Capítulo 17 Primera parte Tío y sobrino #3
Había vivido más tiempo sin ella de lo que cualquier ser humano debería ser capaz de vivir.
Había olvidado los nombres.
Rostros.
Lugares.
Había visto generaciones enteras aparecer y desaparecer dentro de la Arena.
Pero nunca había permitido que aquel nombre desapareciera.
Lysariel.
Lo había repetido cuando temía olvidarlo.
Lo había pronunciado mientras dormía.
Lo había utilizado para recordar que alguna vez había existido un mundo fuera de aquellas paredes.
Y ahora estaba allí.
A pocos pasos.
León extendió lentamente una mano.
Pero se detuvo antes de tocarla.
Yariel lo miró.
—¿Qué pasa?
León tragó saliva.
—No sé si es real.
Los ojos de Lys Ariel se llenaron nuevamente de lágrimas.
León soltó una pequeña risa, pero su voz temblaba.
—He soñado contigo demasiadas veces.
Ella tomó su mano.
La llevó hasta su rostro.
León sintió su piel.
El calor.
Cerró los ojos.
Lysariel apoyó el rostro contra su palma.
—¿Ahora?
León abrió los ojos.
Una lágrima descendió por su mejilla.
—Ahora sí.
Yariel lo abrazó.
León permaneció inmóvil durante apenas un segundo.
Después la rodeó con ambos brazos.
Y todo lo que había contenido durante siglos se rompió.
Hundió el rostro en su cabello.
Lysariel comenzó a llorar contra su pecho.
León también.
No intentó ocultarlo.
No le importaba quién estuviera mirando.
No le importaban los soldados.
No le importaba la corona de guerra.
No le importaba el trono.
Por primera vez desde que había despertado encadenado en aquella carreta, pude abrazarla.
—Pensé que estabas muerta —repitió.
—Lo sé.
—Pensé que habías muerto.
—Estoy aquí.
León apretó los ojos.
—Casi mil años.
Lysariel se separó apenas lo suficiente para mirarlo.
—¿Qué?
León respiró profundamente.
—La Arena.
Ella había escuchado mencionar aquel nombre durante los últimos minutos, pero todavía no comprendía.
—Para el mundo fueron treinta años.
León acarició su rostro.
—Para mí fueron casi mil.
Yariel lo contempló.
Entonces entendió aquellos ojos.
Físicamente seguía viendo al hombre que había amado.
El mismo cabello.
El mismo rostro.
Los mismos ojos rojos.
Pero había algo detrás de ellos que antes no estaba.
Algo imposible de medir.
—León...
—No quiero hablar de eso ahora.
Ella asintió.
León apoyó su frente contra la suya.
—Solo déjame estar aquí un momento.
Lysariel cerró los ojos.
—Todo el tiempo que quieras.
León soltó una risa entre lágrimas.
—Tengo experiencia esperando.
Ella rio.
Fue una risa pequeña.
Débil.
Pero León la reconoció.
Y aquello terminó de destruir cualquier duda.
Era ella.
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Aznar observaba desde unos metros de distancia.
Leif se acercó a él.
—¿Siempre fue así?
Aznar cruzó los brazos.
—Peor.
Thromin los escuchó.
—Mucho peor.
Aznar miró al enano.
—¿Casi mil años?
—Casi mil.
—Mis condolencias.
Thromin asintió solemnemente.
—Gracias.
Leif soltó una carcajada.
León, todavía abrazado a Lysariel, levantó una mano sin girarse.
—Los escucho.
—Entonces escucha esto también —respondió Thrombin—. No somos amigos.
León sonrió.
—Claro que no.
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Pasaron varios minutos antes de que León y Lysariel finalmente se separaran.
Entonces ella miró hacia un punto del salón.
Su sonrisa desapareció.
El cuerpo de Grindel seguía allí.
Yariel lo contempló en silencio.
Treinta años.
Treinta años encerrada por aquel hombre.
Treinta años después de verlo destruir a su padre, su reino y su pueblo.
