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—Ese es una colección de cuentos de los hermanos Grimm, fue el primer libro que leí entero sin ayuda, al menos, por palabras de mi padre.
Ese otro —dijo, señalando un grueso volumen de tono verde esmeralda— lo leí cuando tenía ocho o nueve años, y estaba tan enganchada que recuerdo llevármelo al colegio.
Acababa la tarea rápido y lo sacaba, ávida por saber cómo acababan las historias.
Gabriela fue recorriendo la habitación, señalando títulos, evaluando la memoria de su anfitriona. La señora Parks le iba narrando, cual guía turístico, cómo los había conseguido y en qué momento de su vida los había leído. Algunos eran más sencillos de recordar que otros.
—Ese… Ese… A ver, tráemelo —le pidió con un gesto de la mano.
La joven se lo acercó, solícita. La anciana lo tomó entre sus manos, sopesándolo, oliendo sus páginas con ímpetu.
Ante la falta de respuesta, Gabriela le leyó el título y fue ahí cuando cayó en la cuenta—.
¡Ah! ¡Ya sé! Este nos obligaron a leerlo para la asignatura de Corte y Confección. ¡Menudo tostón!
—Y entonces, ¿por qué lo guarda? —preguntó Gabriela, frunciendo el ceño y sonriendo, mientras lo devolvía a su sitio.
—Porque forma parte de mi vida, hija —explicó la anciana, encogiéndose de hombros—. Tanto los momentos buenos como los malos han escrito la historia de mi vida. Sería muy egoísta borrar un capítulo solo porque no me ha gustado. Una historia sin alguna de sus páginas es una historia incompleta.
Cuando Gabriela estaba a punto de preguntar si cambiaría alguno de esos capítulos, los cucos del gran reloj de la entrada empezaron a cantar.
¡Cu, cu! ¡Cu, cu! Vaya. Habían estado bastante entretenidas.
Miró su reloj de muñeca para confirmar que de verdad eran las siete.
Se le había pasado volando. Fue hacia la salita para recoger sus cosas.
—Bueno, muchísimas gracias por enseñarme parte de su colección de libros. ¿Nos vemos el jueves?
—Nos vemos el jueves —replicó la anciana, con una sonrisa suave pintando sus labios, las manos retorciéndose entre sí—. Gracias por el café.
—Pero ¡si la que me ha invitado es usted! —rio Gabriela, poniéndose la mochila.
—Tú sabes lo que quiero decir —insistió—. Hasta el jueves. Y cuídate.
Gabriela salió de la casa con una sonrisa en la cara. María tenía razón: la señora Parks parecía otra persona cuando hablaba de libros. Como si su coraza se fundiera y su corazón se ablandara, como si fuera una persona enamorada hablando de su otra mitad.
Mientras esperaba de pie en la parada del autobús, rodeada de madres con hijos y chavales que salían de las actividades extraescolares, una idea que había surgido en su cabeza hacía días salió a flote, como llamada por el canto de una sirena.
El bus número seis llegó a la parada, se paró y, cuando arrancó, Gabriela lo vio alejarse, protegida bajo la marquesina.
Sin quitarse los cascos, dio media vuelta y se puso a andar.
Ya en la biblioteca, recorría los pasillos de la segunda planta, reservada para los libros científicos y los autores locales, pasillos en los que solía haber menor volumen de gente.
Sentía que estaba haciendo algo ilegal. Le daba tanto apuro que alguien se acercara y le preguntara…
Así que se dio prisa. Sacó un libro al azar y, cuando vio que no había moros en la costa, inspiró con avidez las páginas a unos milímetros de su nariz.
Una inspiración larga y profunda. Luego, disimulando, se puso a mirar la contraportada, sin leer realmente la sinopsis.
Dejó que el olor que acababa de entrar en su cuerpo despertara algún recuerdo, algún estímulo. Algo.
Gabriela merodeó un buen rato en la biblioteca, vagando por los pasillos y oliendo diferentes libros, llegando a varias conclusiones.
En primer lugar, los libros de las mismas editoriales solían tener el mismo aroma.
En segundo lugar, el «olor a libro viejo» era un hecho; los libros antiguos, los que tenían hojas amarillentas, olían todos igual.
Y en tercer y último lugar, los libros traían recuerdos.
Cuando cambió de planta, un libro de cuentos para niños le trajo a la mente su clase de cuando era pequeña, con sus mesas y sillas en miniatura; y una novela melodramática adolescente le recordó a Cristina, una de sus antiguas amigas del instituto: ese libro olía igual que ella.
Ya en casa repitió el mismo procedimiento con los libros que rellenaban el mueble del salón y que Gabriela siempre había percibido como unos elementos más de la decoración.
Algunos eran de propaganda; otros, regalos desfasados.
Dudaba que alguno de ellos hubiera sido leído de principio a fin.
Cogió uno, una guía de viajes de España, y se lo acercó a la nariz.
Inspiró profundamente. Olía sobre todo a plástico.
Le recordaba un poco a los libros infantiles.
Dejó la guía en su sitio y cogió otro, una novela policíaca.
Lo olió, y al no emitir sus páginas nada característico, las dejó correr ante sí, esperando que el diminuto vendaval que levantaban pudiera darle algún indicio.
Gabriela se entretuvo un rato, inspeccionando todos los libros que encontró desperdigados en las diferentes habitaciones.