Capítulo 17 Primera parte Tío y sobrino #2
Pero para León había sido algo todavía más cruel.
Casi mil años creyéndola muerta.
Mil años recordando una noche bajo las estrellas.
Mil años intentando no olvidar su voz.
Mil años repitiendo su nombre.
Y ahora estaba allí.
Viva.
No podía perderla otra vez.
Lysariel pareció entender lo que estaba pensando.
—No lo hagas.
León aflojó los dedos.
—Lo siento.
La espada cayó.
El sonido del metal contra el suelo atravesó el salón.
—¡León! —gritó Leif.
Grindel sonrió.
—Aléjate de ella —dijo León.
—De rodillas.
Thromin apretó el hacha.
—Hijo de puta...
—¡DE RODILLAS!
Lysariel comenzó a llorar.
—No, León. Por favor.
León la miró.
Y sonrió.
Una sonrisa pequeña.
La misma que ella había visto incontables veces muchos años atrás.
—Te dije que no volvería a dejarte sola.
Lysariel cerró los ojos.
León dobló una rodilla.
Después la otra.
Quedó frente a Grindel.
Desarmado.
—Ya está.
Grindel contempló al hombre que había cruzado medio mundo con ciento quince mil soldados.
El guerrero que había sobrevivido a algo que ni siquiera él comprendía.
El hijo de Valerio.
Arrodillado.
—Al final —dijo Grindel— sigues siendo aquel niño.
León levantó la mirada.
—No.
Grindel frunció el ceño.
—Aquel niño estaba solo.
León miró a Lys Ariel.
Después a Thrombin.
A Leif.
—Yo ya no.
Grindel soltó una carcajada.
—¿Y de qué te sirve?
Levantó la daga.
Thromin dio un paso.
—¡Grindel!
El usurpador miró a León.
—Tu padre murió aquí.
León no apartó los ojos de él.
—Y ahora su hijo también.
Grindel levantó el brazo.
Lysariel gritó.
León intentó levantarse.
Entonces...
una flecha atravesó el salón.
Tercera parte: La flecha
La flecha golpeó a Grindel en el hombro.
El impacto lo hizo girar y la daga se apartó del cuello de Lys Ariel.
—¡AHORA! —gritó León.
Lysariel se dejó caer.
León se levantó de inmediato y se lanzó hacia ella mientras Thromin y Leif avanzaban contra los guardias.
Grindel arrancó la flecha de su hombro con un grito.
—¡¿QUIÉN FUE?!
Nadie respondió.
León tomó a Yariel y la apartó.
—¿Estás herida?
Ella negó, todavía temblando.
—Estoy bien.
León apenas tuvo tiempo de mirarla.
Una voz llegó desde la entrada del salón.
—Sigues bajando demasiado el hombro cuando estás cansado.
León quedó inmóvil.
El mundo parecía detenerse por segunda vez aquel día.
Conocía esa frase.
La había escuchado cuando tenía quince años.
La había escuchado otra vez después de siglos en la Arena.
Giró lentamente.
Un hombre estaba de pie junto a las puertas.
Una capucha ocultaba parte de su rostro.
Un arco permanecía en su mano.
Thromin lo reconoció primero.
—Tú...
Era el hombre que le había dicho que podía confiar en León.
El mismo desconocido cuyas palabras había repetido años después el rey enano.
El hombre levantó una mano y retiró la capucha.
León sintió que las piernas casi le fallaban.
Había envejecido.
Pero era él.
—No... —susurró León.
El hombre sonrió.
—Esa reacción empieza a ofenderme.
León lo contempló.
El bosque.
Los entrenamientos.
El caballo.
Las incontables veces que aquel hombre lo había derribado al suelo para enseñarle algo.
Después recordó la niebla.
Sigues bajando demasiado el hombro cuando estás cansado.
—Aznar...
Aznar inclinó ligeramente la cabeza.
—Hola, muchacho.
León no pudo responder.
—Tú estabas...
—¿Muerto?
Aznar sonrió.
—Sí. Me han dicho eso muchas veces.
Thromin lo señaló.
