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Dado mi desconocimiento en materias de ingeniería y mecánica, siendo de entre todas las causas culpables mi corta edad y mi falta de estudios superiores las más notorias, mi padre apareció un día con el monarca de las palabras, el amo y señor de todas las historias contadas y por contar, soberano y regente de las letras y expresiones, que bajo su mando viven las palabras y sus quehaceres.
Siendo sincera, sí que he releído algún libro en mi vida, y ha sido ese.
Las definiciones que buscaba solían estar formadas por más palabras desconocidas que conocidas y, lejos de resolver mis dudas, me creaban otras nuevas.
Al buscar «sondaleza», por ejemplo, el diccionario me devolvía su definición, incluyendo la palabra «maroma» en ella, por lo que luego batía de nuevo las páginas en sentido inverso, en busca de la definición de «maroma».
Una maroma es una gruesa cuerda de esparto, cáñamo u otras fibras.
Yo conocía el esparto, que formaba las cestas que acompañaban a las mujeres al mercado, pero desconocía el cáñamo.
Al buscar «cáñamo», el monarca me indicaba que tenía hojas lanceoladas, séase dicho de una hoja o de sus lóbulos.
¿Y qué es un lóbulo, si no es la parte inferior de la oreja?
«Cada una de las partes, a manera de ondas, que sobresalen en el borde de una cosa; como en la hoja de una planta o en el intradós de un arco». Pero… ¿qué es el intradós de un arco?
Y ahí me encontraba yo, inmersa en un mar de palabras, en un laberinto de definiciones, en el cual, cuando creía haber encontrado la salida, me encontraba con dos o tres nuevos pasillos.
Al principio invertía más tiempo en buscar definiciones que en leer como tal.
Con el paso del tiempo, confieso, leí mucho sin molestarme en buscar la definición de determinadas palabras, las cuales intentaba descifrar gracias al contexto o ignorar si no eran una parte fundamental para el desarrollo de la historia.
Así, con un libro que pesaba más que algunos humanos al llegar al mundo como fiel escudero, vi las horas pasar en el despacho de mi padre.
Tantas horas allí invertidas, vocalizando con labios mudos para evitar molestar al patriarca de la familia, me permitieron ganar rápidamente una soltura a la hora de leer que fue envidiada e insultada a partes iguales en mis días en la escuela.
Lo que nadie me explicó nunca es que devorar libros a esa velocidad acarrea una sed inhumana, una insaciable curiosidad por saberlo todo.
Desde temprana edad, me volví adicta a las preguntas.
Siempre fui una niña muy curiosa. Una respuesta, habitualmente, llevaba a otra pregunta, igual que las entradas del diccionario.
Cuestionaba el porqué de todo, no por resultar cargante, sino por pura avidez de conocimiento.
Desgraciadamente, con el paso del tiempo me di cuenta de que hacer preguntas era otra de las actividades que no aparecía en la guía de la buena señorita.
Mis preguntas raramente recibían respuesta, y si era el caso, venían acompañadas de muecas molestas o labios fruncidos.
Yo no entendía tal reacción: el mundo me parecía tan inmenso, con tantas cosas por descubrir, que lo necio habría sido no preguntar.
Y los adultos, a pesar de llevar unos cuantos años de ventaja en la asignatura de vivir en este mundo, son igual de ignorantes que los niños respecto a muchas de las preguntas que nos rodean.
Cuando los niños hacen preguntas que los adultos no saben, los necios les mandan callar; los sabios se plantean las mismas preguntas.
Que mis preguntas fueran ignoradas en el colegio era un hecho que me resultaba bastante sorprendente, considerando que al colegio iba para aprender.
Salían de mi boca y, al no obtener respuesta, caían al suelo como hojas marrones de otoño, flotando suavemente hasta posarse sobre la gran montaña de aquellas que habían perecido antes que ellas.
Era la Hermana Magdalena, una novicia de ojos brillantes y cejas tupidas, una de las pocas adultas que se sentaba y se ponía conmigo a revisar esas hojas, una por una, buscando, explorando, si éramos capaces de encontrar la respuesta.
¿Cuál es la mejor época para plantar tomates?
¿Por qué es posible ver la luna de día, pero nunca el sol de noche?
¿Se puede estornudar mientras se duerme?
¿Cuántas patas tienen realmente los ciempiés?
Aunque recibiera burlas y collejas por mi habilidad con las palabras y la Hermana Magdalena no estuviera siempre disponible para responder a mis preguntas, disfrutaba enormemente del acto de acudir a la escuela.
En primer lugar, porque siempre aprendía algo nuevo, aunque fuera por mi cuenta.
Y en segundo y más importante, porque me evitaba pasar el día entero con mi madre.
