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Gabriela contuvo la respiración. Estaba nerviosa y no sabía por qué, lo que multiplicaba su inquietud.
Tres de las paredes eran una réplica en miniatura del salón principal, cubiertas del suelo al techo por estanterías; la cuarta, frente a la puerta, poseía un gran ventanal que dejaba entrar la luz a raudales y regalaba una vista en primer plano de la pesadilla de cualquier jardinero.
En el centro, dos butacones (uno ocupado, otro vacío), una mesita redonda con varios libros apilados y una lámpara de pie antigua con pantalla de tela.
La señora Parks era una mujer menuda, con el pelo corto, fino y níveo, y el rostro surcado por las líneas de la memoria.
Se levantó con la dificultad que aportan los años, apoyándose en los reposabrazos del butacón.
Le ofreció la mano con una sonrisa amable.
Gabriela se fijó en su altura, no llegaría al metro cincuenta. Un apretón de manos firme, decidido.
—Buenas tardes, joven. ¿Es la primera vez que ejerces de lectora? —le preguntó.
—Sí, señora. —Gabriela se relamió los labios con nerviosismo.
—Pues pongámonos manos a la obra. —Desvió la mirada hacia la otra mujer—. Gracias, María, nos vemos mañana.
María asintió y, aprovechando que la anciana estaba de espaldas, formó la palabra «suerte» con los labios. Cerró la puerta tras de sí, dejando a invitada y anfitriona frente a frente. La anciana se dejó caer en el sillón, la joven esperó de pie.
—Elige uno —le indicó con un movimiento del brazo, señalando los libros de la mesita.
Gabriela se acercó y cogió un libro en cada mano, el tercero quedó en la mesa. No le sonaba ninguno de los títulos, aunque, conociendo su falta de experiencia literaria, tampoco era ninguna sorpresa.
—Este —dijo, levantando ligeramente el que tenía en su mano derecha.
—Muy bien. ¿Por qué ese libro? —Gabriela se tensó. La anciana se acomodó en el sillón, entrelazando las manos—. Sé sincera.
—Nunca había cogido un libro que fuera suave —admitió. Pasó lentamente la mano por la portada, mientras el terciopelo acariciaba sus dedos.
—Huélelo. —Gabriela abrió mucho los ojos y luego frunció el ceño—. Dime a qué te huele —le pidió la anciana.
Acercó el libro a su cara y aspiró con escepticismo. Un olor sutil llegó a su cerebro. Insegura de su respuesta, volvió a inspirar una segunda vez. Miró el libro con extrañeza. Le olía a algo, pero ¿a qué?
—Pasa las páginas. Deja que ellas te guíen.
—La situación se estaba volviendo un poco extraña, pero Gabriela no tenía nada que perder.
No creía que la anciana hubiera ocultado sustancias de extraña procedencia entre las hojas, así que abrió el tomo y dejó que las páginas aletearan una tras otra.
Acercó su nariz y dejó que el viento le llevara algún olor descriptible.
—Mmmm, no lo sé —confesó.
—Lástima. —Gabriela volvió a inspirar. Sí, le olía a algo, ¿pero cómo se podía definir un olor?
—. ¿Me permites, por favor? —La joven le tendió el libro y la anciana aspiró el aroma que le enviaban las páginas, tomándose su tiempo.
Cuando separó el libro de su cara, una sonrisa iluminaba su rostro, resaltando con más ímpetu sus arrugas—. Gracias. Puedes tomar asiento.
Se sentó en la butaca libre con el libro de vuelta entre sus manos.
—Voz alta y clara, sin prisa pero sin pausa. Cuando quieras, puedes empezar. —La señora Parks se había puesto cómoda, cogiendo uno de los libros restantes de la mesita, abriéndolo en su regazo, y cerrando los ojos.
Gabriela cogió aire y se humedeció los labios de nuevo.
Hacía años que no leía en voz alta. Quitando alguna ocasión en el colegio o cuando leía alguna noticia interesante a los jubilados del bar, no era una experta en la materia.
En esa primera sesión, se trabó a menudo.
A veces se perdía en medio de una frase y tenía que volver a empezar.
La boca se le quedó seca como un zapato y se arrepintió de no haberse llevado una botella, o haber pedido un vaso de agua antes de empezar.
Sin embargo, la señora Parks se mantenía impasible en la butaca de enfrente, pasando las páginas al mismo ritmo que Gabriela, sin la necesidad de abrir los ojos.
Una eternidad después, unas campanadas retumbaron desde el salón principal. Gabriela miró su reloj de muñeca: eran las siete. La señora Parks abrió los ojos y posó un largo suspiro, como si acabara de despertarse.
—Muchas gracias —le agradeció la mujer, con una sonrisa sincera—. ¿Nos vemos el jueves? ¿Misma hora, mismo lugar?
Gabriela volvió a casa desconcertada. Después de lo horriblemente mal que había leído, le había extrañado que la mujer le pidiera continuar, aunque le había sorprendido de igual modo su propia voz confirmando asistencia.
Ella, a quien no le gustaba leer, había accedido a otras dos horas de monólogo literario.
Sin embargo, la anciana parecía amable y se sentía feliz de poder ayudarla.
Además, el libro que acababan de empezar juntas era de intriga.
Y Gabriela se había quedado con ganas de saber el final.