Capítulo 5. Demasiado cerca
El otro vampiro
Había sido mala idea acercarse. Por suerte, sus años de huir de todas partes le habían dado una agilidad y ciertos trucos que seguramente Archie no conocía.
Lo observó, subido en la copa del árbol más alto de la zona.
No había cambiado nada, pero por lo que había escuchado, se había casado con otra bruja.
Se enteró de que estuvo viviendo ochenta años con una y cuando ella murió, a punto estuvo de acercarse a él. Quizá no era tan disparatado unirse a una humana. Solo que a él le salió rematadamente mal.
Suspiró viendo cómo se alejaba hacia su casa. ¿En qué estaba pensando? Ella se mosquearía si no estaba en la casa. Saltó y cruzó el río hacia un lugar despejado. Después, se impulsó y salió volando hasta París.
Tenía una casa a las afueras, una mansión a la que casi no viajaba, y que era cuidada por una familia. Caminó con soltura hacia la entrada, donde estaba aparcado su deportivo rojo. Y sí, tenía que reconocer que discreto no era. Chasqueó la lengua. Tal vez por eso ella lo había encontrado.
Clarence, su anciano mayordomo, abrió la puerta con una sonrisa.
—¿Fue bien el viaje, señor Benjamin?
—Desde luego. Aunque no lo que esperaba. ¿La señorita Cassandra duerme?
—No, señor. Se fue en su coche hace un par de horas. Dijo que no sabía cuándo volvería. ¿Le sirvo un refrigerio en la biblioteca?
—Gracias.
Entró en su enorme biblioteca, llena de todo tipo de libros de diferentes partes de su historia.
Después de sus trescientos dos años, más los veintiocho que vivió como humano, había acumulado gran cantidad de objetos curiosos que solía vender en tiendas especializadas de antigüedades.
Aunque, desde luego, su inmensa fortuna no procedía de esas chucherías.
Se sentó en el sofá y Clarence le trajo una bandeja con un combinado.
Archie fue siempre de ginebra, pero a él le gustaba el Whisky, aunque no hacía un feo a un Bloody Mary, sustituyendo, obviamente el jugo de tomate por sangre.
Pero no estaba de humor. Ella le había exigido ciertas cosas y… todavía no estaba preparado.
Si no hubiera cometido tantos errores, esa mujer no podría chantajearle, pero lo tenía en sus manos.
Su padre hubiera dicho que había sido el karma.
Tantos años engañando y estafando a cualquiera que tuviera algo valioso le había reportado unos grandes ingresos, pero también persecuciones. Sobre todo, cinco años atrás.
Tal vez engañar al capo ruso de la mafia, Viktor Ivanovich, y limpiar sus cuentas de millones de rublos no… no había sido una gran idea. Sonrió.
Al menos, se había divertido.
Se escondió en París y conoció a la dulce Beth, pero ella murió y pensó que se quedaría mal, pero en realidad, aunque le gustaba mucho, no estaba enamorado.
Lo sintió por ella. Ni siquiera supo qué había pasado, solo la encontró en el apartamento muerta, y se largó.
Puede que hubiera tenido que avisar a su familia, pero eso hubiera implicado demasiadas explicaciones. No. Hizo bien.
Solo que todo se había torcido de tal manera que no sabía por dónde salir.
Chasqueó la lengua y terminó de un trago la bebida.
Luego, abrió la puerta secreta que llevaba a su búnker.
Su padre les había enseñado muchas cosas, entre otras, a salvaguardar sus bienes más valiosos.
Y él, allí, a las afueras de París, había construido una zona enorme de casi una hectárea y a prueba de terremotos, donde guardaba incontables tesoros, desde muebles a oro y joyas.
Incluso dos coches a los que se podía acceder por una trampilla en el garaje.
Se paseó por sus pertenencias, sintiendo que necesitaba otro chute de adrenalina. Es cierto que iban tras esos humanos que pretendían dar a conocer a los vampiros y que eso le parecía divertido. Incluso saber que la esposa de su hermano estaba embarazada de su propia descendencia.
