo de ciertas personas.

Una mala experiencia con alguien puede estropearte de por vida la canción o el artista que te dio a conocer, y viceversa.

Caminante no hay camino de Serrat siempre le recuerda a Cristina, porque era ella quien le había descubierto la canción; cada vez que escucha Every breath you take de The Police se le viene a la mente su madre, tarareando la melodía mientras hace las labores de la casa; y por descontado, Queen, que se había ligado tan irremediablemente al recuerdo de su padre que no era capaz de escuchar sus temas.

A veces, cuando su mente navegaba por derroteros infinitos, se ponía a pensar en qué canciones habría dejado en la vida de otras personas.

Qué flores habría plantado, sin quererlo, en otros jardines.

Gabriela volvió en sí de sus cavilaciones y se encontró con la señora Parks mirándola con una sonrisa discreta. Rápidamente sus mejillas se tornaron de un rojo carmesí.

—Perdón, perdón, que me he puesto a divagar y no vea… —se excusó.

—Tranquila, me alegra saber que no soy la única que divago en esas direcciones —confesó, manteniendo la sonrisa triste, mirando hacia las estanterías—. Las canciones son cápsulas del tiempo, así que solo nos pueden llevar al pasado. Los libros son capaces de eso y mucho más.

Gabriela sonrió, orgullosa de que la señora Parks hubiera roto su pacto de silencio (una batalla ganada), y divertida por su terquedad (la superioridad moral de la literatura).