Capítulo 19. Limonde otra vez
Léo
Sophie lloraba y reía a la vez, abrazada a su esposo que susurraba palabras de consuelo. Y eso que ella no lo había visto antes de recuperarse. La amiga de Sophie, Cordelia y el alfa Jacques también estaban en casa, igual que Carole. JP y Paul se habían marchado a descansar.
—Vamos, amor, no te disgustes tanto. Ya ha pasado —dijo Archie levantándola y llevándola al sillón. Acarició con afecto el vientre hinchado de su esposa y sonrió.
—Están bien, Archie. No sé qué hubiera hecho si…
—Pero no ha pasado nada. Léo y los demás me ayudaron.
—Sois unos valientes —dijo Sophie. Llamaron a la puerta y Archie olisqueó. Luego sonrió.
—Te presentaré a mi hermano, necesitamos que examines una piedra.
Le abrió la puerta y Sophie le permitió entrar. Ben echo un vistazo a la casa con una sonrisa.
—Mi esposa, Sophie, el alfa Jacques, Cordelia. Él es mi hermano Benjamin.
—La oveja negra de la familia —dijo él con una sonrisa, pero dando la mano a todos.
—Tenemos que hacer un hechizo para esa piedra, esposa. Desactivarla.
—He pensado otra cosa, hermano. Tal vez algo retardante, digamos que funcione unos días y luego se desactive. Así, el Páter no podrá acusarme de nada.
—Pero los lobos tenéis que marcharos —dijo Léo preocupado—, hace un efecto extraño.
—Tal vez no deberías entregársela a ese Páter —dijo Jacques. Ben negó.
—Tengo un pacto de sangre. No quiero que venga a por mi familia. Seguro que Sophie puede desactivarla.
—Estoy con mi hermano. Claro que es peligroso darle la piedra, porque no sabemos qué intenciones tiene, pero si se desactiva…
—Yo ayudaré a Sophie o incluso podemos preguntarle a mi abuela.
—Está bien. Confío en vuestro criterio. Nos vamos.
Jacques miró a Carole que asintió. Se fueron y vampiros y brujas se quedaron solos. Ben sacó la pieza y se la dio a Sophie. Ella la tomó y sus ojos se pusieron blancos. Archie la abrazó, pero Cordelia lo apartó con cuidado.
—Está teniendo una visión —susurró. Esperaron pacientes hasta que Sophie parpadeó.
—Oh, vaya. Vaya —dijo mirando a su esposo.
—¿Qué has visto?
—Es una piedra poderosa, sin duda. Antigua, es como si estuviera viva.
Tiene tres piedras gemelas, un rubí para la raza vampírica, un cuarzo con vetas de oro perteneciente a la raza fae y una obsidiana negra, que se relaciona con las brujas.
Al parecer, todas han sido destruidas o están desaparecidas y solo queda esta.
Me ha… de alguna manera me ha dicho cómo desactivarla.
No pensé que las piedras tuvieran ese tipo de consciencia.
Ben silbó, sorprendido.
—Y según parece, es mejor destruirlas porque por sí solas son peligrosas para la raza que protegen, pero todas juntas podrían destruir el mundo. Así que vamos ya mismo a desactivarla. Cordelia.
Bajaron las dos, seguidas por Archie. Ben se sentó en el sofá, tranquilamente. Léo dudó. Hasta que al final, se sentó con su tío.
—Bien, chaval, así que tu novia. Me parece una mujer muy… potente, pero las lobas suelen serlo. Aunque he de decir que tu actuación en todo este embrollo ha estado a la altura de cualquier Valeroso, especialmente de mí. ¿Has pensado qué vas a hacer con tu vida?
—Gracias, tío Ben. Pues… quiero irme con Carole a Nueva York, y me gustaría crear vídeo juegos para los jóvenes sobrenaturales y los humanos, claro.
—Nueva York es un lugar fascinante. Si necesitas donde alojarte, tengo algunas casas allí.
