Leon Del Norte Capítulo 17 Primera parte Tío y sobrino
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Capítulo 17 Primera parte Tío y sobrino

Ninguno de los dos se movió.

León sostenía la espada frente a él.

Grindel hacía lo mismo.

Afuera, Costa Dragón terminaba de caer.

Los gritos de los soldados llegaban amortiguados a través de los gruesos muros del castillo. De vez en cuando se escuchaba acero chocando, una orden a la distancia o el estruendo de alguna puerta siendo derribada.

Pero dentro del salón del trono solo existían ellos dos.

Grindel miró al hombre frente a él.

Los mismos ojos rojos.

El mismo rostro que había visto treinta años atrás.

Pero algo era diferente.

No sabía qué.

León parecía joven, pero no lo miraba como un joven.

Había algo antiguo detrás de aquellos ojos.

—Treinta años —dijo Grindel—. Desapareces durante treinta años y regresas con un ejército.

León ajustó los dedos alrededor de la empuñadura.

—Ya te dije que para mí fue más tiempo.

—¿Dónde estuviste?

León sonrió ligeramente.

—No tenemos tanto tiempo.

Grindel atacó.

---

El primer golpe fue directo al cuello.

León lo bloqueó.

El impacto resonó por todo el salón.

Grindel atacó otra vez.

León retrocedió.

Una vez.

Dos.

La espada pasó a centímetros de su rostro.

Grindel continuó presionando.

Seguía siendo rápido.

Más de lo que León esperaba de un hombre de su edad.

El siguiente golpe llegó desde abajo.

León lo desvió y respondió.

Grindel bloqueó.

Las dos hojas chocaron.

Por primera vez quedaron frente a frente.

—Esperé mucho tiempo para esto —murmuró Grindel.

León empujó su espada.

—Yo más.

Se separaron.

Grindel atacó nuevamente.

Esta vez León no retrocedió.

Desvió el primer golpe.

Esquivó el segundo.

Bloqueó el tercero.

Entonces golpeó.

Grindel apenas alcanzó a detenerlo.

León volvió a atacar.

Una vez.

Dos.

Tres.

Grindel comenzó a retroceder.

Su expresión cambió.

Aquello no era lo que esperaba.

Había imaginado al hijo de Valerio convertido en un guerrero.

Había escuchado historias sobre él.

Pero aquello era distinto.

León no peleaba con furia.

No desperdiciaba movimientos.

No intentaba demostrar nada.

Simplemente sabía dónde estaría la espada de Grindel antes de que llegara.

Grindel atacó su costado.

León ya no estaba allí.

La espada de León golpeó la suya.

La hoja salió despedida unos centímetros, pero Grindel consiguió sujetar.

Retrocedió.

—¿Quién te enseñó a luchar así?

León inclinó ligeramente la cabeza.

—Mucha gente.

Recordó a Aznar corrigiendo su postura.

A Valerion.

A Lysander.

Después recordó cientos de rostros cuyos nombres había olvidado.

Guerreros de lugares que quizá ya no existían.

Siglos enteros dentro de la Arena.

—Tuve buenos maestros.

Grindel volvió a atacar.

---

El combate atravesó el salón.

Una mesa cayó.

Una columna recibió el golpe de una espada.

Grindel intentó empujar a León contra una pared.

León giró y utilizó su propio impulso para lanzarlo contra ella.

Grindel gruñó.

Se recuperó inmediatamente.

León no le dio tiempo.

Atacó.

Grindel bloqueó.

El impacto lo obligó a retroceder.

Otro golpe.

Después otro.

Hasta que Grindel lanzó una patada contra el pecho de León.

León cayó hacia atrás.

Grindel se abalanzó.

La espada descendió.

León rodó.

La hoja golpeó el suelo.

León pateó la rodilla de Grindel.

El usurpador perdió el equilibrio.

León se levantó.

Grindel también.

Ambos respiraban con fuerza.

Una pequeña línea de sangre recorría el rostro de León.

Grindel sonrió al verla.

—Así que todavía sangras.

León se limpió con los dedos.

