Leoncio, el vampiro casi nuevo (Colmillos y buenas maneras 2) Capítulo 14. Un encuentro sorpresa
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Capítulo 14. Un encuentro sorpresa

Carole

Se despertó abrazada a Léo que parecía estar muerto. O técnicamente, lo estaba. Su estómago rugía de hambre, por supuesto, eran las dos de la tarde. Como Léo no se iba a levantar, aunque abrió los ojos, somnoliento, se fue al baño, envío mensaje a Sophie y ella le dijo que estaban bien.

Luego, a JP.

Estamos en un restaurante abajo, en la calle. No quisimos despertarte por si estabas derritiendo a tu cubito.

Qué va, está frito. Bajo ahora mismo, me muero de hambre.

Vale, te paso dirección.

Se vistió y bajó para acudir donde estaban sus amigos. Ambos se estaban zampando la que parecía su segunda hamburguesa. Se dejó caer y enseguida la camarera se acercó. Pidieron otra ronda, la de ella, con doble de patatas.

—Qué marrón —dijo JP—. La verdad es que esto es peor de lo que pensaba. ¿Sabes algo más?

—No, nada. Solo he hablado con Sophie y están bien, con tu hermano. No sé, aquí ocurren cosas muy raras. Aunque sea un nido de… cazadores, ¿tantas runas?

—Cuando era pequeño —empezó Paul—, mi madre me contaba las terribles historias de la caza de faes .

Nuestro pueblo decidió abrirse a los humanos, nos queríamos mezclar con ellos, convivir, pero un sacerdote, por el año 1700 decidió que mi raza era una abominación demoníaca, no sé si por las orejas puntiagudas.

Si hubieran visto a lobos o vampiros… pero ellos no quisieron descubrirse.

La reina fae de entonces estaba convencida de que saldría bien y no pudo convencer al Consejo, por lo que se separaron en malos términos. Y luego vino el desastre.

Paul tragó saliva y JP pasó la mano por su espalda, consolándolo.

—Cuéntalo solo si te sientes bien —dijo Carole tomándole de la mano.

—Las faes nunca contamos esto, pero sois mis amigos y confío en vosotros —suspiró—.

Citaron a mi pueblo a una asamblea, como una fiesta de celebración, les dijeron.

No todos fueron, pero sí la mayoría, familias completas.

Ya entonces éramos pocos. Creo que la idea de la reina era unirse a humanos para aumentar la población.

Como os pasa a los lobos, también somos compatibles.

Entonces, una hechicera los encerró de forma mágica.

Era alguien que llevaba una capucha. Algunos pensaron que era una fae , pero no le vieron el rostro.

Los asesinaron a todos, sin importar mujeres o niños.

El hijo del heredero del trono que ese día estaba enfermo se salvó y huyeron.

Desde entonces, nuestras órdenes son de no mostrarnos a nadie y menos a humanos.

Entre otras rígidas leyes —dijo con tristeza.

—Ahora entiendo muchas cosas —comentó Carole conmocionada—. Fue un genocidio.

—No quedamos muchas, la verdad. Y el rey nos insta a… reproducirnos, quiere aumentar la población, así que me largué. Mis gustos van por otro lado.

JP le tomó de la mano con afecto.

—¿Las faes tenéis truquitos, así como los vampiros? —preguntó Carole para aligerar el ambiente. Él sonrió con tristeza.

—Algunos. No creas que tantos. La mayoría es para ocultar nuestro aspecto real, aunque también sabemos hacer otras cosas.

No hipnotizamos, pero podemos confundir a alguien, desorientarlo.

Tampoco volamos, pero somos rápidos y fuertes.

Y lo mejor, que dejo para el final, estamos conectados con la naturaleza.

Cada fae es capaz de fundirse con un elemento natural y usarlo para defenderse.

Nunca para atacar, al menos no si no es preciso.

En mi caso, es el agua, aunque sinceramente, no tengo mucha práctica.

