Leoncio, el vampiro casi nuevo (Colmillos y buenas maneras 2) Capítulo 22. Malas noticias
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Capítulo 22. Malas noticias

Benjamin

Se estiró en la cama. Cassandra dormía y era normal, el ejercicio había sido intenso. ¿De verdad se había declarado y lo mejor, ella lo había aceptado? No cabía en sí de gozo. Se dio una ducha y le envió un mensaje a Archie, por si podía llamarlo.

Se encerró en el baño para hablar con su hermano.

—¿Todo bien, Ben?

—Sí, estoy en Florencia con Cassandra. ¿Cómo estáis todos?

—Estamos enteros, cansados y Sophie está muy molesta. No sé si llegará al doce de agosto.

—Falta poco.

—Lo sé, pero las niñas son muy grandes. La verdad, me da un poco de miedo, ¿sabes? Miedo a que… le pase algo.

—No pasará nada, Archie. No es como cuando las mujeres daban a luz hace doscientos años. Vais a un hospital y listo.

—Ella no quiere, prefiere tenerlas en casa, pero al menos, la he convencido para que venga una doctora. Y también estarán sus amigas. ¿Cómo te va por Florencia?

—Bien, encontramos como sabes al Maestro. Y allí es donde también estaba Cassandra. Esto… yo… bueno, ella y yo…

—¿Te has enamorado de Cassandra?

—No sé, Archie. Nunca había sentido algo así. Es posible. Me he… me he declarado de alguna manera, bastante torpe, diría yo, y ella me ha aceptado. Es extraño. ¿A mí?

—No sé por qué dices eso. Eres una persona buena y amas a tu familia.

Que tus actividades sean, por decir algo, distintas, no lo invalida.

Viniste a buscarme, has cuidado de tu descendencia, de nosotros.

Puede que tu fortuna provenga de algunas prácticas engañosas, pero jamás has sido un asesino. Cassandra puede estar segura contigo.

—¿Eso… piensas de mí?

—Siempre lo hemos pensado, Ben. Fuiste tú el que te alejaste de nosotros. Nosotros te echamos de menos, pero respetamos tu… decisión.

Una gota de sangre cayó al suelo. Estaba llorando.

—No quiero volver a alejarme, Archie. Cuando acabemos esto, iremos a veros. ¿Te parece bien?

—Lo estoy deseando, Ben. Y enhorabuena por tu compromiso. Eso sí, tened cuidado. Paul dice que su tío no es muy buena persona. Dirige a las faes como un dictador.

—Lo tendremos. Y… Archie.

—Dime, hermano.

—Gracias por creer en mí.

—Siempre.

Un nudo en la garganta le impidió contestar en alto y colgó. Se quedó mirando el suelo manchado de sangre. Ella abrió la puerta y lo vio. Se arrodilló delante de él.

—¿Te ha pasado algo? Dime quién ha sido.

Sonrió al ver la fiereza de su rostro.

—No. Solo me he… Dios santo, me he emocionado. Mi hermano… Siempre me ha aceptado. Ambos.

—Qué tonto, pues claro. Abrázame.

Se levantó y la cogió, apoyándola contra la pared. Sonrió de lado.

—¿Y si te enseño lo que sé hacer dentro de la ducha?

—Creo que es una buena idea, Ben.

A las nueve, pidió el servicio de habitaciones. Tenía que alimentarla, aunque no se cansaría de hacerle el amor. Luego, con el nuevo vestido encargado, salieron del hotel y la llevó en un vuelo hasta el local.

—Tiene lobos vigilando fuera, por eso el otro día salté. Si te digo que nos vayamos, nos vamos, ¿de acuerdo?

—No seas tan protector, Ben. Puedo hacerlo yo.

—Lo sé. Vayamos dentro. La idea es colarnos en su despacho. Tal vez encontremos algo.

—Lo cierto es que yo lo pillaría a solas y le sacaría la información a golpes. O lo detendría.