Tras tantos años de escuela, entendí un poco más a mi padre.
Él era otro de los adultos que nunca rechazaba mis inquisiciones, siempre y cuando las preguntas fueran efectuadas fuera de los muros del despacho. Y, cómo no, los libros.
Los libros nunca se quejaban de que fuera una señorita y no un caballero el que buscara auxilio en sus páginas. Estos siempre respondían a mis preguntas, a expensas de que habláramos el mismo idioma, aunque solo lo hicieran hasta 1935…
Aún en el colegio, una mañana de abril en la que el cielo despejado después de una lluvia torrencial de primavera nos daba la bienvenida, la Hermana Angustias nos preguntó qué libro nos llevaríamos a una isla desierta.
Yo reflexioné la respuesta como si de verdad mi decisión fuera tenida en cuenta en el futuro poco probable de acabar varada apartada de la civilización.
Elegir solo uno me parecía criminal, ¿cómo iba a leer el mismo libro toda la vida?
«Acabaría escribiendo otros yo misma», pensé, «para no estar obligada a releer la misma historia una y otra vez».
Tras haberlo sopesado bien, levanté la mano, ajena al resto de alternativas que habían dado mis compañeros.
—Un manual de supervivencia —respondí, orgullosa, cuando la monja me dio la palabra.
De todas las opciones que tenía, decidí que esa era la más eficaz: podría saber cómo encender fuego para no morir de hipotermia, cómo construir una cabaña para resguardarme de las lluvias torrenciales que asolaban los trópicos, conocer los hábitos de los animales para saber el mejor momento de cazarlos…
La regla de madera surcó el aire con un silbido agudo, como un machete de explorador, golpeándome la coronilla y cercenando limpiamente mis ilusiones.
—La respuesta correcta es: La Biblia —dijo la Hermana Angustias, abriendo los brazos, con la regla todavía en la mano—. Para que, en los momentos de dificultad, podamos encontrar consuelo en las palabras del Señor.
Yo me encogí en el pupitre, rascándome el huevo que me estaba saliendo en lo alto de la cabeza.
«No creo que las palabras del Señor puedan resguardarme de la lluvia o darme de comer», pensé para mis adentros.
Nunca llegué a ser exploradora. Al menos, de parajes en el mundo real.
Nunca descubrí tierras lejanas provista de unos prismáticos y una brújula, pero sí acompañada de un marcapáginas y un lápiz.
Recorrí miles de mundos pasados y futuros, visité ciudades reales e inventadas, gracias a estos preciosos guardianes de historias.
Durante muchos años, las palabras de mi padre resonaban en mi cabeza.
«Azucena, pronto florecida…». Durante muchos años me lo creí, hasta que conocí el club del Café Europa, y ahí cambió totalmente mi visión del mundo.
Aunque hasta ahí todavía queda mucha historia…
Supongo que fue durante aquellos primeros años cuando comencé con mis pequeños rituales lectores: oler los cantos de los libros, anotar el mes y año de lectura en la portadilla, esquina superior derecha, con un lápiz negro de mina fina; destacar, con el mismo lápiz, aquellas frases o pasajes que me habían gustado…
No recuerdo habérselo visto hacer a nadie y no sabría decirte de dónde viene.
Con el paso frenético de las hojas del calendario, las dos torres de libros que ocupaban mi cabeza iban aumentando su tamaño: la de libros ya leídos y la de libros por leer.
Durante mis años de juventud leí absolutamente de todo: libros más y menos conocidos, de cientos o incluso miles de páginas, en un solo volumen, por fascículos.
Todo aquel conjunto de páginas que pasaba por mis manos entraba en mi cabeza.
Así que no es de extrañar que con tal trasiego de visitantes pasaran, llegado el momento, las historias de amor.
Llegaron en esa edad en la que las hormonas toman las riendas de tu vida sin pedir permiso ni perdón, en la que la existencia abandona la simpleza y diversión propias de la infancia, tomando el matiz rebelde e inconformista de la adolescencia.
Las divagaciones sobre cómo será el hombre de tu vida se comparan inevitablemente con los príncipes y nobles que pueblan las páginas de los libros; caballeros que, desgraciadamente, son más abundantes en esas páginas que en la vida real.
En aquellos tiempos, tumbada en mi cama, con un libro abierto sobre el pecho y la mirada perdida en las vigas del techo, divagaba acerca de si aparecería el hombre de mi vida o si se cumplirían los temores de mi madre.
¿Me convertiría en una Madame Bovary? ¿En Julieta? ¿Elizabeth Bennet? ¿Dulcinea?
Años después de aquellas divagaciones, la respuesta caminaría hasta mí en una fiesta, trastocando mi vida por completo.