—Me encantaría verte en acción, Paul —dijo JP con arrobamiento. Él sonrió.

—Tal vez algún día, pero será a solas. No quiero que nadie me mire.

—Podríamos intentar ir al Vaticano, no sé, ver si nos dejan pasar como turistas —dijo Carole después de engullir su último bocado.

—No creo que sea buena idea —contestó JP—, a Léo no le va a gustar y antes de que digas nada, no es justo para él. Le dijiste que iríamos los cuatro todo el tiempo y ahora dices que quieres entrar sin él.

—Ya, pero quiero hacer algo.

Un zumbido y una llamada entrante de un número desconocido le dio un susto.

—¿Sí?

—¿Carole? Soy Gunter. Me ha dado tu número Tom, el marido de la consejera.

—Hola, Gunter, sí. ¿Dónde estás?

—Diría que cerca de tu localización. Y sí, ya sé que es ilegal monitorizarte, pero quiero ayudaros. En cinco minutos estoy.

Colgó sin decir nada más y Carole frunció el ceño. Se lo contó a ambos, también se molestaron.

—Vamos a quitar la geolocalización ya mismo. Menudo capullo. Y Tom no debería habérselo dicho.

Un hombre enorme de unos cincuenta entró por la puerta. Enseguida los vio y se sentó junto a Carole. La camarera le hizo ojitos y él sonrió. Carole bufó. Se pidió una jarra de cerveza y los miró.

—Estaba por Roma cuando me llamó Tom. Supongo que todo es por algo. ¿Qué tenéis? ¿Dónde está el hijo de la consejera?

—¿A estas horas? Imagínatelo ya que eres tan listo —dijo Carole. Él sonrió de lado.

—Ya. Durmiendo. Está bien. ¿Habéis averiguado algo?

—El Vaticano está lleno de runas antisobrenaturales. Léo entró y salió muy débil, pero andamos buscando otras opciones.

—Eso dificultará la entrada, sin duda. Habría que buscar alguna puerta de atrás.

—¿Qué crees que hacemos? —soltó Carole. Empezaba a cansarse de este tío.

—Tranquila, lobita. He venido a ayudar, igual que tú. No soy tu enemigo. Hablaré con alguna gente que conozco en la ciudad y veremos si tiene idea de cómo entrar. Entonces, seguro que Archie está dentro, ¿no?

—Casi al cien por cien.

—Esto se nos ha complicado. Yo venía a Roma por otro objetivo que también resulta estar ahí dentro, así que haré lo posible por buscar una entrada y cuando lo consigamos, iremos todos juntos. Vosotros sacáis a Archie y yo lo mío.

—¿Qué es?

Sonrió, se bebió la cerveza de trago y dejó un par de billetes. —Son cosas de mayores, niña.

Se marchó y todos lo miraron enfadados.

—Será idiota… pero bueno si tiene contactos… —dijo JP.

—Mirad, no sé vosotros, pero yo voy a ir allí. O hago algo o me volveré loca.

—Tienes razón. Yo quiero ver dónde están mis ancestros, tal vez pueda rendir un homenaje y liberar sus almas.

—¿Están aquí?

—Sí, JP. Los trajeron en 1711. En ese momento dirigía la iglesia el papa Clemente XI, según mi familia, no tuvo nada que ver, porque era un hombre diplomático más que guerrero, pero igualmente llevaron los esqueletos a las catacumbas y pasadizos de debajo de San Pedro. Fue algo muy cruel.

—O sea que había otra gente que dirigía la caza. ¿Fue porque os descubrieron?

—No lo sé, Carole. Algunas faes ancianas dicen que nunca se deberían haber descubierto. Eran felices en su comunidad. Tal vez si entonces los humanos no hubieran sabido que existían seres sobrenaturales no estarían cazándolos. A saber.

—No te des tanto mal, Paul. Echaremos un vistazo, pero es posible que no podamos acceder muy profundo.

