Leoncio, el vampiro casi nuevo (Colmillos y buenas maneras 2) Benjamin
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Benjamin

Enseguida lo olió. Un lobo. En el avión. No es que fuera nada grave. Tenían derecho a viajar. Pero no ese. Ese era un lobo de su pasado. Pasó deprisa a clase turista, por supuesto, Gunter no viajaría en primera clase, como ellos.

Se colocó delante de él e influyó en el pasajero sentado a su lado para que fuera al baño un rato.

—¿Qué haces, Gunter? ¿Me estás siguiendo?

—Ya era hora de que te dieras cuenta. Estás perdiendo facultades, Ben. Hace días que os vigilo en tu enorme casa lujosa. Y ni me has olido.

—¿Por qué? ¿Qué quieres?

—Ahora trabajo para el Páter y me ha encargado que te vigile. Quiere asegurarse de que no te quedas la reliquia.

—¿Y para qué querría yo una piedra sin valor? Le dije a sus sicarios que se la entregaría.

—Él quiso que lo comprobase. Has sido más malo de lo habitual. Traicionar a tu especie colaborando con humanos, eso apesta, Ben.

—Es obligado. Y tú eras un investigador honesto, Gunter. Podrías haberme atrapado mil veces, pero comprendiste que no tenía mala intención.

El lobo se echó a reír.

—Ay, Ben, sigues mirando la vida a través de tu ombligo.

El mundo cambia, los intereses se transforman.

Sé que andas buscando a los que atentan contra los sobrenaturales y por ese mismo motivo el Páter no te ha dado el paseo final todavía.

No nos interesa que nadie nos descubra. Pero le debes la reliquia.

—Si la hubiera encontrado, se la habría dado. Me conoces. No la hallé.

—Eso le expliqué. Supongo que ambos nos jugamos mucho. Tú, si no la encuentras o intentas quedártela. Yo, si le fallo.

Asintió. Gunter fue miembro de la policía internacional especializada en robos y lo persiguió durante décadas. En ese momento, aunque rondase los cincuenta, parecía estar en forma.

—Quiero encontrar esa reliquia. La última pista estaba en Roma y ella me ayudará. Es inteligente, astuta… y un grano en el culo.

—Tu grano en el culo te está mirando desde la puerta.

Levantó la vista y la saludó con media sonrisa. Ella se dio media vuelta y volvió a su asiento.

—No es que al Páter le agrade la AISI, pero la tolera porque, aunque han arrestado a algunos de sus chicos, mantiene nuestro mundo a salvo. Supongo que es un mal necesario. Cuando ese loco vampiro quiso levantarlo todo, el pánico cundió entre los nuestros.

—Lo sé. Algún día pagará por ello. Nadie sabe dónde está.

—Puede que yo tenga una sospecha y es posible que… sea en el mismo lugar donde se guarda la reliquia.

—¿Y eso?

El brillo de interés iluminó los ojos de Benjamin. Siempre había pensado que esa reliquia era una tontería de lobos, pero si el vampiro Vinísero, alguien horrible y arcaico, tenía que ver con ella, pasaba a ser un tema importante.

—No es una reliquia cualquiera. No te puedo contar nada porque lo he jurado, pero un vampiro no debería poseerla. La piedra luna… hace cosas si se usa mal.

—Ya veo, como la Belladona lunar.

—Yo no te he dicho nada y deberías largarte. Nos iremos viendo. O no.

Se echó a reír y Ben se levantó y volvió a su sitio.

Cassandra lo esperaba enfurruñada. La miró y se inclinó hacia su oído, para contarle algunas cosas interesantes y fuera de otros oídos posibles.

O tal vez porque quería acercarse a su cuello, lamer su piel, sentir su olor.

Cuando acabó, tuvo que hacer un esfuerzo para que sus colmillos no salieran, pero el tema era importante.

Ella asintió, pensativa. Fue a hablar, pero él la paró.

—Demasiados oídos escuchando. Hablemos en el hotel. Mejor, si compartimos habitación.

—Ni lo pienses, Benjamin, no eres mi tipo.

Él fingió estar desolado y luego sonrió.

—Habrá un día que caigas rendida a mis pies y entonces, bueno, recordaremos esta conversación.

—Ni en tus sueños, chupasangre.

Sonriendo, cerró los ojos y se recostó en su cómodo asiento de primera.

Sí, había notado otros sobrenaturales, tal vez sabían lo del Páter, tal vez lo vigilaban.

Puede que persiguieran el mismo objetivo, pero si ese vampiro antiguo estaba en Roma, su hermana Anastasia debería saberlo.

¿Cómo hacérselo llegar? ¿Un mensaje anónimo?

Chasqueó la lengua. De todas formas, tampoco quería meterla en medio.

