Leyendo en casa de la señora Parks
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Gabriela caminaba por la calle, acompañada de cerca por la voz de Axl Rose.
Con sus dedos entrelazados en el cable de los cascos en un patrón intrincado y determinado —la única forma de hacer que estos funcionaran correctamente—, los acordes tristes de November rain llegaban hasta sus oídos con fuerza.
Desde tierna edad le había maravillado la capacidad que tenía la música de aislarla del mundo exterior: faltaban unos días para acabar el verano y aunque el sol estaba bajo ya, los adoquines seguían emanando el calor acumulado durante el día; sin embargo, al cerrar los ojos, era capaz de teletransportarse a una tarde húmeda de otoño y lamentarse junto al vocalista de los Guns N’ Roses.
Al abrirlos de nuevo, divisó la puerta principal de la biblioteca.
Gabriela soltó su presa, rompiendo la magia, y enrolló el cable alrededor de su reproductor de música de segunda mano.
De vuelta en el mundo real, pudo escuchar cómo unas notas traviesas escapaban por las ventanas abiertas del conservatorio, retorciéndole ligeramente el corazón.
Suspiró con fuerza, mirando con nostalgia los escalones de entrada, sin caer en la tentación de detenerse.
En cuanto puso un pie en su verdadero destino, el edificio con muros de ladrillo y entrañas de papel, Gabriela sintió el olor de los libros.
Formuló un «hola» mudo con los labios, saludando a Belén, la bibliotecaria, quien le devolvió el saludo con la mano libre mientras hablaba por teléfono, y entró como si fuera su casa.
Cientos y miles de estanterías blancas repletas de volúmenes poblaban los pasillos.
Novelas, cuentos para niños, biografías, libros científicos, atlas, revistas…
Sin embargo, la joven pasó por delante de todos ellos y se sentó al fondo, frente a uno de los tres ordenadores instalados en la planta baja.
Con cuidado de no hacer ruido, posó su reproductor encima de la mesa, por si le hiciera falta en un futuro inminente, y encendió la torre.
Mientras la computadora se ponía en marcha, se inclinó ligeramente en la silla para sacar un papel arrugado del bolsillo trasero de sus vaqueros.
En él, retazos de una canción que había escuchado esa mañana en la radio aparecían garabateados con trazo apresurado, descuidado.
Por fortuna, era su caligrafía y era reciente; en unos días, esas palabras se volverán indescifrables, sin el apoyo de la melodía ni el recuerdo virgen en su memoria para ayudarla.
Después de unos minutos de búsqueda, Gabriela encontró lo que buscaba.
«¡Bingo!». Con un bolígrafo anotó en el reverso del papel el disco, el título de la canción y el cantante.
Dedicó las horas siguientes a navegar por internet, buscando otras canciones, artistas conocidos y emergentes, melodías que conocía de memoria y otras que entraban en sus oídos por primera vez.
En su camino hacia la salida, su mirada se cruzó de nuevo con la de Belén. Acababa de despachar a un niño que, todo contento, se dirigía hacia la puerta con varios volúmenes entre los brazos, llenos de colores vivos y dibujos de dinosaurios, y la mano de su padre apoyada en el hombro.
—¿Qué tal, Gabriela? ¿Todo bien? —le preguntó la bibliotecaria.
—Tirando. ¿Y tú? —Hacía por lo menos quince años que Gabriela acudía a la biblioteca, y en todo ese tiempo, Belén siempre había estado ahí. La había visto pasar de EGB a BUP, y de COU a su corto paso por la universidad. Belén, como buena pontevedresa, le contestó a la gallega.
—¿Qué tal tu madre? ¿Y tu padre?
Gabriela no dejó que la sutil punzada que había sentido en el corazón alterara su sonrisa.
—Bien, mi madre bien. Y bueno, mi padre… Como siempre… —respondió, encogiendo ligeramente los hombros. Cuando giró disimuladamente la cabeza para evitar enfrentarse a la mirada lastimera de Belén, una nota pegada en la cristalera de la recepción llamó su atención.
—Ya… —Belén bajó la cabeza un instante, pero se repuso rápidamente—. ¿Te marchas?
Gabriela había oído la pregunta, pero su interés estaba puesto en otra cosa.
La nota manuscrita pegada a la vitrina que separaba a la bibliotecaria del resto del mundo era una hoja amarillenta de papel rígido, pulcramente cortada, con dos tipos de letra diferente, ambas legibles, una más pequeña que la otra.
Persona mayor con problemas de vista busca voluntario/a para un poco de lectura y romper un poco así también la soledad.
