Leoncio, el vampiro casi nuevo (Colmillos y buenas maneras 2) Capítulo 24. Enfrentamiento
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Capítulo 24. Enfrentamiento

Benjamin

Aterrizaron en París muy cerca del amanecer. O se iban a un hotel o se achicharraría. Llamó a Ana y le dijo que fueran a su casa, así que no lo dudaron. Estarían a salvo allí.

Llegaron casi con la piel enrojecida. Habían ido muy justos. Ana los recibió con un abrazo y pasaron junto a su esposo al oscuro despacho para ponerse al día.

—Esta noche iremos a Limonde, pero quiero que vosotros hagáis otra cosa, si os parece.

—¿Qué es? Porque lo que más me apetece es cortarle la cabeza a esa fae .

—Si se atreven a tocar un pelo de mi familia se las verá conmigo, pero necesito que busques a una persona. Su existencia es un secreto que pocos conocen, Ben. Necesito que consigas convencerla de ir a Limonde. Ella podría pararlo todo.

—¿Y ella es…?

—La madre de Giacomo. Una fae muy antigua.

Ella intentó convencer a la reina de que no accediera a hablar con los humanos.

Escondió a su hijo y a algunos familiares, porque no creía que fueran a reaccionar bien.

Y nuestro dómine la ayudó. Más tarde, Giacomo vio a su padre luchar con el nuestro. Resultó mal.

—¿Pero cuándo ocurrió eso? ¿Cuántos años tiene ese Giacomo? —preguntó Cassandra asombrada.

—Las faes no viven tanto tiempo como los vampiros, pero de alguna manera, están congeladas, como nosotros.

Suelen vivir entre doscientos y trescientos años.

Pero cuando se hacen adultas, pierden la capacidad de procrear en su mayoría —explicó Ana—, por eso, si localizas y llevas a Arminda para que hable con su hijo, podrá convencerlo de que pare esta barbaridad.

Puede que él no sepa que padre, en realidad, le salvó la vida.

—¿Y por qué no vas tú, Ana? Si ella te conoce…

—Me conoce, pero digamos que no le soy simpática. En cambio, tú eres encantador, Ben. El tiempo urge y yo debo ir a Limonde. Organizar un grupo.

—¿Y el Consejo? ¿Se va a poner en pie de guerra?

—Luego tengo una reunión. Y mira, ellos verán. Si quieren levantarse, que hagan lo que quieran. Yo iré a ayudar a la familia. Es lo único que me importa de verdad.

—Está bien. Lo haremos.

Cassandra asintió.

—Descansad un rato. El sol está demasiado fuerte incluso para ir en coche cubierto. Os enviaré comida y ropa. Usa la habitación que quieras. Tienes que volar a Valencia, así que supongo que irás más rápido solo. Cassandra, puedes quedarte aquí el tiempo que necesites.

—Gracias, Ana.

Subieron las escaleras y entró en una habitación que tenía la puerta abierta. Enseguida el mayordomo les trajo comida para ambos, ropa y los dejó a su aire.

—Dios, cuánto lujo. Mataría por ducharme.

—Algo mejor, hay bañera. No podemos hacer nada, así que…

—Benjamin, si vas a Valencia, yo avisaré a mis colegas. Algo podremos hacer, aunque seamos humanos.

—No me gusta separarme de ti…

—Pero es necesario. Lo sabemos. Disfrutemos de la bañera.

Comieron, bebieron y se amaron durante toda la tarde. Cuando salieron, empezaba la noche. Su hermana y Tom se habían ido. Había jaleo en la casa, así que se despidieron con un corto beso.

—Ten cuidado, vampiro.

—Y tú, poli. Nos vemos en Limonde.

—Dalo por hecho.

Salió al cielo y tomó el camino hacia Valencia, en España.

El sol le picaba un poco, pero pronto empezaría el eclipse de sol y eso le daría una gran ventaja.

La noche llegaría antes y podría renovar fuerzas para aumentar la velocidad.

Había calculado que debería parar un par de veces para recuperar fuerzas.

Llevaba sus pastillas y varias botellas de agua.

En realidad, lo que más le preocupaba es convencer a esa fae .

No es que fuera experto en ellas, pero sabía que eran de naturaleza voluble, incluso más que los vampiros, sobre todo las antiguas.

Por fin, cuando el eclipse estaba en su esplendor, llegó a Valencia.

Olisqueó la ciudad en una pasada rápida por el cielo y sintió una gran concentración de magia en una mansión a las afueras.

Bajó antes de entrar. En ese momento, a menos de que quisiera una flecha en su cabeza, las entradas triunfales estaban descartadas.

Quizá la noticia hubiera llegado hasta allí porque estaban bastante revolucionados. Dos guardias lo pararon y levantó las manos.