—¿Detenciones ilegales, agente? Tiene sus derechos. Estaría en la calle en dos horas y lo peor, que sabría que lo perseguimos. Debemos encontrar algo, tal vez un colaborador, podría hipnotizarlo.

Se acercaban a la puerta y ella se cogió de su brazo. No podían estar más elegantes. Entraron y pidieron unas copas. Se colocaron en una mesa cerca de la puerta por donde habían visto que Poison desaparecía.

Parecía que su charla era informal e intrascendente, pero él notaba que los ojos de su acompañante escaneaban todo el local, y él hacía lo mismo, luego, comentaban en voz baja, como si fuera una conversación íntima.

—Diría que hay varias faes , querida. Se las distingue por su piel de porcelana.

—Sí, creo que soy capaz de distinguirlas. Veo por aquí dos vampiras que no te quitan ojo. Una es pelirroja.

—Mmm. ¿Escultural y pelirroja?

—Así es. ¿Antigua amante?

—No mía. De mi hermano. Si es ella.

Se giró y la vio, era Katherine. ¿Qué narices hacía ella aquí? Le pilló mirándola, ella sonrió y comenzó a caminar hacia ellos.

—Viene.

Benjamin tomó la mano de Cassandra y espero a la vampira.

—¿No eres Benjamin Valeroso? ¿El hermano de Archie?

—El hermano disoluto, la oveja negra de los Valeroso, a tu servicio, Katherine.

—Ah —dijo ella con una risa hacia la vampira oriental que lo acompañaba—, me conoces.

—Eres una belleza y mi pasión ha sido siempre el hedonismo, la búsqueda de la perfección. Así que era difícil que tú no estuvieras en mi lista.

Ella asintió satisfecha y miró a Cassandra.

—¿Una humana?

—Me gusta probar distintos platos, ya sabes. A uno le aburre hasta lo más perfecto.

—Tienes razón. ¿Y qué te trae por aquí?

—Turismo. ¿Y a ti?

—Algo parecido. Estoy ampliando mis horizontes.

—¿En el local de una fae ?

—Ah, sí, bueno. Tiene un negocio próspero y quiero que el mío en París también lo sea. Hay que aprender de los mejores.

—Me parece que tú tienes poco que aprender ya, Katherine. ¿Tal vez haya una razón oculta?

—Oh, Benjamin, la verdad es que eres totalmente distinto a tu hermano. Él jamás se hubiera planteado cualquier conspiración como tú. Nos veremos, si os quedáis por la ciudad.

Se marchó con la vampira. Notaba el sudor en la palma de la mano de Cassandra y acarició con el pulgar el dorso.

—Ella es como una serpiente, se alió con Caio…

—Lo sé. Pero mira, se lleva a la fae y a Poison. Se marchan del local. Es nuestro momento.

—Es mi momento. Tú te quedas aquí, vigilando.

—¿Vas a empezar a ser machista?

—Dios me libre. Pero reconoce que soy rápido. Más que tú.

Ella lo aceptó a regañadientes.

—No te muevas de aquí, ¿entendido? Y me mandas un mensaje si vuelven.

—Está bien. No tardes.

Le dio un suave beso y se acercó hacia el baño. Se lavó las manos y se peinó artísticamente. Había un lobo en el pasillo y no sabía si vigilaba o esperaba a alguien. Cuando salió, ya no estaba, así que caminó hacia el fondo.

El despacho estaba cerrado con llave, nada que él no pudiera abrir.

Tenía un par de trucos, como el de limar su uña más pequeña para que, cuando la sacara, fuera como un alambre.

La metió dentro de la cerradura. Entró. El despacho era muy formal.

Buscó cámaras y encontró una. La volvió hacia arriba.

Entró en el ordenador para borrar el disco duro y poner en bucle la grabación. Eso, lo primero.

Después miró por todos los lados, buscando cajones ocultos, abriendo ficheros.

Tenía un par de minutos hasta que se dieran cuenta de que la cámara no iba bien.

Escuchó un ruido fuera y decidió salir. Total, no había encontrado nada.

