Leoncio, el vampiro casi nuevo (Colmillos y buenas maneras 2) Capítulo 1. El primer baile
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Leoncio, el vampiro casi nuevo (Colmillos y buenas maneras 2)

Leoncio, el vampiro casi nuevo (Colmillos y buenas maneras 2)

Por Anne Aband

© inepub.com

Capítulo 1. El primer baile

Carole

Mientras veía a su amiga Sophie bailar tan enamorada en el centro de la pista, echó un vistazo a las posibilidades.

Vale, en una boda lo normal era conocer a alguien, quizá enrollarte…

como estaba haciendo su amiga Cordelia con el alfa Jacques.

Menuda pájara. Ahí estaban bailando, tan acaramelados mientras su abuela y su propia hija no los perdían de vista. Pero Lidia sonreía con su bisnieta.

Estaba bien. Cordelia no había salido con muchos tíos desde que tuvo a su hija y aunque sí había tenido encuentros, nada serio. Total, que ella se había quedado colgada mientras todos charlaban o bailaban. Su primo Casto se acercó y le trajo un botellín de cerveza.

—Gracias, guapo. Tus hijos son muy revoltosos.

—No me digas. He tenido que cerrar la puerta de la casa para que no entrasen a revolverlo todo. Hasta el gato de Sophie ha huido despavorido.

Ella se echó a reír. Él carraspeó.

—¿No bailas?

—Si es que solo hay canciones lentas y para eso necesitas una pareja. Me parecería patético salir ahí en medio y abrazarme yo solita.

Casto sonrió y le señaló a alguien. Ella miró.

—El muchacho parece majo, aunque puede que lo avasalles con tu personalidad.

—¿Quién? ¿Léo? Si parece un crío.

—Según me han dicho tiene veinte y hace treinta y cinco años que es vampiro, por lo que técnicamente, tendría cincuenta y cinco.

—Ag, qué asco, un señor mayor.

—Oye, que a esa edad uno está perfecto.

—Tú tienes cuarenta y nueve, Casto.

—Ya, pero espero seguir dando guerra mucho tiempo. Venga, mujer, sácalo a bailar, parece aburrido. Su madre ha intentado que haga algo, pero fuera de participar en la boda, se ha quedado ahí quieto, mirando el móvil. Aunque quizá no seas capaz, claro.

—¿Perdona? ¿Me estás retando?

—Por supuesto. Ese chico no es capaz de salir a bailar con nadie, incluso aunque sea alguien tan precioso y espectacular como tú.

—Vas a salir rebotando de lo pelotas que te has vuelto.

Casto soltó una carcajada.

—Mujer, prueba. Si es un soso, pasa de él, pero al menos te divertirás. Te encanta bailar.

—Eso sí, venga, te apuesto una tarta de esas que hace tu esposa si lo saco a bailar.

—Y si no lo consigues, me cuidarás a los niños un sábado para llevar a su madre a cenar a un sitio bonito.

—Hecho.

Ella se levantó de la silla, arregló su vestido de tirantes que le quedaba de cine y sacó del bolso el labial para darse un repaso. Luego, le guiñó un ojo a Casto y se fue a conquistar un ocho mil.

—Hola —dijo y él se sobresaltó y casi se le cayó el móvil—. ¿Estás jugando?

—Sí. ¿Quieres… algo? —preguntó él. Ella levantó el botellín.

—Estoy servida. ¿No bebes? Sé que tu tío le da a la ginebra.

—No me gusta. Si la gente bebe, pierde el control.

Ella se echó a reír y se sentó a su lado. Se acercó a él y notó que se tensaba.

—A mí me encanta perderlo. Es mi virtud favorita.

Léo levantó la vista, incómodo.

—Eso no es una cualidad.

—Claro que lo es —respondió ella—, depende de lo que estés dispuesto a perder.

—Se pueden perder muchas cosas por el alcohol —contestó él recogiendo el móvil en su bolsillo. Ella lo tomó como una pequeña victoria.

—¿Nunca has perdido el control, Léo?

Él negó con la cabeza y miró hacia el fondo del jardín.

—Entonces, hoy será el primer día de tu nueva vida —dijo levantándose y le tendió la mano. Él se la quedó mirando sin saber qué hacer—. Vamos a bailar.

