Capítulo 15 Primera parte #4
Los supervivientes llevaron el mensaje.
El ejército de León continuó avanzando.
Pueblo tras pueblo.
Fortaleza tras fortaleza.
Los símbolos de Grindel eran arrancados.
Las antiguas banderas regresaban.
En algunos lugares León encontraba estatuas destruidas de antiguos gobernantes.
En otros, nombres borrados de edificios.
Treinta años de dominio habían intentado convencer a aquellas personas de que Grindel siempre estaría allí.
Ahora bastaba ver las columnas de soldados atravesando los caminos para que aquella certeza comenzara a desmoronarse.
Pero León sabía que setenta mil guerreros no serían suficientes para todo lo que pretendía hacer.
Necesitaba más.
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Los druidas fueron los siguientes.
León no sabía qué encontraría cuando las primeras señales de sus tierras aparecieron.
Recordaba aquel reino.
Recordaba a Elysandra.
A Harald.
Y, sobre todo, a Leif.
El niño que hablaba demasiado.
El joven que había crecido junto a él.
Treinta años.
León redujo la velocidad de su caballo.
Thromin lo notó.
—¿Qué pasa?
—Conozco a alguien aquí.
—¿Otro príncipe?
León lo miró.
—En realidad...
Thromin cerró los ojos.
—Claro.
León sonrió.
—Es el hijo del rey.
—¿Todos tus amigos son de la realeza?
—Tú también eres príncipe.
—No somos amigos.
—Casi mil años.
—No.
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No llegaron a las puertas del reino druida.
El reino druida llegó hasta ellos.
Los exploradores informaron de un ejército aproximándose desde el sur.
Treinta mil.
Los enanos inmediatamente formaron filas.
Escudos preparados.
Armas fuera.
León cabalgó hacia el frente.
A lo lejos comenzaron a aparecer banderas.
Las reconoció.
Su corazón se aceleró.
Entre las primeras filas avanzaba un hombre.
Habían pasado treinta años para él.
Ya no era el muchacho que León recordaba.
Pero cuando aquel hombre se acercó lo suficiente y vio los ojos rojos...
se quedó inmóvil.
León también.
Durante unos segundos ninguno habló.
Entonces el hombre bajó de su caballo.
León hizo lo mismo.
—Leif.
El druida lo observó como si estuviera viendo un fantasma.
—No puede ser.
León sonrió.
—Sigues hablando demasiado.
Leif abrió los ojos.
Y después corrió hacia él.
Lo abrazó con tanta fuerza que León casi perdió el equilibrio.
—¡ESTÁS VIVO!
León soltó una carcajada.
—Eso parece.
Leif se separó y volvió a mirarlo.
—¡Treinta años! ¡Desapareciste durante treinta años!
León miró a Thromin.
—Para mí fue un poco más.
—¿Cuánto?
—Luego te cuento.
Leif volvió a abrazarlo.
Thromin observó la escena.
—Excelente. Otro hablador.
Leif lo miró.
—¿Quién es?
León sonrió.
—Mi mejor amigo.
—¡NO SOMOS AMIGOS!
Leif comenzó a reír.
Por primera vez en siglos, León estaba junto a alguien que pertenecía a su infancia.
Y aquello hizo que el mundo volviera a sentirse un poco más suyo.
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Leif no había llegado por casualidad.
Las noticias sobre el regreso de León ya habían alcanzado sus tierras.
Treinta mil druidas habían respondido.
Guerreros.
Arqueros.
Exploradores.
Curanderos.
Combatientes capaces de moverse por bosques y terrenos donde las pesadas formaciones enanas tenían dificultades.
Aquella noche, alrededor de una enorme mesa improvisada, León observó el mapa.
Setenta mil enanos.
Treinta mil druidas.
Cien mil soldados.
Leif apoyó una mano sobre el mapa.
