Leon Del Norte Capítulo 17 Primera parte Tío y sobrino #4
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Capítulo 17 Primera parte Tío y sobrino #4

Entendía demasiado bien que algunas heridas no necesitaban preguntas.

Una noche la encontró en uno de los balcones del castillo.

Lysariel observaba las estrellas.

León se colocó junto a ella.

—No podías dormir.

—Tú tampoco.

—Yo tengo una excusa.

—¿Cuál?

—Thromin ronca.

Yariel río.

—Está en otra parte del castillo.

—Es enano. Se escucha.

Ella apoyó la cabeza sobre su hombro.

Durante un rato permanecieron callados.

—¿Todavía recuerdas aquella noche? —preguntó ella.

León supo inmediatamente cuál.

La noche antes de la guerra.

El bosque.

Las estrellas.

Ella diciéndole que no permitiera que la venganza decidiera quién era.

—Todos los días.

Lysariel levantó la mirada.

—Después de tanto tiempo...

León la interrumpió suavemente.

—Especialmente después de tanto tiempo.

Ella sonrió.

León observó el cielo.

—En la Arena había momentos en los que pensaba que empezaba a olvidar tu voz.

Lysariel guardó silencio.

—Eso era lo que más miedo me daba.

—¿Morir?

León negó.

—Olvidarte.

Ella tomó su mano.

—No lo hiciste.

León la miró.

—No.

Y por primera vez en casi mil años, no necesitó repetir su nombre para asegurarse de recordarlo.

---

Pasaron meses.

Después años.

Las heridas del mundo comenzaron lentamente a cerrarse.

Los enanos regresaron a sus tierras, aunque Thrombin tardó bastante más de lo que su padre habría querido.

Según él, se quedaba únicamente porque León era incapaz de gobernar sin supervisión.

Según León, se quedaba porque finalmente había aceptado que eran amigos.

Cada vez que alguien mencionaba aquello, la respuesta era inmediata.

—No somos amigos.

Leif regresó con los druidas.

Las rutas entre sus tierras y Costa Dragón volvieron a abrirse.

Los dracónidos recuperaron sus territorios y los acuerdos firmados después de la guerra no les entregaron tierras conquistadas ni privilegios especiales.

Exactamente como León había prometido.

Poco a poco regresaron los comerciantes.

Después los viajeros.

Después las caravanas.

Las plazas volvieron a llenarse.

Los campos volvieron a cultivarse.

Y las murallas que durante décadas habían servido para mantener el dominio de Grindel volvieron a proteger a quienes vivían dentro.

Aznar también se quedó.

Al principio dijo que sería temporal.

Nadie le creyó.

Especialmente León.

Cuando llegó el momento de reorganizar el gobierno, León le ofreció un lugar a su lado.

—Necesito una mano.

Aznar miró su propia mano.

—Tengo dos.

León lo miró sin expresión.

Aznar sonrió.

—Era una broma.

—Malísima.

—Has perdido el sentido del humor.

—Viví mil años con Thromin.

—Comprensible.

León negó con la cabeza.

—Quiero que seas mi primera mano.

Aznar lo observó durante unos segundos.

Aquel niño al que había vigilado desde las sombras en un bosque ya no existía.

Frente a él había un hombre que había perdido un reino, una familia, un padre, un segundo padre y casi mil años de su vida.

Y aun así había regresado.

—Tu padre estaría orgulloso —dijo Aznar.

León sonrió.

—Eso ya me lo dijeron.

Aznar asintió.

—Entonces supongo que tendré que encontrar algo nuevo que decirte.

Extendió la mano.

León la tomó.

—Acepto.

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Diez años después.

Costa Dragón brillaba otra vez.

No exactamente como antes.

Nunca sería exactamente igual.

Y quizá eso estaba bien.

Las nuevas generaciones habían construido sobre las ruinas de las anteriores.

Los mercados estaban llenos.

Las rutas comerciales atravesaban nuevamente el reino.

