Leon Del Norte Capítulo 15 Primera parte
76%

Capítulo 15 Primera parte

El mundo seguía existiendo.

Durante los primeros kilómetros, León tuvo que repetirlo varias veces.

El mundo seguía existiendo.

Había árboles que se movían con el viento. Pájaros que cruzaban un cielo donde el sol realmente avanzaba. Nubes que cambiaban de forma. Insectos ocultos entre la hierba. El agua de los pequeños arroyos producía sonidos diferentes al golpear contra las piedras.

Cosas insignificantes.

Cosas que León había olvidado que podían ser hermosas.

Caminaba junto a Thrombin por aquel sendero de tierra mientras, de vez en cuando, levantaba la mirada hacia el sol.

Thromin terminó matándolo.

—Si sigues mirándolo directamente terminarás ciego.

León bajó la cabeza.

—Déjame disfrutarlo.

—Puedes disfrutarlo sin quemarte los ojos.

—Casi mil años sin verlo.

—Yo también estuve allí.

—Entonces míralo.

—Tengo cerebro.

León sonrió.

Aquello también seguía existiendo.

Las discusiones con Thromin.

Treinta años.

Solo habían pasado treinta años fuera de la Arena.

León todavía no conseguía comprenderlo.

Para él, Valerion llevaba muerto más de mil años.

Lysander llevaba muerto casi mil años.

Costa Dragón había caído hacía más de mil años.

Y Lysariel...

León apartó ese pensamiento.

Para el resto del mundo, todo aquello había ocurrido hacía apenas tres décadas.

Treinta años eran suficientes para cambiar un reino.

Pero no para convertirlo necesariamente en polvo.

Y, sobre todo, no eran suficientes para garantizar la muerte de Grindel.

Aquella posibilidad había despertado algo dentro de él.

Durante siglos había pensado que, incluso si algún día lograba escapar, encontraría un mundo donde su venganza ya no tendría sentido. Grindel había muerto hacía generaciones. Su nombre sería una palabra en algún libro viejo.

Ahora podía seguir vivo.

León apretó la mandíbula.

—Tenemos que averiguar qué ocurrió.

Thrombin caminaba a su lado con las manos detrás de la cabeza.

—Sí.

—Necesito saber qué queda de Costa Dragón.

—Sí.

—Necesito saber qué pasó con Grindel.

—Sí.

León lo miró.

—¿Vas a decir algo más?

—Estoy esperando a que termines de decir cosas evidentes.

León soltó una pequeña risa.

—Casi mil años y sigues siendo insoportable.

—Y tú sigues hablando demasiado.

Continuaron caminando.

Horas después encontraron una pequeña aldea.

León se detuvo antes de entrar.

Las casas eran distintas a las que recordaba. Algunas técnicas de construcción habían cambiado. Había herramientas que no reconocía inmediatamente y prendas con diseños diferentes.

Pero seguía siendo su mundo.

Personas.

Caballos.

Comida.

Niños corriendo.

Una anciana sacudiendo una manta desde una ventana.

Después de la eternidad gris de la Arena, aquella escena parecía imposible.

León observó a un niño perseguir una gallina por el camino.

La gallina ganó.

—Extrañaba esto —murmuró.

Thromin lo miró.

—¿Gallinas?

—El mundo.

—Pues dijiste eso mirando una gallina.

—Cállate.

Entraron.

Necesitaban información, comida y, sobre todo, saber dónde estaban.

No tardaron demasiado en encontrar una pequeña taberna.

Cuando entraron, algunas miradas se dirigieron hacia ellos.

Un humano acompañado por un enano no era algo extraordinario.

Lo extraordinario eran los ojos del humano.

Rojos.

Una mujer dejó lentamente su vaso sobre la mesa.

Un anciano entrecerró los ojos.

León lo notó.

Siguió caminando.

Treinta años.

Quizá su rostro había sido olvidado.

Quizá no.

Se acercaron al tabernero.

—Comida —dijo Thromin.

León lo miró.

—Información.