—Mi padre siempre dijo que si el hijo de Valerion regresaba para reclamar Costa Dragón, los druidas recordaríamos quién era nuestro amigo.
León levantó la mirada.
—¿Tu padre?
Leif bajó ligeramente los ojos.
No necesitó responder.
Treinta años.
León comprendió.
Colocó una mano sobre su hombro.
No dijo nada.
Había aprendido hacía mucho tiempo que algunas pérdidas no necesitaban discursos.
Leif respiró profundamente.
—Ahora me toca a mí.
León asintió.
—Entonces hagámoslo juntos.
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Faltaba una alianza.
Los dracónidos.
Con ellos las negociaciones fueron distintas.
No existía la misma amistad que con los druidas ni el vínculo que Thromin había proporcionado con los enanos.
Pero existía algo más sencillo.
Interés.
Durante décadas, la expansión de Grindel había afectado rutas comerciales y territorios cercanos a ciudades dracónidas.
Un Grindel debilitado beneficiaba a todos.
Los representantes dracónidos escucharon.
León no les prometió tierras.
No les prometió oro.
No les prometió privilegios.
—Grindel lleva treinta años tomando lo que quiere porque nadie ha conseguido reunir suficiente fuerza para detenerlo —dijo León—. Yo voy a detenerlo.
Uno de los dracónidos lo observó.
—¿Y si pierdes?
León sostuvo su mirada.
—Entonces habrán perdido quince mil soldados.
—¿Y si ganas?
León miró el mapa.
—Recuperarán sus rutas. Sus fronteras dejarán de tener un ejército expansionista al lado. Y cada pueblo recuperado volverá a pertenecer a su gente.
El dracónido guardó silencio.
León añadió:
—No quiero sus tierras. Quiero las mías.
Eso bastó.
Quince mil soldados dracónidos se unieron a la marcha.
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Ciento quince mil.
Cuando los tres ejércitos se reunieron por primera vez, incluso León quedó en silencio.
Las columnas ocupaban kilómetros.
Enanos bajo sus estandartes.
Druidas con Leif.
Dracónidos cubiertos con armaduras de formas distintas a las humanas.
Y entre ellos, cada vez más voluntarios de los pueblos liberados.
León cabalgó frente a las formaciones.
Miles de rostros se giraron hacia él.
Thromin estaba a un lado.
Leif al otro.
La corona de guerra seguía sobre la cabeza de León.
No era la corona que quería.
La verdadera seguía en Costa Dragón.
En manos de Grindel.
León levantó la voz.
—¡NO LES PROMETERÉ QUE TODOS VOLVEREMOS!
El ejército quedó en silencio.
—¡TAMPOCO LES DIRÉ QUE ESTA GUERRA SERÁ FÁCIL!
Miró las diferentes banderas.
—¡DURANTE TREINTA AÑOS, GRINDEL HA GOBERNADO PORQUE CREYÓ QUE PODÍA MANTENERNOS SEPARADOS!
León señaló las filas.
—¡ENANOS!
Un rugido respondió.
—¡DRUIDAS!
Otro.
—¡DRACÓNIDOS!
Miles de armas se levantaron.
León desenvainó su espada.
—¡HOY NO MARCHAMOS PARA CONQUISTAR!
Miró hacia el oeste.
—¡MARCHAMOS PARA DEVOLVER!
El rugido fue ensordecedor.
Ciento quince mil soldados comenzaron a avanzar.
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A partir de entonces, las fuerzas de Grindel dejaron de intentar defender cada pueblo.
No podían.
Las pequeñas guarniciones huían antes de que León llegara.
Las fortalezas aisladas se rendían.
Los caminos se abrían.
En algunos lugares, los habitantes salían de sus casas antes incluso de que apareciera el ejército.
Habían escuchado los rumores.
León viene.
En un pueblo, una niña se acercó mientras el ejército atravesaba la plaza.
León detuvo su caballo.
La niña llevaba algo entre las manos.
Una pequeña flor.