Podría ser peligroso. Seguro que a Vinísero le encantaría acabar con la nueva consejera y por lo que había ido escuchando aquí y allá, lo estaba haciendo bien, la gente estaba satisfecha.

Ana siempre fue bastante rígida, pero honrada.

Y, además, se había casado con un lobo. Su padre se sorprendería mucho de ver a dos de sus hijos favoritos mezclándose con otros linajes.

Por suerte, él no tenía ninguna intención de emparejarse con alguien. Aunque esa humana le atraía bastante.

La miró de reojo, andaba tecleando rápido en el móvil y con su aguda visión le bastó entornar los ojos para leer los mensajes. Estaba informando a su jefe, diciendo que en Roma podría estar el vampiro que todos perseguían.

Seguramente se lo comunicarían al Consejo, así que no estaba mal. Solo que… ni quería que Cassandra supiera que él pertenecía a la familia Valeroso, ni quería que ninguno de sus hermanos se pusiera en peligro.

Unos días antes de que su padre fuera a tomar la muerte verdadera volvió a casa, él estaba solo.

No le hizo prometer que dejaría sus, como él las llamaba, apropiaciones indebidas, eso le daba igual.

Pero sí hizo un juramento de sangre para proteger a Archie y a Ana, porque según él, eran demasiado honrados para este mundo.

Él comprendía perfectamente que tanto humanos como sobrenaturales se movían por pocas cosas: dinero, poder o venganza.

Aunque viendo a Archie, a veces dudaba si el amor también era parte de esas columnas que sostenían la existencia.

«Demasiado filosófico», pensó fastidiado.

Y a lo largo de esos años siempre les había echado un ojo a sus hermanos.

Desde la distancia, pero lo hizo. Aguantó un suspiro, todavía secuela de su humanidad perdida.

Por suerte, el avión comenzó a tomar tierra en Roma y se prepararon para descender.

Una corriente de excitación por las posibles aventuras le subió por el espinazo.

Llevaba tiempo aburrido y escondido del mundo desde que desplumó a Ivanovich.

Volver a estar en primera fila le excitaba demasiado.

Bajaron a la noche estrellada de Roma. El aeropuerto parecía más tranquilo de noche, o eso pensó, porque cuando salieron a la terminal, vio que estaba lleno de sobrenaturales.

—Apesta a perro —dijo mirando a todo un grupo de lobos que recogían las maletas. También vio de refilón unos cuantos vampiros, que lo miraron de reojo. Pero si ellos no le decían nada, él tampoco.

Recogieron las maletas y tomaron un taxi.

— Buonasera. Ci porti in un hotel a cinque stelle davvero eccezionale. Vorrei qualcosa di elegante, esclusivo e con una vista spettacolare.

— Il migliore? Questa è una domanda pericolosa a Roma, signore. Ma conosco il posto giusto.

Arrancó el coche como si estuviera en una carrera de Fórmula 1.

Cassandra se agarró con fuerza a la manija, mientras él iba tan tranquilo.

Estaba acostumbrado al caótico tráfico de Roma.

El conductor sacó la cabeza por la ventanilla insultando a un tipo que se le había cruzado y se enzarzaron en un asalto de palabras malsonantes, parando el tráfico.

Por fin, le dio por seguir y los dejó en uno de los hoteles más lujosos de Roma tal y como le había pedido. Bajaron, Cassandra parecía mareada, y él la tomó del brazo. Le dio una generosa propina al taxista y acudieron a recepción.

Como ella no sabía italiano, él comenzó a hablar y le convenció a la recepcionista de que solo les quedaba una suite de lujo con dos habitaciones. Aunque su compañera parecía molesta cuando lo supo, aceptó.

Ya instalados en la hermosa y elegante habitación, Benjamin sacó una botella de agua para mezclar las pastillas de sangre deshidratada, un invento propio que utilizaba cuando se iba de viaje.

La metió en la botella, agitó y sirvió. Cassandra se retiró a su habitación, posiblemente asqueada.

Pero él era un vampiro. Suerte que no se alimentaba de ella.

Se duchó y se cambió. Iba a ir a un lugar poco elegante, así que se puso su ropa oscura de trabajo. Ella, sin embargo, salió con un vaporoso vestido que lo dejó boquiabierto. Se lo quedó mirando.

—Pensaba que íbamos a ir a cenar. O bueno, como tú ya has… cenado.

—Ve al restaurante del hotel, toma lo que sea tranquila. Yo mientras iré a ver qué encuentro.

—Pero…

—Vamos, Cassandra. Sabes que no te voy a traicionar por la cuenta que me trae. Que lo carguen a la habitación. Te veo pronto.

Sin que ella pudiera decir nada, abrió la ventana y salió volando. Todavía escuchó la imprecación de la inspectora, pero allá donde iba, era mejor que fuera solo.