Léo
Pasó a cenar con sus tíos. Archie y él iban a crear en primer lugar el túnel que comunicaba las dos casas, e incluso la idea era hacerlo llegar hasta el bosque.
Por si acaso. No creía que su tío fuera un paranoico, y más después de la aparición de un vampiro desconocido.
Por eso no podía quedar con Carole, aunque lo desease.
Archie partía con rapidez las verduras para su bruja, que estaba echada en el sofá con los pies hinchados.
Su gato Lucas y sus hijos se recostaban en un cojín delante de la chimenea apagada.
Él miraba hipnotizado a su tío. Quería aprender a cocinar.
Tal vez algún día podría prepararle algo a Carole.
Metió los ingredientes en la olla y miró a su esposa. Luego a él. Sabía que quería contarle algo.
Cenaron con una charla tranquila. Sophie les contó que había venido a visitarle la hermana de una fallecida, pero que no se había presentado y que le extrañaba, pues andaba rondándola.
Hablaron también del tiempo, del verano y de la decoración de la habitación de las niñas.
En lo que no se decidían era en los nombres.
Cuando acabaron, Archie acompañó a Sophie a acostarse y más tarde bajó al sótano con él.
Había retirado todos los muebles de una pared de cemento y le explicó que desde allí partiría el túnel.
—Estás preocupado, tío Archie.
—Sí. Bien sabes que lo educado de un vampiro es presentarse cuando traspasa un territorio y este es el mío. Además, tengo la sensación de ser vigilado. No sé si por ese vampiro.
—Te ayudaré en lo que necesites. ¿Lo sabe mi madre?
—No todavía. No quiero que me envíe un guardaespaldas. Que igual ha sido un hecho aislado, ¿sabes? Estoy bastante preocupado por Sophie. Se acerca el parto. Lidia me ha dicho que será el día del eclipse de sol por un motivo mágico que no me ha explicado.
—Hagamos los túneles y así la protegeremos.
—Sí, tienes razón. En este momento no podemos ir a París, a solucionar tu…
—Oh, bueno. Eso ya no es… Ya no…
—Oh. Ah. ¿Carole?
Se encogió de hombros sin mirarlo a la cara. Bastante vergonzoso era ser virgen a sus cincuenta y cinco y perderlo con una amiga de su tía. Archie le dio una palmada en la espalda y comenzaron a triturar el cemento.
Las uñas eran capaces de destrozar la pared y pronto había un hueco suficiente para pasar.
Aplanaron la tierra y colocaron puntales temporales para sostener el suelo de la vivienda.
Poco a poco, llegaron a la casita y abrieron el hueco en el sótano.
Después, entraron desde allí las planchas de acero que su tío había comprado y las colocaron bien fijas en todo el trayecto.
Miraron satisfechos su trabajo.
Eran las cinco de la mañana cuando Archie lo mandó a ducharse y dormir.
Estaba aliviado y él se sintió bien. Se despidieron y se dio una ducha.
Luego, se echó en la cama. El bip del ordenador le molestó y vio que tenía varios mensajes de su grupo.
Ya les había advertido que esa noche no podía jugar, pero igualmente abrió la aplicación. Eran de ella. Y otro de JP.
Ambos lo invitaban a salir esa noche y si no podía, a la noche siguiente, pero tal y como estaban las cosas, no quería dejar a sus tíos solos. Al verlo conectado, Carole empezó a escribir.
—Hola, tú. ¿Ya has terminado lo que tenías que hacer?
—Hola. Parte. Archie me pidió ayuda para algo —suspiró. Se lo iba a decir, total, Sophie se lo contaría igualmente—. Hemos hecho un túnel de la casa principal a la casita. Y seguramente hagamos algún otro. Por si acaso.
—¿Ocurre algo? Ponte la cámara.
—Acabo de ducharme.
—Mejor entonces.
Rezongó y se puso una camiseta y pantalones cortos y luego encendió la cámara. Ella llevaba un top sin… sin sujetador y el cabello revuelto.
—¿Por qué no estás dormida?
—Ya dormiré por la mañana. No cambies de tema. Y no estás desnudo, qué pena.
—¡Carole! Me he… vestido rápido.
