Leon Del Norte Capítulo 15 Primera parte #9
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Capítulo 15 Primera parte #9

En atravesar el salón y hundir una espada en el pecho de su tío.

Pero después de tanto tiempo...

no sentía lo que esperaba.

Sentía calma.

Thrombin colocó una mano sobre su brazo.

—León.

Abrió los ojos.

—Estoy bien.

Leif observó las puertas.

—Podemos entrar contigo.

León negó.

—No.

—León...

—Esta parte es mía.

Thromin frunció el ceño.

—No vas a hacer ninguna estupidez.

León sonrió ligeramente.

—Después de casi mil años, ¿todavía esperas eso de mí?

—Precisamente después de casi mil años.

León colocó una mano sobre la puerta.

—Si escuchan que necesito ayuda...

Thromin esperó.

León sonrió.

—Esperen un poco para que no parezca que la necesitaba.

Thromin puso los ojos en blanco.

—Ahí está el presumido.

León perdió lentamente la sonrisa.

Miró la puerta.

Y empujó.

---

El salón del trono estaba casi vacío.

Las enormes puertas se abrieron lentamente.

León entró.

Solo.

Cada paso resonó.

Uno.

Otro.

Otro.

Treinta años habían cambiado aquella sala.

Las banderas de Valerion habían desaparecido.

Los símbolos de Grindel cubrían las paredes.

Pero el trono...

seguía siendo el mismo.

Y sentado sobre él estaba Grindel.

León se detuvo.

Grindel levantó lentamente la cabeza.

Durante varios segundos ninguno habló.

Tío y sobrino.

Usurpador y heredero.

El hombre que había destruido su familia.

Y el niño al que no había conseguido destruir.

Grindel se levantó.

Sus ojos recorrieron el rostro de León.

No entendía.

Treinta años.

Y aquel hombre parecía prácticamente igual.

—Así que era verdad.

León no respondió.

Grindel descendió un escalón.

—Estás vivo.

—Tú también.

La voz de León fue tranquila.

Eso pareció molestar más a Grindel que un grito.

—Treinta años —dijo Grindel.

León sonrió ligeramente.

—Para ti.

Grindel frunció el ceño.

No comprendió.

León tampoco tenía intención de explicárselo.

Grindel observó la corona de guerra sobre su cabeza.

—Vienes vestido de rey.

León la tocó.

—No es mía.

—Todavía jugando al humilde.

—Nunca fui humilde.

Por primera vez, algo parecido a una sonrisa apareció en el rostro de Grindel.

—Eso sí lo heredaste de tu padre.

La expresión de León cambió.

Grindel lo notó.

—Valerion también creía que todo le pertenecía por nacimiento.

León avanzó un paso.

—No pronuncies su nombre.

Grindel sonrió.

—¿Todavía duele?

León permaneció quieto.

—Sí.

La respuesta sorprendió a Grindel.

León continuó:

—Siempre me dolerá.

Otro paso.

—Pero ya no soy el niño que estaba arrodillado ahí.

Señaló el suelo.

Grindel siguió la dirección de su mirada.

Recordó.

El cadáver de Valerion.

El muchacho llorando.

Los elfos entrando.

Lysander llevándoselo.

—No —admitió Grindel—. Parece que no.

León levantó la mirada.

—Y tú sigues sentado en la silla de mi padre.

Grindel descendió el último escalón.

—Mi silla.

León negó.

—Nunca lo fue.

---

Afuera comenzaron a escucharse gritos.

No de batalla.

De victoria.

Las fuerzas de León estaban tomando el resto del castillo.

Grindel miró hacia las ventanas.

—Trajiste medio mundo hasta mis puertas.

—No.

León se acercó otro paso.

—Vinieron porque durante treinta años les diste razones.

—¿Crees que te seguirán cuando esto termine?

—No necesito que lo hagan.

Grindel río.

—Sigues siendo ingenuo.

—Y tú sigues sin entender por qué perdiste.

La sonrisa desapareció.

León señaló las ventanas.

—Pensabas que Lysander perdió.

Grindel apretó la mandíbula.

—Murió.

—Sí.

León lo miró directamente.

—Y aun así te venció.

Grindel dio un paso hacia él.

—Yo destruí su reino.

—Y él destruyó cincuenta y nueve por ciento de tu ejército.

Silencio.

—Treinta años después todavía estás pagando por aquella victoria.

Grindel apretó los puños.

León continuó:

—Todo lo que ocurrió desde entonces comenzó en aquel bosque.

Recordó la última sonrisa de Lysander.

Bien.

—Él terminó su parte.

León levantó lentamente su espada.

—Yo vine a terminar la mía.

---

Grindel desenvainó su arma.

El sonido del acero recorrió el salón.

León observó aquella espada.

Durante casi mil años había imaginado enfrentarse a ella.

Pero no atacó.

Grindel tampoco.

Afuera, los sonidos de resistencia eran cada vez menores.

El reino estaba cayendo.

Grindel lo sabía.

—¿Crees que entrar aquí significa que ganaste?

León sostuvo su espada.

—No.

—Entonces ¿por qué sonríes?

León levantó ligeramente una ceja.

—Porque llevas treinta años sentado en ese trono...

Miró hacia las puertas abiertas.

Después hacía su tío.

—...y acabo de necesitar unas semanas para llegar hasta ti.

La furia apareció en el rostro de Grindel.

—¡TÚ NO ERES REY!

León no reaccionó.

—Todavía no.

Grindel levantó la espada.

León hizo lo mismo.

Los ojos rojos del hijo de Valerio permanecieron clavados en él.

Afuera, miles de soldados ocupaban Costa Dragón.

Las banderas de Grindel comenzaban a caer de las murallas.

Treinta años de dominio se desmoronaron alrededor de ambos.

Pero la guerra todavía no había terminado.

Porque por primera vez desde aquella noche en que Valerio murió...

Grindel y León estaban frente a frente.

Con una espada en la mano.

Y esta vez...

Nadie iba a sacar a León de aquel salón.

Batalla Final - Fin