Capítulo 7. La búsqueda cambia de dirección #2
—Sí. Lo llevan —dijo pensativo—, supongo que no esperaba que un atractivo espía infiltrado estuviera en el local más apestoso de París.
Le vi las orejas y su piel tersa y paliducha.
Y estaba muy cabreado. Lo peor es que dijeron de arrasar un pueblo y…
espero que no sea Limonde. Allí vive… gente que conozco.
—Deberíamos avisarles. Aunque si ese vampiro que vive allí es culpable de algo, tal vez le esté bien.
—¿Archie? Imposible. Lo conozco y es el hombre más honesto que jamás hayas podido encontrarte. Además, está casado. No sé por qué lo nombras, pero seguro que no ha hecho nada.
—Y tú, ¿de qué lo conoces?
Hizo un gesto con la mano que movió el agua, haciendo un remolino suave.
—Los vampiros caminamos cientos de años por el mundo.
Es inevitable encontrarte con unos y con otros.
Además, en la revista Witches Hour, a pesar de que algunos artículos hablan mal de él, en la mayoría piensan que su relación con Sophie es muy romántica.
Hay apuestas de si la convertirá o no. Es un buen tipo, de verdad.
—Es hermano de la consejera Anastasia. Ella me pareció muy recta.
—Lo es —suspiró Benjamin. Allí había algo que este embaucador no le estaba contando. Debería llevarlo a Limonde y enfrentarlo a ese vampiro.
—Bien, entonces deberíamos viajar a ese pueblo, vigilarlo de noche y esperar que no pase nada.
—Mmmm, no. Eso no.
—¿Por qué? Podría obligarte.
—Me has estado obligando a muchas cosas, Cassandra, creo que mi deuda ha quedado saldada.
—No, de eso nada. El trato era que debíamos atrapar a la organización que quiere acabar con los sobrenaturales. Deberías estar satisfecho de que alguien se preocupe por ese asunto. Tú eres uno de ellos.
—Mira, los vampiros o los licántropos tienen un gran olfato. Si me olisquean, adiós tapadera. Son territoriales y tendría que presentarme... todo eso.
—¿Y qué hay de malo? ¿No dices que lo conoces?
Benjamin bufó, se hundió en el agua y se quedó un rato.
—Joder, este tío se ha ahogado.
Se metió, buceando y lo encontró sentado en el suelo.
Su cabello ondeaba en el agua y no… no llevaba bañador.
Él le miró y sonrió y ella salió a la superficie, boqueando enfadada.
Qué idiota, cómo se iba a ahogar si ya estaba muerto.
Se dirigió a las escaleras y subió. Un ligero cambio en el ambiente hizo que se quedase quieta, escuchando.
Luego lo oyó. Benjamin salió del agua, la agarró y saltó al tejado.
Dos lobos enormes corrían por el jardín.
Él la tenía sujeta, y en su rostro vio lo peligroso que podía ser.
La dejó con delicadeza al lado de la chimenea.
—Quédate aquí, no llegan a saltar tan arriba.
Antes de que pudiera decirle nada, él saltó abajo.
Se asomó. Los lobos se habían enfrentado a él y gruñían feroces.
Gracias a la luna pudo ver su postura de combate y las uñas que salían de sus manos.
Uno de los lobos se convirtió en hombre.
En un hombre grande y desnudo, pelo largo, barba y greñudo.
Susurraron y después, los lobos se marcharon.
Benjamin se irguió y recogió sus garras.
Todavía miró alrededor, y por fin, voló hasta el tejado.
—Vamos, te llevaré abajo.
—¿Qué ha sido eso?
—Ahora te cuento. No querrás quedarte aquí.
—No.
Él la cogió en brazos y cerró la boca. La dejó en su terraza y de un salto subió a su habitación. Ella no quiso ni mirar su desnudez. Se cambió y salió a la salita. Él ya bajaba vestido por las escaleras. De una mirada, le indicó la biblioteca. Clarence se acercó a ellos.
—No salgáis por la noche hoy, ni tú ni tu familia.
—Sí, señor.
Se acercó al mueble bar, mesándose el cabello, con el rostro de puro fastidio.
Sirvió dos whiskys y le ofreció uno a ella.
Él se lo tomó de un trago y se sirvió otro, esta vez, aderezado con el contenido del termo.
Rojo. Espeso. Cassandra desvió la vista.
Clarence llamó a la puerta y trajo una bandeja con cena.
