Capítulo 7. La búsqueda cambia de dirección
Cassandra
Se había arriesgado, sin duda. Pero ver al vampiro le retorció el estómago.
Según sus informes, él había estado en París en el tiempo en que su hermana Beth falleció.
Aunque parecía ser un tipo educado y pacífico.
Supuso que los accidentes ocurrían. Ella había muerto de un golpe en la cabeza, según le dijo el inspector que la llevó y no desangrada. Tal vez huyó de alguien.
Caminó por las calles de Limonde. Su madre le había dicho que visitó a una bruja y que ella le había dicho que su hermana había fallecido.
Apretó los puños enfadada. ¿Y si se habían puesto de acuerdo con ese vampiro y le dijo a su madre lo que quería escuchar?
Por eso, había tomado una cita y estaba esperando para entrar.
Un suave viento revolvió el cabello de su coleta y sintió un escalofrío. Aun así, empujó la puerta y entró.
La mujer, embarazada… ¿embarazada? Obviamente no de su vampiro, sonrió al verla. Su aspecto, con un moño en la coronilla, mechones de cabello rizado y oscuro y una piel de color caramelo le hizo ver por qué ese vampiro parecía enamorado.
—Bienvenida, ¿eres Cassandra?
—Sí, gracias por recibirme. Mi madre habló muy bien de ti.
—Siento mucho lo que le pasó a tu hermana y, de hecho, es extraño. Pero pasa, por favor, déjame ofrecerte algo fresco.
La acompañó a una pequeña sala donde había una mesa redonda, con un mantel púrpura con símbolos esotéricos. En las paredes, estanterías llenas de libros, frascos y objetos extraños, algún cuadro y por encima, un lucernario con cristal opaco, pero que dejaba pasar los tardíos rayos de sol.
—¿Te gusta la limonada? Acabo de hacerla. Toda natural.
—Gracias, Sophie.
Se sentó en una de las sillas mientras la bruja abría una neverita que parecía de los años sesenta en color rojo. Sacó una jarra con hielo y varias rodajas de limón y el líquido ambarino.
La dejó en la mesa y puso dos vasos. Se sentó con pesadez. No parecía quedarle mucho para el parto.
—No estoy llevando bien la acidez del limón así que lleva miel, de ahí el color. No sé si te molesta que sea un poco dulce.
—Para nada. Permíteme servir.
Sophie sonrió ante su amabilidad. Lo mismo ese vampiro la había hipnotizado, como Benjamin dijo que podía hacer. Fue una suerte dar con uno de los grandes estafadores del ámbito sobrenatural, pero, aunque aceptó trabajar con ella, se había negado a darle cualquier tipo de información personal.
Tomó un trago y tuvo que reconocer que estaba deliciosa. La bruja también bebió y dejó el vaso con cuidado.
—Verás, Cassandra, creo que no es casualidad que estés aquí. Tu… hermana anda rondando el pueblo, pero no llega a decirme nada.
Un escalofrío la recorrió de arriba abajo.
Asintió, esperando que continuara. Nunca se había creído nada de todo esto, pero entró a trabajar en la Agencia de Investigación Sobrenatural Internacional, o AISI, y desde entonces, el mundo la maravillaba, porque todo lo que conocía hasta ahora era mentira.
Cuando le pusieron al día, le explotó la cabeza con tanta magia.
Sin embargo, seguía pensando que las brujas eran un poco cuentos para niñas.
Los vampiros o los lobos, estaba claro. Ellas, no se lo creía del todo.
—Adelante, por favor. Mi madre agradecerá toda la información necesaria.
—Está bien. Voy a intentar contactar con ella. Quizá el hecho de que estés aquí ayudará a que ella me hable. No todos los que pasan al otro lado quieren ponerse en contacto.
Asintió, sin decir nada más. La bruja se levantó e hizo un círculo en el suelo con sal, luego se sentó y encendió una vela, cerró los ojos y habló.
—Llamo a Beth Bonchamp, por favor, tu hermana Cassandra quiere hablar contigo.
No pasó nada. Sophie repitió la invocación. Se movió una ligera brisa, pero, aunque ella abrió los ojos y buscó, no encontró a nadie. Luego, se estremeció y miró sobre ella.
—¿Conoces a un tal Henry Gates? Dice que él sí te conoce.
Empalideció. Henry fue su primer compañero cuando entró en la policía. Y por su culpa, murió. Apretó los puños, había vuelto para vengarse, tal vez.
—Sí, lo conocí. ¿Qué tal… está?
—Oh, parece feliz, Cassandra. Me dice algo como que jugar al golf es un paraíso, pero nada comparado con esto.
Quiso reír y llorar a la vez. Poca gente sabía que su sueño era retirarse y hacer ese tipo de deporte. Se… arrepintió de estar espiando a esta mujer.
—¿Tiene algo que decirme?
—Ha dicho que sí. Dice que no hagas más tonterías y que lo dejes ya. Que tienes mejores cosas que hacer. Más importantes y fundamentales.
Ella tragó saliva. ¿Estaba de alguna manera captando su pensamiento?
—Y dice que Beth está bien, pero preocupada.
—¡Quiero hablar con ella! —exclamó más desesperada que enfadada.
—Los espíritus solo acuden si lo desean, Cassandra. Espera, creo que quiere despedirse, pero antes desea decirte que nadie fue responsable y tú menos que nadie, que fue un honor servir a tu lado y que está orgulloso de ti.