Oh, sí. Lo sabía todo.
Era bueno hipnotizando a gente y lo había usado con personas afines a Archie.
En el fondo, admiraba a su hermano y por supuesto, a su hermana, pero no compartían objetivos.
Un vampiro era un ser especial, alguien que merecía lo mejor y no vivir de forma normal.
Y si para eso había que robar o hipnotizar a alguien para que vendiera algunas de sus posesiones, mala suerte.
Lo que nunca se permitía es beber de la fuente. Su padre fue muy estricto en eso y siempre utilizaba donantes. No como su hermana Simona. Ella era… salvaje. Mucho más que él. Puede que su progenitor decidiera no convertir a más hijos debido a ella.
Subió de nuevo y se sentó en la silla de la biblioteca. Ya anochecía y según Cassandra, debía ponerse ropa gastada para meterse en los bajos fondos. Pero jamás podría disimular su estilo natural.
Ese estilo lo había pulido a conciencia, a pesar de que cuando era pequeño vivía en la calle y fue su padre el que lo rescató de una vida miserable. Movió la mano como si espantara una mosca. Aquellos momentos ya se habían pasado y no volverían. Jamás.
Así que se colocó ropa desgastada y zarrapastrosa que había solicitado a Clarence que le consiguiera.
Él nunca preguntaba y por ello, toda su familia vivía de maravilla.
Subió a su habitación, se colocó esa porquería, que al menos no olía mal, se revolvió su impoluto cabello e incluso, con una idea genial, se maquilló con ojeras.
Ah, sí, sabía maquillarse. Estuvo varios años trabajando en el Folies Bergère, como actor, allá por 1890, a los pocos años de inaugurarse.
Siempre supo que lo suyo era el escenario, pero ser vampiro suponía un hándicap.
En el momento en que se pudieron hacer fotografías, ya no le interesó.
Y sí, su padre le aconsejó no hacerlo. De todas formas, era más divertido dedicarse a desplumar a los estúpidos y arrogantes. En el fondo, se sentía un Robin Hood.
Subió a la parte más alta y saltó cielo arriba.
Llegaría en minutos al Distrito 18, donde había dos zonas que visitar: por una parte el barrio de La Goutte d'Or, donde había más gente por la calle y tráfico de drogas; y, por otra, la Porte de la Chapelle, en el que había más mafiosillos de poca monta y algún capo que se creía importante.
Nada que ver con los rusos, desde luego.
Y ver cómo intentaban herirle, atacarle o cualquier otro daño le hacía mucha gracia. No solía enseñar los colmillos, pero bastaba una de sus miradas feroces para hacer que mojasen sus pantalones. Ah, sí, lo iba a disfrutar.
Cassandra le decía que era un gilipollas vanidoso y que algún día encontraría a alguien lo suficientemente fuerte como para bajarle los humos. En parte, ella ya se los había bajado, aunque jamás lo admitiría.
Que le hiciera chantaje con descubrir su paradero, su casa y lo peor, la de su entorno a los capos rusos le hizo muy poca gracia. Estuvo a punto de matarla, pero ella lo tenía bien montado; para eso pertenecía al FBI o, mejor dicho, a una agencia que se ocupaba de los asuntos sobrenaturales.
Pero él se encargaría de que toda su familia se encontrase bien. Si había salvado a la esposa de su hermano de ser atacada por esos humanos, haría lo mismo con los demás. Y eso que no le dijo a la poli quién era Sophie. No le convenía que lo relacionaran con la familia Valeroso.
Aterrizó limpiamente en un callejón. Ah, sí, fue divertido atrapar a esa muchacha y llevarla a una casa. Estuvo a punto de sacarla cuando vio que Archie tardaba, pero al final, todo salió bien.
Desde que murió su padre, se había visto tentado a visitarlos en varias ocasiones, pero eran demasiado honestos para él.
Nunca aprobarían lo que hacía. Suspiró cuando salió a la calle.
Su olfato se vio inundado de olores desagradables de todo tipo.
Y no es que no estuviera acostumbrado, pero igualmente no le gustaban.
