Capítulo 2. Adaptándose a pesar de todo
Léo
—Da vértigo vivir solo —dijo mirando la casita. Su tío Archie le tomó de los hombros y le dio un ligero abrazo. Ninguno de su familia era muy dado a ese tipo de manifestaciones humanas.
No. Él era humano, o casi.
—Mi hermana puede que sea demasiado protectora, pero en esta casita vas a estar bien. Y nosotros estamos al lado. Tienes todo lo disponible y, por otra parte, puedes relacionarte con otros jóvenes de la zona. Te vi bailar con Carole, aunque…
—Ya, es una loba.
—No, no porque lo sea. Digamos que ella es muy… impulsiva. Tal vez no sea el tipo de mujer que te puede acompañar. Pero no está mal conocerse, Léo. Llevas semanas sin salir de casa.
—Estoy estudiando.
—Es verano y, aunque solo podamos salir algunas horas durante la noche, deberías conocer a gente, siempre con respeto.
—Soy respetuoso, Archie. Recuerda que nací hace cincuenta y cinco años.
Su tío sonrió y asintió.
—Cierto, pero te has puesto al día con eso de los ordenadores. Para mí resultan un complicado esfuerzo que… bueno, no me interesan demasiado.
—Te agradezco que me hayas comprado algunos juegos de vídeo consola, Archie. El día se hará muy largo aquí metido. Es… algo pequeño.
—Podemos trabajar por la noche y construir una habitación más, para que tengas un salón mucho más grande y cubierto totalmente, así no te sentirás encerrado. No es que pueda ofrecerte la casa de tu madre, pero algo es.
—Sí, me gustaría. Gracias.
Entró en la casa y su tío se aseguró de que estaba todo bien. Si pensaba que su madre… su madre vampírica era protectora, él no se quedaba atrás. Cuando nacieran las dos bebés se convertiría en un padre tremendo.
Pero sí, le agradaba el pueblo. En el fondo, no dejaba de ser un chico de barrio, por mucho que hubieran pasado tantos años.
La mayoría los ocupó en estar con sus padres, ver cómo envejecían, ver irse a su padre primero, luego a su madre.
Todavía los echaba de menos, incluso aunque su nueva madre Anastasia le había insistido que esto le pasaría siempre.
Se sentó delante de la enorme pantalla de televisión que le habían traído desde París, donde su madre se había instalado casi de forma definitiva y conectó el juego.
Era online y ya se había creado un usuario, en concreto un hechicero fae .
Le hacía gracia el tema de las hadas, aunque en realidad, no había visto ninguna.
O sí, pero sin saberlo. Las faes se escondían de los humanos y no se dejaban ver.
Un mensaje le salió enseguida. ¿En qué momento le había dicho a la loba que iba a jugar a ese juego? Ella se había creado un usuario de una orca salvaje y se había apuntado a su Guild. Bufó al ver su mensaje privado.
—¿Aburrido, cubito de hielo?
—No, solo quiero estar tranquilo un rato.
Ella le mandó unas risas y después la orca salvaje le dio un empujón a su hechicero fae. Protestó. Era tan brusca en el juego como en la realidad. Ya llevaba una semana viviendo en Limonde y había pasado a buscarlo una noche. Y otra. ¿Qué le pasaba a esa loba? ¿No podía salir con los de su especie?
Y no es que tuviera problema con lobos, sino con salir.
Su momento feliz en el que se olvidaba de todo era cuando estaba delante de la pantalla, jugando a algo que lo desconectaba del mundo.
Pasaba horas hablando con otros jugadores, humanos o vampiros, aunque eran estos últimos los que solían quedarse hasta altas horas de la noche.
Por suerte, su madre había roto su compromiso con Louise Dominus, aunque seguían siendo amigos. De hecho, ella era una elfa guerrera y estaba en su grupo.
Esa noche le habían propuesto ir al Pub Zero, donde ocurrieron los desastrosos acontecimientos de hacía varios meses, en los que un vampiro anciano mandó echar Belladona lunar para, por lo visto, hacer visibles a los licántropos.
Pero el sitio había cambiado de dueño y ahora parecía un lugar seguro.
Dudó. Tal vez le vendría bien divertirse con otros vampiros.
Al final, aceptó la invitación y al cabo de dos horas, quedó en verse allí con Louise y su novio. El local estaba abierto toda la noche y casi siempre había vampiros hasta el amanecer, aunque también acudían humanos que conocían el tema y otros sobrenaturales.
Mandó un mensaje a Archie para decirle que iba a salir con Armand y Louise y él le mandó un emoticono de aplausos. Se puso una camiseta negra y vaqueros, limpió sus gafas y se echó un poco de colonia. Su madre, la humana, siempre decía que debía vestirse en condiciones.
Luego, se dio un impulso y salió volando. Todavía era algo torpe, pero su tío insistía en que practicase, y qué mejor modo que saltar hacia Lepartí.
Aterrizó a bastantes metros, por si acaso se caía, y, aunque vaciló, no acabó rodando por el suelo. Eso era todo un triunfo.
