Capítulo 15 Primera parte #2
Miró hacia las montañas lejanas.
—Si fuera solo han pasado treinta años... sí.
Hizo una pausa.
—Debería.
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El viaje hacia las tierras enanas duró varios días.
Cuanto más avanzaban, más comprendía León cuánto había cambiado el mundo.
Había caminos que ya no existían.
Pueblos nuevos.
Fronteras distintas.
Pero también encontraba cosas familiares.
Una vieja montaña.
Un río.
Las ruinas de alguna torre que recordaba haber visto cuando era joven.
Era como caminar dentro de un sueño construido con pedazos de su propia vida.
Finalmente llegaron a las montañas.
Las enormes puertas del reino enano estaban excavadas directamente en la roca.
Dos filas de guerreros custodiaban la entrada.
Cuando vieron a Thrombin, inicialmente levantaron las armas.
Después uno de ellos se quedó inmóvil.
Miró nuevamente.
—No puede ser.
Thromin abrió los brazos.
—¿Así reciben ahora a la familia real?
El enano dejó caer su arma.
—Príncipe Thorin...
Los demás guardias se giraron.
El silencio duró apenas unos segundos.
Después todo se convirtió en gritos.
Las puertas comenzaron a abrirse.
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La noticia corrió más rápido que ellos.
Cuando entraron en la ciudad enana, cientos de personas ya estaban saliendo de talleres, casas y mercados.
Thrombin había desaparecido hacía treinta años para su pueblo.
Ahora regresaba sin haber envejecido prácticamente nada.
León caminaba detrás de él, observando.
Por primera vez desde que lo conocí, Thrombin parecía nervioso.
—¿Tienes miedo? —preguntó León.
—No.
—Estás caminando raro.
—Cállate.
—El gran príncipe Thrombin tiene miedo de ver a su padre.
—León.
—¿Sí, alteza?
Thromin giró para golpearlo.
León esquivó riendo.
Por un instante parecían nuevamente aquellos dos esclavos caminando por el desierto.
Solo que habían pasado casi mil años juntos.
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Las puertas del gran salón se abrieron.
El rey enano estaba sentado al fondo.
Era viejo.
Mucho más viejo de lo que Thromin recordaba.
Su barba, que alguna vez había sido oscura, ahora estaba atravesada por largas líneas blancas.
Cuando vio a su hijo, se levantó.
No dijo nada.
Thrombin tampoco.
El rey descendió los escalones.
Se acercó.
Y lo abrazó.
Thrombin quedó rígido durante un instante.
Después cerró los ojos y abrazó a su padre.
Treinta años para uno.
Casi mil para el otro.
—Pensé que estabas muerto —murmuró el rey.
—Yo también pensé que tú lo estarías.
El rey soltó una pequeña risa entre lágrimas.
—Sigues siendo un idiota.
—Lo heredé.
León sonrió desde atrás.
El rey finalmente levantó la mirada hacia él.
Sus ojos se detuvieron en los ojos rojos.
La sonrisa desapareció.
—Así que tú eres León.
León inclinó ligeramente la cabeza.
—Depende de lo que haya dicho Thromin.
—Nada bueno.
—Entonces sí.
Thromin suspiró.
—Por favor, no empiecen.
El rey observó a León durante varios segundos.
—Hace unos años vino un hombre.
León dejó de sonreír.
—¿Qué hombre?
—Nunca dijo su nombre.
Thromin también miró a su padre.
El rey continuó:
—Me dijo que algún día mi hijo regresaría acompañado por un hombre de ojos rojos.
El corazón de León dio un golpe.
—¿Qué más dijo?
El rey sonrió ligeramente.
—Que tu maestro dice que eres un vago y un presumido.
El mundo parecía detenerse.
León no respiró.
Thromin lo miró inmediatamente.
—León...
Pero él apenas lo escuchó.
Aquellas palabras atravesaron mil años.
Un campo de entrenamiento.
