Leon Del Norte Capítulo 15 Primera parte #3
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Capítulo 15 Primera parte #3

Casi mil años atrás había entrado en la Arena encadenado, sin espada, sin reino y convencido de que había perdido a todos.

Ahora estaba allí.

Libre.

Grindel seguía vivo.

Costa Dragón seguía esperando.

Y por primera vez desde la muerte de Lysander...

León tenía un ejército.

Segunda parte: El camino hacia la costa

La montaña tembló cuando setenta mil guerreros comenzaron a marchar.

No fue una salida rápida.

Un ejército de aquel tamaño no abandonaba un reino simplemente atravesando una puerta.

Durante horas, columnas enteras descendieron desde las fortalezas excavadas en las montañas. Primero avanzaron los exploradores. Después los soldados con escudos pesados, lanceros, guerreros con hachas, arqueros y enormes carros cargados con provisiones, herramientas y armas.

Las banderas enanas ondeaban entre las columnas.

Desde lo alto de las murallas, familias enteras observaban partir a sus hijos, hermanos y padres.

Al frente cabalgaba León.

La corona de guerra descansaba sobre su cabeza.

No era rey de aquellas tierras.

No pretendía serlo.

Pero mientras durara aquella guerra, setenta mil guerreros habían sido puestos bajo su mando.

Thromin avanzaba a su lado.

León miró hacia atrás.

La columna parecía no terminar nunca.

—Setenta mil —murmuró.

—Ahora entiendes por qué mi padre tardó tanto en dejarte salir.

—Pensé que simplemente hablaba mucho.

Thromin lo miró.

—Te dio setenta mil soldados.

—Y una corona.

—Es una corona de guerra.

—Sigue siendo una corona.

Thromin entrecerró los ojos.

—No empieces.

León sonrió.

Pero rápidamente volvió la mirada hacia el camino.

Había algo que necesitaba hacer antes de pensar siquiera en Costa Dragón.

Durante treinta años, Grindel había extendido sus dominios sobre pueblos que no podían defenderse.

León no pensaba pasar de largo.

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El primer pueblo apareció dos días después.

Los exploradores regresaron antes de que el ejército pudiera verlo.

Uno de ellos se acercó rápidamente.

—Hay orcos.

León detuvo su caballo.

—¿Cuántos?

—Unos cuarenta. Quizá cincuenta.

Thromin miró hacia las interminables columnas detrás de ellos.

Después miró a León.

—Esto parece un poco injusto.

León desmontó.

—Me parece perfecto.

Ordenó detener el ejército.

No necesitaba setenta mil soldados para aquello.

Escogió a veinte.

Thromin frunció el ceño.

—¿Solo veinte?

—Diecinueve.

—¿Por qué?

—Tú vienes conmigo.

—Te odio.

—No somos amigos, ¿recuerdas?

Thromin agarró su hacha.

—Algún día voy a golpearte con esto.

—Llevas casi mil años amenazándome.

Caminaron hacia el pueblo.

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No había banderas.

Las casas estaban deterioradas.

Una antigua torre de vigilancia tenía ahora símbolos orcos pintados sobre la piedra.

Los habitantes caminaban con la cabeza baja.

En el centro del pueblo, varios orcos cargaban sacos de grano en una carreta.

Uno de ellos discutía con un anciano.

—¡Eso es todo lo que tenemos! —protestó el hombre.

El orco lo golpeó.

El anciano cayó.

León se detuvo.

Durante un instante no vio aquel pueblo.

Vio Costa Dragón.

Vio los soldados de Grindel atravesando sus calles.

Vio a su padre.

Entonces avanzó.

—Devuélvelo.

El orco se giró.

—¿Qué?

León señaló el saco.

—El grano.

Los demás orcos comenzaron a acercarse.

Uno rio.

—¿Y tú quién eres?

León observó al anciano en el suelo.

Después levantó la mirada.

—El dueño de un ejército mucho más grande que el tuyo.

Los orcos rieron.

Hasta que escucharon el sonido.

Primero fue un murmullo.

Después un temblor.

Miles de pasos.

Desde el camino aparecieron las primeras banderas enanas.

Luego cientos de soldados.

Después miles.

Los orcos dejaron de reír.

Thromin sonrió.

—Te dije que era injusto.

León desenvainó su espada.

No era la espada de su madre.

Aquella seguía perdida desde la caída del reino elfo.

Ninguna otra se sentía igual en su mano.

Pero servía.

—Tienen una oportunidad —dijo León—. Dejen las armas.

El orco que había golpeado al anciano escupió al suelo.

—Grindel gobierna estas tierras.

León lo miró.

—Ya no.

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El combate duró menos de un minuto.

Algunos orcos se rindieron.

Otros intentaron luchar.

Ninguno consiguió escapar.

Cuando terminó, León caminó hacia el anciano y le ofreció la mano.

El hombre lo observó con miedo.

Después miró sus ojos.

Rojos.

—Tú...

León lo ayudó a levantarse.

—Todo lo que los soldados de Grindel tomaron sigue siendo suyo.

Los habitantes comenzaron a salir lentamente de sus casas.

Una mujer abrazaba a dos niños.

Un herrero permanecía frente a su taller.

Nadie parecía entender todavía qué estaba ocurriendo.

León señaló el símbolo de Grindel sobre la torre.

—Quítenlo.

El anciano seguía observándolo.

—¿Quién eres?

León guardó su espada.

—León.

El hombre abrió los ojos.

Un murmullo recorrió la plaza.

Algunos conocían el nombre.

Otros habían nacido mucho después de su desaparición.

Pero conocían las historias.

—¿El hijo de Valerion? —preguntó alguien.

León asintió.

La noticia corrió entre las personas.

Una anciana comenzó a llorar.