Barcos de distintos continentes entraban y salían de sus puertos.

Enanos caminaban por sus plazas.

Druidas comerciaban con hierbas y medicinas.

Dracónidos recorrían sus calles sin provocar miedo.

Niños jugaban alrededor de la antigua fuente que León había encontrado rota el día de su regreso.

Había sido reconstruida.

No reemplazada.

Reconstruida.

León había insistido en eso.

La pequeña marca que había hecho con una espada de madera cuando tenía doce años también seguía en la pared de su antigua habitación.

Aznar había sugerido repararla.

León casi lo expulsó del castillo.

Aquella tarde, León caminaba por uno de los balcones.

Diez años habían pasado desde la muerte de Grindel.

Para alguien que había vivido casi mil dentro de la Arena, diez años deberían haber parecido nada.

Pero no era así.

Aquellos diez habían significado más que siglos enteros.

Habían sido años reales.

Años con amaneceres.

Con estaciones.

Con personas que no desaparecen misteriosamente entre los corredores de una prisión imposible.

Años en los que podía dormir sabiendo que al despertar el mundo seguiría allí.

León apoyó las manos sobre la piedra del balcón.

Desde allí podía ver gran parte de Costa Dragón.

Escuchó pasos.

No necesitó girarse.

—Llegas tarde.

—Soy tu mano, no tu sirviente.

León sonrió.

—Hola, Aznar.

Aznar se colocó junto a él.

También había envejecido.

León había dejado de preguntarle hacía años exactamente cuánto sabía y cuánto ocultaba.

No porque hubiera perdido curiosidad.

Simplemente había aprendido algo importante.

Con Aznar, algunas respuestas llegan cuando les daba la gana.

—Bonita vista —dijo Aznar.

—Es mi reino.

—Ahí está el presumido.

León rio.

—¿Qué quieres?

Aznar no respondió inmediatamente.

Eso hizo que León lo mirara.

Su antiguo maestro estaba serio.

—Hay alguien que quiere verte.

León levantó una ceja.

—¿Quién?

—Creo que será mejor que lo veas tú mismo.

—Cuando dices cosas así nunca ocurre nada bueno.

—Esta vez no lo sé.

Aquello llamó su atención.

Aznar casi siempre sabía.

—¿Dónde?

—En el salón.

León suspiró.

—¿No puede venir mañana?

—He esperado bastante.

León lo miró.

Aznar sostuvo su mirada.

Y algo en su expresión borró la sonrisa de León.

—Está bien.

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Caminaron por los corredores.

El castillo había cambiado durante aquellos diez años.

Las banderas de Grindel habían desaparecido hacía mucho tiempo.

En su lugar habían regresado símbolos antiguos de Costa Dragón, acompañados por otros nuevos que recordaban la alianza que había permitido recuperarlo.

León pasó junto a soldados que inclinaron la cabeza.

Finalmente llegaron al salón.

Las puertas estaban cerradas.

Aznar se detuvo.

León lo miró.

—¿No entras?

—No.

—Eso no me gusta.

—Lo sé.

León puso una mano sobre la puerta.

Antes de abrirla miró nuevamente a Aznar.

—¿Lo conozco?

Aznar pensó la respuesta.

—Sí.

León frunció el ceño.

—¿Quién es?

Aznar sonrió apenas.

—Entra.

León empujó las puertas.

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El salón estaba vacío.

O eso creyó al principio.

La luz del atardecer entraba por las enormes ventanas.

León caminó lentamente.

—¿Hola?

Nada.

Miró hacia atrás.

Las puertas se habían cerrado.

—Aznar...

Entonces escuchó una voz.

—Ha pasado mucho tiempo, León.

Su cuerpo se tensó.

Conocía aquella voz.

No la había escuchado en diez años.

Pero jamás podría olvidarla.

Giró.

Un hombre estaba de pie cerca de una de las columnas.

No llevaba armadura.

No llevaba corona.

Su rostro parecía exactamente como León lo recordaba.