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Cuando nací, mi hermano José Luis me miró con ojos curiosos.
Cogió mi manita entre las suyas, viendo lo pequeña que era y la fuerza que tenía.
Con cuatro se ponía delante de mí con una muñeca de pelo rubio y vestido de flores, motivándome a dar mis primeros pasos.
Con seis, se acostaba en mi cama para apartar a los monstruos y demonios que poblaban mis terrores nocturnos, mientras luchaba contra los suyos propios.
Con ocho falleció a causa de la polio. Mi madre siempre me odió por ello.
Todo empezó cuando, embarazada de su tercer hijo, sufrió un aborto espontáneo y me culpó a mí.
Era comedida en sus vejaciones gracias a su amor incondicional por José Luis, pero cuando este murió, todo cambió.
Por temor a engendrar otra hija que trajera aún más desgracia a la familia, decidió no tener más descendencia y se sumió en una espiral de amargura y enojo: así quedé como hija única.
Famélica de amor materno, me volví más cercana a mi padre. Sin ser tampoco un experto en temas de afecto y cariño, territorios casi inexplorados en aquella época, sus pequeños gestos bienintencionados ayudaban a romper el ayuno, aunque no consiguieran saciar mi hambre.
El trabajo de mi padre era tan demandante que las horas del día no resultaban suficientes, por lo que habitualmente se encerraba en su despacho al llegar a casa.
O quizás era un modo de evitar pasar tiempo con mi madre.
En tal caso, tampoco le culpo. Yo disfrutaba incluso los instantes previos a su llegada.
Cuando el reloj de cuco de la entrada daba las cinco, mientras los pájaros entonaban su canto mecánico, José y yo corríamos para apostarnos detrás de la ventana salediza del salón, evitando que mi madre me viera (correr no era una actividad de señoritas).
Desde nuestro puesto de vigilancia, observábamos a los transeúntes que recorrían la calle, esperando, impacientes, su llegada.
Unos minutos más tarde, su gabardina flotando desde la esquina de la floristería era la señal para cambiar de posiciones y colocarse delante de la puerta.
Semejante al toque de cornetas que servía de presentación de los grandes generales, de sus más altas majestades, el sonido de las llaves precedía su aparición.
La puerta se abría, un telón que se deslizaba, dejando ver la imagen de un hombre alto, con ojos verdes, manos frías y corazón caliente.
Con un suspiro cansado, dejaba el sombrero y la gabardina en el ropero.
—Hola, José Luis —saludaba, con un toque cariñoso en la cabeza de mi hermano.
—Hola, papá —respondía él, irguiéndose todo lo que le daba el pecho.
Luego se agachaba y era ahí, afortunada yo, cuando apreciaba las sutiles manchas marrones que salpicaban esos ojos esmeraldas en los que me veía reflejada, física y espiritualmente.
—Hola, Azucena —me decía, dándome un beso en la frente.
—Hola, papá —respondía yo, henchida de emoción.
Mi madre llegaba por detrás, rompiendo la magia de tan solemne momento, y le besaba en los labios, sin pena ni gloria. Un saludo que, como una montaña ante las inclemencias del tiempo, se había mantenido en pie, erosionada su cumbre por el peso de los años.
Sin arriesgarse a que una conversación banal pudiera retenerlo por más tiempo, recogía su maletín, previamente posado en el suelo con mimo, y se encaminaba hacia el despacho; un espejismo de lo que había pasado a las siete de la mañana cuando atravesaba la puerta para ir a la oficina, pero en sentido inverso.
Cuando falleció mi hermano, había días en los que mi padre se quedaba congelado con la mano flotando en el aire antes de volver al mundo real y enfocar los ojos hacia mí, con un brillo triste que difuminaba los tonos de su mirada.
Desde que mis pequeñas piernas me lo permitieron, seguía a mi padre en aquel segundo turno que empezaba dentro de los muros del hogar.
Solo cuatro personas en toda la casa teníamos permiso para entrar en su despacho: mi padre (por descontado), José Luis, Amalia (una de las chicas del servicio, para quitar el polvo y vaciar papelera y cenicero) y yo.
Una decisión que en los primeros años a todos resultaba graciosa y tierna, siendo yo aún un bebé que comenzaba a dar sus primeros pasos, pero que con los años se tornó turbia, desatando los cuchicheos entre el servicio.
¿Qué harían don Jorge y su hija a puerta cerrada en el despacho?
Desgraciadamente, el humano es chismoso por naturaleza, y si no tiene cotilleos que compartir, se los inventa. Puerta cerrada, imaginación abierta.
Grabado en mi memoria está el día en que mi madre, unos meses después del funeral de José Luis, decidió que «ya bastaba de tanta tontería», agarrándome del brazo para impedirme la entrada.
«Los temas de trabajo no son asunto de señoritas», proclamó como único argumento.
Mi padre, de pie delante del escritorio que protagonizaba la estancia, se giró, con una furia hasta entonces desconocida imbuida en sus ojos.
Lanzó una mirada tan severa que recorrió la estancia en un suspiro, atravesando el quicio de la puerta e hiriendo a mi madre al instante, como si de una bala se tratase; una mirada tan explícita que las palabras hubieran sido un gasto de energía y una pérdida de autoridad.
Mi madre me soltó el brazo y reculó, la cabeza gacha, hasta desaparecer por el pasillo. Nunca más se volvió a hablar del tema.
El despacho era amplio, con un gran ventanal por el que la luz del ocaso bañaba la estancia en las últimas horas de la tarde.