—Pensamos que estabas muerto.

León miró alrededor.

—Yo también.

Algunos rieron nerviosamente.

León señaló el camino.

—No he vuelto para pedirles nada. No tienen que luchar conmigo. No tienen que darme comida ni oro.

Miró el símbolo de Grindel mientras varios hombres comenzaban a arrancarlo.

—Solo quiero devolverles lo que nunca debieron perder.

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Aquella noche el ejército acampó fuera del pueblo.

León había ordenado que ningún soldado ocupara una casa sin permiso.

Nada de tomar alimentos.

Nada de apropiarse de animales.

Nada de exigir pagos.

El rey enano había puesto un ejército bajo su mando.

León no permitiría que se convirtiera en otro ejército de ocupación.

A la mañana siguiente, cuando partieron, ocurrió algo que no esperaba.

Doce hombres del pueblo estaban esperando junto al camino.

Tenían espadas viejas, lanzas de caza y herramientas convertidas en armas.

León detuvo su caballo.

—¿Qué hacen?

El anciano del día anterior estaba con ellos.

—Van contigo.

León negó.

—No tienen que hacerlo.

—Lo sabemos.

El anciano miró hacia su pueblo.

—Precisamente por eso quieren hacerlo.

León observó a aquellos hombres.

Doce.

Comparados con setenta mil, no significaban nada.

Pero para León significaban muchísimo.

Asintió.

—Entonces caminen con nosotros.

Y el ejército continuó.

Ahora eran setenta mil doce.

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Después vino otro pueblo.

Y después otro.

En algunos, los soldados de Grindel escapaban al ver aproximarse al ejército.

En otros intentaban resistir.

Las noticias comenzaron a adelantarse a León.

El hijo de Valerion había regresado.

Al principio parecía un rumor absurdo.

Un hombre desaparecido hacía treinta años regresando sin haber envejecido.

Después llegaban viajeros.

Mercaderes.

Campesinos.

Personas que aseguraban haber visto sus ojos rojos.

Entonces llegaban los pueblos liberados.

Y el rumor dejaba de parecer una historia.

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En una pequeña fortaleza junto a un río, casi doscientos orcos intentaron detenerlos.

León observó las murallas.

Thromin apareció a su lado.

—Podemos derribarlas.

—Sí.

—Tenemos máquinas de asedio.

—Lo sé.

—Entonces ¿por qué llevas diez minutos mirando?

León señaló el río.

Thromin siguió la dirección de su dedo.

El agua pasaba detrás de la fortaleza.

—Porque no necesito derribarla.

Horas después, una pequeña unidad enana cruzó el río varios kilómetros al norte.

Mientras los orcos concentraban su atención en el enorme ejército frente a ellos, León y varios cientos de guerreros aparecieron detrás de la fortaleza.

Las puertas se abrieron desde dentro.

La batalla terminó antes del anochecer.

Thromin observó a León mientras los últimos soldados enemigos entregaban sus armas.

—Hace siglos habrías atacado la puerta.

León sonrió.

—Hace siglos era un idiota.

—Sigues siéndolo.

—Pero ahora tengo experiencia.

—Eso solo te convierte en un idiota viejo.

León lo miró.

—Físicamente soy más joven que tú.

Thromin levantó el hacha.

León se alejó riendo.

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El ejército siguió creciendo.

No porque León obligara a nadie.

Porque la gente comenzaba a unirse.

Campesinos.

Antiguos soldados.

Mercenarios.

Hijos de hombres que habían servido a Valerion.

Personas que ni siquiera habían conocido Costa Dragón antes de Grindel, pero habían vivido toda su vida pagando por una guerra ocurrida antes de que nacieran.

Cada pueblo recuperado enviaba algo.

A veces veinte hombres.

A veces cien.

A veces comida.

Caballos.

Herreros.

Curanderos.

Información.

León aceptaba ayuda, pero nunca tributo.

—No estoy reemplazando a Grindel —repetía.

Aquellas palabras también comenzaron a viajar.

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Días después encontraron resistencia seria.

Una fuerza de varios miles de orcos protegía un cruce estratégico hacia el oeste.

Esta vez León no pudo resolverlo con veinte soldados y una sonrisa.

Observó el campo desde una elevación.

Thromin estaba junto a él.

—¿Qué piensas?

León estudió la posición enemiga.

Durante casi mil años había aprendido a leer movimientos.

No veía únicamente soldados.

Veía posibilidades.

Espacios.

Errores.

El comandante orco había concentrado demasiados hombres en el centro.

Había protegido bien el camino.

Pero no las colinas.

—Quiere que ataquemos de frente.

—Sí.

—Entonces creerá que lo haremos.

Thromin sonrió.

—Ahora empiezas a darme miedo.

León levantó una ceja.

—¿Ahora?

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El ejército enano avanzó por el centro.

Los orcos se prepararon.

Cuernos.

Escudos.

Gritos.

Parecía que setenta mil guerreros estaban a punto de caer sobre ellos.

Pero el ataque nunca llegó.

Las primeras filas se detuvieron fuera del alcance de las lanzas.

Entonces sonaron otros cuernos.

Desde ambas colinas descendieron tropas que León había enviado durante la noche.

Los orcos intentaron reorganizarse.

Demasiado tarde.

León entró desde un flanco.

Thromin desde el otro.

La formación enemiga se quebró.

Cuando varios cientos comenzaron a huir, León ordenó abrirles un camino.

Uno de los generales enanos se sorprendió.

—¡Podemos destruirlos!

—Déjalos.

—¡Regresarán con Grindel!

León observó a los orcos escapar.

—Exactamente.

El general no comprendió.

Thromin sí.

—Quieres que le cuenten.

León asintió.

—Quiero que Grindel sepa que voy hacia él.

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