Leyendo en casa de la señora Parks 2
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A la mañana siguiente, mientras esperaba tras la barra del bar la llegada de clientes, Gabriela miraba el papel que tenía entre los dedos con el número de teléfono apuntado.

Al mirarlo, se le venía a la mente la nota.

La letra era bastante pulcra, aunque tenía un toque antiguo.

¿Una mujer que quería ver pasar las horas un poco más rápido?

¿Quizá su marido estaba interesado en otros asuntos?

¿O quizás era viuda y no tenía hijos que la hicieran compañía?

En ese momento, Gabriela no tenía mucho tiempo: entre el bar, las visitas a su padre y sus pequeños ratos de ocio en la biblioteca, le quedaba poco más.

Sin embargo, aquella nota tenía algo especial y el sueño de la noche anterior no le había pasado desapercibido.

Tras dudar unos segundos más, cogió el teléfono del bar y marcó.

Después de tres o cuatro tonos, descolgaron.

—¿Sí? —Era difícil identificar una voz con una sola sílaba. Gabriela respiró profundamente y respondió.

—Hola, buenos días. Me llamo Gabriela Meyer y llamaba por el anuncio de la biblioteca. —Ante el segundo de silencio al otro lado de la línea, los nervios tomaron la delantera—. ¿El de la anciana con problemas de vista, para leer?

—¡Ay! Hola, Gabriela, encantada. Yo soy María, la chica de la limpieza, y que ayuda con algunas gestiones a la señora Parks. —Sí que parecía una chica joven—. ¡Genial! Entonces, ¿estás interesada?

—Sí —respondió la camarera, tomando consciencia de lo que aquello implicaba.

—Perfecto. Normalmente, hacemos una primera sesión de prueba, para ver si te cuadra y estás cómoda, y si ya vemos que va todo bien, lo dejamos incluso por escrito. ¿Te parece?

¿Sesión de prueba? ¿Dejarlo por escrito? Ella pensaba ir simplemente a leer para una abuelita…

—Sí, sí, perfecto.

—¿Te viene bien este martes, a las cinco?

Gabriela miró el calendario de propaganda que tenían colgado al lado de la máquina de café. Normalmente, los martes era uno de los días que iba a ver a su padre, pero podía cambiarlo.

—Sí, sin problema. Martes a las cinco estoy disponible.

—Genial. La dirección es calle Cervantes, número treinta. Es una casa grande, de las de antes, ¡no te asustes al llegar! —bromeó María—. ¡Hasta el martes, Gabriela! ¡Y muchas gracias!

—Nada. Buen día. —Gabriela colgó y se quedó unos segundos mirando el auricular mudo del teléfono.

El martes, pasadas las cuatro, Gabriela cogió el autobús número seis, el mismo que utilizaba para ir a la biblioteca: si se bajaba una parada más tarde a la que estaba acostumbrada, la dirección que le había dado María no quedaba lejos.

Ya en el bus, se quedó de pie en uno de los espacios reservados a las sillas de ruedas, guardando el equilibrio gracias a la habilidad que le proporcionaban los años de práctica.

Conectó los cascos al reproductor y dejó que la música la envolviera, alejándose de esos extraños nervios que le hacían cosquillas en el estómago.

A su madre le había dicho que había quedado con una chica que había conocido en la biblioteca.

Su madre accedió complacida, ya que hacía años que Gabriela no le hablaba de alguien en términos de amistad.

No sabía por qué le había mentido, por qué le había dado vergüenza ser sincera respecto a lo que iba a hacer.

En parte sí lo sabía, pero no quería reconocerlo.

Ya tendría tiempo más tarde de enfrentarse a la verdad.

Unas paradas después, Gabriela estaba en la calle, recorriendo la acera con el ritmo de quien se sabe en hora para su cita.

Después de confirmar con la placa el nombre, se aventuró calle abajo, mirando con interés las casas que escoltaban la carretera.

Aunque juraría que en alguna ocasión había pasado por allí, no se acordaba del todo bien.

Oculto bajo las largas sombras que proyectaban los bloques de edificios más modernos, el esplendor que había despedido el barrio en sus días gloriosos se desconchaba de las paredes junto con los restos secos de pintura de las mansiones antiguas.

Las malas hierbas atravesaban los barrotes de las verjas metálicas, intentando escapar del abandono y del olvido, cubriendo casi por completo carteles descoloridos de «Se vende» con números de teléfono ilegibles por el paso del tiempo.

En una comparación indigna, tenían mejor aspecto los bloques de viviendas recientes, que, aunque todos iguales, planos y de ladrillo rojo, al menos estaban limpios y enteros.

Entre suposiciones y deambulaciones mentales, llegó al número treinta: una casa de dos plantas color salmón con tejado a dos aguas se erguía ante ella.

Todas las contraventanas estaban cerradas y el jardín no tenía mejor aspecto que el de sus congéneres: hierbas y arbustos que parecían querer comerse la vivienda junto a pequeños restos de basura traídos por el viento o por manos maleducadas.