—Primero comida.

—Tenemos cosas más importantes.

—Llevamos casi mil años comiendo la basura de la Arena. No existe nada más importante.

El tabernero los observó confundido.

León suspiró.

—Comida e información.

El hombre señaló una mesa.

Poco después tenían pan, carne, verduras y dos jarras frente a ellos.

Thromin mordió el pan.

Se quedó completamente inmóvil.

León arqueó una ceja.

—¿Qué pasa?

Thromin continuó masticando lentamente.

—Había olvidado que la comida podía saber algo.

León probó la carne.

Por primera vez en siglos, una comida no sabía a la Arena.

Cerró los ojos unos segundos.

—Es horrible.

Thromin lo miró indignado.

—No sabes apreciar nada.

León sonrió.

Pero habían ido allí por algo más.

Esperó a que el tabernero se acercara.

—Necesito preguntarte por Costa Dragón.

El ambiente cambió.

Fue sutil.

Pero León lo percibió inmediatamente.

Algunas conversaciones cercanas disminuyeron.

El tabernero lo miró con cautela.

—¿Qué quieres saber?

—Quién gobierna.

El hombre pareció todavía más confundido.

—Grindel.

León no reaccionó.

Thromin sí lo miró.

Una palabra.

Eso bastó.

Después de casi mil años para ellos...

Grindel seguía vivo.

León apretó lentamente el puño sobre la mesa.

—¿Está seguro?

—Lleva décadas gobernando.

—¿Y Costa Dragón?

El tabernero soltó una risa sin humor.

—Si puedes llamarlo reino.

León levantó la mirada.

El hombre continuó.

—Grindel controla gran parte de esas tierras. También pueblos que antes pertenecían a otros reinos. Los orcos llevan años ocupando caminos, cobrando tributos, tomando cosechas. Algunos lugares pagan para que los dejen tranquilos. Otros...

Se encogió de hombros.

No necesitaba terminar.

León recordó el reino de su infancia.

Los mercados.

Las banderas.

Las estatuas de dragones.

El castillo.

Su padre caminando por los pasillos.

Treinta años bajo Grindel.

—¿Y los elfos? —preguntó.

El tabernero guardó silencio.

León sintió que el pecho se le cerraba.

—¿Qué ocurrió con ellos?

—Desaparecieron.

La palabra cayó pesadamente.

León bajó los ojos.

Era exactamente lo que esperaba.

Y aun así dolió.

—El reino fue destruido hace treinta años —continuó el hombre—. Dicen que fue la guerra más sangrienta de aquella época. Grindel ganó, pero perdió gran parte de su ejército.

León levantó lentamente la cabeza.

—¿Cuánto?

—No sé la cifra. Solo las historias. Dicen que el rey elfo prácticamente destruyó su ejército antes de caer.

León permaneció inmóvil.

Cinco más.

Recordó la voz de Lysander.

Cuatro más.

Los informes.

Cincuenta y seis.

Cincuenta y siete.

Cincuenta y ocho.

Y finalmente...

Cincuenta y nueve.

León cerró los ojos.

Bien.

Ahora lo comprendía todavía mejor.

Treinta años después, la herida sigue formando parte de la historia.

Lysander no había muerto simplemente defendiendo su reino.

Había comprado tiempo para un futuro que jamás vería.

León abrió los ojos.

—Lysander el Grande —murmuró el tabernero.

León lo miró.

—¿Qué dijiste?

—Así lo llaman algunos. Lysander el Grande. Hay canciones sobre aquella batalla.

Por primera vez desde que había salido de la Arena, León sintió ganas de llorar.

Pero sonrió.

—Le habría gustado eso.

—¿Lo conociste?

León miró su plato.

—Era mi padre.

El tabernero se quedó inmóvil.

Varias personas cercanas habían escuchado.

El silencio comenzó a extenderse.

León supo que había hablado demasiado.

El anciano que antes lo había observado se puso lentamente de pie.

Se acercó.

Miró su rostro.

Después sus ojos.

—No puede ser.

