Capítulo 13. Entrando en el lugar sagrado #2
Acabó su bebida y se sentó en la cama. Ella le echó un vistazo a su herida, aunque sabía que se le cerraría enseguida, sobre todo después de alimentarse.
Le resumió lo de los tres tipos, pero no le dijo nada de Gio.
—O sea, que querían atraparme para poner a la AISI contra las cuerdas.
—Eso parece. ¿Acaso eres tan importante para ellos?
—No, soy un agente de campo. De lo más normal. Supongo que es porque estoy aquí. ¿Cómo supiste que me atacaban? Sentí que me vigilaban.
—Me avisaron. Tengo amigos en todas partes. Eso es lo de menos. Dos enormes lobos nos atacaron y no sé si habrán acabado con esos críos. No digo que no tuviera ganas de hacerlo yo… pero eran muy jóvenes. La loba que me atacó era como un alfa de fuerte.
—¿No suele haber mujeres lobo alfas?
—No es lo normal. Cosas de lobos. Amanecerá en pocas horas. Deberíamos descansar. Me avisarán si logran saber algo.
—Mañana buscaré…
—No harás tal cosa. Si hace falta, te hipnotizaré para que no salgas de la habitación —dijo él levantándose. Ella lo hizo y se enfrentó a él.
—Y una mierda, Benjamin. No mandas en mí y menos me vas a impedir que…
Él la tomó de la cintura y la besó. A la mierda. Ella se resistió, pero cuando notó los colmillos rozando sus labios, gimió y se apretó a él, luego metió la pierna entre las suyas mientras él ronroneaba, excitado. Lo empujó, él se tropezó con su pie y cayó al suelo de culo.
Ella sacó una pistola de su cinto y le apuntó a la cabeza.
—No te atrevas, ni en tus mejores sueños, a tocarme un solo pelo de mi cabeza.
Él sonrió, sentado en el suelo.
—Me gusta, eres una fierecilla y te has humedecido, lo huelo.
—Soy humana. Y lárgate de mi habitación. Ni se te ocurra volver a hacer eso.
—¿Eso? ¿Besarte? ¿Rozarte con mis colmillos en los labios? Diría que te gustó, Cassandra.
—Lárgate, Benjamin o te dispararé en tus partes.
Se levantó del suelo con una sonrisa.
—Una lástima, habrías pasado una noche memorable. He practicado el sexo durante cientos de años y diría que muchas me consideran un maestro.
Vio como tragaba saliva, pero no bajó la pistola. Él, con una sonrisa, salió de la habitación.
Se metió en la cama, cerrando todo y resignado a que ella hiciera lo que le viniera en gana. Envió un mensaje a Gio para que no la perdieran de vista y ella le pidió un aumento de su tarifa.
Esta chica… había aprendido bien, desde luego.
Aceptó. Aunque si Gio supiera cuánto dinero tenía en realidad, le habría pedido diez veces más.
Se quedó en suspensión vital hasta las siete de la tarde, cuando se levantó y se dio una ducha.
Todavía no se había oscurecido el día, pero unas nubes de tormenta le parecieron adecuadas para poder salir a pasear y tal vez visitar a Gio.
Cuando salió a la sala común, se asomó al dormitorio de Cassandra.
Claro, no estaba. ¿Qué esperaba? Al menos le había dejado una nota.
Tengo noticias, me paso al Vaticano de visita. Si puedes, reúnete conmigo. Avísame cuando despiertes y te paso ubicación.
Bufó y le envió un mensaje. Mientras, se puso unos vaqueros y una camisa azul Klein, mocasines y se peinó artísticamente su cabello rubio. Al poco, ella le envió una localización. No estaba demasiado lejos, así que iría caminando.
Salió a la calle, evitando las zonas de sol. Le picaba la piel, pero era soportable. Lis se acercó a él.
—Hola, niña. ¿Qué tal?
—Me manda Gio. Has tardado mucho en salir.
—Ya sabes, podría achicharrarme.
—Eso sí. Sería divertido verte explotar o algo.
Benjamin levantó la ceja. —¿Traes noticias?
—Sí. La mujer rubia está dentro del Vaticano, pero no ha salido en todo el día y suponemos que la han atrapado.
—Acaba de enviarme una localización, iba para allá.
—Bueno, si quieres que te pillen, ve. Pero Gio me ha dicho cómo puedes entrar sin que te afecten las runas.
Se quedó parado, dudando. Pero no podía dejar de comprobar si realmente Cassandra estaba allí.
—Espera aquí, niña. Voy a echar un vistazo, desde arriba. Si no es ella, vuelvo.
—Más te vale, queremos tu dinero.
Bufó y se metió en un callejón para salir volando hasta la ubicación.
Desde el tejado de una casa vio a una mujer rubia sentada en una silla, tomando un café.
Parecía ella, pero inhaló y supo que no lo era.
Mierda. De verdad la tenían. Volvió al callejón donde lo esperaba Lis con una sonrisa de suficiencia en la boca.
—Te lo dije.
—Vamos a esa entrada.
Ella se puso a caminar y la siguió. Aunque solo tenía unos seis años, su andar era seguro y ligeramente felino, tal vez herencia de su padre alfa.
Llegaron al Passetto di Borgo, donde se alzaba la muralla que conectaba el Vaticano con la residencia de los papas.
La niña avanzó hasta unos arbustos y se metió por dentro.
Benjamin la siguió. Ella estaba delante de una rejilla.
—Puedes entrar por aquí. Darás a una alcantarilla que creo que no se usa. No lo sabemos seguro. Y de ahí a las catacumbas inferiores. Luego, te apañas tú solo. Haz la transferencia.
—Os enviaré un tercio del resto, sigo queriendo el respaldo de Gio. Y el tuyo, por supuesto.
—Vale. No me alejaré mucho, para informar a Gio. Largo ya.
Benjamin casi quiso reír por su desfachatez.
Hizo la transferencia y abrió la rejilla.
Saltó dentro. Olía mal, pero no había líquidos humanos por el suelo.
El pasillo se dividía en dos y dudó, pero por lo que fuera, decidió tomar el de la izquierda.
Caminó hasta una puerta con reja metálica.
Estaba cerrada, pero no había runas o cámaras de vigilancia, por lo que arrancó el oxidado candado y se asomó.
Daba a una sala que parecía de reuniones, con una mesa de piedra en el centro, con hendiduras y canales que daban a uno principal y este a un cántaro en el suelo.
Una antigua mesa de sacrificios vampírica.
Según había escuchado, algunos vampiros sajaban a sus víctimas.
La sangre caía por las hendiduras de la mesa hasta el cántaro, de donde bebían.
Una horrible costumbre bárbara. Alrededor, una pared llena de cráneos apilados y estanterías con bastantes libros que no parecían haber sido usados en mucho tiempo.
Al fondo de la sala había una puerta de madera envejecida. Puede que estuviera en un lugar con varios cientos de años, incluso más de los que él tenía. Se acercó a la puerta y la abrió muy despacio, porque había escuchado un ligero movimiento detrás.
Cuando salió a la siguiente sala, en realidad, no pudo reaccionar, porque no esperaba ver lo que se encontró.