Epílogo de Sophie
Las Navidades se acercaban y Limonde parecía una bola de nieve dentro de un cristal, llena de coloridas luces, banderolas que se movían al compás de la ventisca nocturna y gente sonriendo.
Sophie sonrió a sus pequeñas que dormían profundamente. Se preparó una infusión y se sentó a esperar. La madre de Cassandra volvía porque esta vez, Beth sí que le había hablado y pedido que ambas fueran a verla.
Archie llegó entonces y le dio un beso que la hizo gemir.
—No te distraigas, amor. Me llevo a las pequeñas para que estés más tranquila.
—Acaban de comer. ¿En serio las vas a llevar al pub?
Él dio un respingo y pareció dudar.
—Bueno, nadie fuma y… Claus me prometió dejarme un espacio para meter el carrito. Los muchachos quieren verlas, pero si te parece mal…
Ella sonrió.
—Me parece bien.
—Menos mal. Ya tengo la cena de Nochebuena hecha, amor. Léo es un excelente chef y me ha ayudado. Dice que ha recopilado las mejores recetas de Nueva York, pero tengo mis dudas.
—Anda, ve.
Salió con las niñas. En ese momento llegaba Benjamin con las dos mujeres. El vampiro se despidió de ellas y entraron. Sophie las saludó con afecto y creó el círculo. Era hora de cerrarlo del todo.
La mujer suspiro y Cassandra le dio la mano.
—Lo más importante es que ella esté bien. Solo pido eso.
—Contactemos con ella.
Cerró el círculo de sal y se dispuso a llamarla. Enseguida sonrió.
—Ella está aquí y deseosa de hablar con vosotras.
—La escuchamos —dijo Cassandra emocionada.
Sophie cerró los ojos y asintió varias veces. Luego, se dispuso a explicarles.
—Beth siente mucho no haber pasado más tiempo con vosotras, pero ha comprendido que era justo su momento.
Me explica lo mucho que os ama y que se alegra de que seas feliz con Benjamin.
Entiende que ella no era el amor de su vida, como lo eres tú.
Tuvieron una relación efímera y sí, cuando ella murió, él llegó y recuerda muy bien que dijo, «Oh, no, Beth, tan joven…
». Ella lo miraba confusa hasta que vio su cuerpo.
Al principio, no sabía muy bien qué había pasado.
Alguien debió de dar aviso y se la llevaron en una ambulancia.
O su cuerpo. Se quedó allí, intentando recordar qué había sucedido y ha vuelto a menudo.
Hace poco lo recordó todo. Fue un accidente, como sospechaba.
Intentó cambiar una bombilla y se cayó, golpeándose en la esquina de la mesa.
—Oh, dios santo —dijo la madre tapándose la cara. Sophie la tomó de las manos.
—Me asegura que no se enteró, que no sufrió. Fue rápido. Y dice que desea avanzar, que no estéis tristes, porque su destino es maravilloso.
Las tres lloraban sin darse cuenta. Por fin, se despidieron de Beth y la dejaron marchar.
—Es un sentimiento agridulce, Sophie —dijo Cassandra.
—Lo sé. Pero al menos ella es feliz. Y eso consuela mucho. Gracias por todo.
—Adele, quédese a pasar las Navidades con la familia. Mi esposo ha construido una casa de invitados en el jardín. Ahora que ya conoce… lo que hay.
—Me esperan en casa, Sophie, te lo agradezco. Y Cassie, ven a verme con ese atractivo vampiro cuando quieras. Casi no me lo creo —dijo con una risita.
Se despidieron con un abrazo. Cassandra y Sophie se dirigieron al pub después de cerrar el local. Era la última visita del año y luego se iba a tomar unos días libres para disfrutar de las fiestas y de su preciosa familia.
Pasó a ver a Lidia mientras Cassandra se adelantaba al pub. Entró en la casa rosa. Su amiga seguía tejiendo, pero esta vez eran dos jersecitos de niña.
—Vas a tener mucho lio con los jerséis ahora que Cordelia te va a dar un nieto.
—Sí, lo sé. Por eso he decidido no morirme todavía. Habéis tenido aventuras muy interesantes. Lástima no haber podido estar en primera línea.
Sophie se echó a reír y la abrazó. Desde que todo se había solucionado, su aspecto era mejor. No parecía estar tan mal.
—Luego vendremos a buscarte para llevarte a casa. ¿Jaques?
—Me ayuda mucho. Tengo suerte de tener un futuro yerno tan fornido. Quién lo hubiera pillado en mis tiempos jóvenes. Hasta Brigitte está encantada.
—Bueno, luego nos vemos, he de recoger a mi familia.
—Sabes que… esas niñas serán especiales, ¿verdad?
—Lo sé. Ya dirigen su vista hacia donde están los espíritus guardianes. Todos los que me rondaban han decidido convertirse en sus protectores.
—Eso es bueno, querida. Anda, reúnete con tu maridito, cada día lo tienes más enamorado.
—Lo está.
—¿Quién te lo iba a decir, brujita? —susurró cuando ella ya cerraba la puerta.
Sophie miró al cielo. Algunos copos de nieve comenzaban a caer. Un ligero remolino le revolvió el cabello. Tal vez alguno de sus acompañantes. Pero no, era ella. Esmeralda, la primera bruja de su esposo. La que había propiciado su encuentro.
—Feliz Navidad, cariño —dijo en su oído.
—Y a ti también, Esmeralda.
—Me alegro tanto de verte tan feliz…
—Lo soy.
—Tal vez algún día debas tomar una decisión.
—No te preocupes, cuando llegue ese día, lo sabré.
—Estaré aquí por si me necesitas.
El ligero airecito se esfumo y ella caminó con paso firme hasta el pub, que estaba totalmente abarrotado de luces sin orden.
Hasta el cuervo del dintel llevaba un sombrero de papá Noel.
Parecía molesto, así que sopló hasta conseguir un poquito más de fuerza y cayó al suelo.
Juraría que el cuervo le había guiñado el ojo.
Pero qué sabía ella. Solo era una bruja.