Leoncio, el vampiro casi nuevo (Colmillos y buenas maneras 2) Epílogo de Ben y Cassandra
97%

Epílogo de Ben y Cassandra

Se estiró en la piscina de Mónaco, donde estaban alojados. El sol calentaba sus huesos. Un tardío veranillo en octubre que ella iba a aprovechar. Benjamin estaba encerrado en la habitación, o habría carne a la parrilla, como él la llamaba. Se echó a reír.

Habían formado un buen equipo. Ella era el contacto de la AISI. Él, del consejo de sobrenaturales. Juntos, no solo iban a pasarlo bien. Resolverían casos y atraparían a los malos. Sonrió cuando el sol se escondió tras el horizonte. Pronto él despertaría. Alguien dejó un cóctel sobre la mesa.

—¿Me echabas de menos?

Abrió los ojos. Benjamin llevaba un estiloso bañador. Se había colocado estratégicamente a la sombra y sonreía, mostrando escasamente sus colmillos. Oh, sí, lo hacían muy a menudo. Y no se cansaba.

—Te vas a tostar.

—Entonces vamos a la piscina.

La cogió en brazos y se lanzó al agua. Ella protestó, pero él acalló su voz con los besos. Se sumergió en el agua y besó su abdomen. Ella lo levantó.

—Eso luego. He estado observándolos. Como tú dices, se dedican a clonar las llaves de los huéspedes.

—Es algo muy burdo, querida. Hay formas mejores, y siendo brujas, pierden el tiempo.

—Lo que me mosquea es que nadie ha denunciado los robos.

—Entonces es otro motivo, Cassie. Tal vez quieran otra cosa. Veamos esta noche. Esa pareja joven parece su objetivo.

—Sí, han entablado conversación hasta que la rubia ha puesto su bolso al lado. Ha salido un leve resplandor.

—Un clonador mágico. Alguna vez escuché eso en los bajos fondos.

—¿Escuchas de qué habitación son?

—No hace falta, llevan la pulserita y lo veo. ¿Nos vamos primero a la nuestra y…?

—No, Ben. Estamos trabajando. Después.

Él hizo un mohín, pero salieron del agua. Se secaron tranquilamente hasta que las dos brujas se pusieron de pie y se marcharon.

—Ya que ha anochecido, me asomaré por la ventana mientras tú las esperas por el otro lado.

Cassandra sacó un auricular diminuto y se lo puso en la oreja a Benjamin.

—Quiero que me contestes cuando te hable.

—A sus órdenes, señora.

Le dio un beso y caminaron hacia el ascensor.

Ella subió y él se hizo el despistado y voló discretamente hasta el piso de los muchachos.

Se metió en la terraza y se colocó en un lado.

Las dos brujas entraron. Para sorpresa de Benjamin, entraron en el baño y salieron con varios cabellos.

Luego revisaron la cama. Estaban… Eso era una infracción grave.

—¿Qué ves?

Se colocó detrás de la pared.

—Las brujas recogen muestras para un hechizo. Cabellos, piel, lo que sea. Eso está prohibido.

—Entonces, entramos y las pillamos.

—Vamos.

La puerta se abrió, las dos mujeres se dieron un susto y soltaron su bolsa. Benjamin entró con los colmillos extendidos, ¿por qué no hacer algo distinto y bastante teatral?

Cassandra bufó, pero sacó su pistola.

—¿Qué se supone que hacéis aquí, brujas?

—Solo… solo era un encargo.

—La magia negra está prohibida por ley, queridas.

Ellas se echaron a temblar y se abrazaron.

—¿Por qué? ¿Qué queréis de esta pareja?

—Solo de… de ella. Nos… contrataron para convencerla de que dimitiera de su puesto en favor de su hermana.

—Vaya hermana tan malvada —dijo Benjamin mientras se miraba las uñas.

Cassandra sacó unas esposas y se las puso. La pareja llegó entonces y se quedó muy sorprendida.

Las sacó a las dos y Ben, antes de irse, le advirtió.

—Cuidado con tu hermana que quiere tu puesto. Que te vaya bien.

Cassandra sonrió. Llamó a la furgoneta de la AISI, pero antes, Benjamin las paró.

—¿Vais por libre o pertenecéis a alguna organización?

Ellas se miraron, temblorosas. Negaron.

—Eso es que sí.

—La madre nos matará si hablamos sobre ello.

Benjamin suspiró y dejó que Cassandra entrase a las dos brujas.

—Bien, después de Navidad volveremos a Roma, querida.

—Será un placer.