—Mi abuela dice que eres un rey.
León la miró.
—Tu abuela se equivoca.
La niña pareció decepcionada.
León sonrió.
—Todavía.
Ella le entregó la flor.
León la tomó.
Durante un instante recordó otro pequeño objeto.
Un collar.
Una flor.
Lysariel.
Guardó aquella flor cuidadosamente.
—Gracias.
La niña sonrió y corrió hacia su madre.
León permaneció inmóvil unos segundos.
Después continuó.
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Los días se convirtieron en semanas.
El mapa de Grindel comenzó a encogerse.
Pueblos que había controlado durante décadas dejaron de enviarle tributos.
Fortalezas dejaron de responder.
Rutas enteras cambiaron de manos.
Pero León no se desviaba de su objetivo.
Cada victoria lo acercaba.
Cada camino recuperado apuntaba en la misma dirección.
Costa Dragón.
Hasta que finalmente llegaron al mar.
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El ejército apareció sobre las colinas al amanecer.
León fue el primero en alcanzar la cima.
Detuvo su caballo.
No dijo nada.
Thromin llegó después.
Luego Leif.
Después los generales.
Uno tras otro.
Frente a ellos se extendía el océano.
Inmenso.
Azul.
El viento golpeó el rostro de León y movió su cabello.
Durante casi mil años había vivido bajo un cielo sin sol.
Ahora tenía el cielo entero frente a él.
Pero no era eso lo que observaba.
En la distancia, más allá del mar, se distinguía una enorme masa de tierra. El continente de los dracónidos.
El Continente Dragón.
Su siguiente paso.
Detrás de León, las primeras filas comenzaron a detenerse.
Después otras.
Y otras.
Hasta que las colinas quedaron cubiertas de soldados.
Ciento quince mil guerreros habían atravesado caminos, recuperado pueblos y expulsado las fuerzas de Grindel de territorios que llevaban décadas bajo su dominio.
Ahora estaban frente al océano.
Leif acercó su caballo.
—Llegamos.
León no respondió.
Thromin observó el horizonte.
—¿En qué estás pensando?
León contempló el Continente Dragón.
Pensaba en su padre.
En Lysander.
En la Arena.
En los siglos.
En todo lo que había perdido para llegar hasta allí.
Y en el hombre que todavía ocupaba el trono de Costa Dragón.
León apretó las riendas.
Durante treinta años, Grindel había tenido un reino.
Durante casi mil años, León había tenido una promesa.
El viento hizo ondear detrás de él las banderas de tres pueblos unidos bajo un mismo ejército.
León levantó la mirada.
Frente a ellos estaba el Continente Dragón.
Y detrás de él...
marchaba un ejército capaz de cambiar el mundo.
Batalla Final Parte 1
Primera parte: El desembarco
El mar estaba tranquilo.
Demasiado tranquilo para transportar una guerra.
Decenas de barcos avanzaban sobre las aguas mientras, detrás de ellos, otros aparecían en el horizonte. Velas enanas, druidas y dracónidas cubrían el océano en una formación tan extensa que desde una sola embarcación era imposible contemplarla completa.
Ciento quince mil soldados.
No podían cruzar todos al mismo tiempo.
La flota había tenido que dividirse en grupos, transportar tropas, regresar y volver a cruzar. Durante días, el océano se convirtió en un enorme camino entre la costa y el Continente Dragón.
León permanecía en la proa de una de las primeras embarcaciones.
El viento golpeaba su rostro.
Llevaba la corona de guerra que el rey enano había puesto sobre su cabeza.
A su cintura descansaba una espada que no era la de su madre.
Ninguna volvería a sentirse igual.
A su derecha estaba Thromin.
A su izquierda, Leif.
Durante un largo rato ninguno habló.
Hasta que Thrombin miró a León.
—¿Vas a quedarte ahí todo el viaje?
—Sí.
—Llevas horas.
—Lo sé.
—Hay asientos.