—Soy Benjamin Valeroso, vengo a ver a Arminda. Me envía la consejera Anastasia.

Se comunicaron por radio y lo dejaron pasar. Un grupo de unas diez faes armadas repasaban sus uniformes, preparándose para luchar. Pues… como no echaran a correr, no iban a llegar.

Una mujer bella pero joven salió a recibirle.

—¿Dices que eres Benjamin Valeroso? Mi hijo Paul te conoce. ¿No eres un estafador?

—Son palabras que ya se han quedado atrás, mi dama. Ahora trabajo para la consejera y le ruego que me dé la oportunidad de hablar con Arminda. Debemos parar esto.

—Sí, Paul nos ha avisado. Pero me temo que no seremos suficientes. Según sé, mi hermano está organizando un ejército imparable, cerca del pueblecito donde vive mi hijo.

—Muchos sobrenaturales se han unido, pero si vuestra madre pudiera hablar con Giacomo… tal vez pudiera convencerle.

Una voz rasposa salió de dentro de la casa. La mujer, que parecía tener ochenta años, aunque seguramente fueran quinientos o más, se asomó a la puerta y lo miró de arriba abajo.

—Tienes el mismo carácter optimista que Domitilo. Pero mi hijo está cegado por la venganza y no parará hasta conseguir su propósito. Tu familia representa todo lo que él ha odiado durante años.

—Podríais convencerlo.

—Lo podría intentar, no me niego, pero no va a funcionar. Íbamos a abrir un portal cercano a París, pero si nos das un lugar a salvo y cercano a esa ciudad, llegaríamos antes.

—Desde luego. Asomaos a mi mente. Sé el lugar exacto donde salir.

—Preparaos —dijo la madre de Paul. Tomó a la anciana del brazo y puso delicadamente la mano sobre el rostro de Benjamin. Él se mareó, pero se centró en el jardín de Archie, un lugar perfecto para hacer una entrada triunfal.

La anciana y la hija abrieron un portal. Se veía el jardín y comenzaron a saltar. Ellos pasaron los últimos y se cerró. Todo estaba oscuro. Benjamin entró en la casa de Archie, en la casita, no había nadie. ¿Es que habían llegado tarde?

Alterado, llamó a su hermano. No le cogió.

—Voy a subir para ver si los veo.

Se levantó en los aires y vio las hogueras en el lago, pero ahí solo estaban los humanos, pendientes del eclipse. Algo lo tocó, algo sutil, suave. Como un susurro. Un olor.

—¿Beth?

El cabello se le revolvió y tragó saliva. Era ella. No supo cómo, pero lo condujo a una zona boscosa que parecía abandonada. Solo que no lo estaba. Una capa de magia la protegía. Magia de una bruja y magia fae .

Volvió al jardín de Archie y les mostró cómo llegar.

—Debéis quitar la magia que los rodea. Yo entraré por detrás.

—Está bien, vampiro. Distribuiré a mis soldados alrededor. Solo te pido una cosa. No mates a mi hijo.

—Es una petición muy difícil. Él ha estado atentando contra todos los sobrenaturales.

—Se merece cárcel, de acuerdo, pero no la muerte. Te lo ruego.

—Está bien. Solo si no es en defensa propia.

—Puedo aceptar eso.

Salió volando mientras las faes avanzaban hacia el bosque. Cassandra no le contestaba al móvil, quizá estaba de camino. Le envió un mensaje con la ubicación y luego esperó a que las faes despejaran la magia para entrar.

Un sonido parecido a un trueno hizo que la barrera cayese. Entonces escuchó el jaleo, las amenazas, los gritos. Estaban allí.

Arminda entró en el bosque como la fae antigua que era y nadie la detuvo.

Pudo asomarse. Allí, en el centro, la tal Poison tenía a Sophie atrapada, con un cuchillo en su garganta.

Archie la miraba muy cerca con el rostro desencajado y las uñas fuera.

Otros dos tipos sujetaban a Ana. Los lobos Tom y Jacques gruñían, atados con cadenas en un árbol.

El resto estaba de rodillas. Los habían atrapado, maldita fuera.

Giacomo se volvió hacia la apertura del valle sorprendido al ver a su madre y su hermana.

Sabía que tenía vampiros a su servicio, así que debía de ser cuidadoso.

Los prisioneros estaban en el centro de la explanada, excepto los lobos y Léo que los habían apartado.

Bueno, primero era liberar a esos dos enormes alfas. Y a su sobrino.

Bajó despacio, sigiloso, ni James Bond lo haría tan bien. Se encontró con un vampiro joven y lo dejó inconsciente. Luego se acercó a los lobos.

—Tom, ni te muevas —susurró. Él se tensó y asintió ligeramente, mirando a Jacques, que comprendió al instante.

