Capítulo 15 Primera parte #6
Debía aprender a utilizarlo.
Cuando terminó el enfrentamiento, varios orcos habían arrojado sus armas.
León levantó la espada.
—¡BASTA!
Los enanos se detuvieron.
Un capitán señaló a los prisioneros.
—Son soldados de Grindel.
—Ya no están luchando.
—Podrían volver.
León miró a los orcos.
—Entonces tendrán que decidir si quieren morir por un rey que los manda contra ciento quince mil soldados.
Los prisioneros lo observaron.
Uno reconoció sus ojos.
—León...
León se acercó.
—Sí.
El orco retrocedió.
León envió la espada.
—Regresa con Grindel.
El capitán enano lo miró sorprendido.
—¿Qué?
León no apartó los ojos del prisionero.
—Dile que estoy vivo.
El orco permaneció inmóvil.
—Dile que crucé el mar.
León dio otro paso.
—Dile que los enanos marchan conmigo.
Otro.
—Que los druidas marchan conmigo.
Otro.
—Que los dracónidos marchan conmigo.
El orco tragó saliva.
León se detuvo frente a él.
—Y dile algo más.
Sus ojos rojos se clavaron en los del soldado.
—Esta vez no voy a detenerme en las puertas.
---
Los prisioneros fueron liberados.
Algunos soldados enanos no estuvieron de acuerdo.
Pero nadie contradijo la orden.
Dos días después, uno de aquellos orcos llegó a Costa Dragón.
Grindel recibió el mensaje.
Esta vez no rio.
—¿Cuántos? —preguntó.
El orco permanecía arrodillado.
—No lo sé.
—¡¿CUÁNTOS?!
—Miles.
Grindel descendió del trono.
—Eso ya lo sé.
El soldado levantó la cabeza.
—No vimos el ejército completo. Se dividieron.
Grindel se detuvo.
—¿Se dividieron?
—Sí.
Uno de los generales se acercó al mapa.
—¿En qué direcciones?
El orco explicó lo que había visto.
Tres columnas.
Distintas rutas.
Grindel observó el mapa.
Una hacia el centro.
Otra entre los bosques.
Otra hacia el sur.
No sabía cuál era la principal.
No sabía dónde estaba León.
No sabía cuántos soldados había realmente.
Por primera vez en décadas, el mapa de sus dominios parecía demasiado grande.
—Movilicen las guarniciones —ordenó.
Un general dudó.
—¿Cuáles?
Grindel levantó la mirada.
La pregunta lo irritó porque no tenía respuesta.
Si enviaba demasiados soldados al norte, podía dejar el sur abierto.
Si concentraba fuerzas en el centro, los druidas podían rodearlo.
Si perseguía a los dracónidos, quizá León avanzaría directamente hacia Costa Dragón.
—Todas.
—Mi rey...
—¡TODAS!
El general inclinó la cabeza.
Grindel miró nuevamente el mapa.
Treinta años.
Durante treinta años había construido aquel dominio.
Pueblo por pueblo.
Camino por camino.
Fortaleza por fortaleza.
Y ahora un muerto había regresado para arrebatárselo.
---
Durante los siguientes días, las tres columnas continuaron avanzando.
Leif atravesó los bosques evitando enfrentamientos innecesarios.
Los dracónidos recuperaron varias rutas del sur.
León avanzó por el centro.
Y exactamente como había previsto, Grindel comenzó a mover sus tropas.
Una guarnición abandonó una fortaleza para reforzar otra.
Un paso quedó sin protección.
Una carretera dejó de estar vigilada.
León aprovechó cada error.
No conquistaba territorio.
Lo abría.
Permitía que los pueblos expulsaran a las pequeñas fuerzas que Grindel dejaba atrás.
Cada kilómetro que avanzaban hacía más difícil para el usurpador controlar lo que había tomado durante treinta años.
Finalmente, las tres columnas volvieron a reunirse.
León subió nuevamente a una elevación.
Abajo, el ejército recuperaba su forma.
Primero aparecieron los druidas.
Después las fuerzas dracónidas.
Finalmente las enormes columnas enanas.