Miró la sangre.

—Nunca dije que no.

Grindel volvió a sonreír.

—Entonces todavía puedes morir.

—También tú.

La sonrisa desapareció.

---

Grindel atacó con más violencia.

Ahora sí había furia.

León podía verla.

Y la reconocí.

Durante siglos había visto hombres pelear de aquella manera.

La rabia hacía fuerte un golpe.

También lo hacía predecible.

Grindel levantó demasiado el hombro.

León lo vio.

Esperó.

El golpe llegó.

León lo esquivó.

Su espada cortó el brazo de Grindel.

El usurpador gruñó y retrocedió.

León pudo atacar de nuevo.

No lo hizo.

Grindel miró la herida.

Después a su sobrino.

—¿Me tienes lástima?

—No.

—¡ENTONCES PELEA!

Grindel cargó.

León bloqueó.

Las espadas chocaron una y otra vez.

Grindel atacaba con toda su fuerza.

León respondía con precisión.

Hasta que una hoja golpeó a la otra en el ángulo correcto.

La espada de Grindel salió despedida.

Giró por el aire.

Cayó varios metros detrás de él.

Silencio.

Grindel quedó inmóvil.

León apuntó su espada hacia su pecho.

Podía hacerlo.

Un movimiento.

Nada más.

Durante casi mil años había imaginado aquel instante.

Había pensado en Valerion.

En Costa Dragón.

En Lysander.

En todos los que había perdido.

Había sobrevivido a siglos enteros pensando que algún día llegaría hasta aquel hombre.

Y ahora Grindel estaba frente a él.

Desarmado.

Grindel respiró profundamente.

—Hazlo.

León no se movió.

—Vamos.

Grindel abrió los brazos.

—¿No era esto lo que querías?

León lo observó.

—Cuando tenía quince años, sí.

Grindel frunció el ceño.

—Quería matarte más que cualquier otra cosa.

León bajó ligeramente la espada.

—Pensaba que si algún día lo conseguía, todo desaparecería.

Su padre está muerto.

Lysander muriendo entre sus brazos.

Lysariel.

Los siglos.

La Arena.

Nada desaparecería.

—Pero matar a un hombre no devuelve a los muertos.

Grindel soltó una pequeña carcajada.

—Tu padre habría dicho algo así.

León endureció la mirada.

—Mi padre te habría dado la oportunidad de rendirte.

—¿Y tú?

León acercó nuevamente la punta de la espada.

—Estoy intentando parecerme un poco más a él.

---

Entonces las puertas del salón se abrieron.

Thromin apareció primero.

Leif detrás.

Varios soldados entraron con ellos.

—León.

León no apartó los ojos de Grindel.

Thrombin observó la espada tirada en el suelo.

Después al usurpador.

—Supongo que llegamos tarde.

—Un poco.

Leif miró hacia las ventanas.

—Terminó.

Grindel giró la cabeza.

Leif continuó:

—Las últimas fuerzas se rindieron.

Silencio.

—Costa Dragón ha caído.

Grindel cerró los ojos durante un instante.

Treinta años.

Todo había terminado.

León mantuvo la espada frente a él.

—No.

Leif lo miró.

León observó a Grindel.

—Costa Dragón no cayó.

Sus ojos rojos recorrieron el salón que había pertenecido a su padre.

—Volvió.

Grindel abrió los ojos.

Por primera vez desde que León había entrado...

parecía derrotado.

Pero solo durante un segundo.

Después ocurrió algo extraño.

Sonrió.

León lo notó inmediatamente.

No era la sonrisa de un hombre que aceptaba su derrota.

Era la sonrisa de alguien que todavía guardaba una carta.

—¿Qué? —preguntó León.

Grindel no respondió.

—¿Qué estás sonriendo?

Grindel levantó lentamente la mirada.

—Casi mil años...

León sintió un escalofrío.

No le había dicho cuánto tiempo.

Thrombin también lo notó.

Su expresión cambió.

—¿Cómo sabes eso?

Grindel ignoró al enano.

Miró únicamente a León.

