Leoncio, el vampiro casi nuevo (Colmillos y buenas maneras 2) Capítulo 4. Siempre hay una primera vez
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Capítulo 4. Siempre hay una primera vez

Léo

Llegó a la casita muy disgustado. Ni siquiera había visto a sus amigos. Solo ella. Siempre ella. Lo acosaba. Dio una patada a una piedra que salió volando para perderse en las montañas y, de un salto, se subió al tejado de la casita. Estaba realmente molesto.

Sintió una ligera brisa y su tío acabó sentándose a su lado.

Lo miró. Llevaba una cómoda camiseta con un dibujo de un murciélago montado en una escoba y letras rojas que ponía «Todo es posible si hay amor».

Sophie se la había regalado hacía poco y estaba encantado.

Se sentó, descalzo a su lado, dándole tiempo.

Él no dijo nada. Su tío olía a brezo desde que estaba con la bruja. Ella iba engordando y las dos niñas iban a ser especiales. Entendía por qué él era tan feliz. Amor verdadero. Algo que él… no consideraba.

—Has venido pronto —dijo por fin.

—Ya. No fue una buena idea salir.

—¿No estaban tus amigos?

—JP y… Carole.

—Ah, ya veo. Ella te incomoda. Ya te dije, es muy impulsiva.

—Me besó. Sin… motivo. Solo estaba bailando.

—¡Caramba! Pero no hay nada de malo en ello, sois adultos.

—¡Me salieron los colmillos!

—Ah. Bueno, cuando sentimos excitación suele pasar. No es malo si se lo explicas. ¿Se disgustó?

—Al contrario. Pero me fui, me alcanzó y… qué vergüenza.

—Cuéntamelo solo si te sientes cómodo, Léo. Esto no saldrá de aquí, te lo prometo.

—Yo… —dijo bajando la cabeza—, me convirtieron muy joven y no había… y desde entonces nunca encontré la persona adecuada.

—Entiendo. ¿Y por qué crees que Carole no es la persona adecuada?

Léo levantó la cabeza, sorprendido. No dijo nada. O sea, no lo había visto desde ese punto de vista.

—Ella es una fuerza de la naturaleza, Léo. Pero es una buena persona y Sophie la tiene en gran aprecio. Mi esposa es realmente intuitiva con la gente.

—Lo malo es que ella se dio cuenta. ¿Y si se lo dice a todos?

—No lo creo. De todas formas, si te interesa, podemos ir a París, a la Rue des Canines y encontrar a alguien para solucionar ese tema.

Eres un hombre muy atractivo y capaz. Encontraste a los supervivientes de los afectados por el incendio de Nueva Orleans, que le vino muy bien a tu madre para influir para que Caio se retirase, por ejemplo, y has hecho grandes cosas con ese aparato del infierno.

Léo se echó a reír. Su tío odiaba los ordenadores, aunque ahora estaba escribiendo algún tipo de novela que todavía no había enseñado a nadie.

—Gracias, Archie. Tal vez acepte la oferta, si a Sophie no le importa.

—Para nada. Y de paso, visitamos a tu madre, que anda muy liada. Le agradará verte. Seguro que te echa de menos.

Archie levantó la cabeza y se puso de pie en menos de dos segundos. Le pidió que se quedara callado. Bajó con rapidez y recorrió el jardín que rodeaba la propiedad. Él lo siguió a toda prisa. Consiguió alcanzarlo y él miró a todos los lados.

—¿Qué pasa? ¿Son los lobos?

—No. Otro vampiro. No me gusta que ronden sin presentarse adecuadamente. Quédate delante de mi casa, protege a mi esposa.

Se marchó corriendo hacia la puerta. El gato de Sophie, Lucas, estaba sentado por fuera, como si también fuera su guardián. Se quedó parado y ella abrió la puerta.

—¿Pasa algo?

—No, nada, métete dentro. ¿Tienes la barrera levantada?

—Sí, como siempre. ¿Dónde está Archie?

—Ha olido a un vampiro. Me ha mandado que te cuide. Por favor, Sophie, ve dentro.

—Está bien. Me quedaré aquí. Puedo dejar la puerta abierta, tú puedes pasar, pero cualquier otro no lo hará.

Léo se puso en modo alerta. Sus uñas se quedaron muy cerca de salir y ya no era un chico normal, sino un vampiro dispuesto a proteger a su tía.

Aguzó sus sentidos para oler, escuchar o ver cualquier cosa que se acercase.

Su móvil vibró en el bolsillo, pero no le hizo caso. Lo primero era protegerlas.

Al rato, vio llegar a su tío con el cabello revuelto, pero bien. Se acercó caminando y los dos pasaron a la casa.

