Leoncio, el vampiro casi nuevo (Colmillos y buenas maneras 2) Capítulo 20. Un pacto entre caballeros
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Capítulo 20. Un pacto entre caballeros

Benjamin

Voló hasta París, se cambió en su casa y llamó al Páter, diciéndole que tenía la dichosa piedra y que iba hacia allá en cuanto anocheciera. Él le respondió muy satisfecho.

Mientras se servía una copa cargada, pensó en sus posibilidades.

Era cierto, quería retomar el contacto con su familia.

No se había dado cuenta de lo que les había echado de menos todos estos años, incluso aunque no los perdiera de vista.

Pero no era lo mismo. Gio y Lis eran su familia, pero su relación era más interesada, aunque desde luego, no iba a dejar de visitarlas y cuidarlas.

Tal vez algún día tuvieran algún descendiente que no tuviera ese tipo de…

malicia. Ni siquiera se podía decir que lo hacían por supervivencia.

Él les había dado todo lo que necesitaban y más. Supuso que eran así.

Él no era ningún angelito, desde luego. Pero tenía cierta ética.

Se echó a dormir hasta que se hicieron las ocho.

Todavía era de día, pero al menos podría prepararse.

Envió un mensaje a Cassandra, y, como esperaba, ella no le contestó.

¿Se habría metido en algún lío? Estaba claro que quería atrapar a ese tal Maestro, pero ¿sola?

Viajaría de inmediato a Roma cuando le diera la dichosa piedra al Páter y más valía que funcionase el hechizo.

Comió abundante y se puso ropa cómoda como para luchar si era necesario, pero elegante, por supuesto.

A las nueve, se despidió de Clarence y salió volando.

El Páter solía residir en el sur de Francia, aunque era de procedencia belga.

Aterrizó a las afueras, algo cansado. Llevaba un par de pastillas de las suyas y un botellín de agua, así que se las preparó. Si el Páter sospechaba, iba a ser feo.

Caminó deprisa, a velocidad vampiro hasta la finca donde residía el alfa. Tenía bastantes lobos a su servicio, como Gunter, pensó fastidiado. Como burla a su seguridad, saltó y bajó despacio, teatral, hasta la puerta de la casa. Varios lobos gruñeron y él sonrió irónico.

—¡Basta! —exclamó Gunter. Si antes había pensado en él… —. Podrías haber entrado por la puerta, Benjamin.

—¿Y qué tendría eso de divertido? He venido a entregar la dichosa piedrita y acabar con esto.

—Me parece bien. ¿Tu familia?

—Todos en su lugar. Gracias.

—Benjamin, yo…

—Tranquilo, eres un lobo, yo un vampiro. Intereses distintos. Acabemos con esto.

Un joven lobo abrió la puerta de la enorme casa y entró al frescor. Gruesas paredes protegían del calor de la calle y lo agradeció. Él no sudaba, pero prefería un ambiente con menos temperatura. Por eso le gustaba Moscú. Tal vez volviera en otra ocasión.

Gunter lo condujo hacia el comedor. El Páter, un lobo anciano, presidía la mesa. Levantó la mirada.

—Por fin, Benjamin. Imagino que si estás aquí es porque la has traído.

—Así es. Pero no te aconsejo que tus lobos estén aquí cuando la saque, porque según he comprobado, los vuelve locos.

—Sí. Entonces es verdad.

—Por supuesto. Y quiero que rompamos el pacto de sangre ya mismo.

—Primero déjame ver la piedra.

—En fin, tú lo has querido.

Sacó la bolsa con la piedra y cuando la empezó a sacar, notó la vibración. Gunter, que estaba a su lado, cayó al suelo a cuatro patas. Esperaba que funcionase el hechizo de Sophie. La metió en la bolsa a toda prisa. El Páter respiraba agitado y más de un lobo tenía el rostro desencajado.

—Es una piedra peligrosa, Páter. No sé en qué piensas usarla, pero ya ves las consecuencias.

—Quiero guardarla para que nadie pueda utilizarla mal.

—¿Y no sería mejor destruirla? —preguntó Benjamin.

—No, de momento. Has cumplido, vampiro. En este momento, te libero de tu pacto de sangre conmigo. Gunter, paga a este hombre.

—Mira, Páter. No necesito dinero, pero me gustaría que me bendijeses.

—¡No puede hacer eso! La bendición es solo disponible para los nuestros. Si lo bendice, ningún lobo de la manada podrá tocarle.

—Gunter, silencio.

El Páter se levantó despacio y se acercó a Benjamin.

—¿Por qué quieres que te bendiga, vampiro?

—Porque bastante tengo con las amenazas de mi raza para tener que mirar si un lobo se acerca con malas intenciones hacia mí. Por una temporada, quiero vivir tranquilo. Solo es eso.

—Es razonable. Has tenido una vida de lo más azarosa, Benjamin. Entiendo que quieras tener tranquilidad por una temporada, aunque conociéndote…  Eso sí, aprecio que tu propia hermana esté desposada con uno de los nuestros.

—Mi sobrino también se va a comprometer con una loba, o sea, nuestras familias tienen una conexión especial, Páter. Al final, todos intentamos sobrevivir como podemos.

—De acuerdo, pero mira la edad que tengo, Benjamin. Solo durará mientras viva. A partir de mi muerte, se acabará mi protección.

—Espero que seas muy longevo, Páter. De verdad que deseo estar tranquilo y descansar, estar con mi familia… no pido mucho.

