Leon Del Norte Capítulo 15 Primera parte #8
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Capítulo 15 Primera parte #8

—¡Mantengan la FORMACIÓN!

Las máquinas de asedio comenzaron a responder.

Piedras golpearon las torres.

Las puertas temblaron.

Entonces los gigantes salieron.

León los vio inmediatamente.

—Ahí están.

Thromin sonrió.

—Déjame adivinar. ¿Otra idea brillante?

—Esta vez no.

León desenvainó la espada.

—Esta vez golpeamos.

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La batalla se extendió frente a las murallas.

Los gigantes chocaron contra las primeras filas enanas.

Uno levantó a un soldado y lo lanzó varios metros.

Otro golpeó un escudo con tanta fuerza que lo partió. Pero ya no estaban enfrentándose a un ejército que desconocía cómo combatirlos.

León había aprendido.

Los dracónidos atacaban sus piernas.

Los enanos cerraban alrededor de ellos.

Los druidas disparaban desde posiciones elevadas.

Uno de los gigantes cayó.

Después otro.

León pasó debajo del golpe de un tercero y hundió la espada detrás de su rodilla.

La criatura cayó sobre una pierna.

Thromin apareció por el otro lado.

—¡APÁRTATE!

León rodó.

El hacha de Thromin golpeó.

El gigante cayó.

Thromin respiró profundamente.

—Eso cuenta como mío.

León se levantó.

—Lo derribé yo.

—Yo lo terminé.

—Después discutimos.

—Llevamos casi mil años discutiendo todo.

—Entonces puedes esperar un poco más.

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En el norte sonó un cuerno.

León levantó la cabeza.

Leif.

La señal.

Habían encontrado el punto débil.

León alzó su espada.

—¡AHORA!

Los enanos cambiaron de dirección.

Las fuerzas que parecían concentradas en las puertas comenzaron a desplazarse.

Grindel comprendió demasiado tarde.

El ataque frontal nunca había sido el verdadero objetivo.

Los druidas alcanzaron la sección norte.

Las máquinas de asedio giraron.

Golpearon una vez.

Dos.

Tres.

La piedra comenzó a romperse.

León observó.

—Otra.

El impacto sacudió la muralla.

Apareció una grieta.

—¡OTRA!

La siguiente piedra abrió una sección completa.

Los soldados gritaron.

León levantó la espada.

—¡ENTREN!

Miles avanzaron.

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La lucha dentro de las murallas fue diferente.

Calles estrechas.

Casas.

Plazas.

León tuvo que contener a sus propias fuerzas.

—¡NINGÚN CIVIL!

La orden pasó de capitán a capitán.

—¡NO ENTREN EN LAS CASAS!

Un grupo de orcos disparó desde una torre.

León señaló.

—¡SOLO SOLDADOS!

No permitiría que la recuperación de Costa Dragón destruyera aquello que pretendía recuperar.

Los habitantes comenzaron a asomarse desde puertas y ventanas.

Algunos llevaban toda su vida bajo Grindel.

Otros eran suficientemente viejos para recordar a otro rey.

Un hombre observa desde una ventana.

Vio la corona de guerra.

Después los ojos rojos.

Su expresión cambió.

—León...

El nombre pasó a otra persona.

Después a otra.

—Es León.

—El hijo de Valerio.

Las voces comenzaron a recorrer las calles.

León las escuchó.

No se detuvo.

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Llegó a una plaza.

Y entonces sí tuvo que hacerlo.

Reconoció una fuente.

Estaba rota.

Pero era la misma.

Recordó correr alrededor de ella siendo niño.

Recordó a Valerion llamándolo desde unas escaleras.

Recordó a Thorgaard riéndose.

León tocó la piedra.

Casi mil años.

Para él había pasado una eternidad.

Para aquella fuente, solo treinta.

—León.

Leif estaba detrás.

—Tenemos que continuar.

León retiró la mano.

—Lo sé.

Miró hacia el castillo.

Allí estaba.

Más cerca que nunca.

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Las fuerzas de Grindel comenzaron a retirarse hacia el interior de la ciudad.

No era una retirada organizada.

Tenía miedo.

Los enanos habían atravesado las murallas.

Los druidas controlaban el norte.

Los dracónidos habían roto las posiciones del sur.

El ejército de Grindel estaba siendo empujado hacia el castillo.

León avanzó.

Cada calle le devolvía algo.

Un recuerdo.

Una imagen.

Una voz.

Hasta que finalmente llegó a la gran avenida.

Al final estaba el castillo.

El mismo lugar donde había visto morir a su padre.

León se detuvo.

Thromin apareció a su lado.

—¿Preparado?

León contempló las puertas.

Recordó a un muchacho de quince años arrodillado en el suelo.

Impotente.

Llorando.

Aquel muchacho había desaparecido hacía mucho tiempo.

León levantó la espada.

—Treinta años más tarde.

Sus ojos rojos se clavaron en el castillo.

—Pero sí.

Las últimas fuerzas de Grindel cerraron filas frente a las puertas.

Detrás de León, miles de soldados comenzaron a ocupar la avenida.

Enanos.

Druidas.

Dracónidos.

Leif levantó su arma.

Thrombin hizo lo mismo.

León dio un paso al frente.

Había vuelto a Costa Dragón.

Ahora solo quedaba recuperar el castillo.

Cuarta parte: El sobrino y el usurpador

Las puertas del castillo permanecían cerradas.

Frente a ellas, los últimos soldados de Grindel formaron una línea.

León contempló aquella entrada en silencio.

La recordaba abierta.

Recordaba atravesar corriendo cuando era niño. Recordaba a los guardias inclinando la cabeza al verlo pasar. Recordaba a su padre regresando de viajes mientras él esperaba impaciente en aquellas escaleras.