O casi. Un recibo de luz de una casa señorial, así que al menos sabía dónde vivía el tipo.

Cuando cerró, caminó por el pasillo preocupado y molesto. Cassandra seguía ahí, a salvo y tomando una copa. Se sentó junto a ella.

—Nada. Todo estaba muy limpio. Pero tengo la dirección de su casa. Podemos ir a ver si hay alguien.

—¿No se habrán ido todos ellos a la casa?

—Podemos intentarlo, pero igual deberíamos cambiarnos de ropa, ponernos algo más deportivo.

—Y coger armas. Necesito ir a mi hotel.

—Entonces, vayamos ya —exclamó él casi con alegría.

En un momento, volaron de uno a otro y ya estaban preparados para asaltar la vivienda. Estaba oscura, no parecía que hubiera nadie, pero olía a sobrenatural. Rondaron la propiedad durante un buen rato, asegurándose de que no había nadie.

—Creo que podemos entrar, Benjamin.

Él se rascó la cabeza.

—¿No te cuadra que siendo el rey de las faes no tenga demasiada vigilancia? O sea, hay cámaras, pero un tipo rico como él… no suele tener la casa tan vacía.

—Puede que esta no sea su residencia habitual.

—Es posible.

Benjamin se volvió deprisa, levantó la cabeza y desapareció en segundos. Cassandra lo siguió con la pistola fuera. Tenía agarrada del cuello a una mujer vestida de negro, que no se movía.

—Vampiro, suéltame, joder.

—¿Quién eres y por qué nos espiabas?

—Me envía Gio. Soy la hermana de Claudia. Suéltame de una vez, bruto.

Él la dejó en el suelo con delicadeza. Ella se frotó la garganta, malhumorada. Los alejó de la casa.

—Menudo par de idiotas. Me dijo mi hermana que erais expertos. Casi pasáis a la otra vida en segundos.

—Explícate porque tengo poca paciencia —contestó Cassandra malhumorada.

—Saben quiénes sois y que posiblemente localizaríais esta casa. Allá dentro hay por lo menos veinticinco lobos agazapados, que estarán pasando mucho calor y sí, aunque debería oler bastante, la bruja puso una capa de aislante, por decirlo así.

—O sea, que íbamos a entrar y…

—Sí, y caput . Y mientras, ellos van a tomar su venganza y arrasarán ese pueblito y de paso, es posible que París, o por lo menos, tu hermana. Giacomo odia a la familia Valeroso y la pelirroja es una conspiradora nata.

—¡Joder! Tenemos que irnos, avisarlos.

—Pues ya podéis correr, porque a estas horas tal vez hayan tomado el avión a París. Lo que no sabemos es si atacarán a tu hermana o a tu hermano primero. Intentaremos averiguarlo.

Benjamin no esperó más, se cargó a Cassandra y fueron directos al aeropuerto. El único vuelo comercial salía en una hora.

Llamó a sus hermanos y les advirtió de que iban a por ellos. Ana le dijo que irían a Limonde y que avisarían a la manada de Tom y Jacques, y a todos los disponibles.

Impaciente, paseaba por la terminal cuando vio un grupo de cuatro lobos acercársele. El aeropuerto estaba lleno de gente así que, tomó a Cassandra de la mano y se dirigió a la zona de almacenes. Que los siguieran hasta allí.

Benjamin dejó a Casandra en medio de una sala donde no había demasiada gente.

Con rapidez, fue empleado por empleado y los convenció para salir.

Pronto, se subió donde podía ver todo y esperaron.

Cinco lobos enormes entraron sigilosos y se repartieron por el almacén.

Dos fueron hacia Cassandra. Rugía por dentro, quería destrozarlos, pero esperó hasta que ella le diera la señal.

Y, además, antes se encargaría de los que lo buscaban.

Mientras ella esperaba a esos dos enormes tipos, él se deslizó por un lado, para pillar por sorpresa a los que se habían ido por el lateral.

