Capítulo 6. En la biblioteca pasan más cosas de las normales
Carole
—Ay Dios, Ay Dios….
Se alejó todo lo rápido que pudo de la casita, sin mirar atrás y escondiéndose por si Sophie se asomaba. No podía decirle que… había robado la virginidad a su sobrino. Aunque bien visto, le hacía falta.
Todavía estaba conmocionada por su mezcla de torpeza y sensualidad. Este tío no se daba cuenta de lo que tenía entre las piernas. Se sonrojó solo de pensarlo y nuevamente al imaginar otra sesión con él.
Tropezando, se fue a la biblioteca a trabajar. Sudaba un poco y no sabía por qué. Entro diez minutos antes y comenzó a arreglar los libros de las devoluciones, en silencio. Su piel se erizaba tontamente y el vello parecía electrificado. ¿Qué narices estaba pasando?
—Carole.
La voz le hizo sobresaltarse. Se giró demasiado deprisa y casi tira los libros. Archie le sonreía.
—Vengo a devolverte los libros. He pensado traer desde París un par de cajas de novedades. ¿Podrías decírselo al bibliotecario?
—Sí, sí. Vale.
Bajó la vista, para indicarle que podía marcharse, pero él seguía allí. Sus dedos tamborileaban suavemente en el mostrador y parecía algo indeciso.
—¿Qué? —casi gritó.
—Solo quería decirte que… por favor, no le hagas daño a mi sobrino.
Ella levantó la ceja. —Es un vampiro. Yo tendría las de perder.
—Ya me entiendes. Léo es muy sensible.
Bufó.
—Debe de ser cosa de familia.
—Es posible. Solo era eso. Voy a por otras novelas.
—Tú mismo.
Se giró para no ver su cara. En realidad, estaba bastante serio, algo difícil de creer porque desde que se casó con su amiga Sophie, le habían puesto el mote de señor sonrisas. Ella y Cordelia, claro, aunque su amiga también parecía estar en una primavera continua.
Llevó otro bloque de libros para dejarlos en la sección de novelas románticas. Últimamente estaban de moda, sobre todo aquellas que llevaban vampiros o licántropos. Los humanos estaban chalados. Pero reconocía que había leído alguna y los lobos eran tan fogosos como se explicaba en ellas.
Chasqueó la lengua y comenzó a ordenarlas. Una mujer rubia en vaqueros y de aspecto atlético, se puso a mirarlas. Luego a ella.
—¿Trabajas aquí?
—Sí. ¿Necesitas algo?
—Un pequeño consejo. ¿Alguna novela de vampiros que sea más o menos realista?
—¿Romántica? A ver. Los vampiros no existen, así que realista… puede ser cualquiera. A saber.
—Ya veo. Quizá la que sea más creíble entonces.
Echó un vistazo y le dio Crepúsculo. No es que fuera creíble, ni Archie ni Léo brillaban, pero quería que la dejase en paz.
—Esta es romántica, de vampiros y lobos. Y muy famosa. Tiene películas.
—No las he visto. ¿Puedo leerla un rato aquí?
—Claro.
Se marchó y la mujer, que tendría unos treinta y pocos, se sentó a unos cinco metros de Archie, que leía tan tranquilo. Tal vez quería ligar con él. Aunque parecía tan absorto que, aunque pasara un tren delante suyo, ni se daría cuenta.
Se puso a teclear en el ordenador mirándola de reojo. No la conocía y ni siquiera sabía si tendría ficha. Seguro que no vivía allí. Pero era cien por cien humana. Decidió concentrarse en olisquearla un poco al dejar un libro en un estante cercano a ella. Olía a metal. Metal… ¿un arma?
Se metió entre las estanterías para poder verla mejor.
—Archie, soy Carole. No levantes la cabeza. Deja el libro en el sillón y ven donde estoy yo. Si me has escuchado, asiente levemente.
Él asintió. Se metió algo más allá y él se levantó despacio, pareció mirar y dejó el libro sobre el sofá. Luego, caminó hacia donde estaba ella, pasando cerca de la mujer. Carole se estremeció. ¿Y si sacaba el arma? Pero no lo hizo.
El vampiro se acercó a ella con curiosidad.
—¿Pasa algo?
—Esa mujer, la rubia que has pasado cerca. ¿Te has fijado?
—No me fijo en otras mujeres que no sean mi esposa. ¿Por qué?
—Ella no te quitaba ojo y no es por tu atractivo. Y olía a metal. Casto tenía un arma en casa y era el mismo olor.
