Capítulo 13. Entrando en el lugar sagrado
Benjamin
Cuando salió por la ventana al atardecer, dejándola enfadada y preciosa con ese vestido, se fue directamente a la zona más cutre y sucia de la ciudad.
No tenía amigos allí, sino… una hija. Y sí, su padre les había pedido que solo convirtieran a aquellos con los que sintieran una cierta afinidad, o tal vez genética.
Ella era descendiente de su propia familia.
Domitilo, su dómine, lo rescató de las calles cuando era un crío, pero no lo convirtió hasta los veintiocho, cuando él demostró, o al menos le hizo ver, que era una persona sensata.
Mientras, tuvo varias relaciones. No fue hasta que su hija tuvo seis años cuando se enteró de que había sido padre.
Lo mantuvo oculto. Domitilo tendía a adoptar y a veces convertir a los descendientes.
Y los vigilaba, como hizo con Archie. Quería que ella eligiera.
Durante años, no se mostró a ninguna, a menos de que estuvieran en peligro real.
Su familia seguía aumentando y sentía una cierta satisfacción de tener sus propios descendientes, que, por genética o circunstancias, se habían dedicado siempre al lado oscuro de la vida.
Y eso, a fin de cuentas, le agradaba. Se parecían a él.
Pero el caso de Giovanna era especial. Se había criado en una familia decente, a la que no le faltaba de nada, pero incluso así, se metió en el trapicheo, en el robo pequeño, hasta tener a su cargo a un centenar de críos abandonados en la calle que se dedicaban a desplumar a los turistas.
Incluso siendo delincuente, se encargaba de que fueran a la escuela y tomaran al menos una comida caliente al día.
Con el dinero que él le donaba y lo que ella conseguía, había comprado un edificio abandonado, un hotel que dejaron a medio construir y lo convirtió en una especie de colegio para niños de la calle.
Esa era la cara bonita. Incluso las autoridades romanas le habían dado algún tipo de premio, lo que la divertía mucho.
No todos los niños se dedicaban a robar, otros realizaban distintas tareas. No era obligatorio, aunque sí les enseñaban cómo hacerlo. A sus treinta y ocho años, ella, la última de sus descendientes que supiera, era la reina de los bajos fondos romanos.
Aterrizó en la fachada de la casa, mirando a todos los lados.
Sí, ella también acogía a sobrenaturales, sobre todo desde que se enteró de lo que él era.
Supuso que quería que la convirtiera y se lo estaba pensando.
Gio tenía un punto de malicia que otras descendientes no tenían. Aun así, solía ser bien recibido.
Llamó a la puerta y una niña de unos seis años le abrió.
—¿No deberías estar en la cama?
—¿Y tú no deberías estar bajo tierra?
Levantó una ceja.
—¿Cómo te llamas?
—Lisandra. Me llaman Lis. ¿Has venido a ver a la madre?
—Así es.
—Ah, ya sé, tú eres ese vampiro. Pasa. Está tomando helado.
La niña llevaba pantalones cortos y camiseta e iba descalza. Caminó por el pasillo hasta una habitación luminosa, la cocina. Allí estaba sentada Gio con media docena de niños de diferentes edades, todos tomando helado. Sonrió socarrona al verlo.
—No has tardado mucho en venir a verme. Eso es porque necesitas ayuda. ¿Es por esa humana?
—Veo que sigues tan enterada de todo como siempre, Gio.
—¿Acaso lo dudabas? ¿Qué ocurre, Ben?
—¿Podemos hablar a solas?
—Niños, a la cama. Lis, llévatelos a todos.
—Vale. Vamos, todos a dormir. Podéis llevaros el helado.
Se marcharon y Ben miró divertido a la niña.
—Se parece a ti. La has enseñado bien.
—Es mi hija, Ben. Como hace al menos ocho años que no vienes por aquí, no te habías enterado.
—¡Qué buena noticia! Pensé que no ibas a ser madre.
—Un momento de debilidad. Es medio loba, aunque no sé si llegará a convertirse. Su padre es un alfa.
Benjamin silbó. —Bien hecho. Siento no haber venido antes, pero el dinero te llegó.
—Sí, y tus mensajes. Me enteré de que el ruso te buscaba y que ahora estás en un rollo del Páter con la tipa del AISI.
—Lo sabes todo.
—Tenemos ojos y oídos no solo por esta ciudad. Tu dinero me ha conseguido expandir fronteras —dijo con una sonrisa cínica—. Entonces, ¿qué necesitas?
—Vinísero está aquí, me temo. ¿Recuerdas quién es?
—Desde luego, un capullo viejo. La verdad, es alguien que solo me interesaría si estuviera bajo tierra, y no escondido.
—Sé que está y con una reliquia que debo entregar al Páter o me cortará las pelotas. No querrás eso. Tu financiación se iría a la mierda.
—No, la verdad. El Páter es un hueso duro y no soltará su presa. ¿Qué busca exactamente?
—Es una piedra lunar, engarzada en algún tipo de broche quizá. Es importante para los lobos y me da que para los sobrenaturales.
—Ya. He escuchado rumores y también sobre los ataques con Belladona Lunar. ¿Tiene que ver con eso?
—No lo sé. Todavía. Me da que sí, pero…
—Entonces, ¿qué quieres?
—Localizar a este tiparraco, ver en qué cloaca se esconde y tal vez entregarlo a las autoridades cuando me dé la piedra.
—No me parecería mal plan si estuviera en Roma. Pero no está. Lo sabría.
