Capítulo 15 Primera parte #7
La primera lluvia cayó sobre las filas delanteras.
La segunda llegó antes de que pudieran reorganizarse.
Después una tercera.
Los orcos levantaron escudos y continuaron avanzando.
León observó.
No intentaba detenerlos.
Quería obligarlos a concentrarse.
—Centro, retrocedan.
Los enanos comenzaron a retirarse ordenadamente.
Desde lejos parece otra cosa.
Grindel sonrió.
—Está retrocediendo.
Su general observó con preocupación.
—Demasiado pronto.
Pero Grindel ya había dado la orden.
—¡LOS GIGANTES!
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León vio las enormes figuras comenzar a correr.
La tierra tembló.
Leif lo miró.
—Ahí vienen.
León esperó.
Los gigantes atravesaron las filas orcas.
Exactamente como había previsto.
Directamente hacia el centro.
—Ahora sí.
Sonaron los cuernos.
Las filas enanas que parecían retirarse se separaron.
Los gigantes encontraron un enorme espacio vacío frente a ellos.
Y desde ambos lados aparecieron los dracónidos.
Lanzas largas.
Cadenas.
Armas diseñadas para derribar enemigos mucho mayores.
Los gigantes intentaron detenerse.
Demasiado tarde.
Las primeras líneas chocaron.
Uno cayó.
Después otro.
Los enanos regresaron.
Ahora desde los flancos.
Los gigantes que debían destruir el centro quedaron rodeados.
Thromin levantó su hacha.
—Eso sí me gusta.
Y corrió hacia ellos.
—¡THROMIN!
El enano se giró mientras corría.
—¿QUÉ?
—¡INTENTA NO MORIR!
—¡DESPUÉS DE MIL AÑOS CONTIGO, SERÍA UNA FORMA ESTÚPIDA DE TERMINAR!
León soltó una carcajada.
Después desenvainó su espada.
—Leif.
El druida sonrió.
—Ya sé.
Ambos avanzaron.
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Entonces la llanura explotó.
Decenas de miles de soldados chocaron.
Acero contra acero.
Escudos.
Flechas.
Gritos.
León entró en la batalla junto a sus hombres.
Un orco lanzó un golpe hacia su cabeza.
León lo esquivó.
Otro apareció por la derecha.
Su espada cambió de dirección antes de que el atacante termina de levantar la suya.
Un tercero.
Después un cuarto.
León no contaba.
Hacía siglos que había dejado de hacerlo.
Pero tampoco perseguía enemigos.
Avanzaba únicamente cuando sus líneas avanzaban.
Retrocedía cuando necesitaba reorganizarse.
Observaba.
Pensaba.
Dirigía.
Aquello era lo que la Arena nunca le había enseñado.
Allí había luchado para sobrevivir.
Aquí tenía que conseguir que sobrevivieron otros.
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Grindel observaba desde lejos.
Al principio creyó que León simplemente estaba al frente de aquella alianza.
Entonces comenzó a comprender.
Los movimientos.
Las retiradas.
Los cambios de formación.
Las órdenes.
Todo pasaba por él.
—Él los dirige —murmuró.
Su general asintió.
—Sí.
Grindel apretó el puño.
El niño que había visto llorando junto al cadáver de Valerion dirigía ahora un ejército mayor que el suyo.
—Rompan su centro.
—Ya lo intentamos.
—¡ENTONCES HÁGANLO OTRA VEZ!
—Mi rey, los gigantes están quedando aislados.
Grindel miró.
Era cierto.
Uno tras otro estaban cayendo.
No porque fueran débiles.
Porque León no les permitía luchar donde eran fuertes.
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Horas después, la batalla continuaba.
Pero algo había cambiado.
Las líneas de Grindel retrocedía.
Poco.
Después otro poco.
Hasta que comenzó a ser evidente.
Leif llegó junto a León, cubierto de barro y sangre.
—El flanco izquierdo está cediendo.
—No los persigas demasiado.
