Leon Del Norte Capítulo 15 Primera parte #5
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Capítulo 15 Primera parte #5

León no apartó los ojos del horizonte.

—He pasado casi mil años esperando volver.

Thromin suspiró.

—Y yo casi mil años escuchándote quejarte. Siéntate.

Leif soltó una carcajada.

León giró la cabeza.

—¿Ves por qué digo que es insoportable?

—Me cae bien —respondió Leif.

Thromin lo señaló.

—Por fin alguien inteligente.

—Hablas demasiado, pero me caes bien.

Thrombin bajó lentamente la mano.

León sonrió.

—Ahora entiendes mi sufrimiento.

—Los odio a los dos.

La sonrisa de León desapareció cuando algo surgió en el horizonte.

Tierra.

El Continente Dragón.

Habían llegado.

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Los primeros barcos tocaron la costa horas después.

Los dracónidos desembarcaron antes que nadie.

Conocían aquellas tierras mejor que los demás y aseguraron la playa mientras las embarcaciones enanas comenzaban a acercarse.

León saltó al agua antes de que su barco terminara de detenerse.

El agua le llegó casi hasta las rodillas.

Caminó.

Cada paso levantaba pequeñas olas alrededor de sus piernas.

Cuando finalmente pisó tierra firme, se detuvo.

Thrombin llegó detrás.

—¿Qué pasa?

León miró hacia el interior del continente.

—Nada.

Pero no era nada.

Era el comienzo.

Treinta años habían pasado desde la caída del reino de los elfos.

Casi mil para él.

Y por primera vez desde entonces, cada paso que diera lo acercaría a Grindel.

León se agachó.

Tomó un puñado de tierra.

Lo dejó caer lentamente entre sus dedos.

Después se levantó.

—Que desembarquen todos.

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Durante los siguientes días, la costa se transformó.

Donde antes solo había arena y vegetación comenzaron a levantarse campamentos.

Miles de tiendas.

Fogatas.

Depósitos.

Puestos de vigilancia.

Herreros improvisados.

Los enanos construyeron defensas alrededor de la zona de desembarco mientras los druidas exploraban bosques y caminos cercanos.

Los dracónidos enviaron mensajeros hacia sus ciudades.

León había dejado una orden clara.

Nadie avanzaría hacia Costa Dragón hasta que la mayor parte del ejército hubiera cruzado.

No quería columnas separadas.

No quería pequeñas fuerzas fáciles de rodear.

Había aprendido demasiado durante casi mil años como para regalarle a Grindel una oportunidad así.

Leif lo encontró una noche observando un mapa.

—Los exploradores regresaron.

León levantó la mirada.

—¿Orcos?

—Sí.

Leif colocó varias piezas sobre el mapa.

—Aquí. Aquí. Y aquí.

Tres posiciones.

León las estudió.

—¿Cuántos?

—No demasiados. Parece que todavía no saben qué está llegando.

Thrombin entró en la tienda.

—Lo sabrán pronto.

Dejó algo sobre la mesa.

Un trozo de tela.

El símbolo de Grindel.

—Encontramos exploradores cerca de las colinas.

León tomó la tela.

—¿Los mataron?

—A algunos.

—¿Y los demás?

Thromin sonrió.

—Escaparon.

Leif lo miró.

—¿Eso es bueno?

León dejó la tela sobre el mapa.

—Sí.

Leif comprendió.

—Quieres que lleven la noticia.

—Exactamente.

Thromin cruzó los brazos.

—Podríamos haber enviado una carta.

León lo miró.

—Eso no tiene gracia.

—Ahí está el idiota que recuerdo.

León sonrió.

—Quiero que Grindel sepa que llegamos.

Miró hacia las piezas sobre el mapa.

—Pero todavía no quiero que sepa qué tan grande es el ejército.

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La noticia viajó.

Atravesó caminos.

Fortalezas.

Puestos militares.

Hasta llegar a Costa Dragón.

Treinta años después de la última gran guerra, un jinete orco cruzó las puertas del reino a toda velocidad.