—¿Has encontrado al vampiro?

—No. Es escurridizo. ¿Estás bien, amor?

—Por supuesto que sí. Léo es un buen guardián.

Archie besó en la cabeza a su esposa y le dio un abrazo a Léo.

—Podría quedarme fuera haciendo una ronda.

—Seguramente venía de visita —comentó Archie quitándole importancia—, no era un olor desconocido, pero no era Vinísero, ni mucho menos.

—¿Katherine? —preguntó Sophie. Él negó.

—No, no era ella. Además, desde que Caio desapareció del Consejo, ella se ha dedicado a sus negocios en París. Por lo visto, solo se centra en hacerse más rica todavía.

—No le demos importancia. ¿Quieres dormir aquí, Léo?

—Qué va. Además Sophie hizo su magia. Nadie entrará.

—Eso es verdad. Descansa, Léo, pero mantente alerta, solo por si acaso. Ya sabes que todo anda un poco revuelto.

—Sí, no os preocupéis por mí. Descansad.

Sophie bostezó y él salió de casa. Se dirigió hacia la casita y volvió a subirse al tejado. Su tío era muy habilidoso, no por nada tenía cerca de quinientos años, pero él se prometió a sí mismo que los protegería con su vida, si era necesario, porque eran su familia.

Los rayos del amanecer le sorprendieron en el tejado de la casa y se metió dentro.

Habían pensado, cuando hicieran la ampliación, hacer un paso subterráneo para estar comunicados.

Así, si su tío lo requería para ayudarlo con los papeles del búnker o incluso para tomar un té, podrían pasar de una casa a la otra sin ser achicharrados por el sol.

Cerró todo y se alimentó. Estaba cansado y tenso y entonces se acordó de que el móvil le había sonado. Había tres llamadas perdidas de Carole y un par de mensajes.

Lo siento, Léo. No quería molestarte. A veces soy muy bruta. ¿Seguimos siendo amigos?

Mañana paso a verte y lo hablamos. No quiero quedarme así.

No le contestó. Se puso el pantalón del pijama y se metió en la habitación del sótano. Se quedó dormido durante casi todo el día sin querer pensar en nada, hasta que unos fuertes golpes lo despertaron.

Parpadeó, confundido. Todavía no eran las seis de la tarde y el sol calentaba demasiado. Se espabiló enseguida. ¿Y si era Sophie?

Corrió al piso de arriba y vio una silueta en la puerta. Resopló.

—Te he escuchado. Ábreme. Quiero hablar contigo. Y si no contestas a mis mensajes o llamadas, me quedaré aquí hasta que lo hagas.

—Es de día, Carole, estaba durmiendo.

—Pues abre la puerta y entro. He traído dos granizados de limón. Están helados, pero como siga aquí se van a quedar hechos un asco. Tío, que hace calor.

Bufó y abrió la puerta. No se había puesto las gafas y llevaba el cabello revuelto, pero ella lo había querido. Entró, mirándolo de arriba abajo y Léo cerró la puerta.

—¿Tú te has visto? Madre mía —dijo ella ofreciéndole un granizado.

—Estaba durmiendo, ni me has dado tiempo de arreglarme, ¿qué quieres?

—Oh, sí, yo sé lo que quiero. Hace calor aquí y mucha luz. ¿Me invitas a tu habitación?

Él se movió nervioso, con el granizado en la mano. Asintió. De todas formas, la piel empezaba a picarle un poco.

Bajó las escaleras y ella lo siguió. La cama estaba revuelta y en un lado estaba el sillón desde donde jugaba con una enorme tele.

También tenía una mesita donde a veces montaba maquetas de personajes de cine que luego colocaba en la estantería.

A alguien que vive eternamente le da mucho tiempo de hacer cosas distintas.

Todos los juegos estaban ordenados en una estantería.

Él se quedó de pie mientras ella le echaba un vistazo a todos. Luego, se sentó en su sillón. Callada.

—¿Qué quieres, Carole?

—No suelo disculparme, pero en tu caso sí lo haré. Metí la pata y lo reconozco, así que lo siento.

—Vale. Pues ya está —dijo él fastidiado.

—No me voy a ir. He decidido que, puesto que te gusto y tú a mí, quiero ayudarte a resolver tu problema.

Leó dio un paso atrás y cayó sentado en la cama.

El granizado que todavía no había comenzado se derramó sobre su pecho y sus pantalones.

Los miró horrorizado y cerró las piernas.

Ella dejó el suyo y se acercó caminando despacio hacia él.

Llevaba una camiseta de tirantes y pantalón corto y sí, podría decirse que Léo la deseaba, pero…

—No es un problema, Carole. Y no tienes por qué…

—Lo sé. Pero es algo que te apura y somos amigos.

