2 #2
—Pues… esto es el almacén —explicó María, con las manos apoyadas en las caderas, girándose hacia Gabriela—.
Ella viene habitualmente por aquí, pero si tiene un día malo o necesita ayuda, ya sabes dónde está.
Tiene una memoria prodigiosa, se acuerda siempre de cuánto le queda de cada cosa, si hay que comprar algo…
Es una pasada, teniendo en cuenta la edad que tiene.
—La señora Parks es una mujer adorable —siguió diciendo mientras cerraba la puerta y la guiaba hacia la siguiente estancia—. Es un poco seca, pero si le preguntas sobre libros, se vuelve la mujer más feliz del mundo. Lo único que no soporta son los días de lluvia.
—Bueno, como todo el mundo, ¿no? —replicó la visitante.
—Ay, no, no… —María se paró para mirar a Gabriela a los ojos—. Los días de lluvia, ni lo intentes. Que no te extrañe si un día está lloviendo y al venir no quiere ni abrir la puerta. Y si tienes la suerte de que te deja entrar, dedícate a leer y punto.
La improvisada guía turística inspiró profundamente.
—Los días de lluvia son… otro mundo —zanjó con un gesto de manos, poniéndose a andar de nuevo.
La otra puerta disonante daba directamente a una cocina que parecía propia de un hotel.
Tenía una gran isla central de mármol brillante y los muros estaban decorados con cacerolas de cobre en todos los tamaños y formas, así como utensilios de cocina, pinzas y cucharones.
Una antigua balanza de hierro yacía recluida en uno de los extremos y, en el otro, tres grandes fogones estaban dispuestos entre una imponente campana extractora y un horno negro de la época.
El olor de la comida del mediodía flotaba aún en el ambiente, reticente a abandonar sus muros, y a Gabriela se le abrió el apetito. Inspiró disimuladamente y pudo sentir el ajetreo, la marabunta de gente, unos cocinando, otros lavando platos.
—¿También cocinas tú? —preguntó Gabriela.
—Sí, le hago la comida del mediodía. Al vivir ella sola, no tiene mucha motivación para ponerse y los días que me daba por preguntarle qué había comido, no eran platos muy alentadores.
—María frunció los labios—. Una lata de atún con un poco de pan, una ensalada con queso, un cuenco de gazpacho…
Le dije que no podía vivir a base de conservas y que tenía que preparase comidas consistentes.
Como ella seguía en sus trece, me ofrecí a hacérselas yo.
Gabriela asintió unos segundos, meditabunda.
—¿Seguimos?
Mientras pasaban por un enorme ventanal que daba al exterior, se quedó mirando el jardín trasero, invisible desde la calle.
Una palmera con varias hojas secas se erguía, reacia a perecer, al fondo del terreno, reina y señora de sus tierras.
Su plebe, un cuadro muy similar al de la parte delantera y al nivel de su reina: arbustos descuidados, hierbas de casi un metro, plásticos varios descoloridos por el sol…
—Y este —anunció María mientras abría la puerta— es el salón principal.
Gabriela había tenido los ojos tan centrados en la decadencia del jardín que no vio el salón principal hasta que tuvo los dos pies dentro.
Al girar la cabeza y mirar hacia el interior, la joven se quedó momentáneamente sin respiración.
Fue apenas una centésima de segundo, imperceptible al ojo humano, manifiesto para el alma.
Se pellizcó sutilmente el antebrazo. Una estancia casi idéntica a la sala de lectura de la biblioteca municipal, aquella en la que pasaba horas y horas, se abría ante sus ojos, con un aire más antiguo y a la vez más hogareño, más íntimo.
Recorrió con ojos curiosos las paredes, o, mejor dicho, los libros que, cuan ladrillos de papel y tinta, parecían conformar los muros mismos de la casa.
La uniformidad de las estanterías de madera contrastaba con la población dispar de habitantes de papel, de todas formas y tamaños.
Los espacios a ras de suelo estaban cubiertos por vitrinas y, a la altura de la cadera, una pequeña repisa servía de refugio para aquellos libros que habían perdido sus aposentos.
Cuando el sentido común volvió de su viaje astral, Gabriela se preguntó en silencio cómo la anciana llegaría a los estantes superiores, con la certeza de que una escalera no sería buena idea, teniendo en cuenta la altura a la que se elevaban.
Se acercó con paso sigiloso para deslizar el dedo con suavidad por los lomos.
Los libros parecían estar ordenados mediante un esquema entrópico: no cuadraban en altura ni en grosor ni en orden alfabético, pero siempre contaban con un espacio entre ellos y la siguiente balda, para que pudieran respirar, como si de árboles en un bosque se tratasen.
Gabriela no se consideraba una persona lectora.
En su vida, había leído más por obligación que por placer y, aunque acudiera habitualmente a la biblioteca para evitar el ambiente asfixiante que la esperaba en casa, nunca había sacado ni un solo libro.
Sin embargo, no podía obviar que aquella vista imponía.
Parpadeó despacio, confirmando que sus ojos no le estaban jugando una mala pasada.
Cuando se giró hacia María, esta tenía la mirada perdida en las olas de libros, los brazos cruzados y una leve sonrisa curvaba sus labios.
—Guau… —fue lo único que pudo decir Gabriela. María se rio.
—Es más o menos la reacción que tiene todo el mundo.
La casa contaba con al menos otros dos salones secundarios, llamados así por su tamaño respecto al primero, no por su escasez de libros.
En cada estancia en la que entraban, poblaban las mesas, las repisas, los sillones…
Como un musgo de celulosa, los libros colonizaban cualquier superficie en la que pudieran mantenerse en equilibrio, exceptuando el suelo.
Después de enseñarle el baño de invitados y la puerta de los dormitorios principales, de prohibido acceso, María se paró delante de una última sala, una puerta que habían pasado por alto. Llamó, tres toques rápidos, y bajó el pomo sin esperar respuesta.
—Buenas tardes, señora Parks. Le presento a Gabriela, su nueva lectora —anunció hacia el interior.