Leyendo en casa de la señora Parks 4 #2
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—¿Y esto? —le preguntó Gabriela, acercándose hasta la cocina con un libro abierto entre las manos, señalando los finos trazos a lápiz con el dedo.

—De joven, me gustaba señalar los pasajes que me gustaban o que me resultaban curiosos —dijo la mujer, cogiéndolo de sus manos y examinando las huellas de grafito—. Nunca he releído un libro, pero en ocasiones sí que…

—¿Perdón? —le interpeló Gabriela.

—¿Qué? —Ahora era la señora Parks la que parecía confundida.

—¿Me está diciendo, que de todos los libros que hay en esta casa —preguntó anonadada, los ojos como platos, haciendo un gesto con el brazo intentando abarcar todas las estanterías—, no ha releído absolutamente ninguno?

Gabriela estaba estupefacta. Miraba a la anciana como si le hubiera confesado un crimen. Sin embargo, la otra le devolvía una sonrisa ladina ante una pregunta que le era conocida.

—Ni uno solo —dictaminó, orgullosa.

—Pero… —Gabriela miró hacia el salón principal, haciendo cálculos en su cabeza de todos los volúmenes que habría dentro de esa casa, entre esa estancia, los pasillos, el salón de lectura y tantas otras salas de las que no conocía su existencia—.

¿Cómo es posible? ¿No le dan ganas de releer ninguno?

Cuando hay un libro que le gusta mucho, ¿no le apetece volver a leerlo?

—Sí —confió la anciana— pero la mayoría de las veces me da pena estropear el recuerdo que tengo de un buen libro.

—La anciana se arrebujó ligeramente en la silla, subiéndose la manta que le cubría las rodillas.

Octubre había bajado las temperaturas de golpe, trayendo un viento fresco que se colaba por las rendijas de las viejas casas.

El recuerdo de la chimenea avivó la añoranza permanente de los tiempos pasados—.

Cuando lees un libro, te quedas con la idea que sentiste al leerlo: qué emociones trajo, en qué pasajes te sentiste representada…

No quiero que una segunda lectura emborrone el buen recuerdo que tengo de una historia.

—¿Y si le da una impresión mejor?

La mujer chascó la lengua.

—Mejor malo conocido que bueno por conocer.

—¿Y aquellos que no le han gustado? —insistió la joven—. Seguro que de todos los libros que ha leído en su vida, alguno no le ha gustado. —La señora se rio, sacudiendo la mano para dar a entender que habían sido unos cuantos—. ¿No ha intentado volver a leerlos, por si al final sí le gustaban?

—Quita, quita… ¿Tú sabes la de libros que hay por leer en el mundo?

Los cientos de miles de historias que hay impresas a lo largo del planeta.

—La anciana empezó a enumerar con los dedos—.

De todas ellas, la gran mayoría están en lenguas que no entiendo y, por tanto, no podré leer.

Y de los contados libros que hay en español, tanto en Europa como en América Latina…

¿tú crees que una vida humana basta para leerlos todos?

¿Y si la historia de mi vida está por ahí perdida, en una biblioteca argentina o uruguaya, y nunca llego a ella?

¿Y si nunca encuentro mi libro favorito?

Mejor intentar jugar todas las papeletas que pueda antes de morirme.

Gabriela se paró a pensar, extrapolando la reflexión a su terreno.

Es verdad que, gracias a la radio y a internet, la música viajaba cada vez con mayor fluidez por las cuatro esquinas del mundo.

Además, a pesar de no conocer el idioma de una canción, la música se podía disfrutar igualmente, no era necesario comprender la letra.

Se acordó de los días en los que bailaba al ritmo de canciones pop y rock alemanas, cortesía de su padre, o cuando encontraba canciones extranjeras en la Red, que se iban directas al reproductor por su ritmo y musicalidad.

Así que cuando la señora Parks manifestó su temor a no encontrar el libro de su vida, plantó un miedo que la joven nunca había sentido: ¿y si nunca descubría la canción de su vida?

—Pues yo creo que, si me gustara leer, me leería mi libro favorito mil veces, como hago con las canciones que me gustan —reiteró la joven.

—Entonces, el día que te guste leer, vendrás y me contarás qué se siente al releer un libro que te ha gustado mucho —respondió la señora Parks, riéndose ligeramente—.

Las canciones solo pueden llevarte a momentos del pasado.

Los libros, en cambio, pueden llevarnos al futuro, o incluso a vidas que no hemos vivido.

Cada uno de los libros que he leído ha sido una vida diferente que he disfrutado, un viaje —continuó con aire soñador, pasando los ojos por las estanterías repletas de volúmenes que se asomaban a través de la puerta de la cocina—.

Y cada uno de esos viajes los he realizado en momentos específicos de mi vida.

Gabriela volvió al salón, esta vez seguida por la anciana. Recorriendo las estanterías, cogió un libro al azar y leyó el título.

—Este, por ejemplo. Melocotones helados , de Espido Freire —leyó en la portada.

—Ese me lo regaló una de mis lectoras, fue Premio Planeta hace unos años, si no recuerdo mal.

—¿Y este? —preguntó de nuevo la joven, cogiendo en esta ocasión un volumen bastante grueso, encuadernado en tapas azules y rebordes plateados.