Leyendo en casa de la señora Parks 24
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Rememorando aquel abrazo de liberación que nos dimos en la salita, me acerco con paso tranquilo hacia la verja de El Olivar.

Es un día grisáceo, en el que una lluvia tan fina que parece que flota en el aire crea una atmósfera etérea, fantasmagórica.

La gente me adelanta con ritmo apresurado, protegidos por paraguas o grandes chubasqueros.

Una mujer con un cochecito se resguarda en uno de los portales.

Dos chavales cruzan corriendo la calle, ajenos al trasiego de coches.

Cuando llego a la verja, poso mi mano sobre el pomo, aun sabiendo que no se va a abrir.

Si un viandante despreocupado, ajeno a la molesta humedad, se hubiera parado delante de la casa para emitir su veredicto, hubiera dictaminado fácilmente que la casa estaba abandonada.

Jardín descuidado, decenas de panfletos rellenando el buzón, el aire antiguo de la casa acentuado por la penumbra que inundaba el día.

Aunque acertado, su razonamiento hubiera quedado incompleto.

Alguien que hubiera conocido aquella casa y a su inquilina sabría que ya no había vida en el interior porque en las estancias que escondían esas cuatro paredes ya no quedaba ni un solo libro.

Me instalo en los escalones de entrada, sintiendo la humedad empapando mis pantalones al instante.

Sé de sobra que el pantalón se secará pronto, el alma no.

Saco la carta. Tímidas gotas de lluvia mojan el papel, lunares transparentes entre líneas de tinta azul.

Despliego el papel y me imagino a la señora Parks con los ojos cerrados junto a mí, esperando. Comienzo.

—Buenos días. O buenas tardes. O buenas noches.

La verdad, no sé si hay hora allá donde está, si hay días o minutos, o el tiempo no pasa. Hacía tiempo que no hablábamos y me parece muy injusto no haber podido tener una última conversación con usted, así que aprovecho esta carta para ponerla al día.

Mi padre sigue igual que siempre, mi madre parece que va a mejor y yo, bueno, resistiendo…

He conocido gente en la facultad, pero aún no tengo claro si es lo que me gusta.

Sé que entré buscando ayudar a personas con problemas similares al suyo, pero hay días que me asaltan las dudas y me planteo si de verdad es lo mío…

No quiero decepcionarla (aunque ya no esté aquí), especialmente sabiendo todo el dinero que me prestó para que pudiera tener esta oportunidad.

Respecto al coche, la semana pasada intenté hacer mi primera práctica, pero en cuanto me senté en el asiento del conductor tuve un ataque de pánico.

Supongo que aún no estoy tan lista como pensaba…

Sin embargo, hace ya unos meses que estoy escuchando canciones como Bohemian Rhapsody, Another one bites the dust o Breakthru… Un paso es un paso, ¿no?

María me habló sobre la donación a la biblioteca.

Aún no he podido ir a verla, pero seguro que Belén estará dando saltos de alegría con todos los libros que les habrán llegado.

Tiene que ser muy chocante cómo manos forasteras y caras extrañas los cogen, los hojean e, incluso, en ocasiones, los huelen; pero sé que me hará muchísima ilusión cuando vaya y al abrir uno de ellos vea sus iniciales marcadas en la contraportada.

Aún no he tenido la ocasión de releer un libro que me haya gustado mucho, pero no se preocupe: el día que suceda, vendré a contarle qué se siente.

Nunca hubiera tenido tiempo suficiente en esta vida para agradecerle todo lo que ha hecho por mí, así que espero que nos podamos volver a encontrar en la siguiente.

Cuando llegue el momento, sé que la encontraré sentada junto a Eleanor, disfrutando ambas de una buena lectura, cada una en su respectivo butacón de piel.

Estoy de acuerdo con su padre y pienso que fue una adelantada a su tiempo.

Quizás, si hubiera nacido unos años más tarde, habría acabado siendo exploradora, o ejerciendo su profesión.

Quizás, si hubiera nacido más tarde, se habría podido divorciar de un marido retrógrado y egocéntrico, o quizás se habría casado con otra persona.

Ojalá hubiera nacido unos años más tarde para beneficiarse de los avances médicos actuales; quizás esa alexia se habría quedado en una anécdota.

Pero, sincera y egoístamente, señora Parks, si usted hubiera nacido unos años más tarde, nunca nos habríamos conocido.

Gracias por todo lo que me ha enseñado, Azucena. Gracias de corazón. Nos vemos en otra vida.

Pliego la carta. Me giro y le echo un último vistazo a El Olivar.

Sonrío. Dejo la carta con dulzura en el buzón, camuflada entre folletos de supermercado y panfletos electorales, y me alejo con paso tranquilo bajo la lluvia, dejando que las gotas se unan a las lágrimas que recorren mis mejillas, dando gracias al azar y al destino por poner a una señora Parks en mi vida.