—Dime, ¿qué ocurre? Porque Sophie también está rara.
—Anoche se acercó un vampiro a los límites de mi tío. Y luego huyó. Eso no es educado. Normas de vampiros.
—Ya veo, es como los territorios de los lobos. ¿Y no sabéis quién es?
—No, y está preocupado por su esposa.
—Puedo decirle a mi tío Casto que montemos guardia por la noche. Además, es luna llena. Los lobos estarán alterados y deseando darle un mordisco a alguien.
—¿Has salido a correr?
—Pues claro. Nos despelotamos y corremos como locos con la lengua fuera. Cosas de lobos.
Se echó a reír, pensando en ella. En realidad, no sabía de qué color era, aunque su piel era dorada como el sol.
—¿Cómo eres…? me refiero a como loba.
—Ah, pues soy muy guay. Mucho. Grande, peluda, de color canela y con una mancha negra sobre un ojo. Dice mi madre que eso me viene de la familia paterna, pero a mí me encanta.
—Algún día me gustaría… verte.
—Por si acaso, cuando estamos en forma de lobo no practicamos sexo.
Léo se llevó las manos a la cara, avergonzado. Ella se echó a reír.
—Es broma, hombre. Puede que algún día te muestre a mi loba. ¿Por qué no? Somos amigos.
Él asintió. Amigos, ah, claro. O sea, ella nunca dijo nada de relaciones. Por supuesto.
Continuaron hablando sobre el juego. Sin su participación, les habían dado una paliza al principio, pero gracias a la orca salvaje que manejaba ella, habían vencido a la horda. Ya eran casi las ocho cuando ella empezó a bostezar.
—Deberías dormir, Carole.
—Umm, sí y tú. Puedes… puedes dejar la cámara puesta si no haces nada raro.
—Me gustaría.
—A veces ronco.
—No me importa.
—Buenas noches.
Carole movió la cámara para enfocar su cama y se echó a dormir, mirándolo.
Él también cambió la posición para ponerla hacia su almohada.
Ella cerró los ojos y pronto un suave ronquido le hizo casi reír.
Fascinado, estuvo casi dos horas mirándola moverse, agitada, hablar por la noche, hasta que él también cerró los ojos y descansó.
Se despertó con un ruido en la casita. Abrió los ojos, sorprendido.
Miró el reloj, eran las siete de la tarde, aunque todavía no había anochecido.
Los golpes volvieron a sucederse. Apagó la cámara, Carole no estaba y no tenía sentido seguir mirando su habitación.
Además, estaba enfocada contra la silla.
Se levantó y subió a la casa. Menos mal que había recordado bajar las persianas.
Alguien aporreaba la puerta. La olió enseguida.
Abrió y se apartó para que no le diera la luz. Ella pasó con una bandeja de comida y dos vasos de granizado.
—Tengo hambre y fiesta a la vez. Hoy no trabajo.
—Hola a ti también. Huele a ajo.
—Ah, ¿te molesta?
—No demasiado, pero huele fuerte.
—Vamos abajo, tengo que contarte algo, pero o como o seré una mujer muy malhumorada.
Bajó las escaleras y Léo la siguió. Todavía le aturdía su impulsividad y… a la vez, empezaba a sentirse fascinado.
Ella dejó la comida sobre una mesa grande y se sentó para comerse la hamburguesa en dos bocados. Le ofreció un granizado, y él lo probó. Bueno, dentro de que la mayoría de las bebidas le sabían a ceniza, esta no se sentía mal.
Acabó todo, postre incluido y luego lo miró con una sonrisa.
—Ahora tengo hambre de otra cosa. ¿Sabes de qué?
—Yo… no.
Se quitó el top y a Léo casi se le cae el vaso. Hizo el gesto de ajustarse las gafas, pero ni siquiera se las había puesto.
—Te voy a enseñar algunos trucos que nos gustan a las chicas.
Y durante la siguiente hora le enseñó tanto que él acabó echado sobre la cama, con una sonrisa tonta. Ella se recostó sobre su pecho y él pasó el brazo por su cintura.
—¿Estás bien? Quiero decir, conmigo.