Las cadenas eran de plata. Malas para los lobos, para él, solo le iban a escocer un momento. Sacó sus garras y cortó ambas.

—Quietos de momento.

Ellos asintieron y se fue detrás de Léo. Tenía la cabeza baja y estaba entre las sombras.

—Léo. ¿Y Carole?

Se sobresaltó y señaló con la cabeza. Era una de las que estaban echadas en el suelo, quizá malherida, porque olía a sangre. Supuso que luchó. Soltó a Léo y le advirtió que no se moviera de momento hasta que fuera el momento adecuado.

—Puedes hacerlo, sobrino. Aguanta. Ella es fuerte.

Se quedó en la misma posición. Otro lobo estaba atado, le sonaba de haberlo visto con Archie.

Hizo lo mismo. Así con un par de brujas y tres vampiros de la corte de su hermana.

Debían esperar la señal adecuada. Se puso tras las faes para escuchar mientras miraba a Sophie.

Parecía respirar agitada. Esperaba que justo no se pusiera de parto en ese momento.

—Hijo, para esto, es una locura. Todos ellos son tus compañeros.

—Madre, no sé quién te ha convencido para estar aquí, pero me alegro. Verás cómo vengo a mi padre.

—Tu padre y tu abuela cometieron una gran estupidez. ¿Cómo en tiempos de tal ignorancia y superstición iban a aceptar a seres que parecían demonios por sus orejas? A pesar de nuestra belleza natural, los humanos no nos iban a aceptar. No tienen por qué. Giacomo, hijo…

—No. Quizá cuando me vengue de toda la familia descansaré tranquilo.

—Eh, oiga, esto no iba de una venganza, va de descubrir a la humanidad que hay monstruos entre nosotros.

El humano que parecía tener autoridad se acercó a Giacomo. Él sonrió y en un segundo, sacó una daga y se la clavó. Murió al instante. Se giró hacia los humanos que estaban allí, más de cuarenta.

—¿Alguien tiene más preguntas?

Ellos negaron, pero poco a poco, se fueron acercando al borde exterior y empezaron a largarse. Al menos la mayoría. Solo se quedaron media docena de tipos que parecían dispuestos a pelear.

—Hijo, para esto. Hay personas inocentes. Tu padre y tu abuela cometieron un error. Si no hubiera sido por Domitilo, ninguna fae habría sobrevivido. Él nos ayudó y nos proporcionó un hogar.

—¡Mientes! Domitilo Valeroso se negó a ayudar a nuestra familia, a vengarse. He estado mucho tiempo esperando este momento.

—No, hijo, por favor. Tú no eres un asesino.

—Puede que no, pero ellos sí lo son. Son vampiros.

Katherine entró en el círculo, parecía molesta.

—Giacomo, no es esto lo que hablamos. No deseo la muerte de mis compañeros vampiros. Solo… queremos apresarlos, que el Consejo sea dirigido por mis partidarios. Quiero encerrarlos. No acabar con ellos, y, además, hay una mujer preñada.

—No me importa. Será la primera.

Archie se movió con rabia y Poison clavó ligeramente el cuchillo en el cuello de Sophie.

—Ni te muevas, vampiro. Jefe, ¿qué hacemos con ella? ¿Le rajo el cuello?

—No. Puede que tengan razón. El Consejo es más importante. Acabaremos primero con la consejera.

Se escuchó un gruñido de Tom, pero no se movió.

Ana lo miró con resignación. Giacomo levantó la daga, pero su madre se puso en medio y sin poder evitarlo se la clavó a ella.

Entonces, Tom, Jacques y los demás se levantaron de sus sitios.

Poison se alejó de Sophie lo suficiente para que Archie aprovechara para coger a esa bruja rubia y tirarla con rabia todo lo lejos que pudo.

Luego se volvió hacia Sophie, que se levantaba con dificultad.

—Sácala, Archie —dijo Ben.

Los lobos ya se habían convertido y las brujas que no tenían poderes ofensivos huían por el bosque. Ben sacó sus uñas y se puso delante de Giacomo, que sostenía a su madre. Ana se enfrentaba a Katherine con su esposo, que todavía conservaba su forma humana.

—Lo has perdido todo, ríndete. Le dije a tu madre que evitaría matarte.

—Otro Valeroso que me ha jodido la vida. Pero será la última vez.

Se abalanzó contra él y no le quedó otro remedio que clavarle su mano en el corazón. Cayó, muerto al instante. De repente, se sintió débil. La fae le había clavado la daga a él también y eso empezaba a matarlo.

La sacó, se tambaleó hacia atrás y se quedó sentado, desangrándose, mientras el resto luchaba por su vida. Oh. Y así iba a acabar todo.

Deslizó una pequeña sonrisa por su boca. Al menos, había sido divertido, incluso épico.