—Acepto eso. Arrodíllate.

Benjamin lo hizo, aunque algunos gruñeron. El Páter levantó la mano y sacó su garra. Luego marcó en el cuello un símbolo de su manada. Siseó porque escocía y sabía que esa señal se quedaría para siempre, o hasta que él muriera. Bien. Estaría tranquilo un tiempo.

—Levántate. Ahora eres un miembro más de mi manada. Un miembro externo, por decirlo así, pero nadie se atreverá a tocarte.

—Gracias, Páter. En esta ceremonia te hago entrega de la piedra, con la súplica de que puedas utilizarla bien. No queremos a lobos enloquecidos por el mundo.

—Desde luego que no. Puedes marcharte.

Lo vio alejarse hacia la puerta de atrás.

Gunter lo miró mal, luego se encogió de hombros y se marchó tras él.

Era el momento de largarse. Aunque algunos lobos gruñeron a su paso, salió de la casa, se impulsó y subió al cielo.

Bien… volar a Roma le iba a costar bastante esfuerzo y no tenía reservas.

Tendría que hacer alguna parada, pero igualmente iba a ir a ver qué narices estaba haciendo Cassandra.

No porque ella le interesase… como mujer.

No porque pudiera estar preocupado, aunque conociéndola, se habría metido en pleno avispero.

Solo era porque él había cambiado. Un poco, al menos. Tenía ganas de hacer algo heroico, épico… quería impresionarla. Sí. Que se diera cuenta de su valía. Ella era una mujer muy honesta y él nunca lo fue. Suponía. Sí, era eso.

Voló varias horas y paró en Niza, donde informó a su hermana Ana, que le felicitó. Luego, paró en Florencia y acudió al lugar donde una vampira solía vender sangre.

Consiguió un par de bolsas y luego, puesto que ya se había recuperado, le apeteció tomar una copa, dar una vuelta, respirar la ciudad.

De todas formas, se suponía que el Maestro vivía allí, en Florencia.

Puede que se enterase de algo. Tomó una habitación y encargó en la misma lujosa boutique del hotel un par de trajes y complementos varios para su comodidad.

Mientras se daba un baño templado, volvió a enviarle un mensaje a Cassandra, pero ella no contestó. Ni siquiera parecía estar en línea.

¿Le habría pasado algo? Quería volver a jurarle que no tuvo nada que ver con la muerte de su hermana.

Había sido muy torpe al no darse cuenta.

En realidad, se parecían, aunque Beth no tenía esa determinación de su hermana.

Tampoco llevaban mucho tiempo juntos. Le pareció mona, adorable.

Él estaba en París, hastiado de la vida y ella era fresca, dulce.

No probó su sangre, desde luego. Se relamió la boca pensando en la sangre de Cassandra.

Le gustó demasiado y solo de recordarla, sus colmillos se alargaron. Y no solo ellos.

Fastidiado, se secó y se preparó un whisky.

Enseguida llamaron a la puerta para entregarle sus trajes.

La muchacha se quedó sin habla cuando él le abrió solo con una toalla en la cintura.

Se los dio y casi salió corriendo. Bueno podría haber tenido un momento con ella, pero no le apetecía, algo que, en el fondo, le extrañaba.

Se puso la camisa clara y pantalones que conjuntaban perfectamente. Luego se perfumó y peinó su cabello de forma artística. Esa noche iba a ver y ser visto así que nada de tonterías de camuflaje.

Hace años, visitó Florencia y acudió varias noches a un local muy lujoso, quizá seguía siendo el punto de reunión de la gente con pasta, fueran sobrenaturales o humanos.

Caminó por las hermosas calles del centro.

Estaba tranquilo por haber solucionado lo de la dichosa piedra y esperaba que la esposa de su hermano fuera tan capaz como para anular una magia antigua.

Solo que Cassandra venía a su mente una y otra vez.

¿Dónde narices se habría metido la agente de la AISI?

Entonces se quedó parado. Tal vez Ana lo supiera. ¿No estaba en contacto con sus jefes?

La llamó con rapidez.

—Ben.

—Ana. Necesito algo. ¿Sabe el capitán de la AISI dónde puede estar Cassandra?

—No lo sé, pero puedo preguntar. Te llamo cuando sepa algo.

Colgó. Así era ella. Eficiente.

Entró en el lujoso local sin problemas, se acercó a la barra y pidió un whisky de doce años con hielo.

Pretendía que le durase lo suficiente como para examinar la sala.

Era todo lujo minimalista con blancos, dorados y negros.

La habían reformado, sin duda. Tal vez cambió de dueños.

Ahora no se llamaba Il Paradiso, sino Il Paradiso Bianco.

Sobrenaturales, humanos, todos bebían y reían sin problema. Tal vez los humanos no conocieran su naturaleza. Se apoyó en la barra, mirando con arrogancia a todos. Y sí, algunos también lo miraban. Bien. Que se enterasen de que estaba allí.

Un hombre muy atractivo se acercó a él. Llevaba sin duda un traje de Armani, blanco, y en su rostro vio que era una fae .

—Bienvenido, señor…

—Solo Ben. No me gustan las etiquetas. ¿Y usted es?

—Giacomo Benedetti, el dueño de este pequeño paraíso. No lo había visto por aquí, ¿está de visita por la ciudad?

—La vida de un vampiro resulta tediosa si no se obtienen las distracciones adecuadas. ¿Cree que las encontraré aquí?