Leon Del Norte Capítulo 14 La Arena Parte final #2
73%

Capítulo 14 La Arena Parte final #2

Pero ahora había una mucho más importante.

No sé qué era la Arena.

Ni por qué no envejecía.

Ni siquiera por qué el tiempo parecía roto.

Era una pregunta mucho más sencilla.

¿Cuánto tiempo más pensaba retenerlo allí?

Tercera parte: Cerca de los mil años

Los siglos siguieron pasando.

León ya no sabía exactamente cuántos.

Había dejado de contar después de los primeros cien, y con el tiempo incluso las décadas dejaron de tener importancia.

Pero por las historias de otros prisioneros, los cambios dentro de la Arena y los cálculos que Thromin todavía hacía de vez en cuando, ambos llegaron a una conclusión absurda.

Debían estar acercándose a los mil años.

Mil años.

León algunas veces repetía aquella cifra en silencio.

Y seguía pareciendo el mismo hombre que había llegado allí con veinticinco.

---

Para entonces, combatir había dejado de ser un desafío la mayoría de las veces.

León había peleado contra tantos estilos, razas, criaturas y guerreros que pocas cosas conseguían sorprender.

Ya no pensaba antes de cada movimiento.

Simplemente ocurría.

Una espada descendió.

León ya no estaba allí.

Una lanza buscaba su pecho.

Su mano ya sabía dónde atraparla.

Un adversario cambiaba de postura.

León podía anticipar el ataque.

Casi mil años de combates habían convertido la experiencia en instinto.

La multitud seguía gritando su nombre.

Generaciones enteras habían escuchado historias sobre él.

León de los ojos rojos.

El gladiador que llevaba siglos sin desaparecer.

Pero a él ya no le importaba ser una leyenda.

Solo quería volver a casa.

Si todavía existía una casa a la cual regresar.

---

Thromin continuaba a su lado.

Una vez ambos estaban sentados observando aquel cielo sin sol.

—¿Cuánto crees que llevamos? —preguntó León.

Thromin pensó.

—Cerca de mil años.

León soltó una pequeña risa.

—Y todavía dices que no somos amigos.

—Precisamente por eso.

León lo miró.

—Después de mil años deberías admitirlo.

—Después de mil años deberías entender una indirecta.

León rio.

Aquellas conversaciones eran una de las pocas cosas que todavía hacían que la Arena pareciera soportable.

---

Pero había noches en las que León permanecía despierto.

Recordaba nombres.

Valerion.

Lysander.

Aznar.

Lysariel.

Siempre Lysariel.

Había pasado tanto tiempo que algunos recuerdos empezaban a perder pequeños detalles.

Eso lo aterraba más que cualquier enemigo.

Así que repetía su nombre.

—Lysariel.

Recordaba la cascada.

—Lysariel.

El collar con la flor.

—Lysariel.

La última noche bajo las estrellas.

No sabía qué quedaría del mundo exterior después de casi mil años.

Seguramente Grindel estaría muerto.

Costa Dragón podría no existir.

Los reinos que conoció quizá serían ruinas.

Pero no permitiría que el tiempo decidiera también qué debía olvidar.

---

Un día, después de otro combate, León levantó la mirada hacia el balcón.

El Guardián estaba allí.

Como siempre.

León caminó hasta quedar directamente debajo.

—¡GUARDIÁN!

La multitud fue apagándose poco a poco.

El hombre lo observó desde arriba.

León dejó caer su espada.

—¡¿CUÁNTO MÁS?!

Silencio.

El Guardián no respondió.

León abrió los brazos.

—¡HE LUCHADO!

Su voz resonó por el coliseo.

—¡HE ESPERADO!

Miró directamente hacia aquella figura.

—¡HE PASADO SIGLOS EN ESTE LUGAR!

Nada.

León apretó los puños.

—¡¿Qué más quieres de mí?!

Por primera vez en mucho tiempo, el Guardián respondió desde lo alto.