—Dijiste que para ti habían pasado más de treinta años.

León apretó la espada.

Grindel sonrió.

—Me pregunto cuánto puede cambiar un hombre después de tanto tiempo.

—Habla.

—Cuántas cosas puede olvidar.

León dio un paso.

—He dicho que hables.

Grindel miró hacia una de las puertas laterales del salón.

Entonces pronunció una sola palabra.

—Tráiganla.

León se quedó inmóvil.

Thromin levantó inmediatamente el hacha.

Leif miró hacia la puerta.

Se escucharon pasos al otro lado.

Lentos.

Irregulares.

León no sabía por qué...

pero de repente sintió miedo.

Un miedo que no había sentido ni siquiera en la Arena.

La puerta comenzó a abrirse.

Y Grindel volvió a sonreír.

Segunda parte: El último recurso de Grindel

La puerta lateral terminó de abrirse.

Primero apareció un guardia.

Después otro.

Y entre ambos caminaba una mujer.

Tenía las manos encadenadas.

Su ropa estaba gastada. Su cabello había perdido el cuidado de otros tiempos y su rostro mostraba el cansancio de alguien que llevaba demasiado tiempo encerrada.

Pero los años apenas habían tocado sus facciones.

Treinta años eran mucho para un humano.

No para una elfa.

León dejó de respirar.

La espada descendió lentamente.

Durante un instante, el salón desapareció.

No vio a Grindel.

No vio a Thromin.

No vio a Leif.

Solo a ella.

La mujer levantó la mirada.

Sus ojos encontraron los de León.

También se quedó inmóvil.

Los labios le temblaron.

—León...

La espada casi se le escapó de la mano.

—No...

Dio un paso hacia atrás.

Aquello no podía estar ocurriendo.

Había pasado siglos intentando recordar aquella voz.

Siglos repitiendo su nombre para no olvidarlo.

Había imaginado su rostro tantas veces que llegó a temer haberlo cambiado dentro de sus recuerdos.

—Lysariel...

Ella comenzó a llorar.

—Eres tú.

León negó lentamente con la cabeza.

Sus ojos se llenaron de lágrimas.

—Tú estás muerta.

Lysariel soltó una pequeña risa rota entre el llanto.

—No.

León dio un paso.

Después otro.

—Te vi caer.

—Quedé inconsciente.

—Te busqué.

—Lo sé.

—Pensé...

La voz se le quebró.

Por primera vez desde que había regresado de la Arena, León parecía nuevamente aquel muchacho perdido.

—Pensé que habías muerto.

Lysariel quiso acercarse.

Las cadenas la detuvieron.

—León...

Él dio otro paso.

Grindel se movió.

Todo ocurrió demasiado rápido.

Tomó a Lysariel por detrás y sacó una daga.

La hoja quedó contra su garganta.

León se detuvo inmediatamente.

Thromin levantó el hacha.

—¡Suéltala!

—¡NADIE SE MUEVA! —gritó Grindel.

Leif preparó su arma.

Grindel presionó ligeramente la daga.

Una fina línea roja apareció sobre la piel de Lys Ariel.

—¡NO! —gritó León.

Todo el salón quedó inmóvil.

Grindel sonrió.

Ahora sí tenía nuevamente el control.

—Ahí estás.

León lo miró.

—Suéltala.

—Hace un momento tenías una espada contra mi pecho.

—Esto es entre tú y yo.

—Hace treinta años dejó de serlo.

Lysariel intentó apartarse.

Grindel apretó más su brazo alrededor de ella.

—Quietecita.

León dio medio paso.

La daga presionó nuevamente.

Se detuvo.

—Grindel...

—Tira la espada.

Silencio.

Thromin miró a León.

—No.

Grindel sonrió.

—Escucha a tu amigo.

—No somos amigos —murmuró Thromin por costumbre.

Nadie rió.

Grindel movió apenas la daga.

—La espada.

Lysariel negó desesperadamente.

—León, no.

Él la miró.

Treinta años.

Ella había pasado treinta años prisionera de aquel hombre.