Capítulo 21. Anteriormente, en Roma
Cassandra
Se marchó tan enfadada que quería asesinar a Benjamin y a la vez… no podía creérselo. Todo este tiempo sin saber que el hombre que había buscado era con quien llevaba semanas trabajando codo con codo.
Llamó a su madre y ella le explicó que su hermana estaba bien y que le había asegurado que no era culpa de ese hombre con el que se relacionaba. La creyó. O al menos quiso creerla, pero cuando volvió al hotel, todos se habían marchado.
Se dio una vuelta por la ciudad. Estaba más que dispuesta a encontrar al Maestro cuando la niña pequeña se le acercó.
—¿Vienes conmigo? Mi madre quiere hablar.
—Claro. Vamos.
¿Era de fiar? No lo sabía. Se acercaron a una cafetería donde estaba Gio, Claudia y el alfa en buena sintonía. Le indicaron que se sentase.
—¿Quieres un helado o un cóctel?
—Agua fría, por favor —dijo al camarero. Lis soltó una risita.
—¿Qué ocurre, Gio?
—Sabemos que te has quedado sola aquí y te ofrecemos una colaboración.
—¿En qué consiste?
—Tanto Marco Antonio como yo queremos echar a los acólitos del Maestro de la ciudad.
Se han escondido, pero los encontraremos y se marcharán.
A cambio queremos que tu agencia acabe con los cazadores del Vaticano.
Tenéis contactos, podéis hablar con el jefe del lugar y decirle lo que tiene bajo sus suelos.
Creo que os apoyará, si es que no es el que manda también en ellos.
—Según nuestros informes, no. Pero sí hay una corrupción de base que se escuda en ese lugar santo, por decirlo así.
—Entonces, ¿podrías acabar con esos cazadores, Cassandra? —preguntó la bruja—. Los humanos podrían entrar en el Vaticano sin ser afectados por las runas. Yo puedo desactivar algo, pero son demasiadas.
—Y a cambio, ¿limpiaréis la ciudad de la gente del maestro?
—Sí.
—Pero necesito hablar con alguno de ellos, interrogarlo. Sé que a vosotros solo os interesa Roma, pero yo quiero la cabeza.
—No, si también nos interesa —contestó Gio—, y vamos a contactar con otros amigos que los echen de distintas ciudades. Acorralarlos de tal manera que no puedan hacer otra cosa que retirarse.
—Me parece bien. Hablaré con mis jefes y creo que se podrá montar la operación. Nunca hemos estado tan cerca.
—Gracias al abuelito —dijo Lis mirándola con intención.
—Deberías deshacerte de tu móvil, Cassandra, podría estar pinchado. Te dejo mi número en este papel y llámame cuando sepas algo.
—Si puedo interrogar a alguien, no habrá problema.
—Tenemos un trato, entonces.
Se dieron la mano y ella se fue. Lo primero fue cambiarse el móvil, aunque descargó todos los datos en la nube, para recuperarlos más adelante. Solo copió el número de su jefe, de su compañera y de… de Ben. Por si acaso.
Destruyó su móvil y llamó a Gio para darle su número.
Después, avisó a su jefe. Y sí, estuvieron dispuestos a hablar con el supremo.
En un día, la operación estaba montada y los agentes entraron por la rejilla para arrasar con las catacumbas y con todos los falsos sacerdotes que se encontraban allí.
Fueron rápidos y discretos y se llevó una felicitación de su jefe. Consiguieron una gran cantidad de archivos, rescataron los restos óseos y las guardaron para cuando pudieran clasificarlas y devolverlas a sus respectivas razas. Incluso en el más alto nivel los felicitaron por limpiar sus cloacas.
Cuando avisó a Gio, ella la citó en su casa. Marco Antonio la pasó a buscar con una furgoneta negra, sonriente, aunque con el rostro marcado.
—Enhorabuena, Cassandra. Nosotros también hemos tenido éxito.
Aunque algunos huyeron, capturamos a una docena de sobrenaturales que han ido a Alcatraz, también había humanos, que entregué a las autoridades y te hemos guardado uno para ti.
Para que le saques todo lo que quieras. Gio lo tiene a buen recaudo.
—Estupendo. Ojalá todo salga bien.
—De momento sí lo está haciendo. Y, además, hemos decidido darle a Lis un hermanito.
—Pensé que Gio estaba con… Claudia.
—Sí, ahora estamos juntos. Los tres.
Se encogió de hombros con una sonrisa. Bueno, si a ellos les parecía bien, que lo disfrutaran.
Llegaron al edificio donde residía Gio. Era un hotel que no estaba recuperado del todo.
Allí, según le explicó Marco Antonio, se refugiaban todos los niños abandonados en la calle, fueran o no sobrenaturales.
Y gracias al dinero de Benjamin, iban a comprar un edificio de apartamentos para cuando cumplieran los dieciocho.
—Gio está pensando en un sistema de becas para estudiar.
—Vaya, me sorprende.
—Es cierto que se ganan la vida con el menudeo, pero no les obliga a ello. Sí a estudiar.
Cassandra asintió mientras entraban por la puerta. Pensó que Gio era una delincuente sin remisión, pero resulta que tenía su corazoncito. Puede que por eso Benjamin siguiera ayudándola.
Ella le sonrió cuando la vio y le hizo pasar a una habitación sin ventanas. Allí, un hombre flacucho estaba atado y amordazado. Al verlos, se le abrieron los ojos con terror, sobre todo mirando al alfa.