—¡Tú fuiste quien me dijo que confiara en él!
—Y veo que funcionó.
—¡NO SOMOS AMIGOS!
Aznar miró a León.
Después a Thrombin.
—Casi mil años juntos y todavía dice eso.
Thromin abrió los ojos.
—¿Cómo sabes cuánto...?
—Luego.
Grindel soltó un rugido.
Todos volvieron a mirarlo.
Se había puesto de pie.
Sangre recorría su brazo.
—¡AZNAR!
Aznar levantó una ceja.
—Grindel.
—Deberías estar muerto.
—Hoy parece que todos están decepcionados por verme.
Grindel buscó su espada caída.
León dio un paso hacia ella.
Aznar levantó otra flecha.
—Yo no lo haría.
Grindel se detuvo.
Aznar miró entonces a León.
—Sigues siendo un vago.
León soltó una pequeña risa incrédula.
—Sigues siendo un presumido.
Los ojos de León se llenaron de lágrimas.
Aznar tensó el arco.
—Y después de todo lo que te enseñé...
Apuntó hacia Grindel.
—...todavía dejas que tus enemigos hablan demasiado.
Por primera vez en casi mil años, León volvió a sentirse como aquel muchacho al que Aznar entrenaba.
Solo durante un instante.
Después miró a Grindel.
Y su expresión cambió.
Lysariel estaba viva.
Aznar estaba vivo.
Su hogar había sido recuperado.
Pero una cosa seguía pendiente.
León recogió su espada del suelo.
Aznar bajó lentamente el arco.
No disparó otra vez.
Entendía.
Aquello no le pertenecía.
León caminó hacia Grindel.
El usurpador recogió su propia espada con la mano que todavía podía mover bien.
—¿Vas a matarme ahora?
León se detuvo frente a él.
—No.
Grindel sonrió.
León levantó la espada.
—Voy a darte la oportunidad que tú nunca le diste a mi padre.
Los ojos de Grindel se endurecieron.
León adoptó posición.
—Levántate.
Grindel apretó su espada.
Aznar observó en silencio.
Lysariel también.
Y en el mismo salón donde Valerion había muerto treinta años atrás, los dos hermanos ya no podían enfrentarse.
Pero sus historias sí.
Una última vez.
Cuarta parte: La muerte del usurpador
Grindel se levantó.
La sangre de su hombro cayó sobre el suelo del salón.
León esperó.
No atacó mientras estaba herido y desarmado.
No porque Grindel lo mereciera.
Porque León no quería parecerse a él.
Grindel recogió su espada.
—Tu padre tuvo la misma debilidad.
León negó.
—Por eso nunca entendiste a mi padre.
Grindel atacó.
---
Esta vez no hubo paciencia.
Grindel sabía que había perdido el reino.
Había perdido su ejército.
Había perdido a Yariel como rehén.
Ya no peleaba por ganar.
Peleaba porque no le quedaba nada más.
Su espada descendió con violencia.
León bloqueó.
Otro golpe.
Después otro.
León retrocedió hasta una de las columnas.
Grindel lanzó una estocada.
León giró.
La hoja golpeó la piedra.
León respondió con un corte.
Grindel logró apartarse, pero su hombro herido no reaccionó con suficiente rapidez.
Aznar observaba desde la distancia.
No intervino.
Thrombin tampoco.
Leif permaneció junto a Lysariel.
Todos entendían lo mismo.
Aquello debía terminar entre ellos.
---
Grindel volvió a cargar.
—¡TODO ESTO DEBIÓ SER MÍO!
León bloqueó.
—¡EL TRONO!
Otro golpe.
—¡EL REINO!
León desvió la espada.
—¡YO TAMBIÉN ERA HIJO DE UN REY!
León lo empujó hacia atrás.
—Y por querer demostrar que mereces una corona destruiste todo lo que alguna vez pudo ser tuyo.
Grindel rugió y levantó la espada con ambas manos.
León vio el movimiento.
Durante un instante recordó a Aznar.
Siempre termina el combate.
Esperó.
Grindel atacó.
León se apartó.