Cada vez que pienso en mi padre, es su silueta recortada contra los últimos rayos del sol, inclinado sobre el escritorio, la vista hundida en montañas de papeles a través de unos anteojos redondos y macizos, la que se me viene a la mente.
Nítida en mi memoria, como si le hubiera visto ayer.
Toda la estancia giraba en torno a ese escritorio de sauce, una pieza brillante y regia, protegida de las manchas de tinta con un tapiz verde oliva.
El maletín incombustible de piel negra, con cierres en oro y un interior de terciopelo granate, descansaba en un costado.
Su escritorio siempre estaba repleto de papeles, documentos…
y libros, muchos libros, casi todos manuales de ingeniería y mecánica.
Mi padre no soportaba las interrupciones mientras trabajaba, así que yo dedicaba mis tardes a una de las pocas actividades que podía hacer entre esos cuatro muros sin molestar: la lectura.
En la escuela apenas habíamos comenzado a leer, y aunque los manuales que mi padre atesoraba en el despacho no eran mi género preferido, prefería eso a las miradas y reprimendas de mi madre.
Tras muchas horas invertidas en aquel despacho, empezaron a aparecer como por arte de magia diferentes novelas de ficción en los estantes, pequeños invasores entre aquellos manuales técnicos que fueron ganando terreno para convertirse en el pueblo conquistador.
Me convertí en la niña de sus ojos. Don Jorge me defendía a capa y espada, el caballero protegiendo su rosa, o más bien, su azucena.
Este amor paternal me valió aún más rechazo por parte de mi madre, que veía que el poco amor que su marido era capaz de otorgar caía en manos de otra mujer.
Durante años me pregunté qué convenció a mi padre para casarse con ella, hasta que mi propia experiencia vital me enseñó que toda leche agria fue en algún momento un dulce manjar.
En las tardes de otoño, abrazados por el crepitar que despedía la chimenea y un sutil olor a humo que todo lo envolvía, mi padre se permitía el desliz de dejar que el calor de las brasas fundiera su coraza de carácter riguroso y postura férrea, acogiéndome en sus brazos.
Yo bebía de aquellos momentos como si de oro se tratase, dudando en ocasiones si no serían imaginaciones mías surgiendo en ese volátil estado entre el sueño y la vigilia, atraídas por la calidez de la leña y el apego de sus brazos.
«Ay, mi azucena, pronto florecida», me susurraba en aquellos exiguos momentos de complicidad cuando me creía dormida en el mecer de su cuerpo.
En aquellos años, las mujeres dependían de la licencia paternal o, en su defecto, marital, en las pocas decisiones que podían tomar.
El carácter liberal y ambicioso que yo empezaba a mostrar no encajaba para nada en el molde establecido.
Aunque él mismo lo sabía, se oponía tajantemente a mi madre cuando ella le expresaba sus preocupaciones, las cuales yo escuchaba escondida tras el quicio de la puerta (otra actividad que, como adivinarás, tampoco era apropiada para señoritas).
—Si es demasiado inteligente, ningún hombre la querrá —confesó con temor mi madre un día, manifestando parte de la doble preocupación de las mujeres en aquella época: no encontrar marido y no tener hijos.
—Los tiempos están cambiando, Carmen, el futuro está cerca. Además, Azucena es lista, sabrá cuando callarse la boca.
—Para ser una buena esposa no necesita ser lista. ¡Ningún hombre va a querer a una mujer inteligente! —bramó mi madre.
Mi escondite me impedía ver la escena, pero la bofetada se escuchó claramente a través de la madera, dejando tras de sí un silencio sepulcral.
—A mí no me levantas la voz —sentenció mi padre con voz seria—. Ya se sacará ella las castañas del fuego.
Salió de la habitación, escondiéndome sin pretenderlo tras la hoja de la puerta, y se dirigió a su despacho. En esta ocasión no entré con él.
En nuestra casa empezaron a reinar tres adicciones: a los habanos, al orden y a los libros.
La de mi padre le daba un olor característico que me acompañaría allá donde fuera; incluso años después de su muerte, evocaría su imagen en mi mente tras percibir el olor proveniente de una boquilla recién encendida.
La de mi madre, permitía conservar la humanidad en una casa en la que sobraban habitaciones y faltaba amor.
Y la mía… La más cara de las tres y la que más comprometía la obsesión de mi madre.
—Azucena Elvira, cuando vivas con tu marido, le pedirás cuantas estanterías desees.
Hasta entonces, permítenos vivir sin ahogarnos en papel, te lo pido por favor —me reprendía cuando mi padre no estaba delante.
Si la bisabuela hubiera sabido que solo se iba a acordar de mi segundo nombre para echarme la bronca, no creo que le hubiera gustado la idea de ponérmelo…
Mientras, en el colegio, las monjas me enseñaban labores y cosas importantes, según ellas, «para ser una buena mujer».
Según los manuales de anatomía que cogían polvo en uno de los cajones del salón, recuerdos de mi abuelo, para ser una buena mujer solo hacían falta unos órganos específicos que las mujeres sí tenían y los hombres no.
El día que se me ocurrió comentar mi razonamiento en clase me llevé un par de varazos de la Hermana Angustias, que tuve la desgracia de probar en numerosas ocasiones durante mis años de escolaridad.
Quizá sí que nací avanzada a mi tiempo. Quizás esa era la explicación a todas las veces que me sentí fuera de lugar en la vida, «un bicho raro» como decís ahora. Sin embargo, si no hubiera nacido en aquella época, nunca hubiera conocido a Eleanor.