Un muchacho de quince años.
Una espada.
Un hombre observándose cometer errores.
Aznar.
León negó lentamente.
—No.
El rey frunció el ceño.
—¿Conoces al hombre?
—No.
La respuesta salió demasiado rápido.
León bajó la mirada.
No podía ser.
Aznar estaba muerto.
Tenía que estar muerto.
Y aun así...
Sigues bajando demasiado el hombro cuando estás cansado.
León cerró los ojos.
—¿Dónde está?
—No lo sé. Se marchó después de hablar conmigo.
—¿Cuándo?
—Hace varios años.
León abrió los ojos.
No hacía mil años.
Ni siglos.
Años.
El rey señaló una gran mesa.
—Tenemos mucho de qué hablar.
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El mapa ocupaba casi toda la mesa.
León reconoció Costa Dragón inmediatamente.
Pero sus fronteras habían cambiado.
Territorios que antiguamente pertenecían a otros pueblos ahora estaban marcados bajo el dominio de Grindel.
Fortalezas.
Caminos.
Pueblos ocupados.
El rey señaló distintos puntos.
—Grindel no dejó de expandirse después de destruir a los elfos. Pero tampoco volvió a tener el ejército con el que comenzó aquella guerra.
León observó el mapa.
Lysander.
Incluso treinta años después, seguía luchando.
—Durante décadas muchos reinos evitaron enfrentarlo directamente —continuó el rey—. Nadie quería ser el primero en declarar otra gran guerra.
—Entonces seré yo —dijo León.
El rey lo miró.
No había arrogancia en su voz.
Solo certeza.
—Quiero Costa Dragón.
—¿Solo Costa Dragón?
León negó.
—Quiero cada pueblo que Grindel tomó.
Señaló el mapa.
—Cada camino. Cada fortaleza. Cada tierra gobierna porque sus habitantes tuvieron miedo de enfrentarlo solos.
Thrombin permaneció a su lado.
León continuó:
—No voy a recuperar únicamente el reino de mi padre. Voy a devolver todo lo que Grindel robó.
El rey enano apoyó ambas manos sobre la mesa.
—Eso requiere un ejército.
León lo miró.
—Por eso estoy aquí.
Silencio.
El rey caminó hasta una ventana excavada en la montaña.
Abajo se extendía la ciudad enana.
—Durante treinta años hemos preparado nuestras fronteras. Grindel sabe que atacarnos sería costoso. Nosotros sabemos que enfrentarlo solos también lo sería.
Giró hacia León.
—Pero ahora ha regresado el hijo de Valerio.
León no respondió.
—Mi hijo confía en ti.
Thromin abrió la boca.
—Yo no dije...
—Han pasado casi mil años a su lado —lo interrumpió su padre—. Si todavía estás aquí, confías en él.
Thrombin cerró la boca.
León sonrió.
—Te lo dije.
—No empieces.
El rey soltó una carcajada.
Después su expresión volvió a endurecerse.
—Puedo reunir setenta mil guerreros.
León perdió la sonrisa.
—¿Setenta mil?
—Enanos preparados para la guerra.
Thromin miró a su padre.
—Eso es prácticamente todo lo que podemos movilizar sin dejar indefensas las ciudades.
—Lo sé.
—Entonces ¿por qué hacerlo?
El rey observó el mapa.
—Porque si Grindel continúa gobernando otros treinta años, algún día vendrá por estas montañas.
Miró a León.
—Y porque hubo un rey elfo que perdió casi todo su ejército para asegurarse de que nosotros no tuviéramos que enfrentarnos a ciento cincuenta mil enemigos.
León sintió un nudo en la garganta.
El rey señaló el antiguo territorio de los elfos.
—No conocí bien a Lysander. Pero conozco lo que hizo.
León permaneció en silencio.
—Él hizo su parte —continuó el rey—. Ahora nos corresponde hacer la nuestra.