—Ya. Lo entiendo. Pero quiero intentarlo, como Carole.

—Entonces, vamos ya.

Pagaron las consumiciones y salieron a la calle.

A las tres de la tarde y en pleno julio, el calor en Roma era importante.

Rondaron la plaza de San Marcos, con menos turistas por el bochorno de casi treinta y ocho grados.

Buscaron la venta de entradas y les dijeron que no había pases.

Entonces, Paul sonrió a la muchacha, confundiéndola y sacándole tres pases vip, que les permitían acceder a otros lugares.

—Oh, vaya, eso ha estado genial. No lo habrás hecho conmigo, ¿verdad?

—No, JP, no me sale tan bien. Solo me funciona a veces. Hemos tenido suerte, así que vamos.

Entraron a los museos vaticanos, entre la marea de turistas. Había alguna runa, pero nada que les impidiera avanzar.

—Estad atentos por si sentís algo —susurró Carole. Se separaron para abarcar más territorio. Olisqueó disimuladamente la zona, incluso detrás de las cortinas. Un mensaje le saltó en su móvil. Paul había encontrado algo.

Lo vio al fondo de la sala y se acercaron con disimulo. Miraron un cuadro en la pared mientras la fae les explicaba.

—He notado una ligera corriente de aire detrás de esa cortina, puede que haya una puerta de acceso, pero no puedo meterme sin que me vean. Hay mucha vigilancia.

—¿Podrías confundir a alguien y que cause una distracción?

—Ya te he dicho que no siempre sale, Carole.

—Inténtalo, amor —le dijo JP con una caricia.

Asintió y se acercó a un grupo de mujeres jóvenes. Carole pensó que le sería más fácil con ellas, quizá. Les habló con una sonrisa amable, seductora y al poco, ellas asentían convencidas.

Volvió deprisa donde estaban ellos.

—No creo que tengamos mucho tiempo. Así que cuando empiecen, vamos.

—¿Qué les has dicho?

—Que se acerquen a los guardias, que intenten besarlos, eso seguro que los distrae.

—Eres perverso —dijo JP sonriendo.

—Es lo único que se me ha ocurrido. Preparaos.

Las cuatro chicas se acercaron sonrientes cada una a un guardia y ellos se pusieron rígidos, pero ellas empezaron a cogerles de la mano, una incluso acertó a darles un beso y entonces empezó el lío.

Los tres se deslizaron tras el cortinaje y Paul buscó la puerta con las manos.

Encontró un resorte y se abrió con suavidad.

Dentro estaba oscuro, pero los tres eran capaces de ver bien.

Se metieron y cerraron la puerta con un clic.

Carole quería gritar de alegría. El pasadizo parecía rodear la gran sala y miraron a ambos lados, sin saber por dónde tirar.

—¿Y si nos dividimos?

—De eso nada, Carole, vamos por un lado y si no encontramos nada, volvemos y vamos por el otro.

Comenzaron a caminar por el pasillo que descendía levemente.

Enseguida encontraron unas escaleras de caracol y decidieron bajar.

Se suponía que las catacumbas, los sótanos o en general, todo lo misterioso, debería estar abajo.

Las escaleras eran realmente estrechas y no muy iluminadas, así que encendieron las linternas del móvil para no tropezarse a pesar de su excelente agudeza visual.

Una vez abajo, llegaron a una sala con una mesa redonda y unas veinte sillas, armarios, estanterías y cuatro salidas. Carole bufó.

—¿Y ahora qué? ¿Por dónde vamos?

JP y ella olisquearon las entradas de los túneles para ver si alguno les convencía para ir mientras Paul miraba atento las estanterías y los libros. Pasó la mano por uno de ellos y la estantería se abrió unos centímetros.

—¡Eres un genio, Paul! —dijo su chico abrazándolo— ¿Cómo lo has sabido?