Caminó hacia la entrada donde varios sobrenaturales esperaban para pasar.
Saludó al hermano pequeño del alfa Jacques y de su padrastro Tom, Jean-Paul o JP, de quien se había hecho amigo, también jugaba en su grupo.
Sonrió, pero enseguida se quedó parado. Carole estaba allí y lo miraba con un gesto irónico.
Retrocedió un paso, buscando una salida, pero ella ya lo había visto y caminaba hacia él.
Llevaba los hombros al descubierto y sus brazos torneados le quitaron el aliento.
Ella se balanceaba de forma atlética, mientras lo miraba de arriba abajo.
—Hola, cubito. No esperaba verte.
—Hola. He quedado.
Por su rostro pasó un pequeño gesto que no interpretó y luego sonrió.
—¿La conozco?
Se ajustó las gafas, nervioso.
—Sí. Louise Dominus… y Armand.
—Ahhh, pensaba que habías ligado y me preguntaba cómo. Tal vez uses la aplicación Booh-dates.
—No. No la uso.
Miró a todos los lados, buscando a sus amigos. Carole era demasiado… en todos los sentidos.
—Vamos dentro, Léo. Tomemos algo. Un agua para ti.
—Estoy esperándolos.
Ella lo cogió de la mano y lo empujó hacia dentro.
Claro, era una loba y tenía bastante fuerza, pero él tampoco se había resistido.
Todavía recordaba el tacto suave de su piel de cuando bailaron en la boda…
hasta que ella le propuso sexo. Pero… ¿cómo le decía que en realidad no había estado con ninguna chica? Se sentía ridículo por ello.
Entraron al lugar. Lo habían redecorado y ahora había tonos rosas, dorados y negros por todas partes.
Una gran bola de discoteca ocupaba el centro del techo de la pista, donde humanos y sobrenaturales sudorosos bailaban y saltaban.
Ella lo llevó hasta la barra, se pidió una cerveza y un botellín de agua para él.
Al menos se acordaba de que él no tomaba alcohol.
—Chin, chin —dijo Carole chocando el botellín con su agua. Él asintió, volviendo a mirar alrededor. Ella le dio un golpe en el brazo y se giró —. Oye, ¿sabes que es de mala educación volverte a mirar a otra gente teniendo este pedazo de hembra a tu lado?
—Lo siento, solo buscaba a mis amigos.
—Es broma. Y que entiendo que no te interese, seguramente no sea de tu gusto.
—No. Sí.
Ella soltó una carcajada.
—Deberías desmelenarte más a menudo, Léo. No todo en la vida está detrás de la pantalla.
—Estoy cómodo allí.
Lo cogió de la mano y se fueron a un rincón, para sentarse en una mesa alta.
—Aquí no me van a ver.
—Pero si se ve todo. Ya te darás cuenta cuando entren. ¿Qué tal en la casita? ¿Estás bien?
—Sí, o sea es muy pequeña, pero Archie me ha dicho que podríamos construir un salón más grande, para estar más cómodo. Tampoco es que sepa cuánto tiempo me voy a quedar.
—¿Tu madre no te ha dicho?
—No. Hacerse con el Consejo es complicado, sobre todo desde que se ha sabido que está casada con Tom.
—Ya, mezclarse con otros debe de ser cosa de familia, ¿no?
—Ni idea. Ya sabes, no salgo mucho.
—Alguna novia habrás tenido.
—No te interesa, Carole —dijo él serio. No es que le fuera a contar todas sus intimidades, aunque debía de reconocer que empezaba a encontrarse cómodo, sobre todo cuando ella hablaba tranquila y no de forma impulsiva.
Empezó a sonar una canción y ella dio un salto que lo sobresaltó.
—Vamos, tienes que bailar conmigo esta.
—No bailo y lo sabes.
—¿Me vas a hacer este feo?
—Ve con tus amigos, Jean-Paul está ahí y te mira mucho.
—No lo creo. Antes te miraría a ti.
—Ah.
—O sea, ¿prefieres a los tíos? No tengo problema, solo es por saberlo.
—No. Chicas.
Si un vampiro pudiera sonrojarse o sudar, estaría de todos los colores.
Siempre que se encontraba con ella, acababa muy apurado.
Ella sonrió y le deslumbró. Era brutalmente atractiva, pero no su tipo, o eso creía.
Lo arrastró como pudo a la pista y se puso a bailar a su alrededor, como una salvaje. Él estaba parado, sin saber qué hacer.
—Vamos, hombre —dijo ella en su oído, produciéndole una sensación extraña—, que si no bailas se va a notar que eres rarito.
—Soy rarito —contestó él con media sonrisa. Pero empezó a moverse. Un poco solo.
Ella lo cogió del brazo y le hizo levantar. Podría saltar un poco, sí. Solo un poco. Al rato, estaba en el mismo ritmo que los demás, y no le importó. Se divertía, se sentía un poco salvaje, hasta que… pasó algo.