Ciento quince mil soldados reunidos otra vez.
Leif cabalgó hasta León.
—¿Nos extrañaste?
—No.
—Mentiroso.
Thromin apareció detrás.
—Yo sí extrañé el silencio.
Leif río.
León miró hacia el horizonte.
Ya no sonreía.
Allí comenzaban las tierras que llevaban décadas directamente bajo el dominio de Grindel.
A partir de aquel punto no encontraron pequeñas guarniciones.
Encontrarán un ejército.
León bajó de su caballo.
Caminó hasta una roca elevada.
Miles de soldados comenzaron a verlo.
El murmullo disminuyó.
León contempló aquel ejército formado por pueblos distintos.
Enanos.
Druidas.
Dracónidos.
Hombres que se habían unido durante el camino.
No eran un solo pueblo.
No compartían un rey.
Pero compartían un enemigo.
León levantó la voz.
—¡HACE TREINTA AÑOS, GRINDEL DESTRUYÓ EL REINO DE LOS ELFOS!
El silencio fue absoluto.
—¡CREYÓ QUE HABÍA GANADO!
León miró hacia las filas.
—¡PERO PARA CONSEGUIRLO TUVO QUE ENTREGAR CINCUENTA Y NUEVE DE CADA CIEN SOLDADOS QUE LLEVÓ A AQUEL BOSQUE!
Algunos guerreros comenzaron a golpear sus armas contra los escudos.
León recordó a Lysander.
La sangre.
Su sonrisa.
Bien.
—¡LYSANDER SABÍA QUE NO VERÍA ESTE DÍA!
La voz de León se endureció.
—¡SABÍA QUE TAL VEZ SU REINO CAERÍA!
Golpeó su pecho con el puño.
—¡PERO TAMBIÉN SABÍA QUE SI HACÍA SANGRAR LO SUFICIENTE A GRINDEL, ALGÚN DÍA OTROS PODRÍAN TERMINAR LO QUE ÉL EMPEZÓ!
Los golpes contra los escudos aumentaron.
León desenvainó su espada.
—¡ESE DÍA ES HOY!
El rugido atravesó el campo.
León levantó la espada.
—¡NO DESPERDICIEN LO QUE ÉL NOS COMPRÓ CON SU VIDA!
Ciento quince mil soldados respondieron.
El sonido pareció estremecer la tierra.
León bajó lentamente la espada.
Sus ojos rojos permanecieron fijos en el horizonte.
—Avancen.
---
A kilómetros de allí, los vigías de Grindel comenzaron a ver polvo levantándose sobre las llanuras.
Al principio pensaron que era una tormenta.
Después aparecieron las primeras banderas.
Una.
Diez.
Cien.
Miles.
Un explorador montó inmediatamente.
Cabalgó hasta que su caballo casi cayó exhausto.
Cuando llegó al campamento principal de Grindel, apenas podía hablar.
—Mi rey...
Grindel salió de su tienda.
—¿Qué?
El explorador respiró.
—Ya sabemos cuántos son.
Grindel se quedó quieto.
—Habla.
—Más de cien mil.
Nadie alrededor dijo nada.
—¿Cuántos más?
El explorador tragó saliva.
—Nuestros vigías calculan alrededor de ciento quince mil.
Grindel miró hacia el horizonte.
Durante años había escuchado historias.
El hijo de Valerio.
El gran León.
El príncipe exiliado.
Después desapareció.
Grindel creyó que el tiempo había resuelto aquel problema por él.
Pero ahora estaba de regreso.
Y no había vuelto solo.
Un general se acercó.
—¿Qué hacemos?
Grindel observó las banderas que comenzaban a distinguirse a lo lejos.
Enanas.
Druidas.
Dracónidas.
Tres pueblos.
Un solo ejército.
Y en algún lugar al frente estaba su sobrino.
Grindel apretó los dientes.
—Reúnan a todos.
El general inclinó la cabeza.
—Sí, mi rey.
Grindel continuó mirando el horizonte.
Treinta años atrás había visto a León caer entre los cadáveres de los elfos.
Había pensado que aquella historia había terminado.