—Esta señorita quiere hablar contigo, Pietro. Sé amable y cuéntale todo lo que te pida o si no, tendremos que jugar al lobo que se come a caperucito, ¿ capisci ?
El tipo asintió y Gio le quitó la mordaza. Miró a Cassandra esperanzado.
—Señorita, usted también es humana y parece policía. Esto es ilegal.
—Mira, Pietro, no he venido para solucionar tu vida, sino para que tú soluciones la mía. Si te portas bien, lo mismo te llevo a la cárcel y se acaba esto de que viene el lobo. Si no, bueno, me largo.
—Sí, sí. Dígame.
—¿En qué ciudades hay sedes de tu organización?
—La Compañía está en casi todas las capitales, pero no somos tantos en cada sede. Hay como cuatro o seis personas entre humanos y sobrenaturales.
—¿Por qué sobrenaturales? Buscáis descubrirlos.
—Ellos dicen que… quieren vivir sin esconderse.
—Solo que no es eso lo que va a suceder, ¿verdad? Porque cuando la mayoría de los humanos sepa que existen lo que vosotros llamáis monstruos, se va a montar una gorda.
El tipo sonrió de lado. Lo sabía.
—Vamos a la pregunta principal. ¿Dónde está el Maestro? Y ya sé que en Florencia, pero dime: ¿dónde puedo encontrarlo?
El tipo miró al lobo que fue sacando sus garras una por una. Tragó saliva.
—Me matarán.
—Antes o después morirás, Pietro —dijo Gio—. La pregunta es, quieres que mi lobo te abra el vientre y sufrir una muerte horrible y lenta o quieres arriesgarte a ir a la cárcel. Tal vez sobrevivas.
—Él es uno de vosotros. Una vez lo vi y era especial, quizá sea un brujo. Se llama Giacomo Benedetti y es el dueño de Il Paradiso Bianco. Es un local de lujo.
—No me suena.
—Mira, Pietro, nos vamos a quedar contigo un par de días hasta que aquí la señorita compruebe que tu información es certera. Si lo es, te recogerán para ir a la cárcel. Si no lo es… bueno, tengo perros que alimentar.
Tragó saliva y le pareció que se había orinado encima. Salió de la sala, seguida de la pareja. Gio le hizo señas y fueron a la cocina. Sacó una jarra de limonada y la sirvió en tres vasos. Estaba más que alterada.
—¿Qué pasa, Gio?
—Joder, que esto es muy malo. ¿No sabéis en serio quién es Benedetti? —Ellos negaron—. Pues os lo diré. Es el puto rey fae .
Marco Antonio abrió la boca y luego la cerró. Cassandra asintió. Tenía sentido. Benjamin había descubierto que era una fae la que llevaba el grupo de terroristas.
—Viajaré a Florencia y lo buscaré.
—No deberías ir sola. Llama a Benjamin. Supongo que habrá acabado con eso de la piedra blanca.
—Tonterías. Iré sola. Además, tal vez lo conozcan.
—Lo conocen en casi todos los sitios. Suele dejarse ver —dijo Gio con sorna.
—De momento, no.
—Eres muy cabezota. Tú misma. Pero si te encuentras en apuros, te daré el teléfono de una bruja que es de mi organización y vive allí. Te ayudaría en cualquier cosa.
—Eso sí lo acepto. Gracias, Gio.
—Bueno, trabajamos por un frente común, aunque no seamos iguales. Ahora en Roma se va a respirar mucha más tranquilidad, sobre todo para mis niños. Buen viaje.
—Te llevo al hotel—dijo Marco Antonio.
Condujo en silencio hasta que llegaron a su hotel.
—Ten cuidado, ¿vale? Si es quien yo creo es bastante hijo de puta.
—Gracias, alfa.
Así que se bajó, hizo su bolsa y tomó un vuelo hacia Florencia. Enseguida encontró el local, pero para introducirse en él, debía pasar por una de sus clientes, así que compró un par de vestidos elegantes y sexys, zapatos y se fue a la peluquería.
Esa misma noche, entró con un precioso vestido blanco y dorado.
Sus hombros al aire y el escote Halter le quedaban especialmente bien, tenía que reconocerlo.
Se pidió un dry Martini y vio muy de cerca a un vampiro que tomaba un Bloody Mary.
Casi suspiró. ¿Debería llamar a Benjamin?
Quería comentarle que sabía que él no había tenido nada que ver con la muerte de su hermana.
Se dijo a sí misma que no lo haría de momento.
Esa noche vio a Giacomo. No se acercó a él, pero sí lo distinguió de los demás.
Benjamin le había dicho que las faes tenían una piel tersa y las orejas puntiagudas.
Lo segundo no lo vio, pero sí lo primero.
Sin barba y seguro que, sin otro tipo de vello, su piel parecía hecha de tejido de seda.
Esa noche se fue al hotel sin haber conseguido nada. Pero a la siguiente noche se encontró con una gran sorpresa. Benjamin estaba con la segunda del jefe, a la que llamaban Poison. Una bruja que se encargaba de eliminar los trapos sucios. Y estaba intentando conquistarlo. ¿Ese tío era tonto o qué?
No pudo remediarlo. ¿Un ataque de celos? No, no era eso. Quería… ayudarlo.
Y él se la había llevado a su hotel en brazos. Acurrucada en ellos, disfrutó de su olor y… se alegró de que hubiera vuelto, sobre todo, porque le dijo que la buscaba.