—La señorita no ha cenado. Pensé que…
—Bien hecho, déjala sobre la mesita. Gracias. Puedes retirarte.
—Buenas noches.
Cassandra se acercó a la mesa. Había una sopa fría de pepino y un sándwich de pollo y verdura. Ella había alabado justo eso el primer día y agradeció el detalle.
—Come, tengo que ordenar mis pensamientos.
Lo vio pasearse por la biblioteca, murmurando y aprovechó para cenar.
Estaba hambrienta y además todavía no se había recuperado del todo del shock de hablar con su antiguo compañero fallecido.
Lo terminó todo y dejó la bandeja para mirarlo.
Él seguía paseando y acabó por quedarse de pie, mirando a la luna. Ella se puso a su lado.
—¿Quiénes eran esos lobos, Benjamin?
—Matones. Mercenarios. Han venido a darme una advertencia. Es la primera. En la segunda, pasan a la acción. Puede que me hayan localizado por tu culpa, Cassandra. ¿A quién le hablaste de mí?
—A mi compañero, a mi responsable, pero nadie sabía que vivías aquí.
—No lo sabían, pero si saben que estás relacionada conmigo, pueden triangular tu móvil. Joder.
—¿Y qué pasa con esos matones?
Benjamin hizo un chasquido con la lengua de impaciencia.
—Ya sabes a lo que me dedicaba.
—Sí, estafador, ladrón…
—En todo caso, de guante blanco. Arsenio Lupin está basado en mí, que lo sepas. Ah, Maurice, era tan encantador… Un chico tímido, pero amable. Le conté algunas de mis aventuras y sí, me pidió permiso para escribirlas, cambiando nombres y situaciones. Creo que era el año 1905. Tuvo mucho éxito.
—No te vayas por las ramas, vampiro. ¿Qué quieren de ti?
—Bueno, lo cierto es que… me encargaron algo.
Hace unos cuarenta años, diría yo. El maldito lobo todavía se acuerda.
Tenían una piedra luna engarzada en el más fino oro.
Alguien se la robó. Y no, no fui yo. Por aquel entonces estaba en Japón y tenía una buena coartada que no importa ahora.
El caso es que el Páter me ofreció una buena cantidad de dinero para recuperarla. Acepté y bueno, lo intenté.
—Pues haberle devuelto el dinero.
—Y lo hice, créeme. Era una buena cantidad, pero…
me había hecho firmar una especie de pacto de sangre y bueno, lo quebré.
Tampoco es que pudiera hacer nada. Su reliquia había desaparecido de la faz de la tierra y así se lo expresé.
Pensó que me la había quedado, pero hizo esa cosa que hacen los lobos y supo que no mentía, no esta vez.
Y… bueno, según él, ya que se está haciendo viejo, tengo que encontrarla en una semana o acabarán conmigo, y con todos los que me rodean.
Así que, Cassandra, no puedo seguir con tu misión.
—Eso es que tienes familia.
—Familia, amigos, empleados. No querrías que le pasara nada a Clarence o a su extensa progenie.
—Desde luego que no. Pero no puedes dejar nuestro trato. O te…
—¿Me descubrirás? Mira, inspectora. Si no hago lo posible por llevarles esa maldita piedra van a arrancarme los brazos. Y las piernas. De nada te serviré.
—Si no la encontraste antes, ¿por qué lo harías ahora?
—Mmmm. Bueno. Tampoco es que buscase tanto al final —reconoció—. Lo justo para pasar el detector de mentiras. No sabía que era tan importante para los lobos.
—Ya. Como siempre, engañando y estafando.
Se encogió de hombros.
—Tengo que largarme a Roma, mi última pista acabó allí.
—Te acompaño.
—Oh, no. Yo puedo ir volando y tú solo me retrasarías.
—Soy una buena detective. Te pillé a ti. Y no quiero perderte de vista.
—Ya sé que te resulto muy atractivo, pero…
—No hay pero que valga. Sacaré dos billetes de avión. Nos vamos a Roma.
—Eres demasiado insistente, inspectora y eso algún día te traerá problemas.
Subió en segundos a su habitación y ella se fue a hacer la bolsa.
Cuando bajó, él llevaba un elegante traje de chaqueta con una maleta de esas que valían un año de su sueldo.
Se despidieron de Clarence y subieron al coche.
Pronto, estaban acomodados en el avión. Al poco, Benjamin miró inquieto a todos lados, hasta que se levantó y caminó con paso firme hacia la clase turista.
Por su rostro, no iba a pasar nada bueno.