—Descubrirlo contigo me ha gustado. Supongo que no se puede echar de menos lo que no se conoce.
—Pero alguna vez te habrás tocado, hombre.
Léo carraspeó. —Prefiero no hablar sobre mis intimidades, Carole. Eres muy descarada.
Ella se echó a reír y se colocó sobre él, con los brazos sobre su pecho y apoyando su rostro en ellos.
—No estás tan mal, aunque seas un nerd.
—Tú tampoco, aunque seas una loba impulsiva.
Ella se echó a reír. Él volvió a excitarse y pasaron a la lección número dos.
Después, él se levantó, hambriento. Además, no quería pasarse.
Ella parecía cansada y algo desmadejada.
Tal vez había sido algo rápido, pero le pedía más y…
bueno. Se vistió en segundos y abrió la nevera.
Tomó una ración y el color volvió a su piel.
Enseguida notó a su tío detrás de la puerta. Abrió.
—Eh… hola, Léo. He notado que estás… acompañado así que no te preocupes, haré el túnel solo. Total, solo es hasta el bosque.
—No, tío Archie, te ayudaré.
—Tranquilo. Todo está bien. Disfruta del momento. Sophie está con Cordelia y Lidia cenando y haciendo sus cosas de brujas, no hay nadie en casa y yo estaré por debajo.
—Me parece mal, Archie.
Él sonrió. —Me gusta verte feliz, sobrino. Deberías presentarle formalmente a tu madre. A ella le gustará Carole.
—No sé si vamos en serio, tío Archie. Ella no quiere… o sea. Solo nos estamos conociendo.
—Eso está bien. Bueno, me voy a lo mío. Hasta luego.
Desapareció en segundos y él se sintió algo culpable de no ayudarle. Carole lo llamó y bajó en segundos.
—Me ha parecido escuchar a Archie.
—Sí, me ha dicho que no hacía falta que lo ayudara con el túnel, pero me siento mal por ello.
—¿Sophie?
—Con sus cosas de bruja, me ha dicho.
—Ah, sí, se reúnen después de la luna llena porque cargan sus minerales.
Se desperezó bajo la sábana y lo miró con una invitación.
—¿Otra vez? O sea, no me quejo, pero no quiero… hacerte daño.
—No me lo haces y menos tu barrita de helado.
Léo la miró extrañado y ella se echó a reír.
—Las lobas somos por lo general muy fogosas. La mayoría de las veces, solo un sobrenatural puede saciarnos. Y bueno, para mí eres mi primer vampiro. Ahora entiendo la cara de satisfacción de Sophie. Ven, cubito de hielo.
No tuvo que repetírselo. Cuando ambos quedaron satisfechos, se vistieron para dar una vuelta.
—Me haría ilusión que me llevaras volando, Léo. O sea, si eso es posible —dijo Carole cuando salían al jardín.
—No tengo mucha práctica, la verdad. Podríamos darnos un buen tortazo.
—Vayamos de poco en poco. Venga, juguemos.
Él sonrió. La cogió en brazos y dio un salto hasta el tejado de la casita. Casi pierden el equilibrio, pero logró mantenerla sin que se le cayera. Ella soltó una carcajada.
—No ha estado mal. Pero saltar no es volar. ¿Me llevas más lejos? ¿Al río?
—Probemos, pero si nos caemos…
—Soy dura, no me rompo.
Él tomó impulso y salió volando con ella en brazos. Sonreía y ella reía a carcajadas. Entonces, los olió. Se distrajo y ambos cayeron entre los árboles, abrazando a Carole para que no sufriera ningún daño, pero una rama se le clavó en el muslo.
—¿Qué ha pasado?
Ella se giró, también los había olido. Léo se quitó la rama del muslo y salió corriendo hacia el olor.
Sangre y peligro. Sacó sus uñas y llegó al río.
Allí, un zapato de su tío estaba sobre una de las piedras, manchado de sangre.
Miró al cielo, alrededor y salió volando unos metros más arriba.
No veía nada. Un lobo castaño con una mancha sobre el ojo llegó gruñendo.
Volvió a posarse sobre el suelo y ella se transformó.
—Dios santo, creo que se han llevado a mi tío Archie.