La letra «y» se superponía al punto final que había inicialmente detrás de la palabra «lectura» como un niño reticente a irse a dormir a la hora establecida.
Algo insólito y a la vez familiar se despertó dentro de ella.
No le parecía extraño que una persona mayor tuviera problemas de visión y necesitara ayuda para leer, pero la parte final de la frase dolía solo de verla…
Al final de esta aparecía un número de teléfono y un nombre: María.
—¿Gabriela? —Esta parpadeó un par de veces. Sus ojos cambiaron de enfoque y se encontró mirando su propio reflejo en el cristal.
—¿Esta nota desde hace cuánto que está? —contraatacó, señalando con el índice la nota pajiza, utilizando la misma táctica de responder a una pregunta con otra que solía utilizar la bibliotecaria.
—Uf, pues exactamente no te sabría decir —le respondió la mujer, inclinándose hacia la nota pegada con celo—. Hace unos días vino una chica joven y nos pidió pegarla aquí. Por mí no había ningún inconveniente, y cuando pregunté en dirección me confirmaron que no incumplía ninguna norma.
Si fue una chica joven, entonces no sería la protagonista del anuncio. Sería su hija, o su nieta. ¿Por qué esa chica joven no podía hacerle compañía? ¿Por qué estaba dispuesta a venir hasta la biblioteca para colgar el cartel, pero no leer para ella?
—Sí, sí. Me voy ya —respondió Gabriela, retomando la pregunta anterior—, que hoy mi madre sube tarde a casa y me toca a mí preparar la cena.
—Ah, vale. ¡Saluda a tu madre de mi parte!
—¡Lo haré! —respondió Gabriela, encaminándose ya hacia la puerta acristalada.
Según bajó el último escalón de la entrada, ya tenía los auriculares en las orejas. Repitió su ritual hasta conseguir que la música fluyera por el cable. Ya equipada, miró con cuidado a ambos lados de la carretera y cruzó hasta la marquesina de la acera de enfrente para esperar al autobús.
Mientras su cuerpo se sacudía con los baches del asfalto, en su cerebro sonaba una de las canciones que tenía en bucle últimamente.
Sacó el reproductor para darle al botón de rebobinar y poner la canción de nuevo desde el principio.
Pasó una canción, dos. Seguía siendo incapaz de concentrarse en la música: la mente de Gabriela se había quedado en la biblioteca, frente a aquella nota.
No sabía por qué le había llamado tanto la atención. Era un simple anuncio.
En casa, preparó una cena sencilla. Comió en silencio y solo fue al acabar, mientras fregaba los platos, cuando el ruido inconfundible de las llaves antecedió la llegada de su madre.
—Uf, ¡pero qué bien huele! —dijo con un tono cansado, llegando por detrás, abrazándola y dándole un beso en la mejilla—. ¿Qué tal la tarde?
—Bien, bien… ¿En el bar?
—Todo como siempre: poca gente, mucha tarea —dijo su madre, soltando los bártulos en una de las sillas que rodeaban la mesa de la cocina.
Cenó a prisas, con Gabriela sentada junto a ella, mirándola. La benjamina estudió sus facciones con atención. Unos minutos después, mientras se estaba lavando los dientes, oyó el ruido de las llaves y, con el cepillo aún en la boca, se acercó a la entrada.
Su madre estaba vestida con ropa sencilla, bolso al hombro, y la mano en el pomo de la puerta, ya entreabierta. Ambas mujeres cruzaron una mirada muda cargada de palabras.
—No vuelvas muy tarde —le previno la hija, una súplica distorsionada por la espuma de la pasta de dientes.
Su madre asintió, con una sonrisa triste, y salió de casa, cerrando la puerta con cuidado.
Gabriela se enjuagó en el lavabo y se acostó rápidamente.
Cerró los ojos, preguntándose en silencio cómo habrían sido sus vidas si no hubieran tenido el accidente.
Su mente se dedicó entonces a navegar por diferentes supuestos escenarios que podrían haberse hecho realidad, tirando por la borda el cansancio que había acumulado durante todo el día y dando la bienvenida a un nuevo grumete: Insomnio.
Cansado de remar, visitando islas que nunca podrían ser reales, Insomnio divisó un bulto que flotaba mecido por las olas.
Haciendo acopio de sus últimas fuerzas, le dio alcance.
Subió la botella de cristal a su pequeña barca y quitó con destreza el tapón de corcho, liberando el mensaje protegido en su interior.
Una copia exacta de la nota amarillenta pegada en el cristal de la biblioteca se desplegó ante sus ojos, antes de quedarse dormido él también.