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Los preparativos comenzaron inmediatamente.
Mensajeros recorrieron las montañas.
Las forjas trabajaron sin descanso.
Armas que habían permanecido guardadas durante años fueron retiradas de enormes depósitos.
Las puertas de las fortalezas subterráneas comenzaron a abrirse.
Miles de guerreros descendieron hacia la capital.
León observaba desde una terraza cuando las primeras columnas llegaron.
Después otras.
Y otras.
Banderas enanas llenaron los caminos.
Thromin apareció a su lado.
—Treinta años esperando una guerra.
León contempló las filas interminables.
—Espero que estén preparados.
—Son enanos.
—Eso no responde.
—Para nosotros sí.
León sonrió.
Durante casi mil años había luchado solo o acompañado únicamente por Thromin.
Ahora veía miles de escudos.
Miles de hachas.
Miles de soldados.
Pero sabía que todavía no era suficiente.
Necesitaban a los druidas.
Necesitaban a los dracónidos.
Necesitaban unir a todos aquellos que Grindel había obligado a vivir separados por miedo.
Antes de eso, sin embargo, ocurrió algo que León no esperaba.
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El gran salón estaba lleno.
Generales enanos.
Capitanes.
Representantes de diferentes ciudades.
Thrombin permanecía junto a su padre.
León estaba frente a ellos.
Sobre la mesa central descansaba una corona.
No era la corona de Costa Dragón.
Era una corona de guerra enana.
Hierro oscuro, sencilla y pesada.
León la observó confundido.
—¿Qué significa esto?
El rey descendió lentamente los escalones.
Tomó la corona entre ambas manos.
—Los enanos no entregamos nuestros ejércitos a extranjeros.
León levantó la mirada.
—Entonces no lo hagas.
Algunos generales murmuraron.
El rey sonrió.
—Mi hijo tenía razón sobre ti.
Thromin frunció el ceño.
—¿Sobre qué?
—Hablas demasiado.
León soltó una pequeña risa.
El rey volvió a ponerse serio.
—Setenta mil guerreros no pueden marchar detrás de dos voces.
Miró a Thrombin.
Después a León.
—Necesitan una.
León comprendió.
—No soy su rey.
—No.
El rey levantó la corona.
—Pero vas a dirigirlos.
El salón quedó completamente en silencio.
León miró aquella corona.
Durante un instante recordó otra.
La de su padre.
El trono de Costa Dragón.
La sangre de Valerion sobre el suelo.
Grindel sentado donde nunca debió sentarse.
León cerró los ojos.
Había pasado casi mil años huyendo de un nombre.
De un príncipe.
De una corona.
Cuando volvió a abrirlos, el rey enano seguía esperando.
—No quiero ser rey de los enanos.
—No te estoy entregando mi reino.
El rey sonrió.
—Todavía me gusta demasiado.
Algunas risas recorrieron el salón.
Entonces levantó nuevamente la corona.
—Esta corona no te convierte en nuestro rey. Significa que, mientras dure esta guerra, cuando nuestros ejércitos marchen junto a los tuyos, habrá un solo comandante.
León observó a Thromin.
El enano asintió.
Por primera vez sin una broma.
León inclinó lentamente la cabeza.
El rey colocó la corona sobre él.
Era pesada.
Más de lo que parecía.
Cuando León levantó nuevamente el rostro, setenta mil guerreros esperaban fuera de aquellas montañas.
Y aquello era solo el comienzo.
El rey dio un paso atrás.
Desenvainó su espada.
La levantó.
—¡GUERREROS DE LAS MONTAÑAS!
Desde fuera llegó una respuesta ensordecedora.
Miles de armas golpearon contra los escudos.
El sonido atravesó la piedra.
El rey señaló a León.
—¡DURANTE ESTA GUERRA, MI EJÉRCITO MARCHARÁ BAJO SU MANDO!
Otro rugido hizo temblar el salón.
León permaneció inmóvil.