Saltó encima del primero y antes de que se diera cuenta ya lo había dejado sin sentido.

Había sido relativamente fácil y no quería acabar con ninguno, pero cuando se levantaba un enorme lobo se le echó encima, gruñendo.

Se apartó, pero las fauces del lobo estaban a dos centímetros de su cara.

—Te huele el aliento, joder —protestó y le dio una patada en las pelotas. Hombre o lobo, siempre funcionaba.

El animal aulló de dolor y él saltó limpiamente sobre su lomo y agarró su cuello, lo justo para dejarlo inconsciente. El animal se cayó al suelo y enseguida se transformó en el hombre desnudo.

Salió corriendo hacia el tercero, pero estaba con Cassandra. De la mano de uno salía una garra que la tenía agarrada por el cuello. Ella estaba despeinada. Había forcejeado. Oh, sí, su mujer era una luchadora. Se acercó despacio, mirándola a los ojos.

—Soltadla. Antes de que acabe con vosotros. No tengo mucha paciencia, lobos.

—No vais a coger ningún avión, chupasangres. Nuestra misión no es mataros, pero si es necesario, a ninguno nos importará. Ya nos habéis jodido bastante.

—Bueno, hagamos algo. Soltad a la humana, ella no va a poder hacer mucho contra vosotros.

—¡Me ha dado una patada en la rodilla! —exclamó uno malencarado. Cassandra sonrió incluso con la garra del otro en la garganta.

—Niña mala… ¿qué vamos a hacer contigo? —preguntó Benjamin rodeando a los tipos, le guiñó el ojo y entonces, atacó.

Lo primero, fue apartar la garra del lobo, aunque no pudo evitar que la arañase, y hacerlo volar por los aires.

Los otros dos comenzaron a cambiar y entonces, la cogió y saltó al techo, agarrándose a una viga.

Los dos lobos gritaban y aullaban. Se puso a Cassandra a la espalda y avanzó por las vigas hasta la alarma de incendios.

Sonrió y la pulsó. Enseguida se activaron las fuentes de agua y se escuchó fuera que llegaban los empleados.

Los lobos se alejaron corriendo. Se giró para sonreír a su mujer.

Ella le dio un suave beso, agarrada como un mono.

—Debemos tomar un avión.

—Me pone verte luchar, Benjamin —rio ella.

—Mmmm, eso habrá que solucionarlo… más tarde.

Salió por el conducto de la ventilación y acabaron en otro almacén. Miró la hora y chasqueó la lengua.

—Lástima, pero si nos entretenemos, perderemos el avión.

—No importa. En otro momento.

Le dio un beso y ella acarició sus colmillos con la lengua. Salieron y se dirigieron a la zona de embarque. En menos de veinte minutos, estaban dentro del avión. Él acarició su rostro y examinó su garganta, que tenía las huellas del lobo y un arañazo.

—Déjame que te lo cure.

—¿Cómo?

—Pasaré mi lengua. Tal vez un poco de mi sangre. Van a apagar las luces para que la gente duerma.

—Si haces eso, me pondré muy húmeda.

—Malvada. Pero quiero curarte. Por favor.

Una vez que bajaron la intensidad de la luz, Benjamin lamió el cuello y aplicó en la herida una mínima cantidad de sangre.

Burbujeó y se alegró de que le hubiera dejado porque podría habérsele infectado.

Ella jadeaba cada vez que pasaba la lengua y le puso la mochila en el regazo.

No pareció comprender hasta que él se giró, tapándola con su cuerpo y acercó su mano a su humedad.

—No grites, ¿vale? —susurró en su oído.

Ni dos minutos aguantó. Se desmadejó en su mano y él lamió sus dedos con gula.

—Eres muy malo, Benjamin.

—Duerme, preciosa valkiria de mis sueños.

Ella apoyó la cabeza en su hombro y se quedó dormida enseguida. Él no. Estaba furioso. Por ponerla en peligro. Y aunque ese día se había retenido, no lo haría con ese fae . No. A él se la tenía jurada.