—Mi madre también, pero muchas gracias. ¿Y tú? ¿Qué harás?
—Mi hermana…, tu madre… me ha propuesto algunas tareas divertidas, espiar, vigilar, ya sabes, todo eso entra en mi estilo de vida. Puede que acepte. Me ha gustado estar con vosotros, Léo.
Sonrió. Escucharon una pequeña explosión y bajaron corriendo al sótano. Sophie tenía el rostro medio tiznado, pero estaba claro que lo más grande se lo había llevado Archie que estaba totalmente cubierto de hollín.
—¿Qué ha pasado? —casi gritó Léo. Cordelia estaba sentada en el suelo, aturdida. Se acercó para ayudarla a ponerse de pie.
—Oh, bueno, en realidad ha funcionado —dijo Sophie saliendo de detrás de Archie—. Supongo que una piedra con mucho poder exige… un hechizo fuerte. Estamos bien.
Se tocó la barriga y Archie se sacudió la ropa.
—La piedra sigue activa, pero se anulará en seis días.
—¿Se puede probar? —preguntó Ben con duda.
—Si la pusiéramos delante de un lobo, funcionaría. Supongo que tendremos que arriesgarnos. He hechizado una funda para que no afecte a nadie si está dentro.
—Está bien, jugaremos a los dados —dijo sonriendo Ben—, de todas formas, la vida es un juego. Entonces, ¿me la llevo?
—Adelante, hermano. Y por favor, avísanos con lo que sea. Puedo llegar volando.
—Gracias, Archie. Lo haré. Cuidaros. Procuraré… volver para el nacimiento de tus hijas.
Les dio un abrazo, tomó la piedra y se marchó. Léo ayudó a Cordelia a subir las escaleras y Archie levantó a su esposa.
—Deberíamos bañarnos, Sophie, y además…
—Sí, amor. Hagamos algo grandioso.
—Yo me largo, que estos se van a encamar —dijo Cordelia.
—Y yo me voy a la casita. Avísame si necesitas algo, tío Archie.
Le dio otro abrazo.
—Gracias, sobrino. Gracias por venir a buscarme. Jamás lo olvidaré.
Se despidieron. En la esquina se encontraban Jacques y Carole. Cordelia se fue con su alfa y su loba se acercó a él.
—¿Ha ido bien?
—Parece que sí. ¿Has hablado con tu familia?
—Sí, les he avisado que estaba bien y que me quedaba contigo todo el día.
—Ah… vale. Necesito una ducha.
—Y yo, la verdad. Y te enseñaré algunos trucos que se pueden hacer en ella.
Sonrió y entraron en la casita de la mano. Después de una ducha larga y activa, se echaron en la cama, abrazados.
—Me dijiste en el avión… Que me querías.
—No te sientas obligada… yo…
—Eres un hombre maravilloso, Léo. ¡Y cómo luchaste por tu familia! Me impresionaste, ¿sabes? Pero… lo que más me impresiona es cómo eres. Esencialmente bueno, a pesar de ser un vampiro, pero claro, te pareces a tu familia y…
—Carole… Ya está. Todo bien.
—Es que yo… yo también te quiero y es la primera vez que… estoy enamorada. No sé cómo hacerlo.
Léo se volvió hacia ella, acariciando su rostro pecoso. No podía ser más feliz.
—Lo iremos descubriendo poco a poco. No tenemos ninguna prisa.
—¿Incluso aunque yo no sea inmortal?
—No es que yo lo sea. Solo vivo muchos años. Y ahora eso no me preocupa. Solo que estés enamorada. Es el titular principal.
Ella se echó a reír y se apretó a él.
—Entonces poco a poco, cubito. Iremos viendo.
—Eso. Y ahora deberíamos descansar.
—Dios santo, eres demasiado adorable.
Léo se echó a reír y ambos cerraron los ojos. Oh, sí, se acercaba una nueva vida.