Gabriela se miró la muñeca y vio que aún faltaban cinco minutos para las cinco, así que llamó al timbre.

Para su padre, fiel defensor de la característica puntualidad germánica, llegar a la hora era llegar tarde y aunque en España esa regla se tomara bastante a la ligera, ella era leal a sus raíces paternas en ese aspecto.

Unos segundos después apareció una chica joven por la puerta de la casa, que la miró con una sonrisa. Luego bajó la mirada a las manos y recorrió los escasos metros que las separaban concentrada en un manojo enorme y tintineante de llaves.

—Hola, Gabriela, bienvenida —la saludó sonriendo mientras abría la puerta—. Yo soy María, hablamos el otro día por teléfono. Encantada.

Al tenerla tan cerca, Gabriela se dio cuenta de que María tendría su edad, más o menos, o al menos no llegaría a los treinta.

La tensión en sus facciones quería imprimirle años que aún no tenía, mientras su forma de hablar y sus gestos la delataban.

Llevaba un uniforme de limpieza y un moño alto retenía a duras penas unos rebeldes rizos color caoba.

—¿Pasas? —la invitó, con un gesto de la mano y una sonrisa acogedora, mientras sujetaba la puerta.

Gabriela asintió con una leve curva en sus labios y tomó el relevo de la puerta, que se cerró con un chirrido a su espalda.

Al paso de alguien que está acostumbrado a andar de acá para allá todo el día sin parar, no tuvo mucho tiempo de fijarse en los detalles de la casa, más aún con la intención de mantener a salvo sus tobillos de las raíces y adoquines sueltos que se interponían en el camino y que su guía sorteaba con pericia.

Al traspasar la gran puerta de madera oscura, que María había dejado entornada para no tener que volver a utilizar el cascabel de metal gigante que acunaba entre sus manos, se toparon con un claustrofóbico vestíbulo de entrada.

En él, un zapatero sencillo bajo un gran espejo rectangular y un paragüero les dieron la bienvenida.

—Quítate los zapatos, por favor —le pidió María, mientras se quitaba los suyos y se acuclillaba para abrir el zapatero, sacando un par de simples zapatillas de andar por casa marrones—. La mayor parte de la casa es moqueta y no veas lo que cuesta limpiarlo cuando se ensucia un poco…

Gabriela se descalzó sin necesidad de usar las manos y metió las zapatillas en el hueco que le indicó María.

Una vez preparadas, la limpiadora abrió la puerta que daba acceso al resto de la casa.

La repentina bajada de temperatura confirmó las sospechas de Gabriela de estar entrando en una casa embrujada.

Sintió cómo su cuerpo se estremecía ante el contraste con el exterior y una fina gota de sudor bajó traicionera por su espalda.

Una gran escalera central flanqueada por dos sobrias estanterías repletas de libros daba paso a los pisos superiores. Como le había confesado María, todo el suelo estaba recubierto por moqueta, lo que contribuía a prolongar el silencio sepulcral que inundaba el ambiente como una densa humareda.

—Bueno, bienvenida a «El Olivar» —anunció María, abriendo los brazos—, es el nombre que le dieron los señores a la casa. Te voy a enseñar el almacén y la cocina, simplemente por si un día la señora Parks te pide que le vayas a buscar algo. Luego ya iremos a conocerla, ¿te parece?

Gabriela asintió. Tampoco tenía muchas opciones y no le atraía para nada la idea de perderse sola en alguno de esos pasillos. Desde dentro, la casa era mucho más amplia que lo que dejaba entrever su apariencia exterior.

—Pues entonces, vamos allá. —María giró hacia la izquierda y descorrió una puerta de madera con cristales opacos. Un pasillo sumido en sombras se abrió ante ellas—. Empezamos por el pasillo del servicio.

Gabriela abrió la boca por primera vez desde que había salido de casa; agarrotada por los nervios, la pregunta salió ronca de sus labios.

—¿Tú vives aquí?

—¡No, no, no! ¡Qué va! —rio—. Son las antiguas habitaciones del servicio. Ahora son posibles habitaciones de invitados, o incluso alguna la utilizamos también de almacén.

Gabriela iba mirando las puertas, todas idénticas, e intentaba imaginarse cómo sería la vida viviendo en el mismo sitio en el que se trabajaba. Se figuró durmiendo en un cuartucho en la parte de atrás del bar y, por primera vez desde hacía mucho tiempo, agradeció su situación actual.

—Normalmente nunca tendrás que venir por aquí, pero te lo enseño por si algún día te pide algo del «almacén», para que sepas dónde está.

Al fondo del pasillo, dos puertas desentonaban con el resto.

María abrió una de ellas. Una solitaria bombilla se encendió, no sin esfuerzo, revelando un habitáculo de paredes austeras, lleno de latas, conservas, botes de vidrio, cajas de cartón, botellas, aparatos de jardinería…

Un gran arcón frigorífico de un blanco grisáceo emitía un zumbido atronador en contraste con la ausencia de sonido que envolvía el resto de la casa.