—¿Un arma? ¡Qué extraño! Voy a ver.
—No —dijo ella agarrándolo del brazo—. ¿Y si quiere hacerte algo?
—Carole, tranquila. Le preguntaré con amabilidad.
—¿En serio? Yo iré.
Salió antes de que Arcadio pudiera decirle algo. La mujer ya no estaba. Había dejado el libro sobre el sillón y se había largado de la biblioteca.
—Bueno, problema resuelto.
—No. ¿Y si os está espiando?
—Voy a la tienda.
—Dime algo.
Se fue lo más deprisa que pudo sin llamar la atención y Carole envió un mensaje a Sophie. Ella no contestó. Tal vez estaba ocupada. Creía recordar que tenía una visita esa tarde.
Nerviosa, esperó. A los diez minutos, Archie le envió un mensaje diciéndole que todo estaba bien. Que se había asomado por el lucernario y olió que estaba con una cliente y ella parecía tranquila, aunque solo distinguiera las siluetas.
Respiró aliviada. Lo mismo era una policía de paso. Pero… ¿a qué narices quería un libro romántico? O bueno, tal vez ella también leía novelas. Se giró para coger unos libros y alguien le tocó el brazo. Se le cayeron todos al suelo.
—Dios santo, perdona —dijo Léo recogiéndolos.
—No pasa nada. Solo que no lo esperaba.
—He venido a verte…
—Ya lo veo —dijo ella con media sonrisa—, ¿te has vuelto lector?
—Podría ser —contestó apoyándose en el mostrador. Una señora llegó y lo miró de arriba abajo.
—Joven, necesito devolver estos libros.
Se apartó y caminó entre las estanterías mientras ella estaba ocupada.
Ella lo miraba de reojo. Se había metido en la sección de historia.
Le pegaba totalmente. Tomó un libro y empezó a leerlo, absorto, de forma que ni se dio cuenta que ella se acercó y le tocó la espalda.
Casi se le cayó el libro de las manos. Ella sonrió divertida.
No esperaba causar ese efecto a todo un vampiro.
—Quizá te aficiones a leer… o a estar en la biblioteca —dijo con una sonrisa traviesa.
—Puede ser que a ambas. Mi familia es muy lectora. Siempre me fascinó cómo la violencia hace cambiar al ser humano. Archie y mi madre me han contado cosas de su progenitor. Historias de antiguas guerras. Cosas terribles.
—¿Y a ti qué te pasó? Quiero decir… lo de la conversión y tal.
Se acercó a la ventana que mostraba la suave luz del atardecer. El día amenazaba con una tormenta de verano y las calles estaban oscuras. Acabó apoyándose en la pared y dejándose caer en el suelo.
Carole se sentó junto a él. Se quitó las gafas y las limpió más por un acto habitual que porque estuvieran sucias. Ella esperó, tragándose su impaciencia.
—Pues fue algo… malo. Mi madre cosía los trajes de Anastasia y ella venía a probárselos a casa.
Tal vez alguien la vigilaba, uno de esos fanáticos.
Salía con sus paquetes a acompañarla al coche y le dispararon.
No sé si me puse en medio o ya lo estaba, pero la bala que iba destinada a ella me dio a mí. Me moría.
—¿Y ella te convirtió?
—Mi madre se lo rogó, era su único hijo y ella accedió.
—Supongo que fue un acto de puro amor.
—Sí. Supongo.
—Por parte de las dos. Pero tú no querías ser vampiro.
—No es que mi vida fuera gran cosa, la verdad. Pero no lo llevé bien.
—Y no lo llevas bien.
—Bueno, voy despacio. Me costó dejar marchar a mis padres.
—Como dicen los Jedis, el apego solo causa sufrimiento.
—Entonces, ¿es mejor no amar nunca para no volver a sufrir?
La miró, dolido. Ella se encogió de hombros.
—Entiendo que te has encerrado en una cáscara para evitar el dolor. No quieres abrirte, relacionarte con personas mortales porque algún día se irán. Pero a los demás nos pasa eso. Sabemos que más tarde o más temprano, moriremos.
Leó apretó los labios y se levantó. Ella lo hizo, tras él.
—¿Quieres que lo hablemos esta noche? Ahora tengo que trabajar.
—Esta noche no.
Se marchó y ella se quedó un poco decepcionada. Se iba a hacer una experta en tener paciencia. Solo por él. Porque sí. Le gustaba. Un poco.