—No, yo no bailo. No te lo aconsejo, mis pies no suelen moverse al mismo tiempo —contestó con una media sonrisa. Ella se agachó y notó que él tragaba saliva al mirar su escote.

—Caramba, si sabes sonreír. No pasa nada, hombre. Es un baile lento. Solo tienes que seguirme.

—¿Por qué, Carole? Hay más gente para que baile contigo.

Ella se puso de pie y volvió a tender su mano.

—¿Vas a hacerme quedar mal? Aquí, con la mano extendida y tú sin moverte. Por cortesía, deberías bailar, aunque fuera una canción.

Notó que él se removía y acabó por levantarse. Carole exhibió una sonrisa de triunfo y se lo llevó a la pista. Se volvió hacia su primo y le guiñó el ojo.

Ella llevó sus manos a la cintura. Estaban frías, como las de todos los vampiros, pero no tanto como para que le desagradase.

Así, a su lado y con los brazos detrás de su cuello, se dio cuenta de que a pesar de su aspecto, un poco nerd, era guapo.

Llevaba unas gafas negras cuadradas y el cabello oscuro revuelto.

Se había quitado la americana y sus hombros eran más anchos de lo que parecía cuando estaba sentado. Además, ella le llegaba a los hombros.

—¿Sabes que estás bueno?

Él se tropezó y la miró, alarmado.

—Tranquilo, Léo. No te voy a hacer nada que tú no quieras.

Pensaba que los vampiros eran fríos o distantes, seguros, aunque una vez que conoció a Archie, ese concepto comenzó a diluirse, pero este que tenía entre sus brazos se llevaba la palma.

Se movía torpe o más bien bailaba bastante mal, pero olía bien, su colonia era suave, como a madera y su rostro sin barba era agradable.

Él tenía los ojos cerrados, puede que asustado o puede que, contando los pasos, así que aprovechó para mirarlo bien.

Los labios eran medio carnosos, sobre todo el de abajo y su nariz era recta, ligeramente respingona al final. Acarició su cabello y él se estremeció.

—Carole, no… está bien —dijo mirándola.

—¿Qué no está bien? ¿Bailar o yo?

—Tú estás de maravilla —dijo y se mordió el labio, pillado en falta. Ella sonrió—, pero mañana nos volvemos a París, mi madre… mi dómine debe hacerse cargo del Consejo, ya sabes. O sea que…

—Léo, no te estoy pidiendo que te cases conmigo, hombre, pero un revolcón tampoco es nada grave.

Él se tensó, la miró y se alejó hacia la espesura. Sophie dejó a Archie y se puso a su lado.

—Su sobrino es muy tímido, ¿lo has asustado?

—Le propuse un polvo, ¿quién rechazaría algo así? ¿Acaso no estoy buena?

—Estás muy bien, pero creo que tiene veinte.

—Veinte desde hace treinta y cinco, ya lo sé. Pero es mono. Tengo curiosidad de cómo es su barrita de nata.

—Eres tremenda ¿lo sabías? —contestó Sophie con una carcajada.

—Claro, como tú estás pero que muy satisfecha…

—Pues ve a buscarlo. Lo mismo, si no le asustas…

—Eso haré.

Se alejó hacia donde se había ido Léo. Estaba discutiendo con su madre. Los escuchó a lo lejos.

—Solo serán unas semanas, tal vez un mes. Y te vendrá muy bien estar con tu tío. Puede enseñarte muchas cosas.

—Acaban de casarse, querrán estar solos.

—Ya hemos hablado de eso. Hay una casita de invitados totalmente acondicionada. Y ha puesto conexión a Internet, la máxima. Por favor, Léo. Necesito que te quedes con Archie unos días. Las cosas están complicadas y estaré más tranquila si estás aquí.

—Vale, me quedo. Pero mi ordenador…

—Mañana lo recibirás. Enviaré todas tus cosas. Gracias, hijo mío. Es importante para mí y espero que obedezcas a tu tío. Verás que podrás aprender mucho de él.

—No me queda otra, así que…

Se alejaron y Carole sonrió cual gata que ha atrapado al ratón.

Volvió a la fiesta. Su plan sería hacer que cubito de hielo número dos se desmelenara un poco con ella.

Según había presentido, el tipo era un nerd que vivía por y para su ordenador.

Eso había sido hasta ahora. Su objetivo estaba fijado y una loba jamás quita la vista de él.