Leyendo en casa de la señora Parks 4
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Pasaron los días y los capítulos. Gabriela acudía dos veces por semana a casa de la señora Parks, martes y jueves, a las cinco.

Era la propia anciana la que le abría la puerta; María a esas horas ya había acabado su turno.

Juntas, iban descubriendo los entresijos de la historia, con personajes cuyos secretos iban saliendo a la luz y un hilo conductor que los unía a todos hacia un destino inevitable.

Cuando se acababan las dos horas de rigor, la señora Parks le daba las gracias y Gabriela cerraba el libro, que se quedaba esperando en la mesita hasta la siguiente sesión.

La novata aún se trababa mientras leía: su lengua, una niña y las palabras, una comba que giraba a un ritmo vertiginoso.

No pocas veces le tocaba parar para cuadrarse y seguir leyendo.

Después de varias sesiones, llegaron al final del libro.

En el penúltimo capítulo se desvelaba el asesino: el hermano de la víctima, buscando quedarse con la herencia, había conseguido una coartada casi infalible para el día del asesinato, pero había cometido un desliz que un agente recién entrado al cuerpo había descubierto.

Cuando leyó las últimas palabras, la lectora cerró el libro y se quedó mirando la contraportada, en la que la sinopsis daba alguna idea de cuál iba a ser el final.

Se quedó un segundo con la mirada fija: había sido una historia interesante.

Ella misma había tratado de adivinar quién era el asesino.

Suspiró y se miró la muñeca: hacía unos minutos que había marcado las seis.

—¿Le ha gustado? —preguntó, dirigiéndose a la anciana, quien acababa de abrir los ojos tras cerrar el libro que tenía entre sus manos.

—Muy interesante, realmente —apuntó ella—. Me gusta el giro del final.

—La verdad que es ingenioso —coincidió Gabriela, girando el libro entre sus manos. Se puso a mirar las estanterías que las rodeaban—. Bueno, ¿cuál quiere que leamos ahora?

La anciana soltó una buena carcajada, sobresaltándola. ¿Había dicho algo gracioso?

—¿No quiere leer más? Aún queda casi una hora. —Recalcó la apreciación echando un nuevo vistazo al reloj.

La anfitriona era observadora y viendo a la chica llegar todos los días con un reproductor de música y unos cascos entre los dedos, formuló una analogía fácil de comprender.

—Imagina que después de escuchar una canción que te encanta, con la que conectas en cuerpo y alma, pasas directamente a otra.

No te daría tiempo a saborearla —señaló mientras se levantaba, ayudándose de los reposabrazos, tardando unos buenos segundos en incorporarse del todo—.

Cuando acabas un libro, no puedes empezar otro así tan seguido.

Tienes que dar tiempo a que la historia acabe y tu cerebro asimile todos los detalles que has ido descubriendo a lo largo de las páginas.

Al menos, eso es lo que yo pienso —concluyó, con un sutil gesto de los hombros, mientras avanzaba con pasos cortos hacia la cocina—. ¿Te apetece un café?

Gabriela, aún sentada y asimilando todo lo que la anciana acababa de expresar, estuvo a punto de rechazar la propuesta de la forma más cortés posible, hasta que la última frase de la nota vino a su mente, empujada por un golpe de viento invisible.

«Romper un poco así también la soledad» .

Le pareció egoísta marcharse tan pronto.

Se levantó y siguió en silencio a la mujer por el pasillo.

Avanzando entre estanterías de madera añeja, le sobrevino una sensación de malestar al darse cuenta de la inmensidad de la casa comparada con ese cuerpo anciano, encorvado, que caminaba con pasos arrastrados entre hileras de libros.

Tras un mes yendo un par de veces por semana, constató que excepto María y ella, poca más gente pasaba por la casa.

Parecía obvio que la señora Parks era viuda. ¿Tendría hijos? ¿Nietos?

Minutos después estaba sentada a la gran mesa de la cocina, con una taza de té verde frente a ella.

Disfrutó la sensación de sentarse a tomar algo tranquilamente.

La señora Parks se instaló en la silla de enfrente, con una buena taza de café entre las manos.

La anciana dio un sorbo antes de lanzar la primera pregunta.

—¿Vives por aquí?

—Enfrente del museo —le indicó, tomando ella también un sorbo—. Cojo el seis para venir hasta aquí.

—Ah, muy bien… ¿Y qué libro estás leyendo ahora?

—Pues… —Gabriela se revolvió en su silla, avergonzada de pronunciar la respuesta que estaba a punto de dar en un entorno como aquel—. Ninguno.

Una mueca de disgusto arrugó el rostro de la anciana, que giró la cabeza, como si no hubiera oído bien.

—¿Ninguno?

—Yo, la verdad, no leo mucho… —reconoció con una risa incómoda, escondiendo su mirada en el líquido humeante.

Ya que estaba, iba a ser sincera. Dejó caer su respuesta, que sonó como si una de esas antiguas enciclopedias, enormes y pesadas, aterrizara sobre el escritorio del profesor—. Bueno, más bien nada. No me gusta leer.

