Capítulo 11. Ataque
Cassandra
Maldito fuera ese vampiro idiota. ¿Pues no la había dejado plantada? A saber dónde narices se había ido. Desde luego, no había sido a un lugar de lujo, iba de camuflaje y no demasiado arreglado.
Bajó al restaurante. De todas formas, estaba hambrienta.
Enseguida la recibieron como si fuera una duquesa o algo así.
Con su austera educación norteamericana a pesar de su ascendencia francesa, todo esto le parecía demasiado superfluo.
Les faltaba poco para hacerle reverencias, aunque su vestido fuera de treinta dólares.
Pero debía reconocer que, siendo alta y atlética, le quedaba bien.
Pensaba impresionar a ese idiota, mostrarle que no era solo pantalones, camisetas y cartucheras con grandes pistolas, pero el tío se había largado sin darle explicaciones. Eso sí, su rostro al verla le encantó.
—Tonta —se dijo. Ese vampiro no tenía ningún interés en nada que no fuera él, su dinero o su supervivencia.
Suspiró cuando le apartaron la silla y se sentó.
En parte, lo entendía. Sobrevivir siendo un estafador, un ladrón bastante habilidoso y al que odiaban muchos de los sobrenaturales que en general, tenían vida eterna, era complicado. Y él se las había arreglado para ello.
Todavía no se creía lo fácil que fue encontrarle.
Le mató llevar su deportivo rojo, un testigo lo vio salir de la casa de Ivanovich y ella consiguió las pruebas, hiló todo y lo cazó.
Lo más importante, que él podría haberla asesinado de mil formas distintas y no lo había hecho.
Aún no lo entendía bien. Muchos de sus compañeros habían causado baja mortal cuando se enfrentaban a los sobrenaturales.
Por eso, su jefe había optado por contratar a algunos.
Le preguntó si Benjamin podría ser un buen candidato y ella le dijo que no, demasiado narcisista.
Pero conforme lo estaba conociendo mejor, su opinión había empezado a cambiar.
Y eso que todavía no sabía ni su ascendencia ni el apellido. Se había negado en redondo y ella no tenía acceso a ningún archivo de sobrenaturales, si es que eso existía. El Consejo se negaba a darles esos datos a los humanos. No querían estar tan controlados.
Al menos, se dijo mientras le servían una copa de champán frío cuando ella decidió qué tomar, eran pacíficos, no querían líos y menos, que se descubriera que existían. Eso les daba una gran ventaja. O eso creía.
Le trajeron un delicado aperitivo y mientras lo tomaba, observó alrededor.
Gracias a su experiencia, ya podía distinguir a un lobo de un vampiro y también a las brujas que tenían un cierto halo, una manera de ir por la vida.
Pensó en la de Limonde. No es que fuera a validar a todas por ella, pero la creía, joder.
La creía. Era buena. Aunque su madre no le dio detalles de lo que le había dicho de Beth.
Solo que estaba bien. Pero ella quería atrapar al malnacido con el que había tenido una relación, al menos para saber qué había pasado.
Le trajeron el primer plato y entonces lo notó. Alguien estaba mirándola fijamente. Se giró con naturalidad, pero no logró encontrarlo o encontrarla.
La ciudad de Roma había sido un nido de sobrenaturales hasta que se instaló un grupo de cazadores, nadie sabía dónde.
Entonces, los pocos que llegaban lo hacían por turismo.
Un día se le escapó a Benjamin que en las catacumbas habían enterrado a muchos seres de diferentes razas y que a veces los visitaban, como si fuera una especie de peregrinación.
Pero procuraban no quedarse mucho tiempo.
Puede que fuera la ciudad más segura para los humanos, aunque se había dado cuenta y le costó admitir, que los sobrenaturales solo querían vivir en paz, al menos, la mayoría de ellos y que el Consejo tenía leyes estrictas para no dañar a los humanos.
Le sirvieron el postre y ella seguía con la molesta sensación de ser observada.