León se colocó junto a ella.
No dijo nada.
Lysariel tampoco.
Finalmente respiró profundamente.
—Mi padre...
León bajó la mirada.
—Murió conmigo.
Ella lo miró.
—¿Qué?
—Estuve con él al final.
Los ojos de Lys Ariel se llenaron de lágrimas.
León continuó:
—Estaba herido. Mucho.
Recordó aquel campo.
El fuego.
Los cuerpos.
Lysander cayendo.
—Me llamó hijo.
Lysariel se llevó una mano a la boca.
—Y me dijo que mi padre estaría orgulloso de mí.
Una lágrima cayó por el rostro de León.
Sonrió ligeramente.
—Así que le dije que se lo dijera él mismo cuando lo viera.
Lysariel soltó una pequeña risa entre el llanto.
—Eso suena a ti.
—Él pensó lo mismo.
León tragó saliva.
—Su última palabra fue “presumido”.
Lysariel cerró los ojos.
Y río.
Llorando.
León la abrazó nuevamente.
—Ganó, Lysariel.
Ella levantó la mirada.
—¿Qué?
León señaló las ventanas.
Las banderas de Grindel continuaban descendiendo.
—Tu padre ganó.
—Su reino desapareció.
—Lo sé.
León miró hacia el exterior.
—Pero destruyó más de la mitad del ejército de Grindel. Él sabía que probablemente no sobreviviría. Sabía que no podía salvarlo todo.
Volvió a mirarla.
—Así que decidió asegurarse de que algún día alguien pudiera terminar lo que él empezó.
Yariel miró el cuerpo de Grindel.
Después las banderas cayendo.
Y finalmente comprendió.
Treinta años después de su muerte, la última estrategia de Lysander había llegado a su final.
Lysariel cerró los ojos.
—Papá...
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León miró entonces hacía Aznar.
Y recordó que tenía aproximadamente mil preguntas pendientes.
Se acercó.
Aznar sonrió.
—Esa cara la conozco.
—Bien.
—No me gusta.
—Mejor.
León se detuvo frente a él.
—Empieza a hablar.
—¿Sobre qué?
León abrió los brazos.
—¿Sobre qué?
Thromin rio.
León comenzó a contar con los dedos.
—Todos creían que estabas muerto. Apareciste en la Arena. Sabías cómo salir. Hablaste con Thromin. Fuiste a ver a su padre años antes de que nosotros llegáramos. Sabías que regresaremos. Sabías lo que había pasado conmigo.
Aznar permaneció callado.
—Y aparentemente también sabes cosas sobre la Arena que nadie debería saber.
—Correcto.
—Entonces explica.
Aznar sonrió.
—No.
León lo miró fijamente.
—Voy a matarte.
—Acabas de recuperar tu reino. Sería una mala primera decisión.
—Todavía no soy rey.
—Entonces técnicamente puedes hacerlo.
Thrombin soltó una carcajada.
León señaló a Aznar.
—No has cambiado nada.
—Tú sí.
Aznar dejó de sonreír.
Por primera vez desde que había aparecido, observó detenidamente a su antiguo alumno.
No el rostro.
Los ojos.
—Muchísimo.
León guardó silencio.
Aznar colocó una mano sobre su hombro.
—Pero sigues aquí.
León lo miró.
—Sí.
—Por ahora basta.
Había algo en aquellas palabras que León no comprendió.
Pero estaba demasiado cansado para buscar respuestas.
—Algún día vas a contarme todo.
Aznar sonrió.
—Algún día.
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Cuando León salió del castillo, el sol comenzaba a caer.
Miles de soldados llenaban las calles y plazas de Costa Dragón.
Los combates habían terminado.
Los heridos eran atendidos sin importar a qué ejército pertenecían.
Los orcos que se habían rendido estaban siendo desarmados, no ejecutados.
Aquella había sido una de las primeras órdenes de León.
La guerra había terminado.
No habría una matanza después de ella.
Cuando apareció en las escaleras del castillo, el ruido comenzó a desaparecer.