La señora Parks abrió los ojos como platos, rascándose el cuello con brío, su cara plegándose en una mueca que revolvió las tripas a Gabriela.

—Creo que eres la primera persona que viene a esta casa a quien no le gusta leer.

Gabriela se sintió incómoda, indignada de que una señora nonagenaria decidiera meterse con sus gustos, juzgándola por el simple hecho de no compartir el mismo interés que ella.

Cuando estuvo a punto de soltar una réplica de la que quizá no estuviera del todo orgullosa, recordó el consejo de María y cambió el rumbo de la conversación.

—Y a usted, ¿hace mucho tiempo que le gusta leer?

—¡Uy, hija! —respondió ella—. Desde niña…

Muchos, muchos años… Luego llega un momento en el que la vista ya no es lo que era…

Hace tiempo que me entretengo con lo que puedo: la radio, pintar, aunque no respete del todo las líneas…

—Hizo un gesto con la barbilla, señalando a una esquina de la mesa, en la que varios libritos con mandalas en la portada reposaban cuidadosamente apilados, con un paquete de rotuladores de punta fina.

—Y leer, como ya no puedo —siguió la anciana—, pues hace unos años que se me ocurrió esta idea.

—Entonces, si hace tiempo ya, habrá tenido varios lectores diferentes, ¿no? ¿Cuál es el que más le ha gustado?

—¡Unos cuantos! Lucía era muy buena chica, vino aquí unos años —recordó la anciana, mirando al techo y levantando la ceja para hacer memoria—.

Se mudó a Madrid para estudiar… Y luego estuvo Iván también, un chaval majísimo.

Precisamente el otro día me compré un par de libros que me faltaban de una trilogía que empezamos a leer juntos.

Gabriela se levantó hacia la bolsa de plástico que colgaba de uno de los ganchos de la cocina y que la anciana había señalado con la cabeza. Dos gruesos tomos esperaban dentro.

—Era un chaval encantador, tenía una voz increíble —continuó la mujer—. De pequeño había hecho teatro y se notaba en su voz, tenía una delicadeza, unas tablas… Le daba vida al texto.

—¿Y por qué dejó de venir? —preguntó Gabriela, repentinamente molesta, mientras hurgaba en la bolsa. «¿En serio tengo envidia de un crío que ni siquiera conozco?», pensó, avergonzada.

—Mmmm… —La señora Parks caviló hasta que encontró la respuesta—.

Había estudiado enfermería y las condiciones que tenía aquí no eran muy alentadoras: horarios que cambiaban constantemente, a veces estaba de mañana, otras de tarde, turnos de noche…

Contratos que a veces duraban una semana, ¡incluso algunos de un día!

Indignante. —Una sonrisa interrumpió el sorbo que le estaba dando al café—.

Siempre me acordaré: Iván Rojo Borbón. La primera vez que oí su nombre completo, me morí de la risa.

Las conversaciones sobre política en su familia debían de ser interesantes.

Gabriela sacó uno de los tomos, de unas setecientas páginas, con ilustraciones de pequeños dragones verdes en la portada y detalles dorados que se reflejaban al girar el libro entre las manos. Le dio la vuelta, buscando el número que le confirmó que era el tercer tomo. Sacó el otro.

—Entonces, el próximo día podemos empezar este si quiere, es el segundo —propuso, levantando el libro en el aire.

La señora Parks la miró de soslayo, retirando la mirada rápidamente y retorciendo sus dedos en torno a la taza.

—No, gracias. Ese… Esa saga empecé a leerla con Iván y… —Gabriela frunció el ceño—. Prefiero dejarlo para otra ocasión.

—Pero… si Iván ya no viene con usted.

—Si pudiéramos dejarlo a un lado, por favor. Ya veré cómo lo soluciono —zanjó la anciana—. Los que tengo sin leer están en la estantería más cercana a la puerta de entrada, por si quieres ir a mirar —le indicó, levantándose de la mesa para servirse otro café.

Gabriela cogió la bolsa de plástico con ambos tomos y la posó con cuidado encima de la mesa.

Ojeó brevemente los cuadernos de mandalas.

Antes de que la anciana la pillara in fraganti , se dirigió al salón y se puso a bichear entre las estanterías.

Intentó relajarse. Sentía que con el comentario que había hecho había tocado una fibra sensible, y eso que solo pretendía ser amable…

Pero bueno, si lo quería leer con Iván, no era problema suyo.

No se limitó a la estantería que le había indicado la señora Parks: sobrepasó el límite imaginario y curioseó entre las filas infinitas.

Aun con la convicción de que los libros formaban parte de la estructura de la casa, contuvo el aliento mientras deslizaba un primer volumen fuera de líneas, esperando que el techo se derrumbara sobre ella.

Al ver que no pasaba nada, repitió la operación varias veces, atraída siempre por el título, devolviéndolos a su sitio tras haberlos inspeccionado brevemente.

Se dio cuenta de que en gran parte de ellos aparecían pequeñas anotaciones, indicando frases, fragmentos o incluso páginas enteras.