Se rompió. Se echó a llorar y salió de la sala, de la tienda, corriendo con los ojos llenos de lágrimas. Se metió en su coche y arrancó deprisa. Ya le… ya le pagaría en otro momento. Cuando llegó a un camino secundario, aparcó y dejó salir su frustración, su dolor y su tristeza.
Oh, por Dios, quería a Henry como un padre y cuando entraron en esa casa de los traficantes, él decidió pasar primero, la mandó por detrás y le dispararon en el cuello. No pudo hacer nada.
Y Beth… ¿qué demonios le pasaba? ¿Cómo había muerto?
Todas las certezas que tenía sobre las brujas se habían ido por el desagüe.
Ella, desde luego, no era una impostora.
Quizá se tendría que volver a plantear todo y dejar de buscar a ese vampiro que estuvo con su hermana, del que ni siquiera sabía su nombre.
Su madre le había rogado que lo dejase estar, no le había contado mucho, pero ella se negaba. Suspiró y se limpió con rabia las lágrimas de su rostro. Estaba bien, se centraría en atrapar a esos humanos desgraciados que querían que los sobrenaturales salieran a la luz.
Y no es que a ella le molestase eso, pero si lo hacían, el pánico inundaría al mundo y tal vez ellos reaccionarían mal. Había visto moverse a Benjamín y, desde luego, bajo su fachada de cordial ironía, había un asesino letal.
Arrancó de nuevo y se acercó a la enorme casa a las afueras de París. Se había instalado allí ¿y por qué no? De todas formas, la AISI tampoco es que estuviera tan bien pagada. Solo hacía diez años que habían creado la agencia.
Clarence salió a recibirla con una amable sonrisa.
—El señorito Benjamin no ha regresado todavía. Se fue al atardecer con esas ropas… sencillas que me pidió. Me dijo que la informara.
—Gracias, Clarence. ¿Es posible cenar algo?
—Por supuesto. Si quiere tomar un baño en la piscina, después le serviremos la cena.
—Una gran idea.
Se fue al dormitorio y se puso el bikini que Benjamin había solicitado por correo cuando se enteró de que ella no tenía.
Cómo supo su talla, no lo sabía. Al principio se sintió molesta, pero luego pensó que no pasaría nada por aprovechar esa hermosa piscina.
Al parecer al vampiro también le gustaba estar a remojo.
Preparó una toalla, descalza. Había solicitado una habitación en la planta baja, era muy precavida, y su terraza daba al jardín trasero, así que saltó el pequeño balconcillo y enseguida cayó sobre el bien cuidado césped.
Parecía cortado a milímetro. Desde luego los empleados de Benjamin eran entregados y meticulosos.
A saber cuántas casas tenía en el mundo.
El agua estaba fresca y la luz de la incipiente luna se reflejaba en la tranquila superficie. No había lámparas o farolas y el aspecto oscuro y profundo del agua le impresionaba un poco, tenía que reconocerlo. Pero ese día, había luna llena y por tanto mucha más luz.
Escuchó unos aullidos lejanos. Los licántropos de la zona salían a corretear, le había dicho Benjamin, pero no se metían en su propiedad. No por las cercas, sino porque respetaban sus límites.
Se metió en el agua y nadó un par de vueltas, luego, se sumergió para salir y apoyarse en la orilla. ¡Qué vida tenía este hombre!
Sin duda, era un vividor, del tipo de gente de la que ella se apartaba, pero lo pilló cuando robaba a un mafioso y lo tenía agarrado por sus partes.
Y no es que ella no pensase lo peligroso que podría llegar a ser vivir con un vampiro, aunque no parecía que se alimentase directamente de la gente, pero había pasado sus archivos a su compañero, por si, en el caso de que le pasase algo, lo descubrirían.
Escuchó un suave plof en el agua y abrió los ojos.
Él estaba en el otro lado de la piscina, mirándola.
Disimuló su sobresalto y Benjamin se acercó despacio hasta colocarse a su lado, pero no tan cerca.
Su piel tersa emitía un suave brillo, no como esos vampiros de Crepúsculo (y sí, había visto las pelis, aunque siempre lo negase), sino por la tersura y riqueza de su superficie.
Parpadeó y lo miró a los ojos. Sonreía de lado.
—¿Has conseguido algo?
—Buenas tardes, inspectora Cassandra. Yo estoy bien.
—Déjate de chorradas. Dime.
—Pues me metí en ese bar cutre y que olía fatal y me quedé en una esquina. Si me hubieras visto, ¡podría ganar un óscar por mi actuación!
—Ya vale de autoalabanzas y suéltalo.
—Eres tan poco sutil. En fin, los encontré. Y no te podrás imaginar lo que vi.
—Si no me lo cuentas todo, te ahogaré con mis propias manos.
—Lo dudo mucho, pero sería muy sensual que apretases mi cuello mientras estás encima de mí. Yo me dejaría.
Se sonrojó. Era cierto que él había intentado conquistarla, pero se había negado rotundamente. Era un criminal. Guapo, atractivo, pero criminal.
—Oh, está bien. Se reunieron los tipos que ya conocemos, y esperaban a su jefe, un encapuchado que resultó ser una fae . ¿Te imaginas? Una auténtica fae conspirando contra los sobrenaturales.
—¿Y cómo sabes que lo era? ¿No suelen llevar un disfraz?