Ella se colocó delante y se quitó la camiseta, dejando ver su ropa interior. Léo tragó saliva, aunque un vampiro no solía tener mucha. Ella le quitó el vaso y lo dejó en la mesita de noche y luego se sentó sobre él que estaba rígido.

—Que si no te gusto nada, puedo marcharme, pero diría que por tus colmillos alargados, algo sí. Al menos, te parezco atractiva.

—Pero Carole…

Ella colocó los brazos por detrás de su cuello y revolvió su cabello con suavidad. Sin poder evitarlo, colocó las manos en las caderas y ella ronroneo, apretándose a él.

—¿Quieres besarme, Léo? ¿Quieres pasar tu lengua por mi piel? Me he duchado.

—Joder…

Ella se inclinó hacia su boca y lo besó. Miles de estrellitas explotaron en su cabeza y aunque no tenía demasiada experiencia, se dejó. Ella acarició sus colmillos con la lengua y eso le excitó demasiado, algo que ella notó y se frotó contra él.

De repente, sintió un impulso y la tomó en brazos, echándola sobre la cama. Ella soltó una risita.

—Vaya, veo que te animas.

Los labios de Léo recorrieron el cuello de Carole, sin atreverse a desnudarla, solo besaba esa piel con la que tanto había soñado casi cada noche y no se creía que esto podría estar pasando.

—Rózame con los colmillos —dijo ella quitándose el sujetador. Él abrió los ojos, asombrado y aunque no sabía muy bien… la besó y pasó sus colmillos por sus pechos. Ella se retorció, jadeando.

—Dime si lo hago bien —dijo él confuso.

—Oh, sí, ya lo creo —gimió ella.

Siguió investigando su vientre atlético y ella le pidió que le quitara la ropa. Algo indeciso, la desnudó. Nunca había estado tan cerca de… eso y no se imaginaba que pudiera oler tan bien.

—Si quieres, otro día te enseño cómo lamer allá abajo, si no te da asco.

—Me encantaría —dijo él volviendo hacia sus labios.

—Ahora, quítate los pantalones y entra en mí.

Se levantó en un segundo y se los quitó, para ponerse sobre ella, pero parecía dudar.

Ella metió la mano entre los dos y lo condujo hacia su interior.

—Despacito, ya te iré diciendo.

Cuando se introdujo en ella, un escalofrío le recorrió todo el cuerpo. ¿Qué era eso tan maravilloso? Esa humedad, esa presión, esa suavidad.

—¿A que ahora lamentas no haberlo hecho antes?

Él asintió. No podía ni hablar. Ella se movió a su compás y sin dejar de mirarse, se entregaron hasta el final.

Luego, él se retiró y se echó en la cama con una sonrisa en la boca. Ella se puso de lado y apoyó la barbilla en su pecho.

—Tienes cara de tonto, Léo.

—Ha sido… no tengo palabras.

—No ha estado tan mal para ser tu primera vez.

—¿No te ha gustado? —preguntó alarmado.

—Oh, sí. Pero esto se puede desarrollar más. Puedo… enseñarte, si quieres. Te queda mucho que aprender.

—No me parece… o sea. Sé que actualmente es distinto para las mujeres, y mi tío Archie me ha contado algunas cosas.

—Archie está tan desfasado como tú, aunque no tuvo problemas en tirarse a Sophie.

Él parpadeó confuso y ella se echó a reír.

—Mira, Léo. Me gustas y está claro que yo a ti también. Solo pasémoslo bien. Hasta que decidamos ir por nuestra cuenta.

Él asintió. Serio. No es que él hubiera pensado en «ir por su cuenta». Aunque era una descarada, le gustaba.

—Bueno, tengo que irme a trabajar. ¿Te importa que use tu ducha?

—Por supuesto que no.

Ella se metió y estuvo tentado de pasar, de ir con ella. Pero quizá no era lo adecuado. Cuando salió, enrollada con la toalla, se vistió y le dio un suave beso de despedida.

—Ya hablamos. Descansa.

Se marchó tan tranquila y él se quedó mirando la puerta como un tonto.

O sea, había sido espectacular. Le había encantado, pero…

de alguna forma, sentía que no era lo mismo que tenían Archie y Sophie.

Quizá eran esos tiempos que a veces le costaba entender.

Se dio una ducha y se echó de nuevo en la cama, pero no pudo dormir.

Él estaba al día en cuanto a todo lo que supusiera tecnología, ordenadores, móviles, Internet, pero desde luego, en cuanto a sentimientos humanos, no. De eso no tenía ni idea.