Cargó a la habitación la cena que, de otra forma, le hubiera sido imposible pagar.
Cierto, su madre tenía dinero de sobras y había asignado un fideicomiso para su hermana y para ella.
Cuando falleció Beth, todo pasó a su cuenta.
No había tocado un centavo. Prefería subsistir con su sueldo.
Era como admitir que Beth jamás volvería.
Decidió ir a dar una vuelta por los alrededores.
Llevaba la pistola en el muslo y una navaja en el otro.
Iba preparada y no solo eso, instruida para luchar contra sobrenaturales, aunque había visto convertirse a un lobo y no dudaba de que no tenía nada que hacer contra ellos o contra los vampiros.
Las brujas, desde lo de Sophie, habían pasado a ser otro enemigo que controlar.
En el fondo, la AISI hacía bien. ¿Qué harían los humanos si supieran que hay seres que podrían asesinarlos en un segundo?
Habría una caza horrible porque eran minoría y, aunque al principio le parecieron una abominación, conforme conocía sus costumbres y a ellos —que si no estaban convertidos, eran de lo más normal—, su pensamiento cambió.
Caminó hacia una heladería abierta a esas horas. No tenía mucho apetito, pero quería comprobar si la seguían.
Se sentó en un banco a tomarse el dulce. Delante tenía una gran avenida por donde no pasaban muchos coches y más allá un parque bastante frondoso. No iba a meterse allí, desde luego. No había nada bueno en la oscuridad.
Una furgoneta se paró en seco delante de ella y salieron dos tipos encapuchados, ella se levantó, rápido y le tiró el helado a la cara a uno, para salir corriendo. Pero el tipo, un vampiro por su rapidez, la atrapó de la cintura. Ella se removió para sacar la pistola, pero acabó en el suelo.
Alguien cayó cerca de ella y empujó al vampiro, tirándola al suelo con el vestido enredado entre sus piernas. La cogieron en brazos y se resistió.
—Para, Cassandra.
Luego, él salió volando hacia el cielo. Se agarró a su cuello, temblando por la altura. En segundos, estaban en el tejado de una casa cercana.
Cassandra respiró agitada, todavía en los brazos de Benjamin, que miraba todo con una expresión amenazadora.
Luego, se fue relajando.
—No pueden volar, pero sí saltar. Mejor volvamos al hotel.
Se levantó y en breve estaban delante de la ventana, flotando. Él la dejó dentro y luego se fue.
Ella cerró la ventana, temblorosa. Casi…
casi se la llevan. Mierda. ¿Cómo había sido tan descuidada?
Se quitó el vestido furiosa y se puso ropa más cómoda, se armó hasta los dientes y se quedó mirando por la ventana.
Había pasado una media hora o más cuando él se colocó delante, para que le abriera.
Lo dejó pasar. Tenía el cabello revuelto y la ropa rasgada, manchada de sangre.
—Esto es malo, Cassandra.
—Estás herido.
—No es nada, un cuchillo normal, se cerrará pronto. Me voy a duchar y hablamos de por qué estabas en la calle desprotegida.
Parecía furioso con ella. Ella frunció el ceño y esperó. Él salió con unos pantalones sueltos y el pecho al descubierto, algo que le hizo contener la respiración. Benjamin fue al minibar y sacó un botellín de ginebra que se echó en la herida. Burbujeó, pero pareció funcionar.
—No me fio de que ese cuchillo tuviera algún bicho. Joder. Esto es malo.
—Ya lo has dicho. Pero no por qué o cuánto.
—Solo te digo una cosa, cuando reaccionan, es porque hemos tocado lo que les duele. Necesito comer algo y te cuento. ¿De acuerdo?
—De acuerdo.
Lo vio coger una de esas pastillas oscuras y echarla a un vaso con agua, y una cantidad de whisky. Parecía realmente molesto y enfadado. Para alguien que sonreía continuamente, era grave. Y por lo que había visto, más de lo que ella pensaba.
¿Dónde se habían metido?