Capítulo 14 La Arena Parte final #3
León sintió que el corazón se aceleraba.
Después de siglos...
había regresado.
Thromin sonrió.
—Dime que no estás pensando lo que creo.
León lo miró.
—¿Después de casi mil años todavía tienes que preguntar?
—Desgraciadamente no.
León sacó de su ropa una pequeña pieza metálica.
Thrombin miró la cerradura.
Después a León.
—¿Cuánto tiempo llevas guardando eso?
—Unos cincuenta años.
—Estás enfermo.
—Abre la puerta.
Thrombin tomó la pieza.
—Algún día reconocerás que me necesitas.
—Hoy no.
La cerradura cedió.
Salieron.
No hubo alarma.
No aparecieron guardias.
Aquello les inquietó a ambos.
Avanzaron por los corredores siguiendo la niebla.
Hasta llegar a una puerta que León jamás había visto abierta.
Del otro lado estaba la ciudad.
La niebla cubría las calles.
Y allí, a varios metros...
esperaba el hombre de la capa.
León y Thrombin se detuvieron.
—Sabía que vendrías —dijo León.
El desconocido respondió:
—No. Sabías que alguien vendría.
León entrecerró los ojos.
—¿Qué hacemos?
El hombre señaló la niebla.
—Esperar.
—¿Cuánto?
—Hasta que deje de intentar devolverte.
Thromin miró a León.
—Eso no significa absolutamente nada.
—Estoy de acuerdo.
El desconocido comenzó a alejarse.
León avanzó.
—¡Espera!
La figura se detuvo.
León tenía una última pregunta.
—Si consigo salir... ¿volveré a verlo?
El hombre permaneció de espaldas.
—Sí.
León sintió un nudo en el pecho.
—¿Me lo prometes?
El desconocido tardó unos segundos.
—No necesito prometerte nada.
Su voz bajó.
—Termina lo que empezaste.
León se quedó inmóvil.
Por un instante ya no vio la Arena.
Vio un campo de entrenamiento.
Una espada de madera.
Un hombre corrigiendo su postura.
León dio un paso.
—Aznar...
La niebla pasó entre ambos.
La figura desapareció.
León avanzó inmediatamente.
—¡AZNAR!
Nada.
Solo niebla.
Thrombin llegó a su lado.
—¿Era él?
León observó el lugar vacío.
Después de casi mil años, por primera vez no supo si debía confiar en sus recuerdos.
—No.
Bajó lentamente la mirada.
—No puede ser.
Pero cuando volvió a levantarla, algo había cambiado.
La niebla ya no avanzaba hacia ellos.
Por primera vez...
se estaba abriendo.
Y detrás de ella apareció un camino que León nunca había visto.
Thromin dejó escapar una pequeña risa.
—León.
—Lo veo.
—Dime que esta vez tienes un plan.
León contempló el camino.
Después miró hacia el lugar donde había desaparecido el desconocido.
—Sí.
Thromin arqueó una ceja.
—¿Cuál?
León dio el primer paso.
—Salir.
Quinta parte: La salida
León y Thromin avanzaron.
Esta vez no corrieron.
Después de casi mil años intentando escapar, ambos habían aprendido que la Arena castigaba la desesperación.
La niebla se abría lentamente frente a ellos.
Detrás quedaban las murallas.
Las celdas.
El coliseo.
Los gritos de miles de personas.
León se detuvo una última vez y miró atrás.
Desde lo alto de una torre estaba el Guardián.
Observándose.
Como el primer día.
León sostuvo su mirada.
—¿Vendrás? —preguntó Thrombin.
León volvió hacia el camino.
—He esperado casi mil años. Puede esperar cinco segundos.
Thrombin negó con la cabeza.
—Presumido.
León sonrió.
Después se cruzaron juntos.
---
El silencio regresó.
Ninguno podía escuchar sus pasos.
León recordó las palabras del hombre misterioso.
No intentes atravesar.
Así que se detuvo.
Thrombin hizo lo mismo.
Esperaron.
Por primera vez, León no luchó contra aquel lugar.
No buscó una puerta.
No intentó obligar a la niebla a obedecerlo.
Simplemente esperó.
Entonces escuchó algo.
Un pájaro.
León levantó la cabeza.
Hacía siglos que no escuchaba uno.
Después llegó el viento.
El verdadero viento.
La niebla comenzó a desaparecer.
Y apareció el sol.
León cerró los ojos.
La luz calentó su rostro.
Durante unos segundos no pudo moverse.
—Thromin...
—Lo sé.
Frente a ellos había árboles.
Hierba.
Montañas.
Un camino de tierra.
Nada de murallas.
Nada de gradas.
Nada de Arena.
León cayó de rodillas.
Hundió una mano en la hierba.
Era real.
Thromin comenzó a reír.
—Salimos.
León levantó la cabeza.
Después de casi mil años...
habían salido.
---
Encontraron un pequeño camino y lo siguieron hasta cruzarse con un viajero.
El hombre se detuvo al verlos.
—¿Están perdidos?
León casi rió ante la pregunta.
—Podría decirse.
Thromin se adelantó.
—Necesitamos saber qué año es.
El viajero los miró extrañado.
—¿Qué año?
León mencionó el año en que había caído el reino de los elfos.
El hombre frunció el ceño.
—Eso fue hace treinta años.
León dejó de respirar.
—¿Qué?
—Treinta años.
Thromin miró a León.
Ninguno habló.
León hizo la cuenta otra vez.
Casi mil años.
Combates.
Siglos.
Generaciones.
Casi mil años dentro de la Arena.
Treinta fuera.
Solo treinta.
León miró sus manos.
Después el cielo.
Pensó en Costa Dragón.
En su padre.
En Lysander.
En L&s Ariel.
Y finalmente...
en Grindel.
Treinta años.
No mil.
Treinta.
Los ojos rojos de León recuperaron una intensidad que Thromin no veía desde hacía siglos.
—Puede seguir vivo.
Thrombin supo inmediatamente de quién hablaba.
León se puso de pie.
Había entrado en la Arena como un hombre destruido que apenas quería continuar respirando.
Salía con casi mil años de combates sobre sus hombros.
Y una promesa que el tiempo no había conseguido borrar.
Grindel todavía podía estar vivo.
El ejército de León