La espada del usurpador cortó el aire.
León golpeó su mano.
El arma cayó al suelo.
Grindel intentó recuperarla.
La espada de León atravesó su pecho.
Silencio.
Grindel abrió los ojos.
Su cuerpo quedó inmóvil.
León también.
Durante casi mil años había imaginado aquello.
Pero no sintió alegría.
Solo el peso de algo que finalmente terminaba.
Grindel miró la hoja atravesándolo.
Después levantó los ojos hacia su sobrino.
—Valerion...
León negó lentamente.
—No.
Se acercó.
—León.
Sacó la espada.
Grindel cayó de rodillas.
Durante unos segundos permaneció allí, respirando con dificultad.
Miró hacia el trono.
Aquel objeto por el que había sacrificado una familia, un reino y miles de vidas estaba a pocos metros.
Intentó alcanzarlo.
No pudo.
Cayó al suelo.
Y no volvió a moverse.
---
Nadie habló.
León observó el cuerpo.
Esperó sentir algo.
Venganza.
Satisfacción.
Paz.
Pero lo único que llegó fue cansancio.
Un cansancio de casi mil años.
Cerró los ojos.
—Padre...
Una mano tocó su hombro.
León abrió los ojos.
Aznar estaba junto a él.
Durante unos segundos volvieron a mirarse.
León tenía demasiadas preguntas.
—¿Dónde demonios has estado?
Aznar sonrió.
—Esa historia es bastante larga.
León soltó una pequeña risa.
—Tengo casi mil años de paciencia acumulada.
—No parecía así cuando eras niño.
León lo abrazó.
Aznar quedó sorprendido.
Solo un instante.
Después rodeó a León con los brazos.
—Pensé que habías muerto —murmuró León.
—Lo sé.
—Te vi en la Arena.
—Lo sé.
León se separó.
—¿Fuiste tú?
Aznar sonrió.
—Luego.
—Odio cuando haces eso.
—También lo sé.
Thromin resopló.
—Ahora entiendo de dónde aprendió a ser insoportable.
Aznar lo miró.
—Tú debes ser el amigo.
—¡NO SOMOS AMIGOS!
León rio.
Esta vez de verdad.
---
Entonces recordó.
Lysariel.
Se giró.
Ella seguía allí.
Durante un instante ninguno se movió.
Treinta años para ella.
Casi mil para él.
León dejó caer la espada.
Ya no la necesitaba.
Lysariel dio un paso.
León hizo lo mismo.
Pero antes de que pudieran alcanzarse, desde el exterior comenzó a escucharse algo.
Primero fueron unas pocas voces.
Después cientos.
Luego miles.
—¡LEÓN!
El grito atravesó Costa Dragón.
—¡LEÓN!
Los soldados golpeaban sus armas contra los escudos.
—¡LEÓN!
León miró hacia las ventanas.
Las banderas de Grindel descendían de las murallas.
Una tras otra.
El usurpador había muerto.
La guerra había terminado.
Pero León apenas miró el cuerpo de Grindel.
Sus ojos regresaron a Lysariel.
Porque después de recuperar un reino entero...
todavía le faltaba recuperar a una persona.
Quinta parte: El final de un largo camino
—¡LEÓN!
El nombre atravesaba las murallas.
—¡LEÓN!
Miles de voces.
Enanos.
Druidas.
Dracónidos.
Hombres y mujeres de las tierras liberadas.
Soldados que habían cruzado el mar siguiendo a alguien que muchos de ellos apenas conocían unas semanas atrás.
—¡LEÓN!
Pero él dejó de escucharlos.
Frente a él estaba Lys Ariel.
Viva.
Eso era lo único que importaba.
Ella dio un paso.
León hizo lo mismo.
Ninguno parecía saber qué decir.
Habían imaginado demasiadas veces un encuentro que creían imposible.
Para Lysariel habían pasado treinta años desde aquella batalla.
Treinta años desde la muerte de su padre.
Treinta años encerrada por Grindel.
Treinta años sin saber qué había ocurrido con León.
Para él había sido mucho peor.
Casi mil años.