—Nada.

León quedó inmóvil.

El Guardián dio media vuelta.

Antes de desaparecer, añadió:

—Ya casi es hora.

León levantó lentamente la cabeza.

Después de casi mil años...

por primera vez, aquellas palabras sonaron diferentes.

No como otro acertijo.

Como una promesa.

Y León sintió algo que la Arena llevaba siglos intentando apagar.

Esperanza.

Cuarta parte: El hombre misterioso

Las palabras del Guardián permanecieron en la cabeza de León durante mucho tiempo.

Ya casi es hora.

Después de siglos de respuestas incompletas, era lo más cercano a una promesa que había recibido.

Pero la Arena no cambió.

Los combates continuaron.

Las puertas siguieron abriéndose.

La multitud siguió gritando.

Y León siguió esperando.

Hasta que un día apareció alguien que no debía estar allí.

---

León regresaba de otro combate cuando escuchó una voz detrás de él.

—Sigues bajando demasiado el hombro cuando estás cansado.

León se detuvo.

Los guardias continuaron unos pasos antes de darse cuenta.

—¡Camina!

León no obedeció.

Aquella frase...

Se giró.

Al final del otro corredor había un hombre cubierto con una capa oscura. La capucha ocultaba casi completamente su rostro.

No parecía gladiador.

Tampoco guardia.

Simplemente estaba allí.

Observándose.

—¿Qué dijiste? —preguntó León.

El desconocido no respondió.

Uno de los guardias empujó a León.

—Muévete.

León continuó caminando, pero mantuvo los ojos sobre aquella figura hasta que desapareció tras una columna.

Durante el resto del camino no dijo una palabra.

---

—Estás raro —dijo Thromin cuando regresó.

León se sentó.

—Eso viniendo de un enano que lleva casi mil años diciendo que no somos amigos es preocupante.

—No cambies de tema.

León miró hacia el corredor.

—Vi a alguien.

—Hay mucha gente aquí.

—Me corrigió la postura.

Thromin arqueó una ceja.

—Tal vez eres peor luchador de lo que crees.

León lo ignoró.

—Dijo que bajó demasiado el hombro cuando estoy cansado.

Thromin esperó.

—¿Y?

León permaneció callado.

Era una corrección demasiado específica.

Una que había escuchado muchas veces durante su juventud.

Pero después de tantos siglos, cualquier recuerdo podía engañarlo.

—Nada.

Thromin lo estudió.

—Estás pensando en alguien.

—Estoy pensando que necesito dormir.

—Mentiroso.

León se tumbó.

—Buenas noches.

—Aquí sigue sin haber noches.

—Después de mil años sigues haciendo el mismo chiste.

—Y seguirá siendo gracioso otros mil.

León cerró los ojos.

Pero no durmió.

---

Volvió a ver al desconocido varios ciclos después.

Esta vez estaba esperando cerca de las celdas.

León se acercó a los barrotes.

—Tú.

La figura levantó la cabeza.

—¿Quién eres?

—Eso no importa.

León soltó una risa.

—He pasado casi mil años escuchando respuestas así.

El hombre se acercó.

La capucha continuaba ocultándose el rostro.

—Entonces habrás aprendido a tener paciencia.

—No.

Hubo un breve silencio.

—Eso imaginé.

Algo en aquella respuesta molestó a León.

No por las palabras.

Por la familiaridad.

Como si aquel hombre supiera exactamente cómo reaccionaría.

—¿Me conoces?

—Sé quién eres.

—Eso tampoco responde nada.

El desconocido miró hacia el corredor.

—Quieres salir.

León dejó de bromear.

—Sí.

—Has buscado una puerta durante siglos.

—Y la encontraré.

—No.

León apretó los barrotes.

—Entonces ¿para qué viniste?

El hombre se acercó todavía más.

—Para decirte que has estado buscando mal.

León recordó al Guardián.

Salir no depende de encontrar una puerta.

—Habla.