—Sé de buena tinta que está aquí.
—No digo que no esté aquí. Digo que no exactamente en Roma. Puede que en el Vaticano.
—Eso no es bueno.
—Para nada. Tienen fichados a mis niños, aunque yo he accedido alguna que otra vez como benefactora que soy.
—Entonces, llévame contigo de visita. Solicita una audiencia o algo.
—Lo dudo, Ben. Está lleno de runas antisobrenaturales. No podrías dar un paso dentro.
—Si Vinísero está dentro, de alguna forma habrá accedido.
—Eso sí es verdad. Déjame averiguar si encuentro cómo entrar. Pero deberás hacer una donación generosa. Quiero comprar otra casa.
—¿De cuánto hablamos?
—Veinte o veinticinco millones. Una minucia para ti.
Ben silbó y luego asintió. —Le diré a mi contable que te haga llegar la mitad de momento. La otra cuando consiga mi objetivo.
—Me parece justo, papi.
Recibió un zumbido en su teléfono y lo miró.
—Más vale que te largues ya o te quedas sin compañera. Están intentando llevársela. Frente al bosquecillo.
Ben salió disparado y saltó al cielo. Llegó al instante.
Tres enmascarados estaban luchando contra ella, intentando arrastrarla.
Uno de ellos hacía magia, sin duda, porque nadie veía nada.
Otro, un humano, la cogía de un brazo. Un vampiro, de la cintura.
Rugió cuando puso los pies en la tierra y empujó al vampiro.
El humano, en un descuido cuando tomó a Cassandra, le hirió con su navaja.
Sin inmutarse, lo empujó contra el brujo y ambos cayeron al suelo.
Mostró su rostro más feroz al vampiro que retrocedió.
Cassandra estaba en el suelo y no pensó en darles su merecido.
Se había quedado con el olor de los tres, pero lo primero era ponerla a salvo.
Saltó al tejado, con ella confusa al principio, pero luego se agarró a él.
Volvieron al hotel y la dejó dentro. Luego se fue a buscar a esos malnacidos.
Localizó la furgoneta a las afueras. El olor a miedo del vampiro era potente y le daba que no era muy antiguo.
Aparcaron en una zona de almacenes y salieron.
El humano cojeaba y se apoyaba en el brujo y el vampiro se quitó la máscara.
Él los miró desde arriba, preparado para atacar.
—¡Joder! —gritó el humano—. Esto no debía de salir así. ¡El vampiro no estaba! ¿Cómo ha venido tan pronto?
—Tranquilízate. El maestro nos indicará qué hacer.
Bajó volando delante de ellos, de forma muy teatral, lo sabía. Muy pocos vampiros volaban y eso siempre los asustaba. Se quedaron paralizados y sin saber qué hacer. El brujo levantó la mano y Ben chasqueó la lengua.
—Yo que tú no haría eso, brujito. Puedes quedarte sin brazos en dos segundos.
El chico bajó la mano. Los miró. No dejaban de ser críos, no más de veinte años.
—Ahora es cuando me contáis quién os manda.
—No lo haremos —dijo el vampiro. Ben se volvió hacia él y el chico retrocedió.
—¿Cuántos años llevas convertido?
—Do… dos.
—Tengo más de trescientos, ¿qué crees que soy capaz de hacerte a ti y a tus amigos?
—Díselo, Luciano, estaremos muertos de todas formas cuando el maestro se entere de que no la hemos capturado.
Benjamin tuvo que hacer un esfuerzo por no cortarle el cuello a ese humano.
—¿Por qué queríais atraparla? Es humana.
—Es de la AISI. El Maestro quería interrogarla y tal vez darle una lección a esa organización.
—Tu maestro no tiene ni idea. Esa organización hace que vosotros podáis caminar por la calle. Si no fuera así y los humanos se enterasen de lo nuestro, os ibais a tener que meter en un agujero.
Dio un paso hacia ellos y sin poder evitarlo, se juntaron un poco más. En el fondo le daban pena.
—Entonces, ¿ese maestro?
—No lo conocemos, pero es muy poderoso. Es otro ser quien nos da las órdenes.
—Bueno, algo es. ¿Quién os da las órdenes?
—Es una loba. Se llama Augusta. Por favor, no nos mates, ya te hemos dicho todo lo que sabemos.
—¿Cómo encuentro a la tal Augusta?
Unos aullidos se escucharon y el sonido lejano de las patas correr por la tierra. Los chicos, se miraron, muertos de miedo.
—Es ella. Es ella —dijo el humano. El vampiro echó a correr, dejándolos y ellos se metieron en la furgoneta.
Dos lobos enormes aparecieron de la nada y se lanzaron contra Ben.
Se movió rápido, le dio un revolcón a uno y después de que acabara en el suelo por el ataque de otro decidió poner pies en polvorosa.
De todas formas, nunca le gustó luchar. Se impulsó y salió volando de allí, mientras la loba se transformaba en una voluptuosa mujer. Ella gritó.
—¡Te encontraré!
No lo dudaba. Era una de las lobas más fuertes que había visto en su vida.
Pero no entendía nada. Si ese maestro era humano y quería capturar a Cassandra, pero no sabía si estaba aliado con Vinísero…
¿qué sentido tenía? Llegó al hotel y después de ducharse, se alimentó, enfadado y confuso.
Cassandra ya se había puesto su ropa habitual y lo esperaba enfurruñada.
—¿Qué coño, Benjamin?
—Espera, mujer, déjame terminar de comer.