Se equivocó.
A lo lejos comenzaron a escucharse los cuernos del ejército enemigo.
Uno.
Después otro.
Y otro.
Hasta que decenas respondieron al mismo tiempo.
León levantó su espada desde la primera línea.
Detrás de él, ciento quince mil soldados avanzaron.
La tierra comenzó a temblar.
La guerra que Lysander había comenzado treinta años atrás...
acababa de continuar.
Segunda parte: La guerra de Lysander continúa
Los dos ejércitos se vieron al amanecer.
Por primera vez, León pudo contemplar la fuerza que Grindel había reunido para detenerlo. Miles de orcos cubrían la llanura.
Había gigantes entre sus filas, menos numerosos que treinta años atrás, pero todavía suficientes para romper una formación si conseguían acercarse. Viejas máquinas de guerra habían sido colocadas detrás de la infantería.
León observó todo desde una pequeña elevación.
No necesitaba conocer cada cifra para comprender lo que veía.
Grindel seguía teniendo un ejército poderoso.
Pero no era el ejército que había entrado en el reino de los elfos.
Aquellos ciento cincuenta mil soldados ya no existían.
Lysander se había asegurado de eso.
Thrombin llegó junto a León.
—Podemos aplastarlos por número.
León negó.
—Pensar eso sería regalarle miles de vidas.
Thromin sonrió ligeramente.
—Bien. Quería comprobar que casi mil años sirvieron para algo.
León señaló las líneas enemigas.
—Mira los gigantes.
Thrombin observó.
—¿Qué tienen?
—Los puso detrás.
Leif se acercó desde el otro lado.
León continuó:
—Quiere que nos ataquemos. Cuando nuestras primeras filas estén ocupadas con los orcos, soltará a los gigantes para romper el centro.
Leif miró hacia el enemigo.
—Entonces no atacamos.
León sonrió.
—Exactamente.
---
Pasó una hora.
Después otra.
Ningún ejército avanzó.
Los soldados esperaban.
Grindel también.
Desde su posición podía distinguir las interminables filas enemigas.
—¿Por qué no atacan? —preguntó.
Uno de sus generales observó el campo.
—Tal vez esperan que nosotros lo hagamos.
Grindel apretó la mandíbula.
—Entonces esperaremos.
Otra hora.
Nada.
Hasta que comenzaron a escucharse golpes.
Los enanos golpeaban lentamente sus escudos.
Uno.
Otro.
Otro.
Miles al mismo tiempo.
Después comenzaron los druidas.
Luego los dracónidos.
El sonido recorría la llanura.
Grindel comprendió lo que León estaba haciendo.
Esperando.
Obligándolo a elegir.
—Maldito seas —murmuró.
---
León permanecía sentado sobre una roca.
Thromin lo miró.
—¿Piensas quedarte ahí?
—Sí.
—Hay una guerra frente a nosotros.
—Lo sé.
—Podrías parecer un poco preocupado.
León levantó una ceja.
—Estoy preocupado.
—Pues tienes una manera extraña de demostrarlo.
León volvió a mirar el campo.
—Lysander me enseñó algo.
La expresión de Thrombin cambió.
—¿Qué?
—Un enemigo enfadado toma decisiones por ti.
Thromin observó las filas de Grindel.
León sonrió.
—Así que dejemos que se enfade.
---
Funcionó.
Grindel terminó levantándose.
—Avancen.
El general a su lado dudó.
—Mi rey, quizá deberíamos...
—¡HE DICHO QUE AVANCEN!
Los cuernos orcos sonaron.
Miles comenzaron a moverse.
León se puso de pie.
La sonrisa desapareció.
—Ahora.
Los arqueros enanos levantaron sus armas.
Los druidas hicieron lo mismo.
—Esperen.
Los orcos avanzaron.
Más cerca.
Más.
León no se movió.
Un capitán comenzó a ponerse nervioso.
—Comandante...
—Esperen.
Los gritos enemigos ya podían escucharse.
León levantó la mano.
Silencio.
Entonces la bajó.
—Ahora.
El cielo se oscureció.
Miles de flechas volaron.