—Estaba demasiado limpio para no ser nada. Y he visto muchas pelis. Vamos.

Accedieron a unas escaleras de piedra, bajando muy despacio por si había alguien. El pasillo estaba oscuro y daba a unos habitáculos con barrotes.

—Son celdas —susurró Carole—. Lo mismo tienen a Archie aquí.

Escucharon un ruido al final y una mano que se asomaba. Con mucho cuidado, avanzaron. Todas las celdas estaban vacías, al parecer, excepto esa. Cuando se asomaron, Carole la vio.

—¿Cómo puede ser? Eres la mujer de la biblioteca.

Ella salió a la luz. Estaba despeinada y algo sucia, pero su voz era firme.

—¿Qué coño hacéis aquí? ¿Quién os envía? Sacadme.

—No. Antes nos dirás quién eres —dijo Carole—, y si tienes que ver con la desaparición de Archie.

—¿Archie Valeroso ha desaparecido?

—Sí. Está aquí encerrado. Lo estamos buscando.

—Caramba, eso es… malo. Sacadme.

—No. Primero dinos quién eres.

—Me llamo Cassandra y soy de la AISI. —Los miró, pero ellos negaron—, la Agencia de Investigación Sobrenatural Internacional. Tengo una misión.

—¿Una poli? Bueno, muy habilidosa no eres.

—Sácame y te lo demostraré, niña. ¿Cómo habéis venido hasta aquí?

—En avión. JP, ¿eres el más fuerte, puedes sacar la puerta?

—Desde luego. Apártese.

Cassandra dio dos pasos atrás y el lobo sacó sus garras y dobló los barrotes con facilidad. Ella se deslizó por ellos.

—Estas celdas sin duda son para humanos. Archie estará en otro lugar. Pero ahora deberíamos salir de aquí antes de que descubran que me he largado. Lobo, ¿puedes volver a dejar la celda igual? No queremos que sospechen de nadie en concreto.

—Sí.

Lo hizo, más o menos y condujeron a la policía hasta las escaleras. Se escuchaban voces, así que tuvieron que ir por otro pasillo. Ascendía y pronto olieron a gasolina.

—Puede que dé al garaje y eso es bueno, porque habrá salida —dijo Cassandra cuando también lo olió.

—Debemos sacar a Archie, es importante, hemos venido con su sobrino y escuchó que iban a hacer algo hoy.

—Pero no sabemos dónde está, ¿no es así? Podemos volver luego con refuerzos. Más tarde, por la hora estará anocheciendo y, además, me acompaña un vampiro.

Se miraron y asintieron. De todas formas, Léo estaría muy preocupado si ya se había despertado.

Accedieron a una puerta de un armario donde guardaban herramientas. Cassandra se asomó y chasqueó la lengua.

—Hay un tipo, un chófer, apoyado en el coche y fumando. Deberíamos dejarlo fuera de combate.

—Yo me encargo —dijo Paul. Parecía algo más seguro.

Salió, tambaleándose, del armario y el tipo se acercó corriendo.

Le gritó. Él le habló y al final, el hombre le ayudó a levantarse, se metió en la parte de atrás del coche y se acostó.

Él se giró con una sonrisa de triunfo y les hizo señas para que salieran.

—Pero tú no eres un vampiro —dijo Cassandra mirándolo sospechosamente. Ninguno dijo nada. Era hora de salir de allí.

La puerta al exterior daba a un camino de asfalto y a una valla metálica grande. Había cámaras de seguridad y Carole miró a JP.

—Vamos a desviarlas hacia arriba. Algo hará.

Saltaron y subieron a los postes como monos y movieron las cámaras.

Luego, JP forzó la puerta que se abrió con un chirrido desagradable.

Enseguida se escuchó movimiento, perros, gente corriendo, pero ellos salieron y se dirigieron hacia un bosquecillo cercano.

Ya era de noche y gracias a ello desaparecerían entre las sombras.