León no respondió.

El anciano parecía buscar en su memoria algo que había visto hacía décadas.

—Esos ojos...

Thromin dejó el pan.

El hombre susurró:

—El hijo de Valerio.

Ahora toda la taberna estaba en silencio.

León levantó lentamente la mirada.

Treinta años habían pasado para ellos.

Casi mil para él.

Pero aquel nombre todavía existía.

El anciano retrocedió un paso.

—León.

---

No permanecieron demasiado tiempo.

La noticia podría extenderse.

Y León todavía no estaba preparado para que Grindel supiera que había regresado. Al salir de la aldea, Thrombin caminó varios minutos en silencio.

Hasta que León habló.

—Necesitamos un ejército.

—Sí.

—Uno grande.

—Sí.

—Deja de hacer eso.

—¿Hacer qué?

—Responder sí a todo.

Thrombin se detuvo.

—Perfecto. No.

León frunció el ceño.

—¿No qué?

—No necesitamos un ejército.

—Claro que necesitamos uno.

—Entonces tenía razón cuando decía sí.

León respiró profundamente.

—No sé cómo sobreviví tantos siglos contigo.

Thromin sonrió.

—Yo sí. Me necesitas.

León continuó caminando.

—Necesitamos aliados. Grindel lleva treinta años gobernando. No sabemos cuántos territorios controla ni cuántos soldados tiene ahora.

—Conozco a alguien que podría ayudarnos.

León siguió caminando unos pasos.

Entonces se detuvo.

Giró.

—¿A quién?

Thromin continuó avanzando.

—A mi padre.

León lo miró.

—¿Tu padre?

—Sí.

—¿Y quién es tu padre?

Thromin no respondió.

León lo siguió.

—Thromin.

Nada.

—Thromin.

El enano siguió caminando.

—¿Recuerdas al hombre misterioso?

León dejó de sonreír.

—Sí.

—Yo hablé con él.

León se detuvo otra vez.

—¿Cuándo?

—Antes de salir.

—¿Y pensabas contarme eso cuándo?

—Ahora.

León lo agarró del hombro.

—¿Qué te dijo?

Thromin lo miró.

—Que podía confiar en ti.

León aflojó lentamente la mano.

Aquello era otra pieza.

Otra pista.

El desconocido no solo sabía quién era León.

También conocía a Thromin.

—¿Por qué necesitabas que alguien te dijera que podías confiar en mí?

Thromin suspiró.

Parecía incómodo.

Después de casi mil años juntos, León reconocía perfectamente cuándo el enano estaba evitando algo.

—Porque nunca te conté toda la verdad sobre mí.

León esperó.

Thromin continuó:

—Cuando nos conocimos, me preguntaste quién era.

—Y dijiste Thromin.

—Ese es mi nombre.

—Excelente comienzo.

—Cállate.

León cruzó los brazos.

Thromin respiró profundamente.

—Soy hijo del rey de los enanos.

Silencio.

León parpadeó.

Una vez.

Dos.

—¿Qué?

—Soy un príncipe.

León lo observó.

Thromin esperó alguna reacción sería.

No llegó.

León comenzó a reír.

—No.

—Sí.

León río todavía más.

—¿Tú?

—Sí.

—¿Príncipe?

—Sí.

León tuvo que apoyarse contra un árbol.

—Esto explica demasiadas cosas.

—¿Qué se supone que significa eso?

—Eres pequeño, gruñón, arrogante...

Thrombin le dio un golpe en el brazo.

—¡Todos los enanos somos pequeños para ti, imbécil! León continuó riendo.

—Casi mil años.

—Lo sé.

—¡Casi mil años y nunca me dijiste que eras príncipe!

—Tú eras príncipe y te vendieron como esclavo.

León dejó de reír.

—Buen argumento.

Thromin sonrió satisfecho.

—Gracias.

León volvió a ponerse serio.

—¿Tu padre seguirá vivo?

La expresión de Thrombin cambió.

—Los enanos vivimos mucho más que los humanos.