Los guardias apenas tuvieron tiempo de apartarse.

El caballo llegó exhausto al castillo.

El mensajero se desmontó y entró.

—¡Necesito hablar con el rey!

La noticia llegó al salón del trono.

Grindel estaba allí.

Había envejecido.

Treinta años habían dejado señales en su rostro y cabellos, pero seguía siendo el mismo hombre que había arrebatado la corona a su hermano.

El mismo que había construido su reino sobre la muerte de Valerio.

Escuchó al mensajero sin levantarse.

—Habla.

El orco respiraba con dificultad.

—Han desembarcado tropas en el Continente Dragón.

Grindel permaneció tranquilo.

—¿De quién?

—Enanos.

Un general cercano levantó la cabeza.

—¿Cuántos?

—No sabemos.

—Averígüelo.

El mensajero no se movió.

Grindel lo notó.

—¿Qué más?

El orco tragó saliva.

—También hay druidas.

El salón quedó más silencioso.

—¿Dracónidos?

—Sí.

Ahora Grindel se incorporó ligeramente.

Tres pueblos.

Un solo ejército.

—¿Quién los dirige?

El mensajero dudó.

Grindel entrecerró los ojos.

—He preguntado quién los dirige.

—No lo vi personalmente.

—Entonces ¿qué sabes?

El orco respiró profundamente.

—Los exploradores que sobrevivieron dijeron que los soldados repetían un nombre.

Grindel esperó.

—León.

Silencio.

Absoluto.

Durante unos segundos Grindel no reaccionó.

Después río.

Una sola vez.

—No.

El mensajero bajó la cabeza.

—Mi rey...

—León desapareció hace treinta años.

Nadie respondió.

Grindel se levantó.

—Murió.

Uno de sus generales habló con cautela.

—Nunca encontramos el cuerpo.

Grindel giró hacia él.

El general cayó inmediatamente.

El rey descendió los escalones del trono.

—¿Lo vieron?

—Algunos dicen que sí.

—¿Quiénes?

—Soldados que escaparon de los territorios del este. También han llegado historias desde las tierras enanas.

Grindel se acercó.

—¿Qué historias?

—Un hombre de ojos rojos.

Algo cambió en el rostro de Grindel.

Los ojos.

Eso sí lo recordaba.

Un niño arrodillado junto a su padre.

Sangre sobre el suelo del salón.

Un muchacho incapaz de hacer nada mientras Valerion moría frente a él.

Después recordó algo más.

Años más tarde.

Dos cabezas fueron arrojadas frente a las puertas de Costa Dragón.

Un joven gritando desde el exterior.

¡YO SOY LEÓN! ¡HIJO DE VALERIO!

Grindel apretó la mandíbula.

—Imposible.

El mensajero no respondió.

—Si estuviera vivo tendría más de cincuenta años.

—Dicen que parece joven.

Grindel lo miró.

—¿Cuántos años?

—Los que tenía cuando desapareció.

El salón quedó en silencio otra vez.

Grindel volvió lentamente hacia su trono.

—Cuentos.

Se sentó.

—Historias inventadas por soldados asustados.

Pero esta vez nadie respondió.

Porque todos habían escuchado los mismos rumores.

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El desembarco continuó.

Treinta mil.

Cincuenta mil.

Ochenta mil.

Cada día aparecían más barcos.

Cuando finalmente las últimas grandes columnas atravesaron el mar, el campamento era prácticamente una ciudad.

León subió a una colina cercana.

Desde allí podía contemplarlos.

Setenta mil enanos.

Treinta mil druidas.

Quince mil dracónidos.

Ciento quince mil.

Thrombin se acercó.

—Todos están aquí.

León observó las filas.

—Entonces comenzaremos mañana.

—¿Por dónde?

León señaló el mapa que llevaba enrollado.

—Grindel espera que tomemos el camino principal.

—Es el más rápido.

—Precisamente.

Thromin sonrió.

—Así que no iremos por ahí.

