Leoncio, el vampiro casi nuevo (Colmillos y buenas maneras 2) Capítulo 21. Anteriormente, en Roma #2
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Capítulo 21. Anteriormente, en Roma #2

Se acostaron y cuando se despertó, cerca de las seis, hambrienta y con la camiseta enrollada en la cintura, se dio cuenta de que no era lo único que tenía en ella.

También estaba el brazo de Ben. Pero es que sus piernas se habían enredado entre las suyas.

Pensó que buscaba el frescor. Tal vez. Se removió, en un intento de liberarse y él abrió los ojos.

El pulgar de Ben acarició su cintura y ella ahogó un pequeño jadeo. Él sonrió.

—Me largo.

—Pensé que íbamos a trabajar juntos —dijo él apoyando la cabeza en su brazo, doblado sobre la almohada y mirándola directamente. La otra, seguía en su cintura.

—Y trabajaremos. Pero me voy a… a comer.

—Puedo pedir servicio de habitaciones.

—Tengo que cambiarme.

—Y un vestido para ti en la boutique.

—No sé si quiero…

Él se acercó, mirándola a los ojos. Ella los cerró.

—No me vas a hipnotizar.

Escuchó la suave risa de Benjamin.

—No me hace falta, Cassandra.

Sintió sus labios rozar los suyos mientras la mano exploraba su espalda. Abrió ligeramente la boca y él aprovechó para hacerla suya. Notó los colmillos raspándole suavemente el labio y jadeo. Oh, sí. Lo hizo.

Luego, él se deslizó por su barbilla para recorrer el cuello, lamer con gula su piel mientras su mano acariciaba solo la espalda, el vientre, nada vital. Empezó a impacientarse y llevó su mano a la espalda del vampiro. Su piel tersa se estremeció ante su toque.

—Eres tan deliciosa que me gustaría probar otros lugares, Cassandra. Si me lo permites.

Ella gimió un sí y él descendió por sus muslos, besando con pausa cada centímetro de su piel. La llevó hasta el final y cuando subió, se relamía.

—Eres la más deliciosa de todas las mujeres que he probado, Cassandra. ¿Me permites entrar en ti?

—Sí… supongo —dijo ella desmadejada. Nunca había sentido algo igual. ¿Qué tenía este hombre?

Se colocó sobre ella y se metió muy despacito, hasta que ella se acomodara. Abrió los ojos, sorprendida. Esa sensación de frío y dureza… era increíble.

Después de dos horas de ejercicio, ella pensó que jamás volvería a sentir algo así. El muy cabrón tenía razón. Era un as en cuestiones de cama.

Él se recostó y acarició su piel desnuda.

—¿Satisfecha, mi dama?

—Sabes que sí. Joder, eres un capullo.

Él se giró hacia ella.

—¿Por qué?

—Porque ahora… porque más adelante…

—No encontrarás a un amante como yo. Lo sé. Pero tiene solución.

—No me vas a hipnotizar para olvidar, Benjamin.

—Ah, no era esa, Cassandra. Solo... quédate conmigo.

Ella parpadeó una vez. Luego otra. ¿Qué había dicho? Lo miró fijamente.

—No entiendo, Benjamin.

—Que nos quedemos juntos. Que seamos amantes, amigos o lo que tú quieras.

—Eso no es… posible.

—¿Porque eres humana y yo vampiro? Mira mis hermanos. Lobos, brujas. Solo faltaba una humana para completar la diversidad.

—No lo entiendo, Benjamin. Tú no eres de comprometerme.

—Tal vez porque no había encontrado la persona adecuada con quién hacerlo. O tal vez yo no estaba preparado. Creo que ahora lo estoy. Pero entiendo que no sientas el mismo tipo de afecto que yo por ti.

—¿Sientes… afecto?

—Siento muchas cosas, Cassandra. Afecto por tu alma, admiración por tu carácter e inteligencia, deseo por poseer tu cuerpo, hambre de tu piel, anhelo por tu compañía, pulsión a protegerte… ¿eso es… amor? No lo sé. Jamás lo sentí.

Ella tragó saliva. ¿Se le estaba declarando? Él acarició su rostro.

—Piénsalo. Si quieres… bueno, y ahora tengo un trabajo. Seré un hombre medianamente respetable.

Sonrió de esa forma canalla que le hizo contener la respiración la primera vez que le vio.

—¿Y qué trabajo es ese?

—Puesto que he recuperado a mi familia, mi hermana me ha encargado el trabajo de espía. Debo ser sus ojos y oídos en todo el mundo. ¿Qué mejor que una agente experimentada para acompañarme? Podrías informar a la AISI. Nos quedan muchos malos que cazar.

A ella le palpitó el corazón y él se recostó sobre su pecho, escuchándolo. Pasó su mano por la nuca del vampiro. Él suspiró.

—No puedo ofrecerte algo como… hijos o una vida normal, salir por el día y todo eso. Y me verás alimentarme de sangre. Pero podríamos pasarlo muy bien.

Levantó la cabeza y la miró. Ella tragó saliva. Era perfecto y aun así… dudaba.

—¿Y no te irás con otras mujeres?

—Por supuesto que no. Soy fiel. Siempre lo he sido. Y muy rico. No hará falta ni llevar maletas, compraremos lo que necesitemos.

—No es la riqueza lo que me atrae de ti, Benjamin.

—O sea, que te sientes atraída. ¿Tal vez mis dotes amatorias? Tengo más trucos en la manga.

—No. Aunque no están nada mal —dijo ella con una sonrisa perezosa—. Supongo que lo que me ha conquistado es que… a pesar de ser un delincuente… o un vampiro… tienes un gran corazón.

Él pareció sobresaltarse y se quedó serio. Una lágrima asomó por su mejilla y ella se la limpió.

—Solo mi padre me dijo eso, antes de morir. No me lo creí. Pensé que lo hacía porque se iba.

—Incluso Gio lo sabe. O Lis. Y tus hermanos, desde luego. No eres la máscara que muestras al mundo. Los que te conocen, te quieren.

Se levantó, conmocionado. Se apoyó en la pared. Ya casi era de noche, pero todavía entraba la luz dorada que iluminaba su cuerpo desnudo. Ella se colocó delante, para evitar que le molestase esa luz y lo abrazó.

—Me cuesta creer que soy esa persona, Cassandra. Soy un delincuente.

—Lo eras. Qué más da. Te has transformado.

—No, eso seguro que no. Seguiré siendo quién soy y entonces tu concepto cambiará. Si me aceptas, tiene que ser con todo. Luces y sombras.

Ella levantó la cabeza y asintió.

—Acepto tus luces y tus sombras, Benjamin Valeroso.

Entonces él sonrió, la cogió en brazos y se la llevó a la cama. Era hora de volver a empezar.