También recordaba la última vez.

Fuego.

Sangre.

Gritos.

Y Grindel.

Thromin levantó su hacha.

—¿Ordenó atacar?

León negó.

—No.

Avanzó solo.

—¡LEÓN! —gritó Leif.

León levantó una mano.

Continuó caminando.

Los orcos prepararon sus armas.

León se detuvo a varios metros.

—Tienen dos opciones.

Nadie respondió.

—Pueden morir defendiendo a Grindel...

Señaló las puertas detrás de ellos.

—...o pueden apartarse.

Uno de los capitanes orcos escupió al suelo.

—Grindel es nuestro rey.

León lo miró.

—Entonces pregúntate por qué está detrás de esas puertas mientras tú estás aquí.

El orco guardó silencio.

León bajó la espada.

—No he venido a exterminar a los orcos. He venido por él.

Algunos soldados comenzaron a mirarse.

—Treinta años luchando por sus conquistas. Treinta años muriendo para mantenerlo sentado en un trono que robó.

León abrió los brazos.

—Y ahora que su reino cae, ¿dónde está?

Silencio.

—Dentro.

Aquella palabra hizo más daño que cualquier espada.

Uno de los orcos bajó lentamente su arma.

Después otro.

El capitán lo miró.

—¡LEVÁNTALA!

No obedeció.

Otro soldado dejó caer una lanza.

El sonido del metal golpeando el suelo recorrió la entrada.

Luego otro.

Y otro.

El capitán observó a sus hombres.

—¡Cobardes!

León se acercó.

—No.

Miró las armas en el suelo.

—Ya murieron suficientes por Grindel.

El capitán apretó los dientes.

Durante unos segundos pareció dispuesto a atacar.

Finalmente soltó su espada.

León pasó junto a él.

—Buena decisión.

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Las enormes puertas comenzaron a abrirse.

León sintió que algo se cerraba dentro de su pecho.

El patio.

Las columnas.

Las escaleras.

Todo estaba allí.

Diferente.

Más oscuro.

Algunas estatuas habían desaparecido. Los símbolos de su familia habían sido arrancados o sustituidos.

Pero reconocía cada rincón.

Thromin y Leif entraron detrás de él.

Miles de soldados permanecieron fuera.

León había dado una orden.

Solo entrarían las unidades necesarias para asegurar el castillo.

No quería convertir su hogar en una tumba.

Un pequeño grupo de soldados de Grindel intentó detenerlos en el patio.

Duraron poco.

Otros se rindieron.

Cuanto más avanzaba León, menor era la resistencia.

El reino ya sabía quién había ganado.

Solo faltaba que Grindel lo aceptara.

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Llegaron a los corredores interiores.

León disminuyó el paso.

Había una pared que reconocía.

Una ventana.

Unas escaleras.

Pasó los dedos sobre la piedra mientras caminaba.

Casi podía escuchar sus propios pasos infantiles corriendo por aquellos pasillos.

Entonces vio una puerta.

Se detuvo.

Thromin casi se choca con él.

—¿Qué ocurre?

León no respondió.

Recuerdo aquella habitación.

Su antigua habitación.

La puerta estaba entreabierta.

Entró.

No quedaba prácticamente nada suyo.

Muebles diferentes.

Polvo.

Cajas.

Pero junto a una pared todavía permanecía una pequeña marca sobre la piedra.

León se acercó.

La tocó.

Él mismo la había hecho con una espada de madera.

Su padre se enfadó muchísimo.

León sonrió.

—Me castigó una semana por esto.

Leif se acercó.

—¿Valerion?

León asintió.

—Dijo que un príncipe no destruye su propio castillo.

Thromin observó la marca.

—Tenía razón.

León lo miró.

—Tenía doce años.

—A los doce ya eras idiota.

—Gracias.

León permaneció unos segundos más allí.

Después salió.

No había vuelto para vivir entre recuerdos.

Había vuelto para recuperar lo que quedaba.

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Cuanto más se acercaban al salón del trono, más soldados se encontraban.

Esta vez no se rindieron.

El corredor se llenó de acero.

León desenvainó su espada.

Thromin levantó el hacha.

Leif preparó su arma.

Los tres avanzaron.

León bloqueó el primer golpe.

Giró.

Golpeó.

Otro orco apareció por la izquierda.

León se inclinó y lo derribó.

Thromin atravesó la formación enemiga a su lado.

—¡PODRÍAS DEJAR ALGUNO!

—¡ERES MUY LENTO!

—¡SOY MÁS VIEJO QUE TÚ!

León bloqueó otra espada.

—¡TÉCNICAMENTE YO TENGO CASI MIL AÑOS!

—¡TÉCNICAMENTE ERES UN IDIOTA DE VEINTICINCO!

Leif soltó una carcajada mientras derribaba a otro enemigo.

—¡¿USTEDES DOS SIEMPRE PELEAN ASÍ?!

—¡SÍ! —respondieron ambos.

El último grupo retrocedió.

León avanzó.

Hasta que finalmente quedó frente a aquellas puertas.

Las reconoció inmediatamente.

Y esta vez no hubo sonrisa.

El salón del trono.

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León se quedó quieto.

El mundo alrededor parecía apagarse.

Ya no escuchaba a los soldados.

Ni a Thromin.

Ni a Leif.

Volvió a tener quince años.

Volvió a ver a Valerion.

Volvió a escuchar la espada atravesándolo.

Volvió a sentir sus rodillas golpeando el suelo.

Su padre murió frente a él.

Y Grindel observándose.

León cerró los ojos.

Durante casi mil años había imaginado aquel momento.

Había pensado en entrar gritando.

En destruir las puertas.