—Una parte sí.

—¿Cuántos?

—Los suficientes para que crea que somos idiotas.

Thromin levantó una ceja.

—Eso no debería ser difícil contigo al mando.

León le dio un pequeño golpe en el hombro.

—El resto avanzará dividido en tres columnas.

Señaló diferentes rutas.

—Los druidas atravesarán los bosques. Los dracónidos tomarán las rutas del sur. Los enanos avanzarán conmigo por el centro.

—¿Separarás el ejército?

—Temporalmente.

León señaló varios puntos donde los caminos volvían a encontrarse.

—Nos reuniremos aquí antes de entrar en territorio controlado directamente por Grindel.

Thromin observó el mapa.

—Quieres obligar a dividir sus fuerzas.

—Quiero obligarlo a preguntarse cuál de nosotros es el verdadero ataque.

—Todos.

León sonrió.

—Exactamente.

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A la mañana siguiente sonaron los cuernos.

Ciento quince mil soldados comenzaron a moverse.

Desde una elevación, León observó cómo el ejército se dividía.

Leif se acercó antes de partir con los druidas.

—Nos veremos en el punto acordado.

León asintió.

—No persigas a nadie si retrocede.

—Lo sé.

—No te alejes de las rutas marcadas.

—Lo sé.

—Y si encuentras una fuerza superior...

Leif sonrió.

—¿Siempre hablas tanto?

Thrombin soltó una carcajada.

León lo miró indignado.

—¿Tú también?

Leif extendió la mano.

León la tomó.

Durante un instante desaparecieron treinta años.

Eran otra vez los muchachos que habían crecido juntos.

—Nos vemos pronto —dijo Leif.

—Nos vemos pronto.

Leif montó y partió.

León lo observó alejarse.

Después levantó la mano.

Los cuernos enanos sonaron.

La columna central comenzó a avanzar.

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El primer enfrentamiento ocurrió antes del mediodía.

Una pequeña fuerza orca bloqueaba un paso entre dos elevaciones.

Probablemente esperaban una avanzada.

En cambio vieron aparecer miles de enanos.

Los orcos se formaron apresuradamente.

León cabalgó hasta las primeras filas.

Un capitán se acercó.

—Podemos cargar.

León estudió el terreno.

—No.

—Son pocos.

—Precisamente.

El capitán pareció confundido.

León señaló las elevaciones.

—Si yo tuviera pocos soldados y supiera que viene un ejército mucho mayor, no intentaría detenerlo aquí.

Thrombin miró hacia arriba.

—Emboscada.

León asintió.

Ordenó a los arqueros esperar.

Después envió pequeños grupos por ambos lados.

Minutos más tarde comenzaron los gritos.

Decenas de orcos ocultos entre las rocas fueron descubiertos antes de poder atacar.

Thromin miró a León.

—¿Cómo lo supiste?

León se encogió de hombros.

—Me han intentado matar de muchas maneras.

—Casi mil años haciendo algo útil por fin.

León desenvainó su espada.

—Ahora sí.

Los enanos avanzaron.

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La batalla fue breve.

León entró entre los primeros.

Un orco lanzó una lanza.

León inclinó el cuerpo apenas lo necesario.

La punta pasó junto a su rostro.

Antes de que el atacante pudiera recuperar el arma, León ya estaba frente a él.

Un golpe.

Después otro.

Continuó.

No peleaba con movimientos exagerados.

No buscaba impresionar.

Cada paso tenía un propósito.

Cada movimiento elimina una amenaza.

Siglos de combates habían convertido la batalla en algo que su cuerpo entendía mejor que cualquier idioma.

Pero no era invulnerable.

Una espada alcanzó su armadura.

Otra pasó peligrosamente cerca de su cuello.

León retrocedió, cambió de posición y dejó que dos enanos cerraran el espacio.

No luchaba solo.

Eso también era nuevo.

Durante siglos en la Arena, sobrevivir había significado depender de sí mismo.

Ahora tenía un ejército.