Capítulo 20. Un pacto entre caballeros #2
—Bueno, depende de sus preferencias. No es un club sexual, si es lo que busca. Aquí solo se toman copas, incluidas Bloody Mary, ya me entiende. Luego, una vez que salga de aquí, cada uno puede hacer lo que desee. Eso sí, hay tolerancia cero contra la violencia o la… hipnosis.
—Oh, pero por supuesto. Ante todo, respeto, Giacomo. Solo he venido por unos días y de visita.
—Está bien, Ben, disfrute de su estancia. Si necesita cualquier cosa… especial, pídasela al camarero.
Se alejó con un suave caminar. Sí, una fae al mando de un local de lujo en Florencia. Una con poder, sin duda.
Envío un mensaje a Archie para que le preguntase a Paul quién era esa fae . Su raza era tan discreta que nadie sabía bien ni cuántos eran ni lo que hacían. Este, sin embargo, se mostraba tal cual. Extraño. La verdad, era un lujo poder contar con una especie de… equipo.
Recibió seguidamente dos mensajes. El primero, de Ana: «Cassandra está en Florencia, pero hace horas que no saben nada de ella».
El segundo, de Archie: «Paul dice que es el rey de las faes y… ha confesado que… es su tío y que no es muy buena gente. Ten cuidado, Ben. Puede que te hayas metido en un avispero».
«Me encanta revolver los avisperos, hermano. Ya sabes».
Imaginó la cara de Archie cuando recibiera el mensaje y se metió el móvil al bolsillo.
Una preciosa humana con el cabello largo, rubio y ondulado se acercaba a él con intenciones bien claras.
Bueno, se podría divertir y de paso, vigilar al reyecito que andaba hablando con un grupo de personas a las que se les salía el dinero por las orejas.
—Hola, ¿me invitas a una copa?
—Por supuesto, señorita…
—Poison. Me llaman así, aunque no entiendo por qué —dijo moviendo la cabeza a un lado con una pose graciosa. Pestañeó y él se dio cuenta de que no era una humana, sino una bruja. Claro que a él hace años que no podían influenciarle.
Se giró hacia el camarero y le hizo una indicación.
—Un Bloody Mary para mí especial y para la señorita…
—Champán. Soy clásica.
Abrió una botella para ella y Ben sonrió. Esa botella valía mucho dinero. El camarero le preparó su copa y ella rozó su pecho. Sus uñas eran largas y pintadas artísticamente.
—Y dime…
—Ben.
—Dime, Ben. ¿Qué hace un vampiro tan atractivo como tú en Florencia?
—Diría que intentar divertirme, pero ya lo estoy consiguiendo, puesto que la mujer más hermosa de todo el local se ha dignado a prestarme su atención.
Ella levantó la copa con un asentimiento y bebió. Él también.
—¿Qué se puede hacer en esta ciudad para divertirse?
—Hay todo un mundo de diversión ahí fuera, Ben. Solo debes contar con el cicerone adecuado.
—¿Y dónde crees que podría conseguir uno?
Ella acarició su pecho, arañando un poco más fuerte de lo normal y eso le excitó. Se acercó a él y sintió el perfume de su piel. Le entró hambre.
—Querido, yo puedo mostrarte las diversiones de la noche. Todas.
Alguien la apartó con cierta brusquedad. Parpadeó cuando la vio. ¿Cassandra?
—Benjamin, no puedo dejarte solo sin que una cualquiera se te acerque. Gracias, querida, por entretener a mi hombre, pero está comprometido.
Poison la miró con rabia disimulada y se alejó. Cassandra se volvió hacia él. Ella llevaba un vestido negro muy elegante y un moño que la hacía parecer más alta. Olisqueó su piel y al instante se excitó.
—Deberíamos marcharnos. ¿A quién se le ocurre venir aquí? —dijo en su oído con una sonrisa. Él pasó la mano por su cintura y asintió.
Dejó varios cientos de euros en el mostrador y salió con ella, agarrado de su cintura. El vestido casi acababa en su hermoso trasero y se maravilló de su belleza. Cuando estaban fuera, ella suspiró.
—¿Qué cojones…?