Uno por uno, los soldados lo vieron.
León descendió varios escalones.
Lysariel caminaba a su lado.
Thromin.
Leif.
Aznar.
Todos detrás de él.
León se detuvo.
Miró las calles.
Los edificios.
La gente.
Su hogar.
Había imaginado aquel momento incontables veces.
Pensó que tendría un gran discurso.
No lo tenía.
Así que simplemente habló.
—Grindel ha muerto.
El rugido fue ensordecedor.
Miles de armas se levantaron.
León esperó.
Cuando el ruido comenzó a disminuir, continuó.
—La guerra terminó.
Otra ovación.
León levantó una mano.
—¡La guerra terminó!
Esta vez su voz atravesó toda la plaza.
—¡Eso significa que desde este momento ningún soldado tomará comida, oro, casas ni tierras de la gente de Costa Dragón!
Los soldados escucharon.
—¡Los pueblos que liberamos pertenecen a quienes viven en ellos!
Miró las banderas enanas.
Después las druidas.
Después las dracónidas.
—¡Ninguno de ustedes vino aquí para reemplazar a un tirano por otro!
Leif levantó su arma.
Thrombin hizo lo mismo.
León continuó:
—¡Vinimos a devolver!
Miles de voces respondieron.
León contempló aquel ejército.
—Y eso haremos.
Entonces una voz surgió entre la multitud.
—¡VIVA LEÓN!
Otra respondió.
—¡VIVA EL HIJO DE VALERIO!
Después cientos.
Miles.
—¡LEÓN!
—¡LEÓN!
—¡LEÓN!
León permaneció en las escaleras.
Durante un instante recordó a su padre.
Deseó que pudiera verlo.
Después recordó a Lysander.
A Thorgaard.
A su madre.
A todos los que deberían haber estado allí.
Sintió una mano buscando la suya.
Lysariel.
León entrelazó sus dedos con los de ella.
Y esta vez no la soltó.
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Los días siguientes fueron extraños.
Por primera vez en décadas, los estandartes de Grindel desaparecieron de Costa Dragón.
Sus símbolos fueron retirados de las puertas.
Las prisiones fueron abiertas.
Los caminos dejaron de cobrar tributos en su nombre.
Mensajeros partieron hacia cada territorio ocupado con la noticia.
Grindel había muerto.
La guerra había terminado.
León había regresado.
Pero reconstruir un reino resultó mucho menos glorioso que recuperarlo.
Había edificios destruidos.
Campos abandonados.
Rutas comerciales desaparecidas.
Familias desplazadas.
Pueblos enteros que habían vivido treinta años bajo otra autoridad.
León pasó los primeros días prácticamente sin dormir.
Thrombin entró una mañana al antiguo salón del consejo.
Encontró a León rodeado de documentos.
—¿Qué haces?
—Gobernando.
—Pareces miserable.
—Lo soy.
Thrombin tomó uno de los documentos.
Lo miró.
Lo giró.
—No entiendo nada.
—Es un informe sobre trigo.
Thrombin volvió a dejarlo.
—He luchado contra gigantes, monstruos y gladiadores durante siglos. Esto me da más miedo.
León apoyó la cabeza sobre la mesa.
—Hay cuatro pueblos discutiendo por un molino.
—Mátalos.
León levantó la mirada.
Thromin se encogió de hombros.
—Solo intento ayudar.
León rio.
—¿Sabes qué es lo peor?
—¿Qué?
—Mi padre hacía esto todos los días.
Thromin sonrió.
—Y tú pensabas que ser rey era llevar una corona.
León miró los documentos.
—Era un niño.
—Eras idiota.
—Tenía quince años.
—Ambas cosas pueden ser ciertas.
León lanzó un papel hacia él.
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Yariel tardó más en acostumbrarse.
Durante treinta años había vivido encerrada.
Al principio dormía poco.
No soportaba algunas puertas cerradas.
En ocasiones se despertaba creyendo que todavía estaba prisionera.
León nunca le preguntaba más de lo que ella quería contar.