—¿Otra vez?
—Quiero que retroceden juntos.
Leif comprendió.
—Los estás empujando.
León señaló el horizonte.
Detrás de las fuerzas de Grindel comenzaban los caminos que conducían hacia Costa Dragón.
—Exactamente.
No quería destruir todo el ejército allí.
Quería obligarlo a retroceder.
Quería que cada derrota lo acercara a casa.
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Al caer la tarde, Grindel ordenó retirada.
No tuvo otra opción.
Sus soldados comenzaron a abandonar la llanura.
León no permitió una persecución descontrolada.
Los dejó marcharse.
Thrombin regresó caminando, con el hacha sobre el hombro.
—Podíamos haberlos perseguido.
—Sí.
—Podíamos haber matado a muchos más.
—También.
Thromin miró a León.
—Entonces ¿por qué no?
León observó las fuerzas enemigas desapareciendo a lo lejos.
—Porque quiero que Grindel siga tomando decisiones.
—¿Hasta cuándo?
León guardó su espada.
—Hasta que ya no tenga ninguna.
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Esa noche no hubo celebración.
Habían ganado.
Pero también habían muerto soldados.
León caminó entre las fogatas.
Enanos atendían a sus heridos.
Druidas preparaban remedios.
Dracónidos reparaban armas.
Algunos espacios alrededor de las hogueras estaban vacíos.
León los observó en silencio.
Ciento quince mil parecía una cifra inmensa cuando estaba escrita sobre un mapa.
Allí cada número tenía un rostro.
Y cada error suyo podía convertir uno de esos rostros en un cadáver.
Leif se acercó.
—Ganamos.
León asintió.
—Hoy.
—¿No estás satisfecho?
León miró hacia las fogatas.
—Lysander perdió miles para conseguir aquel cincuenta y nueve por ciento.
Leif guardó silencio.
—Cuando era joven pensé que dirigir un ejército significaba saber cómo ganar.
León observó a un druida vendando el brazo de un enano.
—Ahora creo que significa decidir cuánto estás dispuesto a perder para hacerlo.
Leif miró hacia el camino por donde Grindel había escapado.
—¿Y cuánto estás dispuesto a perder?
León respondió sin apartar la mirada de sus soldados.
—Lo menos posible.
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Los enfrentamientos continuaron durante los días siguientes.
Grindel intentó detenerlos en pasos estrechos.
León los rodeó.
Fortificó puentes.
Los druidas cruzaron por el bosque.
Envío gigantes.
Los dracónidos los aislaron.
Intentó ataques nocturnos.
León cambió los campamentos y duplicó las guardias.
Cada batalla era distinta.
Pero el resultado comenzaba a repetirse.
Grindel retrocedió.
Kilómetro tras kilómetro.
Fortaleza tras fortaleza.
Hasta que una mañana un explorador llegó al campamento de León.
—Comandante.
León levantó la mirada del mapa.
—Habla.
El hombre respiró profundamente.
—La siguiente defensa está retirándose.
—¿Hacia dónde?
El explorador señaló el oeste.
—Costa Dragón.
León quedó inmóvil.
Thromin y Leif se miraron.
El explorador continuó:
—Parece que Grindel está reuniendo lo que le queda alrededor del reino.
León se levantó lentamente.
Treinta años para el mundo.
Casi mil para él.
Finalmente.
—¿A qué distancia estamos?
—Si seguimos avanzando...
El explorador dudó.
—Mañana podremos verlo.
León no respondió.
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Aquella noche apenas durmió.
Cuando cerraba los ojos no veía la Arena.
Veía un castillo.
Un niño corriendo por sus pasillos.
Valerion sentado en el trono.
Su madre, aunque apenas podía recordarla.
Thorgaard.
Aznar.
Lysander.
Lysariel.
Su espada.
Su hogar.
Antes del amanecer León ya estaba despierto.
Se colocó la armadura.
Tomó la espada.
Y salió.
Thrombin lo esperaba.