La cogió rápido y salió por los aires. Escucharon unos gruñidos abajo, pero se perdieron en el cielo. Había dejado la ventana del hotel abierta, así que aterrizó limpiamente y pasaron dentro.
—¿Qué narices haces aquí, Cassandra? Desapareciste.
—¿Y tú? ¿Por qué cojones has venido a Florencia?
—Iba a Roma a buscarte. Pero estás aquí.
Ella paseó por la habitación, frotándose las manos. Pensativa. Ben aprovechó para mirarla con admiración. Ella se paró.
—Igual no es tan malo. Podemos sacar provecho, supongo. De todas formas, ya me han visto contigo. Mierda. Casi te lo cargas todo.
—Si me explicases algo, tal vez lo entendería. Y podría ayudarte. ¿Has encontrado al Maestro?
—Sí y no. Y tú, ¿has entregado la piedra?
—Sí y no —dijo con una sonrisa.
—Tú primero.
—Está bien —dijo descalzándose y sentándose en la cama—. Sophie la desactivó, o sea, la programó o como se diga para que dentro de un tiempo ya no funcione. Vuelve locos a los lobos y en malas manos, podría suceder algo desastroso.
—¿Todos están bien?
—Sí, los niños, Archie, todos. Yo… oye, lo de tu hermana…
—Ya pasó. Hablé con mi madre. No había compartido toda la información conmigo y… bueno, comprendí que quizá no habías sido responsable. Al menos, no directo.
—Gracias. Te… te llamé varias veces.
—Me deshice del móvil. La gente del Maestro se largó de Roma. El alfa Marco Antonio se dedicó a cazarlos y por lo visto… tu hija también. Los han echado de la ciudad. En cuanto a los cazadores del Vaticano, han limpiado toda la zona.
—¿Tu agencia?
—¿Tú qué crees? Pero no acabaron con todos los cazadores. Imagino que estarán tranquilos por un tiempo hasta que se reorganicen. Había muchos archivos que tienen que estudiar y… por cierto, Vinísero estaba allí, encerrado. Lo iban a ejecutar. Casi se alegró de verlos.
—¿Y qué han hecho con él?
—Lo han trasladado secretamente a Alcatraz. Creo que solo lo sabe tu hermana. Para los demás, el rumor es que los cazadores lo ejecutaron. Somos muy pocos los que lo sabemos.
—Eso está claro —dijo con fastidio—. Bien está lo que bien acaba.
—Es que no ha acabado. Vale que el Páter esté tranquilo o los cazadores se hayan desperdigado temporalmente, pero la organización que desea descubrir a los sobrenaturales sigue ahí.
—Te ayudaré a desmantelarla, Cassandra. Yo tampoco la quiero activa.
—Ya. El dueño del local es el rey de las faes , ¿lo sabías?
—Y tío de Paul. ¿Recuerdas al muchacho?
—Claro. Verás, tengo la sospecha de que él es el Maestro. ¿No viste una fae aquel día en el bar de mala muerte?
—Sí, la vi. Pero creo que no era él. No vi todo su rostro.
—Podría ser uno de sus empleados.
—Sí, podría ser —admitió Benjamin.
—Y esa Poison es una bruja muy peligrosa. Ha hecho desaparecer a algunas personas. Podrías haber sido el siguiente.
—O no. Tengo mis recursos, Cassandra.
Ella frunció el ceño.
—¿Me llevas a mi hotel? Estoy cansada.
—Puedes quedarte aquí, va a amanecer en un par de horas y no quiero freírme.
—Benjamin Valeroso, ¿quieres llevarme a la cama?
—Ni te imaginas cuánto, pero no hoy. Solo descansemos y pensemos un plan.
Ella asintió y accedió al baño. Le prestó la camiseta de su pijama. Él dormiría con el pantalón. Por qué quería actuar bien sin… insinuarse era todo un misterio para él. Claro que la deseaba y no solo eso, quería volver a probar su sangre deliciosa. Aunque no debiera.
Cuando salió, sin maquillaje y con su camiseta, él cerró la boca, llena de colmillos.
Se metió en la ducha fría y se puso el pantalón.
Cuando salió ella estaba acostada y se colocó en un lateral de la cama.
Por todos los santos, estar a su lado sin tocarla iba a ser más difícil que enfrentarse a un lobo hambriento.