El agrio sabor del alcohol se mezclaba con el orín y cualquier otra sustancia que salía de humanos y otros sobrenaturales.
Las calles estaban resbalosas a pesar de ser verano, gracias a los pocos vecinos que decidían echar cubos de agua.
Solo que lo único que conseguían era que se compactase la masa desagradable sobre las aceras.
Muy pocos coches del ayuntamiento de París se atrevían.
Aunque se solía respetar a los servicios de limpieza, no a les flics , la policía nacional que, a menos de que fueran con francotiradores, no se dignarían a pasar por allí.
Dos enormes tipos, lobos, se lo quedaron mirando.
Claro que sabían qué era, pero él bajó la cabeza y siguió caminando.
De todas formas, no había nada en su ropa o en su aspecto que señalase su riqueza.
Por lo general, los vampiros eran ricos, pero no todos.
Algunos se jugaban todo su dinero en casinos o partidas de póker, y, aunque él jugaba y de vez en cuando se dejaba ganar, sobre todo cuando la estrategia lo demandaba, nunca se arruinó.
Caminó hacia un bar determinado, Cassandra le había dicho que podrían frecuentarlo esa gente que quería hacer salir a los sobrenaturales del armario, algo que a los gobiernos del mundo no les hacía ninguna gracia.
Estuvo bien ver a Archie hipnotizando a algunos humanos, seguro que ya ni se acordaba, pero de poco le sirvió, porque el tipo a quien le dijo que buscara aliens se separó del grupo, pero los otros continuaron con esa misión.
Y tuvo que reconocer que se comportó cuando desactivó las cámaras del pub y casi atrapó al vampiro Vinísero. Lo malo, que Cassandra y él lo iban a pillar con las manos en la masa. Y posiblemente hubieran acabado con toda la organización. Ella se cabreó, pero a él le hizo mucha gracia.
Entró en el bar más desastroso y sucio que había visto en su vida y se acercó a la barra. Iba a pedir un whisky, como si fuera alcohólico. Incluso había arrugado billetes pequeños. Estaba muy orgulloso de sí mismo. Como actor, merecía un óscar.
El tipo de detrás de la barra, grande, con barba amarilla teñida del tabaco y una camiseta que olía a viejo, lo miró.
—Un whisky.
—Primero déjame ver el dinero. No tienes pinta de poder pagarlo.
Él se metió la mano en el bolsillo, temblando (qué actuación) y sacó varios euros. El tipo asintió y le puso un vaso algo sucio y lo llenó hasta la mitad.
—No hay hielo.
Benjamin asintió y lo cogió como si fuera algo preciado. Recordaba la película de El Señor de Los Anillos . Sí, era casi como su tesoro. Se colocó en un lado y le dio un sorbito. Ahí sí que tuvo que actuar. Sabía a rayos.
El barbudo dejó de prestarle atención, así que se dedicó a mirar a todos los clientes del bar. Había tres hombres malencarados sentados alrededor de una mesa que hacía mucho que no veía un paño limpio. Uno de ellos parecía enfadado y agudizó el oído.
—…quemaremos el pueblo.
Se tensó. Más les valía que no se refirieran a Limonde. Otro tipo entró desde el exterior. Iba cubierto y olía ligeramente a sobrenatural, aunque sin duda, sabía enmascarar su raza. Extraño. Se sentó con ellos.
—Nos persiguen de cerca —susurró—. Hay una agente de alguna organización que ha estado haciendo preguntas incómodas. Quiero que acabéis con ella. Discretamente.
—¿Y por qué no lo haces tú? —preguntó uno. De repente, se llevó las manos a la garganta. Ese era el tonto del grupo.
El de la jarra de cerveza tocó al tipo encapuchado y este soltó al otro.
—Mi hermano es idiota, pero no se lo tengas en cuenta. Esa mujer tendrá un accidente. Cuenta con ello.
El ser se levantó. Benjamin miró de reojo parte de su rostro que para nada era ajado o sucio. Más bien de piel tersa y sin barba. Oh, por la bendita orquesta del Titanic, era una fae.