—No dormiste.
—Tú tampoco.
—Yo soy enano. Tenemos excusas para estar de mal humor. León sonrió.
Leif apareció detrás.
—Los soldados están preparados.
León miró hacia el camino.
—Entonces vamos.
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El ejército comenzó a avanzar.
No hubo gritos.
No hubo discursos.
Solo pasos.
Miles y miles de pasos.
El camino comenzó a elevarse.
León cabalgaba al frente.
Cuando llegaron a la cima, levantó lentamente la mirada.
Y se detuvo.
Thromin estuvo a punto de preguntarle qué ocurría.
Entonces también lo vio.
A lo lejos.
Entre montañas y campos.
Las primeras torres.
Las murallas.
Y detrás de ellas, elevándose sobre todo lo demás...
el castillo.
Costa Dragón.
León no respiró.
Durante casi mil años había intentado recordar exactamente cómo se veía.
Ahora estaba frente a él.
Distinto.
Oscurecido.
Marcado por treinta años bajo Grindel.
Pero seguía allí.
Su hogar.
Leif se detuvo a su lado.
Thrombin no hizo ninguna broma.
León desmontó.
Dio algunos pasos hacia adelante.
Sus ojos rojos permanecieron clavados en el horizonte.
—Padre... —susurró.
El viento recorrió la colina.
León apretó la empuñadura de su espada.
Detrás de él, ciento quince mil soldados comenzaron a llegar a la cima.
Y uno tras otro...
vieron Costa Dragón.
Tercera parte: El regreso a Costa Dragón
León permaneció inmóvil sobre la colina.
Costa Dragón.
Durante casi mil años había repetido aquel nombre para no olvidarlo.
Ahora podía verlo.
Las murallas seguían en pie, aunque habían sido ampliadas y reforzadas. Nuevas torres se levantaban alrededor de la ciudad. Las antiguas banderas de su familia habían desaparecido.
En su lugar ondeaban las de Grindel.
León apretó la mandíbula.
Recordaba aquellas tierras llenas de comerciantes, viajeros y caminos transitados.
Ahora había puestos militares.
Empalizadas.
Torres de vigilancia.
Treinta años de gobierno habían convertido su hogar en una fortaleza.
Thromin se colocó junto a él.
—¿Es como lo recordabas?
León tardó en responder.
—No.
Miró el castillo.
—Pero sigue siendo mi hogar.
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El ejército descendió de las colinas.
Esta vez Grindel no retrocedió.
Había concentrado allí las fuerzas que todavía podía reunir.
Miles de orcos formaban frente a las murallas. Los gigantes supervivientes estaban distribuidos entre las líneas y las torres estaban llenas de arqueros.
Leif observó las defensas.
—Nos estaba esperando.
—Es lo único que le queda —respondió León.
Thromin levantó su hacha.
—Entonces terminemos.
León negó.
—Todavía no.
Observó las murallas durante varios minutos.
Las conocía.
O al menos había conocido las originales.
De niño había recorrido aquellos caminos. Había escapado de sus guardias. Había jugado entre las torres.
Y treinta años de modificaciones no podían borrar completamente sus cimientos.
León señaló el lado norte.
—Esa muralla fue construida sobre terreno inclinado. Mi padre siempre decía que era el punto más difícil de reforzar.
Leif miró.
—¿Después de treinta años seguirá igual?
—Vamos a descubrirlo.
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El ataque comenzó poco después.
Los enanos avanzaron por el centro protegidos detrás de enormes escudos.
Los dracónidos atacaron desde el sur.
Leif condujo a los druidas hacia el norte.
Grindel respondió con flechas.
Miles descendieron desde las murallas.
—¡ESCUDOS! —gritó Thromin.
Las filas enanas se cerraron.
Las flechas golpearon como lluvia sobre metal.
León avanzó entre ellos.
Una flecha chocó contra su armadura.
Otra quedó clavada en un escudo frente a su rostro.
Siguió caminando.