—Cuando llegaste, ¿qué fue lo último que ocurrió antes de entrar aquí? León pensó.

La carreta.

El desfiladero.

La niebla.

—Perdí el sonido.

—Antes.

León frunció el ceño.

—Entramos en la niebla.

El desconocido negó lentamente.

—Antes.

León intentó recordar algo ocurrido casi mil años atrás.

Era extraño.

Podía recordar perfectamente la muerte de Lysander.

El rostro de Lys Ariel.

La carreta.

Pero detalles pequeños de aquel viaje habían quedado enterrados bajo siglos de recuerdos.

Entonces lo entendió.

—La Arena no estaba allí.

El hombre permaneció quieto.

León continuó:

—Antes de la niebla no podía verla.

—Exactamente.

León se acercó a los barrotes.

—¿Qué significa?

—Que sigues intentando escapar desde dentro.

—¿Y qué se supone que haga? ¿Escapar desde fuera?

El desconocido soltó una pequeña risa.

León se quedó inmóvil.

Aquella risa.

Durante un segundo sintió algo imposible.

—¿Quién eres?

El hombre retrocedió.

—Cuando aparezca la niebla otra vez, no intentes atravesar.

—¿Entonces?

—Espera.

—¿A qué?

El desconocido comenzó a marcharse.

León agarró los barrotes.

—¡Espera!

La figura se detuvo.

—¿Cómo sabes todo esto?

Silencio.

—¿Has salido de la Arena?

Nada.

—¿Quién eres?

El hombre giró ligeramente la cabeza.

—Alguien que todavía tiene trabajo que hacer.

Y desapareció.

León permaneció frente a los barrotes.

Había algo en aquella voz.

Algo enterrado hace casi mil años.

Pero era imposible.

La persona en la que estaba pensando había muerto hacía siglos.

León negó con la cabeza.

—No.

No podía ser.

---

Thromin escuchó toda la historia.

Cuando León terminó, el enano permaneció pensativo.

—¿Y confías en él?

—No.

—Perfecto.

—Pero voy a hacer lo que dijo.

Thromin abrió los brazos.

—Entonces sí confías en él.

—No es lo mismo.

—Es exactamente lo mismo.

León se sentó.

—El Guardián dijo que ya casi era hora. Después aparece este hombre y me dice que espere la niebla.

Thromin dejó de discutir.

Aquello también le parecía demasiada coincidencia.

—¿Crees que trabajan juntos?

—No lo sé.

León recordó la reacción del Guardián cuando supo que habían visto una figura en la niebla siglos atrás.

—Quizá no.

Thromin se sentó a su lado.

—¿Y quién crees que es?

León tardó demasiado en responder.

—Nadie.

Thromin lo miró.

—Eso tampoco te lo crees tú.

León bajó la cabeza.

—Me recordó a alguien.

—¿A quién?

Silencio.

—A mi maestro.

Thrombin conocía aquella historia.

—Aznar.

León asintió.

—Pero murió.

Lo dijo inmediatamente, casi para convencerse.

—Todos lo creen muerto.

Thrombin permaneció callado.

León negó con la cabeza.

—Además, aunque hubiera sobrevivido, habrían pasado casi mil años.

—Aquí.

León levantó la mirada.

Thromin continuó:

—Casi mil años aquí.

Ambos guardaron silencio.

Ese era el problema.

Después de todo lo que habían visto, ninguno sabía cuánto significaba aquello fuera.

León respiró profundamente.

—No es él.

Thromin no discutió.

---

Pasó más tiempo.

Hasta que una noche sin noche ocurrió.

Un sonido recorrió la Arena.

León abrió los ojos.

No era la multitud.

No era una campana.

Era el sonido de las ruedas.

Se incorporó.

Thrombin también lo había escuchado.

Ambos se miraron.

Corrieron hacia los barrotes.

A lo lejos, por uno de los corredores superiores, comenzó a deslizarse algo blanco. Niebla.